Parte II. Capítulo 32.


La joya del norte



Las paredes blancas de la sala circular estaban lujosamente decoradas con toda suerte de dibujos y relieves de yeso. Varios soportes dorados sujetaban estanterías repletas de libros. En otras partes colgaban mapas grabados sobre vitela exquisitamente pulida.

- El cerco sobre Justicia del Siegmoné está cerrado, milord. El Qarmat está dividido en dos partes, y ya no hay posibilidad de que lleguen refuerzos desde ninguna dirección. La victoria está al alcance de la mano.

El optimismo del general no pareció alterar en absoluto la expresión del canciller. Al contrario, su atención seguía dirigiéndose imperturbable hacia el mapa del Valle de los Cadáveres que estaba extendido sobre la mesa, como si él viera algo en la cartografía que los demás no podían.

Finalmente, puso su dedo índice en la frontera sureste del Qarmat, la que comunicaba el país con el territorio kulmeh.

- Ese es el punto débil- dijo el dirigente en tono reflexivo, como si hablara consigo mismo.

El general observó atentamente el mapa, reflexionó unos segundos y dijo midiendo en extremo sus palabras:

- Milord, el enemigo no puede acceder al valle por tierra desde esta dirección. Toda esa zona es territorio hostil para él.

El canciller levantó el dedo del mapa, cruzó sus manos a su espalda y se dirigió a una de las ventanas.

- No es el enemigo qarmata el que me preocupa, general.

Mientras observaba el maremágnum de velas plegadas y mástiles que se levantaban sobre los centenares de navíos amarrados en los muelles del puerto, el canciller continuó su reflexión.

- La toma de Damsk ha supuesto un duro golpe no sólo para los qarmatas, sino también para los kulmeh, que siempre han considerado como propia esa ciudad. Ahora mismo el único ejército kulmeh medianamente poderoso sigue ocupado en el asedio de Kulm, pero… ¿qué pasará cuando el Cuervo decida retirar el Sexto Ejército para salvar Justicia del Siegmoné y los kulmenianos queden liberados de esa amenaza? Llegado el caso, muy probablemente nos veríamos atrapados en dos frentes: uno en la frontera con Akay contra el Sexto Ejército y otro en la frontera con el Gotten Law contra los kulmenianos que vendrían a reconquistar Damsk.

El general analizó mentalmente ese hipotético escenario y lo consideró plausible. Prefirió seguir callado, porque sabía que el canciller no esperaba ningún comentario.

- Por eso debemos intensificar la ofensiva sobre la Ciudad Fantasmal antes de que los kulmenianos se nos vuelvan en contra. Por eso, ahora más que nunca, los namirios debemos estar unidos. 

El canciller alzó la mirada, y se deleitó con la maravillosa vista que le ofrecían las tranquilas aguas plateadas del Golfo. Desde su posición en lo alto de la Torre de la Rosa, situada en la ciudadela de Porlay, la perspectiva era inmejorable. Sin embargo, la tranquilidad que le transmitía el idílico paisaje marítimo contrastaba con la inquietud de su corazón. A pesar de ser el hombre más poderoso de Gottenmorth y de tener la victoria final al alcance de la mano, Ludbin du Volfand no se dejaba llevar por ningún tipo de triunfalismo. A fin de cuentas, no había alcanzado esa privilegiada posición desde la autocomplacencia. La imagen que se había formado en torno a su persona de funcionario diligente, frío y metódico se hacía mucho más patente en esos momentos finales de la guerra.

Por su parte, el general namirio Forb du Lion sabía perfectamente lo que significaba la última declaración del antiguo Regente de Porlay, ahora convertido en Canciller del Rey. Que todos los namirios debían estar unidos equivalía a sellar una alianza con los Hijos de Nerlan, los colonos namirios que dominaban el norte del continente y que asediaban la fortaleza Auslan y el Valle de los Cadáveres desde el noroeste.

Hasta ese momento, ni el Rey Kiriad II de Qeynah ni Ludbin du Volfand habían mostrado ningún interés en los Hijos de Nerlan, considerados como una banda de fanáticos sin importancia. Esta agrupación de colonos namirios nació durante el reinado de Somrar I, el décimo Soberano Espectral, con el objetivo de favorecer el establecimiento de colonias al norte de los ríos Volda y Navel. Tomaban su nombre de Nerlan, un antiguo, y, para muchos, imaginario reino namirio que aparece en muchas leyendas y epopeyas de Nimeriades, la patria original de los namirios. Que quisieran evocar tal imagen literaria daba una idea de sus intenciones, las cuales no eran otras que la creación de una segunda patria puramente namiria, sin ningún tipo de mezcla cultural ni racial. Ese ideal los llevaba a perpetrar verdaderas limpiezas étnicas allí donde reclamaban un nuevo territorio, normalmente mediante la expulsión sistemática de población bárbara hacia el norte. Durante años, el Regente de Porlay los dejó hacer, creyendo que la expansión del pueblo namirio sólo podía considerarse como algo beneficioso. Si que chocaron, empero, con Justicia del Siegmoné en más de una ocasión, sobre todo cuando las víctimas de las ambiciones expansionistas de los Hijos de Nerlan eran tribus aliadas de los Tal’imran. El punto culminante de esta tensión latente entre los colonos namirios y los qarmatas llegó bajo el reinado de Balkir III, después de que los Hijos exterminaran un poblado entero de bárbaros como represalia por el asesinato de una familia colona. El Cuervo se tomó este crimen como una afrenta personal, e inmediatamente envió una expedición de castigo para dejar claro quien mandaba en la zona. Desoyendo los consejos del Regente de Porlay, que le advirtió de las consecuencias negativas de sobrepasarse en la respuesta, Balkir III dio permiso para que sus tropas saquearan Lizar, la capital del autoproclamado Nuevo Nerlan, e hizo ejecutar al líder de los Hijos.

Con este golpe de mano, la fanática secta quedó desactivada durante varios años, tanto que Siguedir II apenas tuvo problemas serios con ellos durante el período de paz de su reinado. Sin embargo, su aparente falta de actividad escondía una realidad muy distinta. Lejos de estar acabados, los Hijos de Nerlan no habían dejado de crecer en apoyo popular y en organización interna, esta vez con la suficiente discreción y comedimiento como para pasar desapercibidos. Todo cambió, por supuesto, con el estallido de la guerra civil y la traición namiria. Aprovechando el caos y desconcierto general provocados por el levantamiento continental contra los Tal’imran, los Hijos tomaron de nuevo las armas y se lanzaron a una campaña de expansión territorial sin precedentes. Sabiendo que ya nadie los podía frenar, se dejaron llevar por una furia asesina que pronto se convirtió en el terror de toda la región. Una mezcla de coordinación milimétrica en sus acciones y fama autoalimentada de crueldad les abrió el camino a la conquista del este hasta el mismísimo Qarmat. Por el camino, cayeron la Fortaleza de Mosairm, otrora considerada como inexpugnable, y la ciudad de Bren, la puerta de entrada al Qarmat y al oriente kulmeh. La historia de la toma de esta emblemática ciudad es particularmente trágica, ya que hasta ese momento la villa era un símbolo único de convivencia entre las cuatro principales razas de Gottenmorth: qarmatas, kulmeh, namirios y bárbaros; el único punto de la geografía continental donde confluían estas cuatro comunidades de forma pacífica e igualitaria. 

Cuando los Hijos de Nerlan irrumpieron en la plaza, pasaron a cuchillo toda la población local no namiria, incluidos los qarmatas que todavía no habían sido evacuados y los kulmeh. Esta matanza indiscriminada motivada por motivos puramente racistas, al menos en el caso de los kulmeh y los bárbaros asesinados, dejó claro a ojos de todo el mundo, y especialmente de los kulmeh, qué era lo que podían esperar si los namirios más fanáticos seguían expandiéndose hacia el este.

Y de ahí venían los temores del Canciller Ludbin du Volfand en relación con las posibles pretensiones de Kulm sobre Damsk. Después de su toma por parte de la flota qeynita, en la ciudad portuaria quedaban atrapados más de cincuenta-mil kulmeh, y aunque las nuevas autoridades namirias locales no eran, ni mucho menos, tan fanáticas como los Hijos de Nerlan, nadie aseguraba que los no namirios estuvieran a salvo de sufrir un brote de violencia racista en cualquier momento. Era muy posible que Mordir lan Konigsber, el protector de Kulm y por ende de todo el pueblo kulmeh, viniera en auxilio de sus hermanos damskianos una vez liberada Kulm de la amenaza del asedio.

- Puedes retirarte, general.

El oficial golpeó el suelo con su pie a modo de saludo y abandonó la sala. Inmediatamente después, el Canciller se sentó en su escritorio, sacó un pergamino en blanco y un tintero y empezó a escribir. La carta iba dirigida a Domedian du Nimeríades, líder de los Hijos de Nerlan y autoproclamado rey de Nuevo Nerlan.