Volver a nacer
Cuando el guía se detuvo por
última vez para palpar la roca, tanto Reingard como Alric se desplomaron. La
larga caminata por las entrañas de la tierra los había dejado exhaustos, y el
penetrante frío de aquellas galerías que jamás habían conocido el Sol entumecía
sus torturados miembros hasta el punto de perder el control sobre ellos. Los
continuos mareos provocados por la falta de oxígeno y la sensación galopante de
claustrofobia hicieron el resto.
Noyver Tal’imran pasó
completamente a oscuras por encima de sus dos compañeros de viaje sin llegar a
tocarlos en ningún momento, y se situó a la altura de su congénere. Éste siguió
estudiando la pared natural hasta dar con un mensaje gravado, que leyó con el
tacto.
- Alteza, es aquí. Hemos llegado.
- Ábrela.
El qarmata escarbó con sus dedos
la compacta tierra acumulada en una hendidura, lo que provocó sonoros
desprendimientos magnificados por el eco de la galería. Al fondo había otro
mecanismo, que no dudó en accionar de inmediato.
Al principio, todo siguió en
silencio. Luego percibieron un lejano y tenue ruido parecido al que produce una
cadena cuando fricciona con los dientes de las poleas. Esta novedad llamó la
atención de Alric y Reingard, que seguían tumbados en el suelo y con serios
problemas para mantenerse conscientes. Abrieron los ojos de par en par, aunque
no por ello vieron más que tinieblas negras.
Poco después, el sonido de un
complejo sistema de engranajes y cadenas en funcionamiento era perfectamente
perceptible para sus oídos acostumbrados al silencio. El rumor parecía
llegarles desde todas direcciones, lo que puso a los dos reyes en guardia. El
suelo empezó a temblar ligeramente, al mismo tiempo que una mezcla de tierra,
piedrecitas y raíces rotas empezó a caerles encima desde el techo. El kulmeh y
el namirio, asustados, se incorporaron y se sentaron apoyándose en la pared.
El ruido mecánico sostenido cesó
dando paso a otro mucho más estridente y cercano: la roca que estaba ante ellos
y que bloqueaba el corredor se estaba abriendo, literalmente, por la mitad. El
agujero que quedó no era muy grande, lo justo para que pudieran pasar
contorsionando mínimamente el cuerpo. Antes, empero, Noyver y el guía
intercambiaron unas palabras en su complicado idioma que sus dos compañeros
interpretaron como una despedida. Efectivamente, el qarmata desconocido,
después de pronunciar su última palabra, dio media vuelta y empezó a deshacer
sus pasos por la interminable galería. Alric pensó en lo que le esperaba, esta
vez completamente solo, hasta alcanzar la Fortaleza de nuevo, y sólo de imaginárselo se
estremeció y se le atragantó la saliva.
- Señores, este es el camino.
Noyver cogió la mano de Reingard,
tiró de él y lo levantó. Luego hizo que se agachara y lo guió para que se
introdujera por el agujero recientemente abierto. Mientras el Tal’imran repetía
la misma operación con su amigo, el rey kulmeh enseguida se dio cuenta de que
en la nueva estancia se respiraba mucho mejor, y olía distinto.
Acompañados por los sonidos de
piedrecitas que todavía se desprendían del techo y de las paredes, los tres
viajantes emprendieron una ascensión que, suponían, los llevaría a la
superficie. La pendiente, cada vez más pronunciada, obligó a los dos reyes a
doblar sus cuerpos hacia delante para mantener el equilibrio y facilitar el
paso. Noyver encabezaba la marcha esta vez, y la dificultad de la subida
parecía que no hacía mella en él; al contrario de sus dos compañeros, que
habían optado por avanzar a gatas, él continuaba erecto y sin dar muestras de
cansancio.
Los jadeos provocados por el
esfuerzo de la ascensión no impidieron que Alric y Reingard pudieran respirar,
por primera vez en horas, a pleno pulmón, lo que hizo que disminuyera la
opresión que sentían en el pecho y el mareo que nublaba sus consciencias. La
perspectiva de salir de aquel infierno en las profundidades del subsuelo hizo
que recobraran las fuerzas, aunque en ese momento la marcha fuera mucho más
dura a causa del desnivel. Avanzando todavía a gatas, a ambos les dio un vuelco
el corazón cuando sus manos dejaron de hundirse en la fina capa de lodo del
suelo y pasaron a palpar piedra labrada. Con ello interpretaron que la salida
estaba cerca.
Efectivamente, una ligera
corriente de aire les indicó que ya estaban cerca del final. La oscuridad
seguía siendo completa, pero el ambiente era mucho menos denso, parecido al de
una bodega en el sótano de una casa. Durante ese último tramo del trayecto
tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo para no resbalar. La pendiente se
empinaba más y más, pero seguían sin aparecer unos ansiados escalones que
facilitaran el paso. En vez de eso, las losas se asemejaban a un bloque de
hielo.
Alric y Reingard pronto
descubrieron por el tacto que a ambos laterales del suelo de la galería había
unos soportes de metal que servían de agarraderas. A partir de entonces,
siguieron ascendiendo buscando desesperadamente la siguiente pieza antes de que
los pies les fallaran y se deslizaran hacia abajo. La alegría de ver pronto la
luz al final del túnel se vio rápidamente sustituida por el miedo a resbalar y
bajar rodando hasta los horrores del abismo sin poder hacer nada por evitarlo.
Desde la perspectiva de los dos
reyes, cómo se las había arreglado Noyver para seguir ascendiendo era una
absoluta incógnita. Escuchaban sus pasos, firmes y regulares, a pocos metros
por delante, pero no tenían ni idea de cómo se lo hacía para no resbalar. Si no
fuera porque ellos conocían a los qarmatas mejor que nadie, y por lo tanto
sabían que eran mucho más humanos de lo que la gente creía, darían crédito a
las leyendas populares que corrían por todo el continente referentes a su
supuesta capacidad de levitar e incluso de volar.
En cualquier caso, cuando el
dolor de los brazos, que se estaban llevando la peor parte en la ascensión, y
los latidos del corazón producidos por el terror de volver al precipicio en
cualquier momento eran ya insoportables, Noyver se detuvo. Ellos, instintivamente,
hicieron lo mismo, firmemente agarrados al último asidero que alcanzaron. Sólo
entonces se dieron cuenta de que respiraban, por primera vez después de
interminables horas de sufrimiento en las entrañas de la tierra, aire exterior.
Noyver levantó una trampilla, lo que provocó un desprendimiento inmediato de
tierra que bajó a toda velocidad por la pendiente.
- Seguid adelante.
Al oír esta instrucción, los dos
reyes se limpiaron la cara de la tierra que les había caído encima y siguieron
subiendo a gatas. Pronto notaron el viento en sus sudorosos rostros, lo que les
provocó varios escalofríos. A causa de la dureza de la subida, hacía rato que
habían abandonado el frío del subsuelo por el acaloramiento del esfuerzo
físico.
Reingard fue el primero en alcanzar
la superficie. Tan pronto como salió por el agujero, se desplazó a cuatro patas
hacia un lado y empezó a vomitar saliva. Alric lo siguió de cerca, con sus ojos
llorosos y su corazón en un puño.
Y así fue como los dos máximos
líderes de las dos civilizaciones más importantes de Gottenmorth salieron del
útero de la Madre Tierra
tras un largo y doloroso parto. No vieron la ansiada luz que esperaban porque
era de noche, pero ya nadie podía robarles esa dulce sensación de volver a
nacer.
…
Varias horas después, Alric y
Reingard ya estaban prácticamente recuperados de la dura experiencia sufrida
bajo tierra. Estaban cansados y somnolientos, pero sabían que, aunque se
acostaran, no conseguirían conciliar el sueño a causa de las emociones y
pensamientos que invadían sus mentes como un torbellino. Sea como fuere,
Noyver, que marchaba a varios metros por delante, ni siquiera les había
ofrecido la posibilidad de descansar, así que de nada servía pensar en ello.
No fue difícil saber dónde
estaban. El túnel que los había sacado del Qarmat los había llevado
directamente al valle del Okba, cuyas aguas, que no podían ver a causa de la
espesura, se escuchaban en la lejanía. Sabían que si seguían ese trayecto
llegarían directamente al Bosque de las Luces, un hermoso paraje forestal que
conocían muy bien por las descripciones que de él se hacían en los libros de
geografía. Se dice que por la noche los viajeros apenas necesitan antorchas
para desplazarse entre sus árboles gracias a las numerosas luciérnagas que volaban
alrededor de los caminos, conformando una hermosa visión que atraía a miles de
curiosos y parejas de enamorados de toda la región año tras año. Lo que no podían
imaginarse era hasta qué punto los efectos de la guerra se dejaban notar en el
interior del bosque, pero suponían que había dejado de ser seguro por su
proximidad a la provincia de Kulm, un vasto territorio que se había convertido
en tierra de nadie.
Noyver, por su parte, sí que
tenía información privilegiada al respecto. Sabía que el Bosque de las Luces
era la principal base desde la cual los bárbaros de Akay lanzaban incursiones
contra la retaguardia del Sexto Ejército que asediaba la ciudad de Kulm, así
que tenía muy claro que debían evitarlo a toda costa. Rodearlo por el sur era
peligroso, ya que implicaba adentrarse por un territorio convulso que se
desangraba en una lucha de todos contra todos, y optar por el camino norte era
una imprudencia mayor, puesto que significaba meterse de lleno en territorio
enemigo. Todas las opciones eran malas, como bien sabía el príncipe qarmata.
Por suerte, todavía quedaban varias jornadas de viaje antes de verse obligado a
tomar una decisión.
Para evitar cruzarse con otros
posibles viajeros, Noyver guiaba a sus dos acompañantes a través de la espesura
del valle, lejos de los numerosos senderos que seguían el curso del río. Los
árboles eran más bien escasos, pero en su lugar los matojos y zarzas crecían
por doquier. La caminata, por ello, era incómoda, ya que continuamente los
tallos espinosos de la vegetación se clavaban en sus ropas y en su piel,
provocando pequeños desgarrones y arañazos. La sal del sudor hacía que esas
heridas superficiales escocieran de una forma realmente molesta.
Reingard dio por hecho que Noyver
no les daría ningún respiro y caminarían toda la noche. Si bien es cierto que
apenas lo conocía personalmente, no hacía falta haber intimado mucho con un
Tal’imran para saber que la empatía no se contaba entre sus virtudes. Lo único
que conocía del joven príncipe era lo que todo el mundo había podido constatar:
que era una persona reservada y solitaria, poco amante de los actos públicos y
aún menos de la política. Muy diferente, en este sentido, a su hermano
Gudeniar, el omnipresente heredero que aprovechaba toda ocasión para recordarle
al mundo que él era el inminente dueño de su destino.
Esa imagen de aristócrata frío,
distante e inaccesible se vio confirmada después de varias horas de
coexistencia. Las pocas veces que el menor de los Tal’imran se había dirigido a
sus compañeros lo había hecho con palabras escuetas y tono aséptico, sin emoción.
Ni Reingard ni Alric se plantearon en ningún momento entablar una conversación
con Noyver para amenizar la caminata, entre otras cosas porque tampoco sabrían
qué decir; pero es que ni siquiera se atrevían a hablar entre ellos, por miedo
a molestarlo. Ese silencio sepulcral que los acompañaba no hacía otra cosa más
que multiplicar los pensamientos pesimistas. El hecho de no poder distraer la
mente con nada estaba empezando a afectar seriamente su salud mental.
Toda esa imagen construida
alrededor de la figura del príncipe qarmata se vio rápidamente desmoronada al
amanecer, cuando el grupo llegó a la cima de un montículo rocoso después de
haber ascendido sin tregua a través de un estrecho y serpenteante sendero. Doblaron
hacia el norte dejando a su derecha la última roca, y enseguida advirtieron la
presencia de dos hombres, ambos reclinados sobre un monolito situado en el
centro del pequeño claro. Tan pronto como los vieron llegar, los dos
desconocidos se cuadraron y saludaron al Tal’imran con extrema gravedad. Éste se
detuvo y respondió al saludo, pero en vez de mirarlos a ellos centró su
atención en lo que había tras el monumento de piedra. Alric, entretanto,
observó con disimulo a los dos hombres, y no tardó en concluir que eran dos
sometidos. Las marcas de la
Exención eran claramente visibles en ellos, empezando por
esos ojos que transmitían maldad y terminando por la forma con que habían
saludado a su jefe. A veces, la transformación que sufrían aquellos que se
sometían a la maldición del Siegmoné cambiaba tanto su aspecto que llegaba a
ser difícil reconocer su origen, pero Reingard no dudó en que eran kulmeh. Esa
certeza se vio confirmada cuando uno de ellos se dirigió a Noyver en el idioma
del Gotten Law:
- Mi señor, ahora mismo viene.
Dicho y hecho. Una mujer apareció
segundos después. Salió de detrás del monolito, y avanzó directamente hacia
Noyver, sin siquiera saludarle ni presentarle ningún otro tipo de respeto. El
qarmata abrió los brazos para recibirla, y ella no dudó en pegarse a su cuerpo
y cerrar un abrazo comedido pero no por ello exento de pasión. En esa
embarazosa situación, rodeados por dos reyes y dos sometidos, los amantes no
tuvieron ningún reparo en besarse de forma serena y continuada durante unos
interminables segundos que parecieron horas. Cuando sus labios se separaron,
los involuntarios espectadores disimularon mirando hacia otro lado. Los
enamorados siguieron cruzándose las miradas, totalmente despreocupados por el
hecho de ser el centro de la atención. Luego, sin dejar de coger las manos de
la mujer, Noyver buscó a sus compañeros de viaje y los habló por primera vez
con un tono que parecía familiar y cercano:
- Caballeros, es hora de
descansar. Poneos cómodos.
…
Después de haber viajado juntos
tantas horas y de haber compartido la primera comida, los dos reyes ya se
sentían algo más libres para comportarse de forma natural en presencia del
Tal’imran. Éste, lejos de censurar sus actos o palabras, por primera vez
sonreía y trataba a sus subordinados como a verdaderos compañeros de penurias.
Sin duda, el reencuentro con aquella mujer lo había cambiado.
Para el kulmeh y el namirio, la
identidad de esa joven era desconocida; Noyver no se había molestado en hacer
ningún tipo de presentación. A simple vista, lo único que podían saber era una
cosa: ella también era una sometida.
Ya fuera porque la Exención había dejado un
efecto particularmente intenso en su físico o porque no estaban acostumbrados a
ver mujeres en las filas de los sometidos –de hecho, era el primer caso que
conocían- tanto Alric como Reingard no podían dejar de observar, con todo el
disimulo del que eran capaces, a la joven. Ella no les prestaba ninguna
atención. Reclinada de lado sobre su amado y con su cabeza apoyada en su
hombro, parecía como si el mundo, desde su perspectiva, se redujera a ellos
dos. Algo muy típico de los enamorados, por otra parte.
Alric no dejaba de estremecerse
cada vez que alzaba la vista y se encontraba con el rostro de la sometida. A lo
largo de su vida de cautiverio en Justicia del Siegmoné había visto a
centenares de hombres sometidos a la Exención , así que estaba más que acostumbrado a
su presencia. Recordaba que de niño, cada vez que veía a uno, salía corriendo o
cerraba los ojos, pero de eso hacía mucho tiempo. Desde entonces, la única
sensación que le transmitían era una falsa indiferencia mezclada con la repulsa
que despiertan en las gentes de bien las malas personas en general y los seres
malvados en particular.
Sin embargo, cada vez que sus
ojos enfocaban el rostro de aquella sometida, le entraban ganas de marcharse y
de estar lo más lejos posible de ella, de una forma muy parecida a como se
escondía tras las piernas de su padre durante su infancia. La Exención del Siegmoné
había dejado una marca profunda en ella, hasta el punto que su apariencia
original era difícilmente imaginable partiendo de su aspecto actual. Por ello,
al rey namirio le resultó imposible determinar su origen racial, más allá de
constatar que no era qarmata aunque estuviera maquillada a la última moda
palaciega de Justicia del Siegmoné. Pero no eran las capas de polvos y pinturas
lo que impedían acceder a su verdadero ser, sino más bien otra barrera mucho
más impenetrable: la impronta de perversidad que insuflaba la maldición de la Exención.
Reingard, por su parte, también
centraba sus pensamientos en Noyver y su amada, pero le importaba menos el
físico de la enigmática sometida como su relación con el príncipe Tal’imran.
Por su cabeza se le pasaban multitud de preguntas, y todas se resumían en una:
¿cómo había acabado Noyver tomando una amante no qarmata, y además siendo una
mujer con unas características tan particulares? Las relaciones íntimas
interraciales estaban estrictamente prohibidas en el Qarmat, razón por la cual
no se conocía ningún caso de matrimonio oficial entre un qarmata y un miembro
de otra raza en toda la historia de Gottenmorth. Pero es que, además, Noyver no
era un qarmata cualquiera: era un Tal’imran puro, el hijo del Soberano
Espectral. Lo último que se habría imaginado es que alguien de su condición violara
una norma tradicional tan básica.
Por encima de todo, tanto el
namirio como el kulmeh se preguntaban una y otra vez como era posible que se
conjugaran en una misma escena tres circunstancias que no habían concebido
jamás, a saber: que el hijo del Cuervo tuviera una amante no qarmata, que tal
amante se encontrara allí, con ellos, en esa extraña situación, y que, siendo
mujer, fuera una sometida.