Ella
Como si hubiera leído sus
pensamientos, Noyver Tal’imran miró fijamente a sus compañeros y empezó a
hablar.
- ¿Os gusta? ¿Apreciáis su
belleza?
Pronunció estas palabras al mismo
tiempo que acariciaba el pelo de la joven con las puntas de sus dedos. Ella
sonrió, y juntó su cuerpo aún más al suyo.
Evidentemente, ninguno de los
interpelados supo qué decir.
- Ser el segundo en la línea de
sucesión, unido al carácter acaparador de mi hermano, me ha permitido gozar de
mucho tiempo libre- prosiguió el príncipe qarmata. – Y ese tiempo lo he
dedicado a estudiar y comprender los dones del Siegmoné.
“Desde el principio, una de las
cosas que más llamó mi atención fue el don de la Exención , o maldición
como vosotros lo llamáis, y el privilegio de que goza mi familia como única
valedora de su administración. Más concretamente, lo que quería saber era el
motivo por el cual ese don se resistía a ser aplicado en mujeres. Es bien
sabido entre los Tal’imran que todas las mujeres a las que se ha intentado
administrar la Exención
han muerto irremediablemente entre terribles dolores. Por ello, mis lejanos antepasados
renunciaron a seguir intentándolo, y desde entonces ninguna mujer ha sido
sometida al ritual.
Consulté los libros públicos y
secretos de nuestra dinastía relativos a la Exención , leí y releí sus páginas hasta la
extenuación, pero jamás encontré una respuesta satisfactoria a esta curiosa
circunstancia. En todo caso, lo único que se repetía una y otra vez era una
misma conclusión: si la mujer no podía ser sometida al don era porque el
Siegmoné no lo quería.
Desde el primer momento supe que
esta sentencia era un producto de la impotencia más que de la deducción. ¿Qué
sentido tenía atribuir tal voluntad al Siegmoné sin basarse en otra prueba más que
la experiencia? No, el motivo tenía que ser otro. Si el Siegmoné no hace
distinciones de edad, raza, credo u origen social, categorías todas ellas que
sólo cobran sentido en la mentalidad humana… ¿por qué iba a discriminar a una
parte tan importante de la población de nuestros dominios en base a su género?
¿Qué lógica tiene? La
Exención es un don abierto a todo el mundo, lo único que,
junto con la muerte, igual al niño y al viejo, al kulmeh y al namirio, al
nesudio y al idólatra, al noble y al plebeyo. ¿Por qué no obra igual en el caso
del hombre y la mujer? Después de constatar este aparente desequilibrio en el
sistema perfecto que orbita alrededor del Siegmoné, me prometí a mi mismo que
llegaría al fondo de la cuestión y averiguaría la verdad. Ésta es la prueba del
éxito de mi investigación.”
Noyver cogió a la cabizbaja
sometida por el pelo y alzó su cara para que los dos reyes la observaran bien.
Ella no dejó de sonreír con esa mueca malévola que tantas veces habían visto en
otros sometidos varones.
- Lo primero que tenía que hacer
era modificar el ritual. Hay varias partes de su mensaje que aluden a la masculinidad
del destinatario… tuve que cambiar algunos géneros y conceptos de acuerdo al
antiguo idioma qarmata.
“Luego, y eso fue algo más
delicado, necesitaba un sujeto de pruebas. Lo encontré fácilmente en una mujer
condenada no muy lejos del Qarmat. Apliqué el ritual según la nueva fórmula… y
fracasé. El sujeto murió poco después, víctima de un colapso orgánico general.
Practiqué la autopsia al cadáver, y constaté que el ritual había destrozado el
cuerpo por dentro: algunos órganos estaban desechos, los músculos, atrofiados,
y muchos tejidos, destruidos, todo ello acompañado de múltiples hemorragias
internas. El primer intento había fracasado estrepitosamente.
Pero la pérdida de ese sujeto no
fue en vano, ya que el proceso degenerativo que llevó a su muerte me reveló una
información muy valiosa: todo su dolor empezó en un punto muy concreto, su
vientre. Allí fue donde se llevó las manos cuando empezó su suplicio, lo que me
hizo sospechar que la incompatibilidad femenina con el ritual se debía a algo
relacionado con esa parte del cuerpo. Efectivamente, un segundo intento con
otro sujeto confirmó tal extremo. La destrucción empezaba en el vientre, y
luego se extendía al resto del tronco y las extremidades.”
Reingard y Alric se miraron de
reojo, como si cada uno sondeara la reacción gestual del otro. Optaron por no
hacer ni decir nada y seguir escuchando.
- El vientre. Esa era la clave. Y
más concretamente, lo que había en su interior. La conclusión fue lógica: el
aparato digestivo y urinario es igual tanto en hombres como en mujeres, pero no
es así en el caso del sistema genital. Ese era el factor diferencial.
Llegado a este punto, sabía que
los órganos reproductores tenían mucho que ver con la falta de receptibilidad
del cuerpo femenino al don de la
Exención , pero desconocía por completo si era posible sortear
tal obstáculo. Mi investigación quedó, por tanto, en un punto muerto, y no
sabía qué camino seguir a partir de ese momento. Abrumado por una realidad que
no lograba entender, decidí aparcar el estudio y centrarme en otras cosas.
“Todo cambió algún tiempo
después, mientras leía un viejo tomo de filosofía escrito por el mejor erudito
de nuestra nación. El fragmento que me iluminó no tenía nada que ver con mi
objeto de estudio, pero sirvió para dar con la clave de la solución. ‘El don
del Siegmoné actúa por igual en el cuerpo y en el alma, pero deja la mente
libre para que el favorecido pueda seguir contemplando y conociendo a la Esencia de los Mundos
desde su limitada comprensión. El don del Siegmoné, que actúa en el cuerpo y en
el alma como un doloroso embarazo, exige una entrega completa por parte del
favorecido: solamente aquellos que han consagrado su parcialidad al Todo podrán
gozar de la mayor gracia que cualquier ser haya recibido jamás’.
Eso fue lo que leí. ¿Os dais
cuenta de la profunda verdad que revelan estas sabias palabras?”
Los dos reyes asumieron el
silencio por respuesta. La expresión de Noyver daba a entender que, más que
hablarles a ellos, lo que hacía era reflexionar en voz alta.
- Efectivamente, el cuerpo de la
mujer está preparado para concebir y albergar una vida en él. Esta consagrado,
por así decirlo, a un fin parcial que no es el del Todo. Y es por ello que su
ser rechaza el ritual de la
Exención , que es uno de los dones más conocidos del Siegmoné.
Si este don actúa en el favorecido como un doloroso embarazo, cualquier mujer
que esté preparada para ser embarazada por otros medios jamás podrá gozar de
una gracia mayor.
Dicho esto, Noyver volvió a
acariciar la cabeza de su amada. Sus labios negros volvieron a formar una
siniestra sonrisa.
- El siguiente paso estaba claro.
Tenía que buscar un sujeto cuyo cuerpo no pudiera concebir. Tal sujeto bien
podía ser una mujer demasiado vieja o demasiado joven, o una mujer estéril. Los
siguientes meses los dediqué plenamente a dar con el sujeto ideal. Movilicé a
toda una red de espías e informadores para que me proporcionaran mujeres
condenadas por cualquier tipo de delito y que cumplieran alguna de estas tres
condiciones: que fueran ancianas, que fueran niñas, o que estuvieran casadas y
no tuvieran hijos. Apliqué el ritual en todas ellas, y aunque ninguna
sobrevivió, muchas reaccionaron de una forma muy diferente a como lo habían
hecho las dos primeras. Murieron, sí, pero no de la misma manera. Murieron como
mueren muchos hombres que son sometidos al mismo suplicio y no lo superan: su
alma expira, pero su cuerpo queda intacto. Estaba, pues, en el buen camino.
Alric y Reingard tuvieron que
hacer un verdadero esfuerzo para no expresar externamente sus sentimientos y
reprimir las náuseas. Cuanto más les contaba el Tal’imran más aumentaba su
repulsa hacia él y su mundo.
- Cierto día, uno de mis agentes
me trajo una adolescente kulmeh originaria de Tergeist. Había sido condenada a
muerte por un tribunal. ¿El motivo de la sentencia? Al parecer, había… intimado
con un joven aristócrata namirio, violando de esta manera las leyes de
segregación racial. En realidad, todo el mundo sabía que el namirio había
abusado de ella, pero eso no impidió que tanto los congéneres de la víctima
como los del agresor pidieran su cabeza para lavar con sangre el deshonor y la
vergüenza. Mi colaborador la sacó del patíbulo justo antes de que la colgaran.
Noyver contó esta parte de la
historia con una macabra mueca de autocomplacencia, ya que el suceso narrado
tenía muy poco que decir a favor de una pretendida superioridad moral de los
kulmeh y los namirios respecto a los qarmatas.
- Interrogué a la moza tan pronto
como se personó ante mí, y averigüé varias cosas interesantes. Según me contó,
llevaba dos años manteniendo relaciones sexuales regulares y continuadas con el
namirio, y aún así no quedó embarazada. Por otra parte, estaba en edad de
sangrar, pero jamás había menstruado. En conclusión: acababa de dar con la candidata
ideal.
“El resto de la historia es
previsible. Administré el ritual al sujeto, y tras un intenso dolor que duró
mucho más de lo normal, la sometida sobrevivió.”
Noyver alzó el brazo y lo
extendió sobre los hombros de la chica. Ella, a modo de reacción, besó la
mejilla del príncipe. Ni Alric ni Reingard hacían ya ningún esfuerzo para
disimular su asco.
Después de concluir su
desagradable exposición, Noyver y la sometida se levantaron y se retiraron. Poco
a poco, el sueño fue venciendo a los dos reyes. Cada vez que se les cerraban
los ojos aparecían en sus mentes visiones espeluznantes que les obligaban a
recobrar la consciencia para cerciorarse de que no eran reales. No querían
dormir para evitar verse invadidos por sus demonios, pero no pudieron resistir
mucho tiempo. Hacia media mañana de aquel día que se presentaba frío y oscuro,
Reingard y Alric quedaron a merced de las pesadillas.
…
- Despierta. Tenemos que seguir.
Esas fueron las primeras palabras
que oyó Reingard. Mientras se frotaba su rostro agarrotado por el sueño y el
frío, se dio cuenta de que su amigo no estaba a su lado. La persona que tenía
ante él era Noyver, quien estaba golpeando su brazo con la parte roma de la
espada.
Nada más sacarse de encima la
manta que lo tapaba empezó a tiritar. Necesitó varios segundos para asumir la
realidad después de pasar demasiadas horas debatiéndose entre la cordura y la
locura entre los oscuros recovecos de la subconciencia.
Con gran dificultad a causa de
las punzantes agujetas que aquejaban sus piernas, el rey kulmeh consiguió
ponerse en pie. El cielo seguía tan o más nublado que por la mañana, pero eso
no impidió que la escasa luz diurna lo molestara. Se apoyó en la pared rocosa
que había tras él e intentó recuperarse del horror sufrido durante el sueño.
Noyver, entretanto, había
desaparecido. Reingard cogió la manta del suelo y se cubrió con ella de nuevo.
Hizo ademán de desplazarse al otro lado la cima, pero al instante apareció
Alric desde el otro lado del monolito y fue a su encuentro con una sonrisa
cansada dibujada en su demacrado rostro.
- Buenos días, amigo.
El rey namirio también se había
ataviado con su pesada capa para protegerse del frío. Una espesa nube de vapor
emanaba de su boca.
- Buenos días. ¿Dónde están
todos?
- Noyver nos espera abajo con
unos caballos. Los demás, no tengo ni idea.
Alric sacó un pequeño cartucho
del bolsillo de su capa y se lo entregó.
- Toma, come un poco de cecina.
Después de tomar el tardío
desayuno, los dos reyes cargaron a sus espaldas un par de pesados zurrones que
se encontraron junto al monolito e iniciaron el descenso por el sendero que
serpenteaba alrededor de la colina. Alric se resintió de las rodillas, que
siempre le dolían cuando la humedad era alta o cuando caminaba mucho, por lo que
se apoyaba continuamente en rocas y árboles para aliviar el peso que soportaban
las piernas. Su amigo le propuso cargar su zurrón, pero se negó.
Tal y como estaba previsto, dos
caballos negros los esperaban al final de la cuesta. Estaban pertrechados con
abultadas alforjas y buenas sillas de montar, listos para emprender un largo
viaje. Reingard se acercó a una de las monturas y acarició su cuello. El
animal, mirándolo de reojo, resopló e inclinó su cabeza.
- Creo que me voy a quedar este.
Alric se acercó al otro caballo y
comprobó que la silla estaba bien sujeta. Luego colocó su zurrón en la parte de
atrás del lomo y lo fijó con correas que ya estaban provistas para ello.
- ¿Dónde estará Noyver?
- A saber.
Reingard intentó montar pero lo
hizo de forma insegura, entre tambaleos y pérdidas de equilibrio. Lo logró al
tercer intento, cabreado a causa de su torpeza. Alric, a quien la perspectiva
de cabalgar aún le gustaba menos, prefirió esperar al príncipe sentado sobre
una piedra.
- ¿Crees que la conversación de la
mañana tuvo lugar realmente o formó parte de una pesadilla que no podemos
controlar?- preguntó el rey kulmeh mirando al horizonte.
- Sí, era una pesadilla, pero estábamos
soñando despiertos.
Alric había arrancado el tallo de
una planta y lo usaba para sacarse un trozo de comida que le había quedado
entre los dientes. Su amigo escudriñó el entorno antes volver a hablar.
- ¿Cómo se puede ser tan hijo de
puta?
- Siendo un Tal’imran.
El rey namirio, en cambio,
respondió sin precaverse.
- Y eso que en teoría… Noyver es
el hermano bueno.
- Quién lo hubiese jurado.
Para distraerse de la tensa
espera, tanto Reingard como Alric buscaron un pasatiempo. El primero lo
encontró en la crin de su montura, que cepillaba con sus dedos, y el segundo en
un hormiguero cercano a la roca donde estaba sentado. Observaba como los
diminutos insectos, intuyendo la proximidad de la tormenta, corrían de un lado
a otro transportando todo el alimento que podían cargar.
- Caballeros, hora de marchar.
Noyver apareció de la nada
montado sobre su corcel. Sus dos compañeros salieron abruptamente de su
ensimismamiento y se dispusieron para partir.