Parte II. Capítulo 36.


Volver a nacer



Cuando el guía se detuvo por última vez para palpar la roca, tanto Reingard como Alric se desplomaron. La larga caminata por las entrañas de la tierra los había dejado exhaustos, y el penetrante frío de aquellas galerías que jamás habían conocido el Sol entumecía sus torturados miembros hasta el punto de perder el control sobre ellos. Los continuos mareos provocados por la falta de oxígeno y la sensación galopante de claustrofobia hicieron el resto.

Noyver Tal’imran pasó completamente a oscuras por encima de sus dos compañeros de viaje sin llegar a tocarlos en ningún momento, y se situó a la altura de su congénere. Éste siguió estudiando la pared natural hasta dar con un mensaje gravado, que leyó con el tacto.

- Alteza, es aquí. Hemos llegado.

- Ábrela.

El qarmata escarbó con sus dedos la compacta tierra acumulada en una hendidura, lo que provocó sonoros desprendimientos magnificados por el eco de la galería. Al fondo había otro mecanismo, que no dudó en accionar de inmediato.

Al principio, todo siguió en silencio. Luego percibieron un lejano y tenue ruido parecido al que produce una cadena cuando fricciona con los dientes de las poleas. Esta novedad llamó la atención de Alric y Reingard, que seguían tumbados en el suelo y con serios problemas para mantenerse conscientes. Abrieron los ojos de par en par, aunque no por ello vieron más que tinieblas negras.

Poco después, el sonido de un complejo sistema de engranajes y cadenas en funcionamiento era perfectamente perceptible para sus oídos acostumbrados al silencio. El rumor parecía llegarles desde todas direcciones, lo que puso a los dos reyes en guardia. El suelo empezó a temblar ligeramente, al mismo tiempo que una mezcla de tierra, piedrecitas y raíces rotas empezó a caerles encima desde el techo. El kulmeh y el namirio, asustados, se incorporaron y se sentaron apoyándose en la pared.

El ruido mecánico sostenido cesó dando paso a otro mucho más estridente y cercano: la roca que estaba ante ellos y que bloqueaba el corredor se estaba abriendo, literalmente, por la mitad. El agujero que quedó no era muy grande, lo justo para que pudieran pasar contorsionando mínimamente el cuerpo. Antes, empero, Noyver y el guía intercambiaron unas palabras en su complicado idioma que sus dos compañeros interpretaron como una despedida. Efectivamente, el qarmata desconocido, después de pronunciar su última palabra, dio media vuelta y empezó a deshacer sus pasos por la interminable galería. Alric pensó en lo que le esperaba, esta vez completamente solo, hasta alcanzar la Fortaleza de nuevo, y sólo de imaginárselo se estremeció y se le atragantó la saliva.

- Señores, este es el camino.

Noyver cogió la mano de Reingard, tiró de él y lo levantó. Luego hizo que se agachara y lo guió para que se introdujera por el agujero recientemente abierto. Mientras el Tal’imran repetía la misma operación con su amigo, el rey kulmeh enseguida se dio cuenta de que en la nueva estancia se respiraba mucho mejor, y olía distinto.

Acompañados por los sonidos de piedrecitas que todavía se desprendían del techo y de las paredes, los tres viajantes emprendieron una ascensión que, suponían, los llevaría a la superficie. La pendiente, cada vez más pronunciada, obligó a los dos reyes a doblar sus cuerpos hacia delante para mantener el equilibrio y facilitar el paso. Noyver encabezaba la marcha esta vez, y la dificultad de la subida parecía que no hacía mella en él; al contrario de sus dos compañeros, que habían optado por avanzar a gatas, él continuaba erecto y sin dar muestras de cansancio. 

Los jadeos provocados por el esfuerzo de la ascensión no impidieron que Alric y Reingard pudieran respirar, por primera vez en horas, a pleno pulmón, lo que hizo que disminuyera la opresión que sentían en el pecho y el mareo que nublaba sus consciencias. La perspectiva de salir de aquel infierno en las profundidades del subsuelo hizo que recobraran las fuerzas, aunque en ese momento la marcha fuera mucho más dura a causa del desnivel. Avanzando todavía a gatas, a ambos les dio un vuelco el corazón cuando sus manos dejaron de hundirse en la fina capa de lodo del suelo y pasaron a palpar piedra labrada. Con ello interpretaron que la salida estaba cerca.

Efectivamente, una ligera corriente de aire les indicó que ya estaban cerca del final. La oscuridad seguía siendo completa, pero el ambiente era mucho menos denso, parecido al de una bodega en el sótano de una casa. Durante ese último tramo del trayecto tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo para no resbalar. La pendiente se empinaba más y más, pero seguían sin aparecer unos ansiados escalones que facilitaran el paso. En vez de eso, las losas se asemejaban a un bloque de hielo.

Alric y Reingard pronto descubrieron por el tacto que a ambos laterales del suelo de la galería había unos soportes de metal que servían de agarraderas. A partir de entonces, siguieron ascendiendo buscando desesperadamente la siguiente pieza antes de que los pies les fallaran y se deslizaran hacia abajo. La alegría de ver pronto la luz al final del túnel se vio rápidamente sustituida por el miedo a resbalar y bajar rodando hasta los horrores del abismo sin poder hacer nada por evitarlo.

Desde la perspectiva de los dos reyes, cómo se las había arreglado Noyver para seguir ascendiendo era una absoluta incógnita. Escuchaban sus pasos, firmes y regulares, a pocos metros por delante, pero no tenían ni idea de cómo se lo hacía para no resbalar. Si no fuera porque ellos conocían a los qarmatas mejor que nadie, y por lo tanto sabían que eran mucho más humanos de lo que la gente creía, darían crédito a las leyendas populares que corrían por todo el continente referentes a su supuesta capacidad de levitar e incluso de volar.

En cualquier caso, cuando el dolor de los brazos, que se estaban llevando la peor parte en la ascensión, y los latidos del corazón producidos por el terror de volver al precipicio en cualquier momento eran ya insoportables, Noyver se detuvo. Ellos, instintivamente, hicieron lo mismo, firmemente agarrados al último asidero que alcanzaron. Sólo entonces se dieron cuenta de que respiraban, por primera vez después de interminables horas de sufrimiento en las entrañas de la tierra, aire exterior. Noyver levantó una trampilla, lo que provocó un desprendimiento inmediato de tierra que bajó a toda velocidad por la pendiente.

- Seguid adelante.

Al oír esta instrucción, los dos reyes se limpiaron la cara de la tierra que les había caído encima y siguieron subiendo a gatas. Pronto notaron el viento en sus sudorosos rostros, lo que les provocó varios escalofríos. A causa de la dureza de la subida, hacía rato que habían abandonado el frío del subsuelo por el acaloramiento del esfuerzo físico.

Reingard fue el primero en alcanzar la superficie. Tan pronto como salió por el agujero, se desplazó a cuatro patas hacia un lado y empezó a vomitar saliva. Alric lo siguió de cerca, con sus ojos llorosos y su corazón en un puño.

Y así fue como los dos máximos líderes de las dos civilizaciones más importantes de Gottenmorth salieron del útero de la Madre Tierra tras un largo y doloroso parto. No vieron la ansiada luz que esperaban porque era de noche, pero ya nadie podía robarles esa dulce sensación de volver a nacer.




Varias horas después, Alric y Reingard ya estaban prácticamente recuperados de la dura experiencia sufrida bajo tierra. Estaban cansados y somnolientos, pero sabían que, aunque se acostaran, no conseguirían conciliar el sueño a causa de las emociones y pensamientos que invadían sus mentes como un torbellino. Sea como fuere, Noyver, que marchaba a varios metros por delante, ni siquiera les había ofrecido la posibilidad de descansar, así que de nada servía pensar en ello.

No fue difícil saber dónde estaban. El túnel que los había sacado del Qarmat los había llevado directamente al valle del Okba, cuyas aguas, que no podían ver a causa de la espesura, se escuchaban en la lejanía. Sabían que si seguían ese trayecto llegarían directamente al Bosque de las Luces, un hermoso paraje forestal que conocían muy bien por las descripciones que de él se hacían en los libros de geografía. Se dice que por la noche los viajeros apenas necesitan antorchas para desplazarse entre sus árboles gracias a las numerosas luciérnagas que volaban alrededor de los caminos, conformando una hermosa visión que atraía a miles de curiosos y parejas de enamorados de toda la región año tras año. Lo que no podían imaginarse era hasta qué punto los efectos de la guerra se dejaban notar en el interior del bosque, pero suponían que había dejado de ser seguro por su proximidad a la provincia de Kulm, un vasto territorio que se había convertido en tierra de nadie.

Noyver, por su parte, sí que tenía información privilegiada al respecto. Sabía que el Bosque de las Luces era la principal base desde la cual los bárbaros de Akay lanzaban incursiones contra la retaguardia del Sexto Ejército que asediaba la ciudad de Kulm, así que tenía muy claro que debían evitarlo a toda costa. Rodearlo por el sur era peligroso, ya que implicaba adentrarse por un territorio convulso que se desangraba en una lucha de todos contra todos, y optar por el camino norte era una imprudencia mayor, puesto que significaba meterse de lleno en territorio enemigo. Todas las opciones eran malas, como bien sabía el príncipe qarmata. Por suerte, todavía quedaban varias jornadas de viaje antes de verse obligado a tomar una decisión.

Para evitar cruzarse con otros posibles viajeros, Noyver guiaba a sus dos acompañantes a través de la espesura del valle, lejos de los numerosos senderos que seguían el curso del río. Los árboles eran más bien escasos, pero en su lugar los matojos y zarzas crecían por doquier. La caminata, por ello, era incómoda, ya que continuamente los tallos espinosos de la vegetación se clavaban en sus ropas y en su piel, provocando pequeños desgarrones y arañazos. La sal del sudor hacía que esas heridas superficiales escocieran de una forma realmente molesta.

Reingard dio por hecho que Noyver no les daría ningún respiro y caminarían toda la noche. Si bien es cierto que apenas lo conocía personalmente, no hacía falta haber intimado mucho con un Tal’imran para saber que la empatía no se contaba entre sus virtudes. Lo único que conocía del joven príncipe era lo que todo el mundo había podido constatar: que era una persona reservada y solitaria, poco amante de los actos públicos y aún menos de la política. Muy diferente, en este sentido, a su hermano Gudeniar, el omnipresente heredero que aprovechaba toda ocasión para recordarle al mundo que él era el inminente dueño de su destino.

Esa imagen de aristócrata frío, distante e inaccesible se vio confirmada después de varias horas de coexistencia. Las pocas veces que el menor de los Tal’imran se había dirigido a sus compañeros lo había hecho con palabras escuetas y tono aséptico, sin emoción. Ni Reingard ni Alric se plantearon en ningún momento entablar una conversación con Noyver para amenizar la caminata, entre otras cosas porque tampoco sabrían qué decir; pero es que ni siquiera se atrevían a hablar entre ellos, por miedo a molestarlo. Ese silencio sepulcral que los acompañaba no hacía otra cosa más que multiplicar los pensamientos pesimistas. El hecho de no poder distraer la mente con nada estaba empezando a afectar seriamente su salud mental.

Toda esa imagen construida alrededor de la figura del príncipe qarmata se vio rápidamente desmoronada al amanecer, cuando el grupo llegó a la cima de un montículo rocoso después de haber ascendido sin tregua a través de un estrecho y serpenteante sendero. Doblaron hacia el norte dejando a su derecha la última roca, y enseguida advirtieron la presencia de dos hombres, ambos reclinados sobre un monolito situado en el centro del pequeño claro. Tan pronto como los vieron llegar, los dos desconocidos se cuadraron y saludaron al Tal’imran con extrema gravedad. Éste se detuvo y respondió al saludo, pero en vez de mirarlos a ellos centró su atención en lo que había tras el monumento de piedra. Alric, entretanto, observó con disimulo a los dos hombres, y no tardó en concluir que eran dos sometidos. Las marcas de la Exención eran claramente visibles en ellos, empezando por esos ojos que transmitían maldad y terminando por la forma con que habían saludado a su jefe. A veces, la transformación que sufrían aquellos que se sometían a la maldición del Siegmoné cambiaba tanto su aspecto que llegaba a ser difícil reconocer su origen, pero Reingard no dudó en que eran kulmeh. Esa certeza se vio confirmada cuando uno de ellos se dirigió a Noyver en el idioma del Gotten Law:

- Mi señor, ahora mismo viene.

Dicho y hecho. Una mujer apareció segundos después. Salió de detrás del monolito, y avanzó directamente hacia Noyver, sin siquiera saludarle ni presentarle ningún otro tipo de respeto. El qarmata abrió los brazos para recibirla, y ella no dudó en pegarse a su cuerpo y cerrar un abrazo comedido pero no por ello exento de pasión. En esa embarazosa situación, rodeados por dos reyes y dos sometidos, los amantes no tuvieron ningún reparo en besarse de forma serena y continuada durante unos interminables segundos que parecieron horas. Cuando sus labios se separaron, los involuntarios espectadores disimularon mirando hacia otro lado. Los enamorados siguieron cruzándose las miradas, totalmente despreocupados por el hecho de ser el centro de la atención. Luego, sin dejar de coger las manos de la mujer, Noyver buscó a sus compañeros de viaje y los habló por primera vez con un tono que parecía familiar y cercano:

- Caballeros, es hora de descansar. Poneos cómodos.




Alric y Reingard estaban sentados en el suelo de granito de la cima, apoyadas sus espaldas contra una roca. Noyver y su amada estaban frente ellos en la misma postura, en este caso de espaldas al monolito. Todos estaban tapados con mantas, protegiéndose de la gélida temperatura de la mañana. Habían encendido un pequeño fuego para tostar varias hogazas, pero ya se había apagado y nadie tenía intención de reavivarlo, arriesgándose de esta manera a revelar su posición.

Después de haber viajado juntos tantas horas y de haber compartido la primera comida, los dos reyes ya se sentían algo más libres para comportarse de forma natural en presencia del Tal’imran. Éste, lejos de censurar sus actos o palabras, por primera vez sonreía y trataba a sus subordinados como a verdaderos compañeros de penurias. Sin duda, el reencuentro con aquella mujer lo había cambiado.

Para el kulmeh y el namirio, la identidad de esa joven era desconocida; Noyver no se había molestado en hacer ningún tipo de presentación. A simple vista, lo único que podían saber era una cosa: ella también era una sometida.

Ya fuera porque la Exención había dejado un efecto particularmente intenso en su físico o porque no estaban acostumbrados a ver mujeres en las filas de los sometidos –de hecho, era el primer caso que conocían- tanto Alric como Reingard no podían dejar de observar, con todo el disimulo del que eran capaces, a la joven. Ella no les prestaba ninguna atención. Reclinada de lado sobre su amado y con su cabeza apoyada en su hombro, parecía como si el mundo, desde su perspectiva, se redujera a ellos dos. Algo muy típico de los enamorados, por otra parte.

Alric no dejaba de estremecerse cada vez que alzaba la vista y se encontraba con el rostro de la sometida. A lo largo de su vida de cautiverio en Justicia del Siegmoné había visto a centenares de hombres sometidos a la Exención, así que estaba más que acostumbrado a su presencia. Recordaba que de niño, cada vez que veía a uno, salía corriendo o cerraba los ojos, pero de eso hacía mucho tiempo. Desde entonces, la única sensación que le transmitían era una falsa indiferencia mezclada con la repulsa que despiertan en las gentes de bien las malas personas en general y los seres malvados en particular.

Sin embargo, cada vez que sus ojos enfocaban el rostro de aquella sometida, le entraban ganas de marcharse y de estar lo más lejos posible de ella, de una forma muy parecida a como se escondía tras las piernas de su padre durante su infancia. La Exención del Siegmoné había dejado una marca profunda en ella, hasta el punto que su apariencia original era difícilmente imaginable partiendo de su aspecto actual. Por ello, al rey namirio le resultó imposible determinar su origen racial, más allá de constatar que no era qarmata aunque estuviera maquillada a la última moda palaciega de Justicia del Siegmoné. Pero no eran las capas de polvos y pinturas lo que impedían acceder a su verdadero ser, sino más bien otra barrera mucho más impenetrable: la impronta de perversidad que insuflaba la maldición de la Exención.

Reingard, por su parte, también centraba sus pensamientos en Noyver y su amada, pero le importaba menos el físico de la enigmática sometida como su relación con el príncipe Tal’imran. Por su cabeza se le pasaban multitud de preguntas, y todas se resumían en una: ¿cómo había acabado Noyver tomando una amante no qarmata, y además siendo una mujer con unas características tan particulares? Las relaciones íntimas interraciales estaban estrictamente prohibidas en el Qarmat, razón por la cual no se conocía ningún caso de matrimonio oficial entre un qarmata y un miembro de otra raza en toda la historia de Gottenmorth. Pero es que, además, Noyver no era un qarmata cualquiera: era un Tal’imran puro, el hijo del Soberano Espectral. Lo último que se habría imaginado es que alguien de su condición violara una norma tradicional tan básica.

Por encima de todo, tanto el namirio como el kulmeh se preguntaban una y otra vez como era posible que se conjugaran en una misma escena tres circunstancias que no habían concebido jamás, a saber: que el hijo del Cuervo tuviera una amante no qarmata, que tal amante se encontrara allí, con ellos, en esa extraña situación, y que, siendo mujer, fuera una sometida.