Parte II. Capítulo 33.


La ciudad eterna



La situación, por supuesto, se veía muy diferente desde Kulm. Si Porlay, la joya del norte, estaba a salvo de la guerra gracias a los miles de kilómetros que la separaban del frente, Kulm, la ciudad eterna, estaba, por el contrario, en el epicentro del conflicto. La encarnizada lucha que se libraba por medio continente había penetrado en la capital de los kulmeh hasta sus mismas entrañas. El Sexto Ejército del Cuervo, la más poderosa formación militar terrestre de todo el norte, ocupaba desde hacía meses la mayoría de los suburbios extramuros de la ciudad, y varios barrios del tercer círculo y uno del segundo círculo también habían caído en manos del invasor. Ningún rincón de la urbe, ni siquiera el fortificado anillo central, podía ignorar una batalla que cada día costaba más y más vidas entre la población civil. La lucha callejera había movilizado hasta los últimos recursos humanos disponibles; incluso mujeres, ancianos y niños colaboraban en la construcción de barricadas y traslado de suministros y heridos.

Si la ciudad eterna, víctima de innumerables asedios a largo de su historia desde su mismo nacimiento como acuartelamiento en el límite septentrional del Gotten Law, aguantaba el embate diario de las tropas del Cuervo y de sus poderes fantasmales, eso se debía, sobre todo, a tres factores. El primero era, sin duda, la determinación de su población, decidida a defender hasta la muerte la ciudad que encarnaba la voluntad de supervivencia de todo un pueblo desde hacía más de un milenio. La historia de esta plaza pesaba más que cualquiera de sus interminables murallas y torres: jamás había sido tomada, ni siquiera por parte de los kur-urineses, que la asediaron sin éxito durante meses para al final, después de ser derrotados en el río Volda, verse obligados a pactar con las autoridades kulmenianas un intercambio de vasallaje e impuestos por autonomía. Este carácter inexpugnable había convencido a muchos kulmeh de que la caída de su simbólica capital supondría el fin de su existencia como pueblo, por lo que su defensa a ultranza se había convertido en la máxima prioridad. Directamente relacionado con ello, otro factor que jugaba en favor de Kulm era la inmensa ola de solidaridad que su sufrimiento había despertado entre los kulmeh de todos los rincones del Gotten Law. De manera regular, cada vez eran más los nobles y señores que abandonaban su neutralidad en la guerra para acudir con sus tropas en auxilio de Kulm. Tal era la intensidad del sentimiento nacionalista que muchos terratenientes dejaban desprotegidas sus tierras a merced del enemigo y de los bandidos si con ello podían ayudar en la defensa de su baluarte más sagrado. La única excepción a esta tendencia era el enclave comercial de Anzig y la Costa de los Caídos junto con los feudos de Raumar e Istiamar, los últimos territorios kulmeh que se mantenían fieles a los Tal’imran.  

El tercer y último factor que hacía augurar una posible victoria kulmeniana eran las tribus bárbaras de Northa. Akay, su país, había sido arrasado al inicio de la guerra por el mismo Sexto Ejército que asediaba Kulm, y si su suerte no había sido aún más trágica era gracias al levantamiento kulmeh que obligó a las tropas del Cuervo a desplazarse al sur para hacerle frente. Ahora que su territorio estaba libre del yugo enemigo, muchos bárbaros cruzaban el río Okba para vengarse de los verdugos de sus familias. Este inesperado movimiento había ayudado a crear un pasillo a través del bosque que permitía enviar suministros a la ciudad.

Esta era, en resumen, la situación en el frente kulmeniano al inicio del tercer año de guerra. Una mezcla de desesperación y moderado optimismo que impedía dormir, noche tras noche, al gobernador de la ciudad, Mordin lan Konigsber.

- ¿Qué novedades nos llegan del Valle de los Cadáveres?- preguntó el dirigente kulmeh.

- Los namirios han cerrado el cerco sobre La Ciudad Fantasmal. Si el Cuervo se decide a abandonala, sólo podrá hacerlo por aire o bajo tierra- respondió su consejero, el juez Helm lan Spier. 

- Eso no es ninguna noticia. ¿Algún indicio de retirada del enemigo?

- Ninguno. El Cuervo se ha obsesionado con la toma de Kulm, y me temo que nada hará menguar su determinación de hacernos pagar nuestra desobediencia, ni siquiera el hecho de notar el aliento de la traición namiria en su enfermizo cogote.

Mordin reflexionó varios segundos antes de pedir a su consejero el parte de guerra. Éste sacó una hoja de códice reaprovechada, la desenrolló y empezó a leer:

- El enemigo avanza imparable por la Avenida del Gran Kulm en dirección oeste. Hay guerra callejera en todos los barrios orientales del Segundo Círculo, y combates esporádicos en los Jardines Reales y en los alrededores de la Plaza de la Liberación. Los barrios de los especieros, de los orfebres y de los perfumeros están sometidos a una fuerte presión desde varios flancos, y no hay hombres suficientes para defenderlos. Los cañones de Torreón de Brestania mantienen a raya al enemigo en el frente sur, pero la escasez de pólvora impide que disparen con la frecuencia requerida. Eso ha dado alas a las avanzadillas de tropas que intentan tomar el barrio de los curtidores y el Mercado Central, algunos de cuyos edificios ya están en sus manos. Por el oeste, la guarnición que defiende la Puerta de las Cinco Coronas resiste el asalto del invasor desde el Tercer Anillo, pero pronto quedará aislada por el avance enemigo desde el otro lado, y para cuando eso ocurra, su destino estará sellado. La situación sólo es medianamente optimista en los barrios septentrionales, pero incluso en ellos cunde el pánico entre la población por las constantes incursiones nocturnas de los sometidos. Allí por donde pasan no dejan supervivientes, y no podemos destinar más guardias porque todos los hombres con capacidad para luchar están ocupados en otros frentes.

- ¿Qué hay del poder de convocatoria?

- Los soldados y milicianos atrincherados en las barricadas sufren continuos ataques de cuervos, y hay rumores de que una bandada de perros está diezmando nuestras tropas en el cuadrante noreste del Tercer Círculo, pero aparte de esto no tenemos informes serios de más incidentes sobrenaturales, más allá de los habituales ataques de ratas que salen de las alcantarillas para buscar comida. Mucho peor son los fantasmas que acosan a nuestros hombres mientras duermen: no se han reportado excesivos casos de locura o suicidio por efecto de esas pesadillas, pero si que minan la moral de la tropa y profundizan su agotamiento al impedirles descansar. Los testimonios de avistamientos de espectros son constantes, sobre todo entre la población no combatiente, pero la mayoría no son dignos de crédito.

- ¿Qué hay de las deserciones?

- Escasas entre los soldados regulares pero más frecuentes entre la milicia, sobre todo en el Tercer Círculo. No se ha detectado este fenómeno en los batallones de voluntarios kulmeh ni entre los bárbaros.

- ¿Aguanta el pasillo?

- Relativamente. A raíz de la última ofensiva enemiga para cerrar el cerco por el norte muchos akayos se retiraron a los bosques, pero la mayoría han vuelto a la batalla y siguen hostigando el flanco derecho del Sexto Ejército.

- ¿Y nuestros aliados?

- Se multiplican las declaraciones de solidaridad entre los nobles de Khonor, del Bosque Oscuro y de la Planicie, pero en cambio cada vez son menos los señores que ceden sus tropas para la defensa de Kulm. Durante la última semana sólo han llegado 150 arcabuceros del duque de Viera y 20 caballeros del marqués de Manik.

El Protector Mordin, abrumado por tal avalancha de datos desesperanzadores, reflexionó largamente con expresión taciturna. Al final se vio obligado a formular la pregunta clave, aquella cuya respuesta era lo último que quería oír.

- ¿Cuánto tiempo estima el Estado General que podremos resistir?

- No más de cuatro meses, seis a lo sumo. La principal amenaza a la que nos enfrentamos es la posibilidad de que el enemigo consiga rodear el Círculo Central, ya que en tal caso podría forzar nuestra rendición sin necesidad de controlar todos los barrios. Ahora mismo dependemos de los suministros de pólvora y munición que nos llegan desde el norte para mantener nuestras defensas operativas y hostigar el avance del invasor con la artillería. Si se cierra el cerco sobre nosotros, perderemos esa ventaja táctica.

Mordin dejó de observar el gran plano de la ciudad que descansaba sobre la mesa y se dirigió a la ventana. A través de ésta pudo ver las decenas de columnas de humo negro que se elevaban serpenteantes desde varios puntos del Segundo Círculo. Un proyectil lanzado desde un lugar desconocido explosionó cerca de la ciudadela, y el Protector de Kulm se estremeció al ritmo de la ruidosa vibración de los cristales.