Parte II. Capítulo 39.


La marcha de los horrores



El sonido de unos golpes despertó a Reingard de sopetón. Una vez más, estaba solo y confuso después de haber sido acosado por interminables pesadillas. Miró a su alrededor y se tranquilizó al ver que todo seguía igual, pero enseguida se acordó de las circunstancias que lo habían traído hasta allí y su escaso ánimo decayó.

Alguien volvió a golpear la puerta exterior, esta vez con más ímpetu. Temiendo una reprimenda por parte del Tal’imran, Reingard salió de la cama de un salto, se arregló apresuradamente y fue a abrir.

La persona que estaba al otro lado no era Noyver, como esperaba, ni tampoco Alric, como le hubiera gustado. Era una de los sometidos, un tipo fornido y armado hasta los dientes que gruñó nada más verlo. Intercambiaron una mirada de desprecio mutuo, tras lo cual Reingard pasó ante él y se encaminó hacia donde aquél le indicó.

A pocos metros, Alric lo esperaba junto a los caballos. Lo que Reingard vio, sin embargo, no era su amigo tal y como lo recordaba, sino una sombra de él. Sus antaño ojos azules habían perdido el brillo que los caracterizaba, y ahora parecían tan apagados como carentes de vida. Unas enormes ojeras se extendían por sus párpados inferiores hasta juntarse con las arrugas de las mejillas, cuya curvatura y profundidad se habían acentuado. Sus labios, cuyo color había disminuido en intensidad hasta asemejarse al tono de la piel, dibujaban una expresión triste y melancólica. Su aspecto, en definitiva, estaba tan demacrado que Reingard se preguntó si realmente había dormido algo desde que abandonaron Justicia del Siegmoné.

- Buenas tardes- dijo con entonación neutra, casi por obligación.

- Buenas sean.

Reingard no se atrevió a decir nada más. Sabía que su amigo tenía tantas pocas ganas de hablar como él de molestarle, así que interrumpió el conato de conversación en este punto.

Noyver no tardó en aparecer acompañado de su amante. Ambos se acercaron montados en sus corceles, dos magníficos ejemplares importados del lejano sur. A sus espaldas, la luz naranja de un sol crepuscular alargaba sus sombras indefinidamente.

- Sigamos.

Eso fue todo lo que dijo el príncipe qarmata antes de hacer girar su montura para encararla en la dirección correcta. Reingard se dio cuenta de que la larga perorata pronunciada en la cima de la colina iba a ser la excepción que confirmaría la norma del Tal’imran, consistente en dirigir solamente las palabras justas y necesarias a sus vasallos. Cualquier otra cosa sería rebajarse demasiado.

A diferencia del día anterior, esta vez los sometidos escoltaron la procesión fúnebre, que era como Reingard la consideraba teniendo en cuenta su previsible final. Pasada la aldea, el camino se ensanchaba progresivamente, lo que permitió a los viajeros avanzar en grupos de dos. Noyver y la sometida montaban delante, y los dos reyes los seguían de cerca. El esbirro que despertó al rey kulmeh encabezaba la marcha, y su compañero la cerraba.

Por la dirección y el terreno, Reingard dedujo que estaban abandonando el valle del Okba por el norte, internándose de esta manera en Akay, el país de los bárbaros. No sabía cuáles eran las razones de Noyver, ni tampoco las ventajas de escoger esta ruta en vez de la opción meridional a través del Gotten Law. Tampoco le importaba demasiado, ya que sabía que ambos trayectos eran extremadamente peligrosos y que la muerte u otro final peor podía sobrevenirles en cualquier sitio.

La preocupación más inmediata del rey kulmeh, sin embargo, no era el incierto desenlace del viaje, sino el estado de su amigo. Cada vez que lo miraba de reojo veía lo mismo: el rey namirio, más que una persona, parecía un saco atado a la silla de montar. Su cuerpo inerte se meneaba al son del trote del caballo como si fuera un bulto, y su expresión apenas cambiaba. Ni siquiera mostró ningún tipo de reacción cuando Reingard pasó a observarlo directamente y sin disimulo.

Poco después de la puesta del Sol, el sometido que marcaba el paso se detuvo en seco. De repente, y sin motivo aparente, los caballos se encabritaron y empezaron a relinchar. Reingard escrutó el entorno a través de sus ojos poco adaptados a la oscuridad, pero no vio nada. Lo que sí constató es que estaban en un lugar perfecto para sufrir una emboscada.

Sus peores temores no tardaron en verse confirmados. Su flanco izquierdo era una pared natural de roca que pronto se vio coronada por varios halos de luces. Por su derecha,  casi al mismo tiempo, aparecieron varias sombras más portando antorchas encendidas. Reingard tragó saliva con dificultad y miró instintivamente a su amigo, que seguía con su actitud ausente.

Alguien habló desde lo alto del barranco en un idioma que Reingard entendió parcialmente, ya que parte del vocabulario era de origen kulmeh. El fuerte acento bárbaro indicaba, por otra parte, que los desconocidos eran habitantes autóctonos del valle. Luego habló otro, al que pronto se le unió una tercera voz. Finalmente, la procesión fúnebre quedó en medio de un diálogo ininteligible que se desarrollaba a gritos desde lo alto de la roca.

La atención de Reingard oscilaba entre la conversación de los bárbaros y la posible reacción de sus compañeros de viaje. Llegó a entender a uno que preguntó si eran ellos las personas que buscaban, y a otro que lo confirmó, añadiendo que eran con toda seguridad los asesinos de la aldea. El intercambio de gritos se detuvo en seco para dar paso a una voz solemne y clara.

- Estáis rodeados y no tenéis escapatoria. Se os acusa de asaltar una aldea y asesinar a sus habitantes. ¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

Reingard no pudo distinguir a la persona que hablaba, pero por su forma de hablar, culta y en un kulmeh muy correcto, supo que se trataba de alguien importante, seguramente un señor local. El silencio más absoluto fue todo lo que recibió por respuesta.

- Repito. ¿Tenéis algo que alegar? Si me entendéis, sugiero que contestéis rápido, antes de que sea demasiado tarde.

Otra vez el silencio. Reingard sentía la imperiosa necesidad de responder, pero no se atrevía a hacerlo por miedo a la reacción de Noyver. Sabía que si el príncipe qarmata no hablaba no era por desconocimiento del idioma, sino por voluntad. Por otra parte, ¿qué iba a decir? Efectivamente, ellos eran los autores de la masacre. No había nada que alegar en su defensa.

- Último aviso. ¿Algo que decir?

Reingard giró bruscamente su cabeza y miró en todas direcciones con los ojos desorbitados por el miedo. ¿Es que nadie estaba dispuesto a mover un dedo para defenderse? Noyver y su amante seguían inmutables, sin ni siquiera mirar hacia arriba o hacia la pendiente del flanco derecho por donde los atacantes no habían dejado de avanzar. Alric, por su parte, seguía sumido en la misma parálisis que arrastraba desde que abandonaron la aldea.

- ¡Queremos un juicio justo!- exclamó finalmente Reingard al constatar que nadie hablaría por él.

- Demasiado tarde. El pueblo ya ha dictado sentencia. ¡Atacad!

El primer sonido que llegó a sus oídos fue el que producen las cuerdas de los arcos al tensarse. Reingard no daba crédito a lo que veía: estaban a punto de recibir una andanada de flechas sobre sus cabezas y a nadie parecía importarle lo más mínimo.

- ¡Apuntad!

Los arqueros encararon sus flechas hacia los objetivos y terminaron de tensar las cuerdas. Reingard cerró los ojos y se despidió mentalmente del mundo al mismo tiempo que sus labios pronunciaban una oración.

- ¡Disparad!

Revuelo, graznidos y gritos de dolor. Y silbidos de flechas que cortaban el aire. Una mezcla de todo ello es lo que escuchó el rey kulmeh antes de atreverse a abrir los ojos de nuevo. Cuando lo hizo, lo primero que vio fue el reflejo de puntas metálicas que caían a toda velocidad y se clavaban con furia en el suelo del camino, a pocos metros de donde estaba. Ningún proyectil acertó. Luego dirigió su atención a la parte alta de la pared y vio que una marabunta de sombras humanas se batía contra otras sombras voladoras. Algunos cuerpos empezaron a precipitarse por el despeñadero entre gemidos de dolor y terror. Uno de los cadáveres rodó después de impactar contra el suelo, y sólo se detuvo cuando chocó con las patas del caballo de Alric.

Poco a poco, la barahúnda procedente de la parte alta del barranco aminoró. En total, Reingard contó tres cuerpos despeñados y otros tantos muertos en lo alto la roca. Estos últimos no podía verlos, pero por sus chillidos iniciales y su silencio posterior era fácil intuir su suerte. Las sombras voladoras que acababan de diezmar el flanco izquierdo de la emboscada se desplazaron coordinadamente hasta situarse a pocos metros de las cabezas del grupo. Daban vueltas en uno y otro sentido, y no paraban de graznar. El rey kulmeh entendió perfectamente lo ocurrido. Por primera vez en su vida había sido testigo del poder de convocatoria de los Tal’imran.

Acto seguido, el rey kulmeh vio que la sometida bajaba de su caballo y se disponía a salir del camino. Los otros dos sometidos se le unieron enseguida, y juntos empezaron a descender por la pendiente del campo que quedaba a la derecha. Los desconocidos que amenazaban al grupo por ese flanco se habían detenido tan pronto como escucharon el macabro espectáculo del barranco. Reingard contó seis antorchas, pero podían ser muchos más, escondidos entre las sombras.

La batalla iba a ser, desde el punto de vista numérico, claramente desigual, pero Reingard sabía que esa circunstancia no representaba ninguna ventaja para quienes tenían que hacer frente a los demonios tocados por la maldición del Siegmoné. Como si intuyeran lo que les esperaba, los bárbaros empezaron a proferir gritos de guerra y a marchar al encuentro del enemigo. Los dos bandos avanzaban tranquilamente, sin prisas. Los sometidos en completo silencio, los bárbaros con la aparatosidad propia de su cultura guerrera.

Reingard se dio cuenta de que su amigo había vuelto al mundo de los vivos cuando lo vio pasar ante él. Ni siquiera lo había oído desmontar. Alric avanzó hasta el margen del camino, y allí se detuvo, observando el terreno que estaba a punto de convertirse en un campo de batalla. Noyver, en cambio, seguía montado y en la misma posición, sin mostrar ningún interés por el desarrollo de los acontecimientos. La única novedad es que esta vez estaba algo más entretenido, acariciando el cuello de un cuervo que se acababa de instalar sobre su antebrazo.

Sin más alternativas, Reingard decidió bajar del caballo y situarse cerca de su amigo. Para cuando llegó a su posición, los dos grupos ya estaban a punto de enzarzarse en combate. Éste empezó con un baile de sombras acompañado de destellos puntuales producidos por el reflejo de la luz de las antorchas en las hojas de las espadas. Las estridentes bravuconadas de los bárbaros pronto fueron sustituidas por el silencio, y éste por el sonido que produce el metal cuando corta la carne. Apenas hubo indicios de que alguna de las estocadas fuera bloqueada; parecía como si todos los impactos acertaban de lleno su objetivo. Reingard esperaba escuchar exclamaciones de dolor, pero lo único que percibió fueron gritos ahogados y apagados. De vez en cuando volaba algún objeto, y el rey kulmeh interpretó que eran partes mutiladas de los cuerpos de los combatientes. Al final, el atenuado fragor de la batalla no duró más de dos minutos. Pasado este tiempo, la tranquilidad sosegada de la noche volvió a invadir la pradera.

Desde el epicentro de la batalla emergieron tres sombras, que Alric identificó de inmediato:

- Ya vuelven. Esos desalmados ya vuelven.

Reingard no supo si alegrarse por escuchar de nuevo la voz de su amigo o deprimirse por el evidente resultado de la refriega. Mientras los tres sometidos volvían sobre sus pasos, los dos reyes regresaron a sus caballos. Noyver alzó su brazo y dejó volar libre al cuervo que había en él. Éste ganó altura rápidamente, y cuando se unió a sus congéneres, el círculo que formaban se rompió. Las aves se dispersaron bruscamente, dejando tras de sí una lluvia de plumas negras.

Los vencedores pisaron de nuevo el camino sin pompa ni vanagloria. Cada uno se dirigió a su montura y se preparó para reemprender la marcha, sin más aspavientos. Cualquiera diría que regresaban después de haberse retirado para mear, pero la realidad era muy diferente: volvían victoriosos de una batalla en la que se habían jugado no sólo sus vidas, sino también el futuro de un imperio. Sin embargo, parecía como si aquel suceso hubiera sido un mero trámite, una formalidad rutinaria.

La marcha de los horrores, como pensó Alric, seguía su curso.






El amanecer de aquel nuevo día fue especialmente frío. Reingard, harto de apretar sus mandíbulas para disimular el repiqueteo de los dientes, detuvo su caballo, desmontó y sacó una manta que tenía enrollada y atada en la parte trasera de la silla. Lo hizo sin pedir permiso ni informar a sus compañeros, que siguieron su avance sin prestarle atención. Luego usó la manta a modo de capa, que se sumaba a la que ya llevaba, y espoleó a su cabalgadura con vehemencia para alcanzar al grupo.

Después de haber presenciado la batalla como si de un espectáculo teatral se tratara, Alric estaba más animado. Seguía absorto en sus pensamientos, pero su expresión había cambiado. Ya no era, al menos, el alma en pena de antes.

Reingard se dio cuenta de ello, y aprovechó la ocasión para iniciar una conversación, algo que deseaba desde hacía muchas horas.

- ¿Estás bien?

- Podría estar mejor.

- No hace falta que lo jures.

Alric no se dignó ni a mirar a su amigo cuando le habló, y Reingard lo interpretó como una señal de sus pocas ganas de conversar. Sin embargo, y para su sorpresa, el rey namirio retomó la palabra de la forma menos pensada.

- Como ves, no tenemos nada que temer. Estamos bien protegidos.

Reingard, extrañado, no supo si debía entender la declaración de su amigo en clave de ironía o en su sentido literal. La sonrisa burlesca que vio después no lo ayudó a resolver el misterio. 

- Ese es el problema. Demasiado bien protegidos.

- ¿Sabes dónde estamos?

- En la vertiente akaya del valle del Okba, ¿no?

- Exacto.

- Y cada vez nos adentramos más en el país de los bárbaros.

- Ahí quería llegar. ¿No te dice nada esto?

- Me lo he preguntado en más de una ocasión. He tenido mucho tiempo para pensar.

- ¿Y qué opinas?

- ¿Que le caen mejor los akayos que los kulmeh?

Reingard señaló con su cabeza hacia delante al mismo que formulaba la pregunta. Se refería, obviamente, a Noyver, pero no quiso pronunciar su nombre.

- Eso, o que la situación en el Gotten Law está mucho peor de lo que nos han contado.

- Alric, todo el Gotten Law, y especialmente la provincia de Kulm, están sumidos en una guerra civil. Eso no es ningún secreto.

- Tú lo has dicho, una guerra civil. En la que se supone, por cierto, que hay dos bandos, uno leal y otro rebelde.

- Correcto.

- Por lo tanto… ¿no te parece extraño que hayamos renunciado a pasar por un territorio en el que todavía nos quedan aliados para optar por otro en el que sólo tenemos enemigos?

- Sí, visto así, no te negaré que parece raro.

- A no ser que, como creo, la provincia de Kulm ya esté perdida y se haya convertido en tierra hostil.

- Tiene sentido.

Reingard observaba continuamente la espalda de Noyver en busca de algún indicio que le confirmara que los podía oír. No estaba cerca, pero su experiencia le recordaba que los sentidos de los Tal’imran no podían medirse según los parámetros humanos corrientes. Alric también lo sabía, pero actuaba como si lo hubiera olvidado o le diera igual.

- En cualquier caso, poco podemos hacer- continuó el rey kulmeh.

- Al contrario, si todo el viaje discurre por Akay, estaremos en terreno favorable.

- Deja de pensar en eso. Creo que las circunstancias han cambiado lo suficiente como para replantearnos las cosas- esto último lo dijo en voz muy baja y con la cabeza enrojecida por el miedo. En ningún momento apartó la mirada de Noyver.

- ¿Es que no vamos a descansar hoy?

El repentino cambio de tema de Alric fue una concesión a la manifiesta incomodidad de su amigo. Sin embargo, la pregunta retórica tenía todo el sentido. El sol ya había salido, y seguían sin hacer un alto para dormir. Tanto Alric como Reingard hacía rato que cabeceaban, y la sensación de sueño iba en aumento. Si el Tal’imran no se dignaba a detener la marcha en breve tendrían que ser ellos quienes lo pidieran.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Noyver ordenó a los que iban detrás que se desviaran a la izquierda en la próxima bifurcación. El nuevo camino resultó ser un sendero que se empinaba por la ladera casi a través. El desnivel que salvaron los sufridos caballos durante las primeras decenas de metros fue notable, y eso, unido a lo resbaladizo del suelo, dificultó la ascensión sobremanera. Al final, Reingard optó por bajar del caballo y continuar a pie. Alric lo imitó poco después.

Una vez superaron una arboleda, los viajeros divisaron una torre en lo alto de un risco, a lo lejos. En aquel punto, el sendero se dividía en una multitud de veredas abiertas por el tránsito del ganado, y Noyver tomó la que llevaba directamente a la construcción.

Mientras recorrían la distancia que los separaba de su destino ascendiendo a través del collado, los dos reyes no dejaban de observar la imponente figura que se alzaba ante ellos. Reingard identificó el origen kulmeh de la plaza tan pronto como se hicieron visibles algunos detalles, hasta ese momento ocultos por la distancia. Muy probablemente, pensó, aquella torre se remontaba a la época de esplendor del Gran Kulm, cuando el legendario reino kulmeh se propuso la colonización de las tierras bárbaras más allá del Okba. Posteriormente, con su decadencia y futura desintegración, el edificio quedaría abandonado, lo que explicaría su estado ruinoso actual. Aun así, el paso de los siglos no había hecho mella en su majestuosidad ni en su belleza. El emplazamiento era perfecto, ya que desde esa posición se podía controlar todo el valle así como los montes del norte. Reingard no conocía la historia particular de ese rincón del Gottenmorth, pero podía imaginársela: gracias a puntos de avanzada como aquél, se hizo posible el intercambio comercial y cultural entre Akay y el Gran Kulm, lo que a su vez redundó en la prosperidad del reino y en su magnífico legado. Más que nadie en el grupo, la visión de la torre hizo que Reingard se sintiera como en casa. A fin de cuentas, él era el descendiente de los soberanos del gran reino que había llevado la civilización más al norte, superando por primera la frontera natural que suponía el Okba, hasta entonces el confín del mundo conocido.

Alric, completamente ajeno al repentino sentimiento de nostalgia patriótica que había invadido a su amigo, prefería pensar en las implicaciones prácticas de la decisión de Noyver. Al principio le embargó una sensación de alivio. Si lo que pretendía el príncipe qarmata era buscar un lugar donde hospedarse, un edificio aparentemente abandonado era una opción mucho mejor que una aldea habitada, teniendo en cuenta el precedente del día anterior. Pero luego le asaltó una incertidumbre inquietante: ¿realmente no encontrarían a nadie en la torre? Empezó a dudarlo seriamente.

Pero había otra cuestión que le suscitaba aun más recelos: cuanto más se acercaban al risco más se evidenciaba que el acceso a la torre no sería fácil, y que muy probablemente tendrían que cubrir el último tramo a pie. Además, el nuevo destino los había hecho desviar notablemente del rumbo habitual. Hasta entonces habían remontado el río en dirección sureste, y ahora marchaban perpendiculares a él en dirección noroeste. Si el propósito era sólo descansar y dormir, ¿para qué tomarse tantas molestias? Podrían haber elegido cualquier otro lugar igual de conveniente pero mucho más accesible, y sobre todo menos apartado. Un montículo o cueva de las muchas que había en el valle les hubieran servido, pero en cambio ahí estaban, ascendiendo a duras penas por aquel cerco que parecía interminable. Todos estos factores juntos hicieron suponer a Alric que en la decisión de Noyver había algo más que la simple búsqueda de un improvisado albergue. En cualquier caso, prefirió no darle más vueltas. Tampoco podía hacer otra cosa aparte de continuar y aguardar la sorpresa.

Reingard notó que su caballo estaba realmente cansado cuando éste empezó a menear continuamente la cabeza y a relinchar. Le acarició el cuello y pasó la mano por su crin para calmarlo, y luego observó el terreno que tenía por delante. Entonces se dio cuenta de que estaban a punto de alcanzar la cumbre de la loma.

Noyver, poco después, frenó su montura y ordenó a los otros que se detuvieran. Uno de los sometidos desmontó y se acercó a los dos reyes, que estaban a unos metros de distancia.

-  Bajad y seguidme con los caballos- dijo en un qarmata medio poco claro.

Alric y Reingard hicieron lo que se les pidió y empezaron a andar tras él. Mientras se alejaba del resto del grupo, el rey namirio no pudo evitar volverse un momento y observarlos, y lo que vio confirmó sus sospechas: tanto Noyver como la sometida y su compañero estaban preparando sus armas.

El sometido que los acompañaba se detuvo cerca de un árbol solitario y ató su caballo en él. Los dos reyes hicieron lo mismo y luego observaron su entorno. Desde ese punto ya no podían ver a sus compañeros de viaje ni tampoco la torre, que quedaba escondida tras la loma.

- ¿Qué hacemos aquí?- preguntó Reingard al sometido, sin mirarlo.

- Disfrutad del paisaje o dormid, pero no os mováis de aquí.

Dicho esto, el gigante se sentó en el suelo, bajó el ala de su sombrero hasta ocultar su cara y apoyó su espalda en el tronco. A partir de entonces ya no dio más señales de vida.