No era necesario
Había anochecido, pero el camino
seguía siendo perfectamente visible gracias a los continuos rayos que
descargaban en el horizonte. Cada vez que explosionaba uno de esos enigmáticos
haces de luz, los dos reyes observaban la espalda de Noyver, que encabezaba la
marcha. No era la primera vez que llovía aquella semana, como indicaban los
numerosos charcos de lodo en los que se hundían las pezuñas de los caballos. El
sendero por el que transitaban se había hecho cada vez más estrecho, hasta
obligarles a formar en fila. Reingard prefirió ir en medio, y Alric no tuvo
inconveniente.
Al llegar a una bifurcación, Noyver
tomó el camino de la derecha. Pronto empezaron a descender por el valle, lo que
les hizo suponer que la intención del príncipe qarmata era llegar al río.
El rumor de la corriente, cada
vez más estridente, servía de banda sonora a la silenciosa procesión. Los dos
reyes habían optado por hacer el vacío a Noyver otra vez desde que éste les
confesó por la mañana la naturaleza de sus experimentos. No les apetecía en
absoluto confraternizar con alguien que era capaz de torturar y matar a sangre
fría para luego presumir de ello.
Noyver desmontó tan pronto como
llegó a la ribera, cogió su caballo por las riendas y lo condujo al río para
que bebiera. Alric y Reingard hicieron lo propio con sus monturas.
Contrariamente a lo que habían
supuesto, el Tal’imran les permitió descansar un rato antes de retomar el
viaje. Sin decirles otra cosa más que un escueto “relajaos”, se estiró sobre la
hierba apoyando su cabeza sobre sus brazos y cerró los ojos.
Los dos reyes, por su parte,
bebieron toda el agua que su cuerpo les permitió y luego se sacaron las botas,
se sentaron en la orilla y pusieron sus pies en remojo. Ambos estaban molidos
después de haber cabalgado durante horas. Su falta de experiencia en el arte de
la monta, consecuencia de una vida entera encerrados entre los límites de una
ciudad, les estaba pasando factura.
Alric fue el primero en
levantarse, y al hacerlo no pudo reprimir un grito de dolor. Intentó ponerse
erecto, pero sólo lo consiguió cuando una repentina punzada en la zona lumbar
disminuyó. Empezó a andar en círculos después de darse cuenta de que el
movimiento calmaba su sufrimiento.
Cuando Reingard se preparó para
reemprender el viaje no pudo evitar mirar al príncipe y preguntarse como podía
dormir a pierna suelta en tales circunstancias. Aquel hombre era el segundo
heredero de un imperio que se desmoronaba a la par de ser uno de los objetivos
más deseados por aquellos que querían saciar su sed de venganza a costa de su
familia. Sus posibilidades de salvarse eran mínimas, y en caso de sobrevivir a
la victoria enemiga quedaría condenado a vagar el resto de su vida por los
bosques y montañas de Gottenmorth, huyendo permanentemente de sus
perseguidores. Pero parecía que tales perspectivas, por muy deprimentes que
fueran, no le quitaban el sueño. Definitivamente, pensó Reingard, los Tal’imran
se guiaban por una lógica que nada tiene que ver con la del resto de los
mortales.
Entre tanto, Alric se vio
obligado a superar su entumecimiento cuando vio que su caballo, que no estaba
atado, se había alejado de la zona en busca de hierba fresca. Después de
traerlo de vuelta, Noyver se levantó y ordenó reemprender la marcha.
A partir de ese momento, los tres
viajeros remontaron el río Okba por su margen izquierda bajo una mortecina luz
lunar que llegaba a ellos filtrada por interminables capas de espesas nubes.
Los dos reyes pronto descubrieron que sus monturas estaban entrenadas para
seguir al semental de Noyver, así que dejaron preocuparse por la posibilidad de
perderlo entre las sombras.
Sin hablar y con la oscuridad
como único paisaje, tanto Alric como Reingard sintieron que el viaje se les
hacía eterno. Privados de cualquier tipo de distracción, en lo único que podían
pensar era en el dolor que se acumulaba en sus espaldas tras horas y horas de
monta sin descanso. El primer tramo de ese viaje a ninguna parte al que habían
sido obligados había transcurrido entre las depresivas tinieblas de un túnel, y
esa segunda etapa no parecía mucho más esperanzadora. Lo único que agradecían
era poder respirar aire puro y escuchar los sonidos de la naturaleza.
En algún momento de la
interminable marcha, Reingard se preguntó si esa región de Gottenmorth
comprendida entre el Qarmat y el Bosque de las Luces y entre Akay y el
Gottenlaw estaría despoblada. No tardó en conocer la respuesta.
Acompañados por las primeras
luces del día, los viajeros observaron a lo lejos una delgada columna de humo
que se elevaba desde algún lugar tras la espesura del valle. Noyver tomó un
sendero que llevaba directamente hacia él y apresuró ligeramente el paso.
Siguiendo esa dirección, pronto aparecieron chozas aisladas de madera a ambos
lados del camino. Esa novedad llamó poderosamente la atención de los dos reyes,
que pasaron a fantasear inocentemente sobre la posibilidad de tomar un buen almuerzo
en una abarrotada posada. Después de horas de silvestre soledad, lo que verdaderamente
echaban de menos era el calor humano.
Sus más imperiosos deseos
empezaron a verse truncados cuando cruzaron una cerca y se toparon con un
reguero de sangre en el camino. Avanzaron un poco más y vieron que el rastro rojo
se internaba entre los altos tallos de un pequeño campo de cereales que no
había sido segado. Los dos reyes alzaron sus cabezas para conocer el destino
del rastro, pero lo único que consiguieron distinguir fue un hueco en medio del
mar de tallos y espigas.
Pasados unos metros, y tras un
cambio de rasante, una aldea formada por varias casas de una sola planta se
irguió ante sus ojos. Noyver se internó en ella y guió su caballo por sus calles
sin pavimentar. Alric y Reingard lo seguían de cerca, mirando en todas
direcciones en busca de los habitantes del lugar. No tuvieron éxito; el pueblo,
sorprendentemente, estaba desierto, pero no parecía en absoluto abandonado, a
juzgar por el buen estado en que se encontraban las casas. En seguida se dieron
cuenta de que aquello no era normal.
Los dos reyes entendieron
perfectamente lo que estaba pasando justo después de doblar a la derecha y
tomar una calle que daba a la plaza central. Tan pronto como accedieron a ella,
una ligera brisa que arrastraba olor a sangre les dio la bienvenida.
En el centro de la plaza,
sentados sobre los arcos de una fuente, los tres sometidos que conocieron en la
cima de la colina los esperaban. A su alrededor, tendidos sobre el enlosado,
había decenas de cadáveres, hombres, mujeres, ancianos y niños que habían sido
asesinados de múltiples maneras. Algunos estaban desmembrados, otros
presentaban vistosas heridas, y otros tenían el cuello roto. Muchos cuerpos
descansaban sobre enormes charcos se sangre. Otros, en cambio, estaban
deformados, lo que daba una idea de la contundencia de los golpes que habían
recibido. No parecía que los autores de la masacre hubieran mostrado clemencia
por nadie; los niños y mujeres habían caído víctimas del mismo ensañamiento que
los varones adultos. Algunos cadáveres estaban boca arriba, mostrando de esta
manera expresiones de puro horror congeladas en sus rostros rígidos.
El hecho de que uno de los
sometidos estuviera limpiando su espada con un trapo despejaba cualquier duda
acerca de la autoría. Aquellos tres individuos que reposaban tranquilamente en
medio de un mar de sangre y muerte acababan de cometer un crimen
indescriptible, pero sus expresiones, por el contrario, delataban el típico
gozo que provoca el trabajo bien hecho.
El caballo de Noyver esquivó los
restos de los aldeanos y se plantó ante la fuente. Alric y Reingard, por su
parte, prefirieron detenerse en el borde de la plaza para controlar a sus
monturas, que no paraban de moverse y relinchar.
- El pueblo está limpio y a
nuestra disposición.
- Buen trabajo.
Otra vez aquella sometida con
cara de demonio. Vestía de negro como mandaban los cánones de su condición, un
negro que contrastaba con la palidez de su rostro maquillado y la claridad de
su cabello gris. Pero lo que más temor infundía eran sus ojos rojizos cuyo
desafiante reflejo era visible desde el punto en que estaban los dos
reyes. Su expresión facial indicaba
claramente que estaba tan satisfecha por el reencuentro con su amado como por
lo que acababa de pasar en la aldea.
Noyver desmontó y observó su
entorno con actitud impasible. El acto inhumano que estaba presenciando no lo
alteraba lo más mínimo; ni se complacía por mero sadismo como hacían los
sometidos que tenía enfrente ni se le revolvían las tripas como les ocurría al
kulmeh y al namirio, que observaban desde detrás. Sencillamente, él estaba por
encima del salvajismo de unos y de la urbanidad de otros.
- Buscad una cama y dormid- dijo
el Tal’imran a sus dos compañeros de viaje. Luego hizo un gesto a su amada y se
retiró con ella.
…
Paralizados ante una escena de
extrema crueldad gratuita, Alric y Reingard necesitaron varios minutos para
reponerse. Ambos desmontaron a la vez, y cuando tocaron el suelo descubrieron
que sus rodillas temblaban. El rey de los namirios trató de impedirlo todo lo
que pudo, pero finalmente se apartó y empezó a vomitar con su cuerpo doblado y
sus manos sobre sus muslos. Reingard sintió que todo a su alrededor le daba
vueltas, así que buscó una pared y se apoyó en ella para mantenerse en pie.
Por mucho que lo intentaran, los
dos amigos no podían apartar su vista de los cadáveres. Sabían que no les hacía
ningún bien, pero entendían que el hecho de no ignorarles era su forma
instintiva de presentarles sus respetos y pedirles disculpas por lo ocurrido.
Ya nadie les devolvería la vida, pero al menos aquellos desgraciados tenían a
alguien que los mirara con los ojos de la empatía después de haber sido
trágicamente golpeados por las manos de la crueldad y el ademán de la
indiferencia.
La mañana avanzaba imparable, y
poco a poco el cansancio y el sueño invadieron los cuerpos y conciencias de los
dos reyes. Aunque que no les apeteciera en absoluto sabían que tenían que
dormir. El príncipe qarmata les había dicho que buscaran una cama, lo que
equivalía a profanar la casa de unos muertos cuyos cuerpos seguían calientes.
Descartaron esta idea por completo, y en lugar de eso se alejaron todo lo que
pudieron de la escena del crimen y se tumbaron junto al cercado de un huerto.
Allí dejaron pasar los minutos, hasta que se evidenció que el hambre no los
dejaría dormir. Esta vez, Noyver no les proporcionó nada que llevarse a la
boca, por lo que debían buscarse la comida ellos mismos. A fin de cuentas, para
eso estaban allí.
- Esos cabrones han acabado con
la vida de un pueblo entero sólo para que nosotros dispongamos libremente de
él. ¿Se puede ser más malvado?- apuntó Reingard con la mirada perdida y el semblante
mustio.
- Seguro que se puede. La marcha de
los horrores no ha hecho más que empezar.
Los intestinos de los dos reyes
no dejaban de producir ruidos, recordándoles insistentemente que tenían que
comer si no querían desfallecer de inanición. Un estímulo externo les dio la
excusa que necesitaban para sobreponerse a su abatimiento y buscar comida: de
algún lugar no muy lejano les llegaba cierto aroma de cocina.
Se levantaron y buscaron el
origen del olor. Después de dar varias vueltas, lo encontraron en un caldero
colgado sobre una fogata que todavía seguía encendida, delante de la entrada de
una casa. Parte del contenido había sido derramado, y el cucharón que se
utilizó para remover el caldo estaba partido en dos. Todo ello indicaba que
allí se había producido algún tipo de altercado, probablemente originado cuando
los sometidos redujeron al dueño de la casa y se lo llevaron a rastras a la
plaza para ejecutarlo.
Con mala conciencia, los dos
reyes usaron el cucharón para beber del caldo. Saciaron mínimamente su
estómago, pero a cambio cargaron sus almas de culpas. No se perdonaban a sí
mismos el hecho de que eran parte beneficiada de un crimen tan horrendo, pero
no tenían otra salida. Conocían demasiado bien a los Tal’imran como para saber
que Noyver no dudaría en dejarlos morir de hambre en caso de que se negaran a
hacer uso de los bienes usurpados.
Superada la primera prueba, los
siguientes pasos en su proceso de anulación moral fueron menos traumáticos.
Después de vaciar el caldero y engullir todo el líquido, Reingard empujó la
puerta de la casa con la esperanza de que no ofreciera resistencia. Ésta se
abrió sin problemas, y en sus adentros el rey kulmeh agradeció no haber tenido
que forzarla, pues ello hubiera acentuando la sensación de violación.
El interior de la vivienda estaba
patas arriba. Aquí y allí había trastos desparramados por el suelo, muebles
tumbados y una mesa rota. No fue difícil reconstruir los hechos: el sometido
entró por sorpresa, propinó una paliza a los inquilinos y luego se los llevó al
matadero. No había manchas de sangre, lo que significaba que no se usaron armas
blancas en la pelea, si es que podía llamarse así. Normalmente, los combates
con sometidos se parecían más a un monólogo de golpes que a un intercambio de
estocadas.
Alric y Reingard cruzaron el
salón, que ocupaba el centro de la casa, y entraron en una habitación a través
de una cortina. Allí encontraron un camastro deshecho, tan sencillo en su
estructura como rudimentario en su construcción. No sabían si dormirían
cómodos, pero el grueso de las mantas hacía preveer que sí dormirían calientes.
El poco tiempo que estuvieron
parados delante de la vivienda les hizo bajar la temperatura corporal, lo que
se tradujo en una sensación acusada de frío y temblores. Mientras Alric se
sacaba las botas y se acomodaba, Reingard se acercó al hogar, un agujero
artificial situado en el centro del salón, e hizo arder un par de troncos aprovechando
las brasas que quedaban encendidas. Luego se sentó en un banco de madera que
había enfrente, y su amigo se le unió.
Observando unas llamas que se
elevaban serpenteantes hasta el techo, los dos reyes intentaron entrar en calor
acercando sus manos al fuego y pasándolas calientes por sus cuerpos. No
tardaron en dejar de temblar, pero sentían como si su interior siguiera
congelado al mismo tiempo que su piel se quemaba.
- ¿Y si huimos?- se preguntó
Alric en voz alta.
- ¿Con un Tal’imran y tres
sometidos acechándonos? ¿Estás loco?
- Me refería a una huída
definitiva.
Reingard reflexionó unos
instantes y luego suspiró.
- No estoy preparado.
- Llegado el momento, nadie lo
está.
Alric se levantó y se dirigió
trastabillando hasta el camastro. Más que acostarse, lo que hizo fue dejarse
caer sobre el saco que servía de colchón. Reingard no supo si se durmió al
momento o si sólo lo fingió, pero en cualquier caso lo tapó con la manta y
luego se tumbó a su lado, listo para sufrir una nueva y demoledora sesión de
pesadillas.