Parte II. Capítulo 34.


Un nuevo ciclo namirio



Lizar poseía, sin lugar a dudas, una belleza especial. Sus casas bajas de piedra gris, coronadas por inclinados tejados de pizarra y largas chimeneas humeantes, le conferían un aspecto pintoresco que encandilaba a cualquier posible visitante. La villa se extendía a través de la falda de un monte entre los valles del Volda y del Navel, por lo que sus adoquinadas calles se convertían frecuentemente en escaleras que salvaban pronunciados desniveles. Numerosos puentes permitían el paso a través de los torrentes y riachuelos helados que regaban cada rincón, y los cobertizos que resguardaban a los transeúntes de los frecuentes aguaceros y nevadas estaban comúnmente decorados por macetas colgantes llenas de coloridas plantas locales resistentes al frío.

Pero si había un lugar que merecía una especial atención, éste era el Palacio de Invierno, una soberbia construcción a medio camino entre la fortaleza y la casa señorial situada en la parte más elevada de la villa. Sus balcones soportados por columnas cuadradas, sus cristaleras de colores, sus arcadas gravadas y sus fachadas decoradas por bajorrelieves que representaban escenas de la historia namiria conformaban una visión de sencillo lujo rural difícil de encontrar en cualquier otro lugar.

Pero lo más importante de ese palacio no era su aspecto exterior, sino lo que albergaba en su interior. Aparte de los espaciosos salones calentados por un innovador sistema de calefacción y de los baños que se alimentaban con aguas termales procedentes de un embalse subterráneo cercano, su principal valor residía en la biblioteca, una de las más grandes de Gottenmorth, dedicada exclusivamente a la historia y literatura namiria. Sin bien era cierto que el número de obras que contenía era inferior al de otras grandes bibliotecas de las colonias namirias, como era el caso de la de Finnstrone y la de Cais, ésta las superaba en cantidad de copias originales, algunas de las cuales databan de la época de la primera república de Nimeríades. El cómo habían llegado esos preciados documentos desde el lejano sur hasta la remota colonia de Lizar era un misterio, pero daba una idea del auténtico poder e influencia de los Hijos de Nerlan. La biblioteca de Lizar representaba un atractivo innegable, y no eran pocos los namirios del Golfo, de Qeynah e incluso de Nimeríades que viajaban expresamente hasta la colonia para consultar su preciado tesoro cultural. Evidentemente, los Hijos aprovechaban esta forma de peregrinaje para difundir sus ideas y captar nuevos adeptos.

Justo encima de la biblioteca, en la planta superior, Domedian du Nimeríades, rey de Nuevo Nerlan, había instalado su despacho. Desde el día de su coronación, pocas eran las personas que lo habían visto, puesto que el anciano erudito se había encerrado en sus aposentos y ya no los había abandonado. Era un rey con todas las de la ley, pero aun así su estilo de vida importado desde ultramar apenas había cambiado. Como en la vieja metrópoli imperial, su prioridad eran los libros, las traducciones y los ensayos. La política, entendida como el ejercicio del poder, era algo completamente ajeno a sus quehaceres. Más bien se dedicaba a teorizar sobre la ideología de los Hijos y del joven reino, y dejaba que otros se encargaran de la ejecución práctica de su pensamiento. Así había sido desde que los Hijos lo trajeran de Nimeríades y lo reclamaran como su líder, y era algo que no iba a cambiar. 

Cuando el joven asistente de cámara entró en el despacho, encontró a Domedian con la pluma en la mano y los ojos concentrados en las líneas que ya había completado.

- Su Eminencia, hemos recibido una carta lacrada con el sello de Porlay.

Impertérrito, sin alzar la vista ni desviar su atención del manuscrito, el anciano ordenó al asistente que dejara el documento sobre el escritorio y que se retirara. El pergamino permaneció enrollado y sellado durante más de una hora, hasta que su destinatario terminó su trabajo y se dignó a prestarle atención.

Con toda tranquilidad, guardó el códice en un cajón, limpió la pluma y cerró el tintero. Sólo entonces, después de limpiarse sus teñidos dedos en una toalla perfumada, rompió el lacre y desenrolló la carta.

 “De Ludbin du Volfand, Canciller de la Corona, a Domedian du Nimeríades, Rey de los Hijos de Nerlan. Por la presente, te convoco a una reunión en el lugar de tu elección, preferiblemente antes de la llegada del invierno. El motivo requiere la máxima discreción, como seguro que tu eminente persona sabrá comprender. Quedo a la espera de tus noticias, y aprovecho la ocasión para orar a los dioses por tu buena salud y tu buen gobierno, así como por la unión del pueblo namirio en esta hora decisiva”.

La escueta misiva decía mucho más de lo que aparentaba, y Domedian lo sabía. No era casualidad que se refiriera a él como Rey de los Hijos de Nerlan y no de Nuevo Nerlan, ni tampoco que lo urgiera a poner lugar y fecha de reunión antes del invierno o que apelara a la unión de los namirios. Cada palabra estaba perfectamente medida, y escondía un propósito concreto. Domedian comprendió al instante cuales eran las intenciones del Regente de Porlay.

Su respuesta, tan cargada de simbolismo como exigían las circunstancias, no se hizo esperar

“De Domedian du Nimeríades, Rey de Nuevo Nerlan y de los auténticos namirios, a Ludbin du Volfand, Regente de Porlay. La reunión se celebrará dentro de un mes en la mansión qarmata de Bren. La seguridad de tu ilustre persona está garantizada en Nuevo Nerlan, así que tu delegación no podrá superar la cantidad de 15 hombres armados. Oro a los dioses protectores del Gran Nimeriades y de nuestros antepasados por el advenimiento de un nuevo ciclo namirio en Gottenmorth y en el mundo”.