Esa putrefacta
isla
“Todos los males vienen de
Qeynah”, afirmaba el dicho que todos los qarmatas pronunciaban cada vez que
afrontaban una dificultad de cualquier tipo. La principal dificultad con la que
les había tocado lidiar en los tiempos actuales era el cerco namirio que se
cernía sobre su país y que amenazaba su antaño inaccesible capital, y, teniendo
en cuenta que ese mismo cerco había sido planeado y ordenado desde la isla de
Qeynah, se podía decir que el refrán cobraba ahora su significado más literal.
Que los qarmatas se acordaran de
la lejana Qeynah cada que vez que sufrían un revés en la vida no era casual,
puesto que las autoridades namirias de esta isla no habían dejado de conspirar
contra el dominio de los Tal’imran desde que éstos sometieran las colonias
continentales y obligaran a la familia real de Porlay a abandonar Gottenmorth
de la forma más humillante. Ocho siglos después, los namirios insulares ni
olvidaban ni perdonaban.
Gildos, una de las primeras
colonias namirias y sede de la monarquía que se independizó de Nimeríades
durante la mayor parte de la historia, era un floreciente enclave comercial a
principios de la guerra contra los Tal’imran. Los barcos procedentes de los
reinos e imperios del sur que amarraban en su puerto para descargar y cargar
mercancías de todo tipo se contaban por decenas a la semana. Era, de lejos, el
destino preferido de los mercaderes extranjeros que se aventuraban a hacer
negocios en el inhóspito norte, y si gozaba de tal privilegio se debía
principalmente a dos motivos: el primero, claro está, estaba relacionado con su
capitalidad del mundo namirio septentrional. Las familias más ricas, así como
la propia monarquía, tenían su hogar o la sede de su emporio en esta ciudad, así
que la forma más rápida de buscar las mejores oportunidades y cerrar el trato
más beneficioso pasaba por una visita obligada a Gildos.
El segundo motivo, sin duda mucho
más determinante, se refería a la inmejorable situación geográfica de la
colonia. Y es que, por una parte, su acceso por mar evitaba completamente el
innavegable Mar Insomne, toda una garantía para los capitanes que valoraban,
por encima de todo, la integridad de su nave, de su carga y de su tripulación.
Y por otra, Gildos estaba lo suficientemente lejos del continente, y, por consiguiente,
de la guerra que se libraba en él. Aunque la costa del Golfo de Finnstrone
vivía en relativa paz después de que los pocos señores namirios locales que se
negaron a unirse a la Gran Traición
del Regente de Porlay hubieran sido derrotados, pocos eran los navegantes que
se atrevían a aventurarse en sus aguas, exponiéndose de esa manera a ser
engullidos por el mar como resultado del poder de convocatoria de los
Tal’imran. Habían pasado ocho siglos desde el desastre de la evacuación de
Porlay, pero las imágenes de barcos tumbados por gigantescas olas que aparecían
de la nada o de cascos hechos añicos por icebergs invisibles seguían muy
presentes en la memoria colectiva namiria. Por ello, los mercaderes más
prudentes venidos de ultramar preferían descargar en Gildos y dejar que fueran
los marinos qeynitas quienes se encargaran de transportar las mercancías hasta
el continente.
En el puerto y mercado de Gildos
se comerciaba con infinidad de bienes, pero si había un negocio particularmente
preciado y lucrativo, éste era la compra-venta de esclavos. Puesto que la
población autóctona de la isla de Qeynah hacía siglos que se había reducido a
su mínima expresión a consecuencia de un dominio colonial brutal, la mayoría de
los esclavos que se exponían en Gildos procedían de Gottenmorth. Desde allí,
eran trasladados a la capital namiria insular por mar, donde se les adiestraba
y preparaba para su venta. Completado el proceso, se enviaba a los que eran
declarados aptos a Yesarim, un pequeño islote que albergaba una fortaleza
esclavista. Ya sólo faltaba el último paso: que un mercader extranjero se
interesara por ellos y los comprara.
Si el negocio funcionaba tan bien
era porque los reinos y repúblicas del sur necesitaban urgentemente esta mano
de obra, pero no podían tomarla de sus respectivos territorios porque el
esclavismo había sido abolido en todo el continente meridional, incluida la
misma Nimeríades, antaño una gran potencia esclavista. Lo mismo sucedía en
Gottenmorth, ya que esta práctica era anecdótica entre los kulmeh e inexistente
entre los bárbaros. En cambio, los namirios habían mantenido la costumbre
importada desde su patria original, y ahora eran los mayores beneficiados de su
continuidad. Por su parte, los ricos del sur veían en el norte la única oportunidad
de adquirir esclavos de una forma segura y barata, mucho mejor que tener que
capturarlos ellos mismos en continentes remotos, salvajes y peligrosos. Esta
simbiosis redundaba muy favorablemente en la economía de Qeynah y de las
colonias namirias continentales, motivo por el cual el quinto Soberano
Espectral, Todmar, prohibió el tráfico de esclavos entre el Golfo de Finnstrone
y Qeynah, buscando de esta manera ahogar económicamente la isla.
Pero Gildos no era solamente un
puerto de salida. También representaba, y ese era su principal valor, la
principal puerta de entrada a Qeynah y a Gottenmorth de los últimos productos,
ideas, descubrimientos científicos y avances tecnológicos que se gestaban en
todo el mundo. Gracias a Gildos, conocida en este contexto como la ventana del
norte al mundo, los namirios podían estar a la última a pesar de vivir en un
territorio tan lejano y apartado. Este privilegio, decisivo para entender el
progreso namirio y su ventaja respecto a los otros pueblos de Gottenmorth, estaba
vetado a la otra gran civilización del continente, los kulmeh. Para ellos, el
Mar Insomne era un obstáculo insalvable y el principal culpable de su
estancamiento. Ningún barco procedente del sur podía cruzarlo a causa de sus
remolinos internos y tormentas perpetuas, así que el Gotten Law, la patria de
todos los kulmeh, no se podía beneficiar de sus miles de kilómetros de costa
meridional.
Las únicas alternativas al Mar
Insomne como posibles rutas comerciales eran el Yermo del Kur-Urin y la costa
oriental. El primero, por sus particularidades climáticas y geográficas, apenas
era mejor, y por ello el tráfico de caravanas que comunicaban el Gotten Law con
el lejano sur era siempre insuficiente. Teniendo en cuenta que muchas de ellas
acababan siendo diezmadas por la deshidratación, la inanición o los ataques de
bandidos, y que para poder cruzar el territorio de las tribus del yermo se
tenían que pagar continuos peajes, los comerciantes que negociaban con los
kulmeh sólo jugaban sobre seguro y jamás arriesgaban más de lo necesario,
limitando de esta manera el número y la calidad de los productos que llegaban a
Gottenmorth por tierra. Si los kulmeh querían más, tenían que bajar ellos
mismos al lejano sur y traer las mercancías por sus propios medios, y entonces
siempre se preguntaban cómo lo habían hecho sus antepasados cuando cruzaron el
Kur-Urin sin mapas ni destino.
Ante los problemas que presentaba
el yermo para el transporte de mercancías, la ruta alternativa más lógica sería
por mar bordeando la costa oriental… sino fuera porque, a causa de la ausencia
de gobierno central que caracterizaba el Kur-Urin, esa costa estaba infestada
de piratas, algunos de los cuales eran kulmeh y otros, la mayoría, originarios
de los reinos del sur. Por ello, los mercaderes que optaban por el viaje
marítimo, o bien se veían obligados a navegar mar adentro, a través del océano,
o bien debían multiplicar la escolta. En cualquier caso, se disparaban los
costes y disminuían los beneficios.
Todo este cúmulo de infortunios
era el principal causante de que el Gotten Law siempre estuviera varios pasos
por detrás respecto a las colonias namirias en la carrera civilizadora. Por
caprichos del destino, los kulmeh no tenían ninguna Gildos que les abriera las
puertas al mundo de par en par.
El príncipe Gudeniar,
perfectamente consciente del papel que Qeynah estaba jugando en el devenir del
imperio de su familia y del de todo Gottenmorth, se refería a ella a menudo
como “esa putrefacta isla”. La última vez que lo hizo fue en un discurso pronunciado
ante la plana mayor de defensa del Qarmat. Buscando un mayor efectismo, el
heredero al Arco de Huesos convocó a los principales responsables civiles y
militares qarmatas lejos de Justicia del Siegmoné, en la cima de un monte
situado a varios kilómetros al norte. La decisión tenía un punto de
inquietante, pues a esas alturas de la guerra las incursiones de pequeñas
bandas de bárbaros y namirios que conseguían esquivar la defensa qarmata y se
internaban en el valle para saquear o sabotear líneas de suministro no eran
raras. En realidad, esos ataques tenían un impacto mucho más simbólico que
real, ya que en general causaban poco daño y casi siempre terminaban con la
muerte o captura de todos los asaltantes, pero sí que conseguían trasladar el
terror de la guerra al interior del Qarmat y sumir a sus dueños en la vergüenza
de ver como su patria estaba siendo violada.
Por ello, los jerarcas qarmatas
hubieran preferido quedarse en su capital antes que aventurarse por un
territorio que había dejado de ser seguro, pero los designios del Tal’imran
eran cualquier cosa menos recurribles. Tampoco es que Justicia del Siegmoné
estuviera muy bien protegida, y de hecho sufría de escandalosas carencias en
este sentido, pues carecía de muros, fosos, torres y demás sistemas defensivos
básicos, todo ello como consecuencia de la tranquilidad de que había disfrutado
el Qarmat desde su fundación y del obcecamiento de Siguerid II en cerrar los
ojos a la realidad durante toda la guerra: a pesar de las múltiples recomendaciones
que había recibido por parte de sus consejeros menos dados a la adulación, el
Cuervo siempre se había negado a preparar la ciudad y el país para una posible
invasión, pues hacerlo hubiera supuesto un reconocimiento de que las cosas
podían torcerse bajo su liderazgo y eso ya era una profunda humillación en sí
misma. Las consecuencias de tal negligencia se empezaron a notar a principios
del año, cuando los estandartes namirios empezaron a aparecer por las llanuras
que dan paso a las colinas que delimitan el Valle del Niss por el oeste, y
sobre todo por la fulgurante toma de Damsk, un desastre que se podía haber
evitado si la ciudad portuaria hubiera contado con una guarnición decente para
su defensa. Viendo que la realidad se imponía a su ceguera, el Soberano
Espectral decidió mover ficha por primera vez y puso a su hijo Gudeniar al
frente de la defensa del Qarmat. El Sanguinario, mucho más realista que su
padre, tuvo que arreglar en pocos meses lo que no se había hecho en siglos,
pero ya era demasiado tarde: no se podían construir castillos y murallas
solventes en tan poco tiempo, y más cuando el enemigo marchaba sin obstáculos
en el cercano horizonte.
Bajo el viejo roble que presidía
la cima del monte, Gudeniar terminó de arengar a sus súbditos con las siguientes
palabras:
- Puesto que Qeynah ha traído la
guerra a nuestra patria, nosotros llevaremos la guerra al corazón de esa
putrefacta isla. Libraremos batallas que harán encanecer el pelo de los niños.
Nuestra venganza será terrible. Es hora de que Gottenmorth y todo el norte
conozcan, otra vez, el verdadero poder de los Tal’imran.
Los potentados qarmatas que
escucharon al heredero del Soberano Espectral se quedaron totalmente
desconcertados. ¿Qué significaban esas últimas palabras? Algunos, muy pocos,
confiaron ciegamente en el Tal’imran y creyeron realmente que éste tenía un
plan serio y realista de reconquista. Otros, en cambio, dieron por hecho que se
trataba de una hipérbole inocente para levantar los ánimos y alejar cualquier
atisbo de derrotismo entre la élite qarmata. La mayoría, sin embargo, pensó que
Gudeniar estaba empezando a delirar como su padre.