Parte II. Capítulo 37.


Ella



Como si hubiera leído sus pensamientos, Noyver Tal’imran miró fijamente a sus compañeros y empezó a hablar.

- ¿Os gusta? ¿Apreciáis su belleza?

Pronunció estas palabras al mismo tiempo que acariciaba el pelo de la joven con las puntas de sus dedos. Ella sonrió, y juntó su cuerpo aún más al suyo.

Evidentemente, ninguno de los interpelados supo qué decir.

- Ser el segundo en la línea de sucesión, unido al carácter acaparador de mi hermano, me ha permitido gozar de mucho tiempo libre- prosiguió el príncipe qarmata. – Y ese tiempo lo he dedicado a estudiar y comprender los dones del Siegmoné.
“Desde el principio, una de las cosas que más llamó mi atención fue el don de la Exención, o maldición como vosotros lo llamáis, y el privilegio de que goza mi familia como única valedora de su administración. Más concretamente, lo que quería saber era el motivo por el cual ese don se resistía a ser aplicado en mujeres. Es bien sabido entre los Tal’imran que todas las mujeres a las que se ha intentado administrar la Exención han muerto irremediablemente entre terribles dolores. Por ello, mis lejanos antepasados renunciaron a seguir intentándolo, y desde entonces ninguna mujer ha sido sometida al ritual.

Consulté los libros públicos y secretos de nuestra dinastía relativos a la Exención, leí y releí sus páginas hasta la extenuación, pero jamás encontré una respuesta satisfactoria a esta curiosa circunstancia. En todo caso, lo único que se repetía una y otra vez era una misma conclusión: si la mujer no podía ser sometida al don era porque el Siegmoné no lo quería.

Desde el primer momento supe que esta sentencia era un producto de la impotencia más que de la deducción. ¿Qué sentido tenía atribuir tal voluntad al Siegmoné sin basarse en otra prueba más que la experiencia? No, el motivo tenía que ser otro. Si el Siegmoné no hace distinciones de edad, raza, credo u origen social, categorías todas ellas que sólo cobran sentido en la mentalidad humana… ¿por qué iba a discriminar a una parte tan importante de la población de nuestros dominios en base a su género? ¿Qué lógica tiene? La Exención es un don abierto a todo el mundo, lo único que, junto con la muerte, igual al niño y al viejo, al kulmeh y al namirio, al nesudio y al idólatra, al noble y al plebeyo. ¿Por qué no obra igual en el caso del hombre y la mujer? Después de constatar este aparente desequilibrio en el sistema perfecto que orbita alrededor del Siegmoné, me prometí a mi mismo que llegaría al fondo de la cuestión y averiguaría la verdad. Ésta es la prueba del éxito de mi investigación.”

Noyver cogió a la cabizbaja sometida por el pelo y alzó su cara para que los dos reyes la observaran bien. Ella no dejó de sonreír con esa mueca malévola que tantas veces habían visto en otros sometidos varones.

- Lo primero que tenía que hacer era modificar el ritual. Hay varias partes de su mensaje que aluden a la masculinidad del destinatario… tuve que cambiar algunos géneros y conceptos de acuerdo al antiguo idioma qarmata.
“Luego, y eso fue algo más delicado, necesitaba un sujeto de pruebas. Lo encontré fácilmente en una mujer condenada no muy lejos del Qarmat. Apliqué el ritual según la nueva fórmula… y fracasé. El sujeto murió poco después, víctima de un colapso orgánico general. Practiqué la autopsia al cadáver, y constaté que el ritual había destrozado el cuerpo por dentro: algunos órganos estaban desechos, los músculos, atrofiados, y muchos tejidos, destruidos, todo ello acompañado de múltiples hemorragias internas. El primer intento había fracasado estrepitosamente.
Pero la pérdida de ese sujeto no fue en vano, ya que el proceso degenerativo que llevó a su muerte me reveló una información muy valiosa: todo su dolor empezó en un punto muy concreto, su vientre. Allí fue donde se llevó las manos cuando empezó su suplicio, lo que me hizo sospechar que la incompatibilidad femenina con el ritual se debía a algo relacionado con esa parte del cuerpo. Efectivamente, un segundo intento con otro sujeto confirmó tal extremo. La destrucción empezaba en el vientre, y luego se extendía al resto del tronco y las extremidades.”

Reingard y Alric se miraron de reojo, como si cada uno sondeara la reacción gestual del otro. Optaron por no hacer ni decir nada y seguir escuchando.

- El vientre. Esa era la clave. Y más concretamente, lo que había en su interior. La conclusión fue lógica: el aparato digestivo y urinario es igual tanto en hombres como en mujeres, pero no es así en el caso del sistema genital. Ese era el factor diferencial.

Llegado a este punto, sabía que los órganos reproductores tenían mucho que ver con la falta de receptibilidad del cuerpo femenino al don de la Exención, pero desconocía por completo si era posible sortear tal obstáculo. Mi investigación quedó, por tanto, en un punto muerto, y no sabía qué camino seguir a partir de ese momento. Abrumado por una realidad que no lograba entender, decidí aparcar el estudio y centrarme en otras cosas.
“Todo cambió algún tiempo después, mientras leía un viejo tomo de filosofía escrito por el mejor erudito de nuestra nación. El fragmento que me iluminó no tenía nada que ver con mi objeto de estudio, pero sirvió para dar con la clave de la solución. ‘El don del Siegmoné actúa por igual en el cuerpo y en el alma, pero deja la mente libre para que el favorecido pueda seguir contemplando y conociendo a la Esencia de los Mundos desde su limitada comprensión. El don del Siegmoné, que actúa en el cuerpo y en el alma como un doloroso embarazo, exige una entrega completa por parte del favorecido: solamente aquellos que han consagrado su parcialidad al Todo podrán gozar de la mayor gracia que cualquier ser haya recibido jamás’.
Eso fue lo que leí. ¿Os dais cuenta de la profunda verdad que revelan estas sabias palabras?”

Los dos reyes asumieron el silencio por respuesta. La expresión de Noyver daba a entender que, más que hablarles a ellos, lo que hacía era reflexionar en voz alta.

- Efectivamente, el cuerpo de la mujer está preparado para concebir y albergar una vida en él. Esta consagrado, por así decirlo, a un fin parcial que no es el del Todo. Y es por ello que su ser rechaza el ritual de la Exención, que es uno de los dones más conocidos del Siegmoné. Si este don actúa en el favorecido como un doloroso embarazo, cualquier mujer que esté preparada para ser embarazada por otros medios jamás podrá gozar de una gracia mayor.

Dicho esto, Noyver volvió a acariciar la cabeza de su amada. Sus labios negros volvieron a formar una siniestra sonrisa.

- El siguiente paso estaba claro. Tenía que buscar un sujeto cuyo cuerpo no pudiera concebir. Tal sujeto bien podía ser una mujer demasiado vieja o demasiado joven, o una mujer estéril. Los siguientes meses los dediqué plenamente a dar con el sujeto ideal. Movilicé a toda una red de espías e informadores para que me proporcionaran mujeres condenadas por cualquier tipo de delito y que cumplieran alguna de estas tres condiciones: que fueran ancianas, que fueran niñas, o que estuvieran casadas y no tuvieran hijos. Apliqué el ritual en todas ellas, y aunque ninguna sobrevivió, muchas reaccionaron de una forma muy diferente a como lo habían hecho las dos primeras. Murieron, sí, pero no de la misma manera. Murieron como mueren muchos hombres que son sometidos al mismo suplicio y no lo superan: su alma expira, pero su cuerpo queda intacto. Estaba, pues, en el buen camino.

Alric y Reingard tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo para no expresar externamente sus sentimientos y reprimir las náuseas. Cuanto más les contaba el Tal’imran más aumentaba su repulsa hacia él y su mundo.

- Cierto día, uno de mis agentes me trajo una adolescente kulmeh originaria de Tergeist. Había sido condenada a muerte por un tribunal. ¿El motivo de la sentencia? Al parecer, había… intimado con un joven aristócrata namirio, violando de esta manera las leyes de segregación racial. En realidad, todo el mundo sabía que el namirio había abusado de ella, pero eso no impidió que tanto los congéneres de la víctima como los del agresor pidieran su cabeza para lavar con sangre el deshonor y la vergüenza. Mi colaborador la sacó del patíbulo justo antes de que la colgaran.

Noyver contó esta parte de la historia con una macabra mueca de autocomplacencia, ya que el suceso narrado tenía muy poco que decir a favor de una pretendida superioridad moral de los kulmeh y los namirios respecto a los qarmatas.

- Interrogué a la moza tan pronto como se personó ante mí, y averigüé varias cosas interesantes. Según me contó, llevaba dos años manteniendo relaciones sexuales regulares y continuadas con el namirio, y aún así no quedó embarazada. Por otra parte, estaba en edad de sangrar, pero jamás había menstruado. En conclusión: acababa de dar con la candidata ideal.
“El resto de la historia es previsible. Administré el ritual al sujeto, y tras un intenso dolor que duró mucho más de lo normal, la sometida sobrevivió.”

Noyver alzó el brazo y lo extendió sobre los hombros de la chica. Ella, a modo de reacción, besó la mejilla del príncipe. Ni Alric ni Reingard hacían ya ningún esfuerzo para disimular su asco.

Después de concluir su desagradable exposición, Noyver y la sometida se levantaron y se retiraron. Poco a poco, el sueño fue venciendo a los dos reyes. Cada vez que se les cerraban los ojos aparecían en sus mentes visiones espeluznantes que les obligaban a recobrar la consciencia para cerciorarse de que no eran reales. No querían dormir para evitar verse invadidos por sus demonios, pero no pudieron resistir mucho tiempo. Hacia media mañana de aquel día que se presentaba frío y oscuro, Reingard y Alric quedaron a merced de las pesadillas.





- Despierta. Tenemos que seguir.

Esas fueron las primeras palabras que oyó Reingard. Mientras se frotaba su rostro agarrotado por el sueño y el frío, se dio cuenta de que su amigo no estaba a su lado. La persona que tenía ante él era Noyver, quien estaba golpeando su brazo con la parte roma de la espada.

Nada más sacarse de encima la manta que lo tapaba empezó a tiritar. Necesitó varios segundos para asumir la realidad después de pasar demasiadas horas debatiéndose entre la cordura y la locura entre los oscuros recovecos de la subconciencia.   

Con gran dificultad a causa de las punzantes agujetas que aquejaban sus piernas, el rey kulmeh consiguió ponerse en pie. El cielo seguía tan o más nublado que por la mañana, pero eso no impidió que la escasa luz diurna lo molestara. Se apoyó en la pared rocosa que había tras él e intentó recuperarse del horror sufrido durante el sueño.

Noyver, entretanto, había desaparecido. Reingard cogió la manta del suelo y se cubrió con ella de nuevo. Hizo ademán de desplazarse al otro lado la cima, pero al instante apareció Alric desde el otro lado del monolito y fue a su encuentro con una sonrisa cansada dibujada en su demacrado rostro.

- Buenos días, amigo.

El rey namirio también se había ataviado con su pesada capa para protegerse del frío. Una espesa nube de vapor emanaba de su boca.

- Buenos días. ¿Dónde están todos?

- Noyver nos espera abajo con unos caballos. Los demás, no tengo ni idea.

Alric sacó un pequeño cartucho del bolsillo de su capa y se lo entregó.

- Toma, come un poco de cecina.

Después de tomar el tardío desayuno, los dos reyes cargaron a sus espaldas un par de pesados zurrones que se encontraron junto al monolito e iniciaron el descenso por el sendero que serpenteaba alrededor de la colina. Alric se resintió de las rodillas, que siempre le dolían cuando la humedad era alta o cuando caminaba mucho, por lo que se apoyaba continuamente en rocas y árboles para aliviar el peso que soportaban las piernas. Su amigo le propuso cargar su zurrón, pero se negó.

Tal y como estaba previsto, dos caballos negros los esperaban al final de la cuesta. Estaban pertrechados con abultadas alforjas y buenas sillas de montar, listos para emprender un largo viaje. Reingard se acercó a una de las monturas y acarició su cuello. El animal, mirándolo de reojo, resopló e inclinó su cabeza.

- Creo que me voy a quedar este.

Alric se acercó al otro caballo y comprobó que la silla estaba bien sujeta. Luego colocó su zurrón en la parte de atrás del lomo y lo fijó con correas que ya estaban provistas para ello.

- ¿Dónde estará Noyver?

- A saber.

Reingard intentó montar pero lo hizo de forma insegura, entre tambaleos y pérdidas de equilibrio. Lo logró al tercer intento, cabreado a causa de su torpeza. Alric, a quien la perspectiva de cabalgar aún le gustaba menos, prefirió esperar al príncipe sentado sobre una piedra.

- ¿Crees que la conversación de la mañana tuvo lugar realmente o formó parte de una pesadilla que no podemos controlar?- preguntó el rey kulmeh mirando al horizonte.

- Sí, era una pesadilla, pero estábamos soñando despiertos.

Alric había arrancado el tallo de una planta y lo usaba para sacarse un trozo de comida que le había quedado entre los dientes. Su amigo escudriñó el entorno antes volver a hablar.

- ¿Cómo se puede ser tan hijo de puta?

- Siendo un Tal’imran.

El rey namirio, en cambio, respondió sin precaverse.

- Y eso que en teoría… Noyver es el hermano bueno.

- Quién lo hubiese jurado.

Para distraerse de la tensa espera, tanto Reingard como Alric buscaron un pasatiempo. El primero lo encontró en la crin de su montura, que cepillaba con sus dedos, y el segundo en un hormiguero cercano a la roca donde estaba sentado. Observaba como los diminutos insectos, intuyendo la proximidad de la tormenta, corrían de un lado a otro transportando todo el alimento que podían cargar.

- Caballeros, hora de marchar.

Noyver apareció de la nada montado sobre su corcel. Sus dos compañeros salieron abruptamente de su ensimismamiento y se dispusieron para partir.