La partida
Alric Sivelmar IV, El Único Rey
Legítimo de Todos los Namirios en el Norte, y Reingard Qanslaw VII, Rey del
Pueblo Kulmeh y Guardián de su Eterna Unidad, estaban erguidos en medio del
patio, flanqueados por varias hileras de soldados de elite fuertemente armados.
Se habían levantado muy temprano, tan pronto como unos golpes secos procedentes
del otro lado de la puerta los habían despertado de sopetón. Después de estirar
el cuerpo, sacarse las legañas y hacer sus necesidades en sendos urinales, se
vistieron con las ropas que alguien les había dejado al pie de sus respectivas
camas, no sin antes comprobar que sus compañeras de cama seguían allí, tan
despiertas como ellos pero sin dar señales de vida.
Comprobaron que su nueva
indumentaria era la más adecuada para los días venideros: botas de caña alta,
pantalones de algodón gruesos, camisa acolchada, coleto de cuero, zamarra de
lana, polainas y guantes de piel… todo tan impropio para alguien de su regia
condición, pero tan necesario para el largo camino que les esperaba. También se
habían cruzado alrededor del torso un tahalí hecho de piel de ante, pero no
encontraron en la habitación ninguna espada que pudieran sujetar en él. Por
último, se colgaron sobre los hombros una capa negra con capucha.
Y allí estaban, varios minutos
después, en aquel espacio inmenso en pleno centro de La Fortaleza del Gurab,
del Qarmat y del continente entero, aguardando su destino bajo la atenta mirada
de centenares de soldados procedentes de todos los rincones del Gottenmorth
civilizado. Su estado de inquietud iba en aumento a medida que pasaba el tiempo
y nadie les daba ninguna indicación; sus dientes repiqueteaban a causa de los
nervios y del frío matutino, y si el resto de sus cuerpos no temblaba era
únicamente por evitar dar una imagen de fragilidad en medio de tantos
espectadores.
El rey namirio echó un vistazo a
un lado y a otro del patio, y a simple vista contó seis filas de guardias por
banda perfectamente formadas sobre el adoquinado. Además, otros grupos de
soldados observaban la escena desde balcones, almenas y escaleras. Ante esta
escena, Alric imaginó cómo habría cambiado su vida si hubiera sido un rey
normal en circunstancias normales, y, por consiguiente, toda esa tropa hubiera
estado bajo su mando.
El rey kulmeh, en cambio, estaba
absorto en pensamientos más cercanos a lo que iba a suceder, y no tanto en lo
que hubiera sucedido. Por extraño que pudiera parecer, en aquel momento le
obsesionaba la idea del camino más que la del destino. ¿Qué ruta tomarían?
¿Cómo evitarían el cerco? ¿Dónde se hospedarían en las noches más frías y
durante las tormentas más violentas? Sin conseguir explicarse el motivo,
parecía que lo desconocido durante el viaje le preocupaba mucho más que lo
sobradamente conocido una vez alcanzaran su objetivo.
El graznido de una bandada de
cuervos hizo reaccionar de inmediato a la guardia de La Fortaleza. Los
portaestandartes alzaron sus banderas púrpura, y éstas empezaron a ondear
sonoramente al ritmo de las ráfagas de viento. Segundos después, la puerta
principal que daba acceso al recinto se abrió, y Gudeniar salió acompañado de
su hermano Noyver y de varios generales del ejército.
A medida que los dos hijos del
Cuervo avanzaban de forma pomposa y solemne por el pasillo que habían dejado
los guardias en el centro del patio, éstos se ponían firmes a su paso de manera
perfectamente sincronizada. Antes de alcanzar a los dos reyes, Gudeniar inclinó
un poco su cabeza y le susurró a su hermano:
- Estos son los dos pilares sobre
los cuales levantaremos de nuevo nuestro imperio. Cuídamelos, hermano.
Noyver titubeó unos instantes,
hasta que se convenció de que su respuesta no iba a traer mayores consecuencias
gracias a los centenares de miradas que en esos momentos caían sobre ellos.
- Para cuando estos dos puedan
ejercer su papel ya no habrá ningún imperio que levantar.
Dicho esto, el menor de los hijos
varones de Siguedir II ya estaba listo para partir hacia un viaje sin retorno.
En menos de medio día había humillado a su padre y a su hermano, antaño los dos
hombres más poderosos del mundo. No podía esperar nada más de esta vida.
Los mismos cuervos que habían
graznado al abrirse la puerta del torreón descendieron en picado tan pronto
como el príncipe Gudeniar y sus acompañantes alcanzaron a Alric y Reingard. Los
dos reyes vasallos notaron que el cielo, ya de por si encapotado, se oscureció
de golpe al posarse a pocos centímetros de sus cabezas un círculo opaco de aves
negras en continuo movimiento. Con sus alas extendidas apenas dejaban pasar la
poca luz de la mañana.
- Señores, ha llegado la hora de
comprobar si los pueblos libres de Gottenmorth merecen el don que mi abuelo les
concedió. Como representantes de las dos civilizaciones más poderosas del
norte, de vosotros depende cambiar el curso de la historia. Espero que seáis
concientes de la magnitud de la empresa a la que habéis sido llamados.
Gudeniar se apartó un paso hacia
la izquierda, y desde detrás apareció un anciano qarmata ataviado con los
característicos emblemas del Estado Mayor del ejército. Llevaba una espada en
cada mano, en ambos casos con la hoja apuntando al suelo. Primero se situó ante
el rey namirio, alzó el brazo y le entregó el arma, acompañando el gesto con
las siguientes palabras:
- Alric Sivelmar IV, ve, empuña
esta espada y defiende la autoridad de tu corona y la independencia de tu
pueblo frente al conspirador de Qeynah.
Luego hizo lo propio con el rey
kulmeh:
- Reingard Qanslaw VI, ve, empuña
esta espada y defiende la autoridad de tu corona y la independencia de tu
pueblo frente al traidor de Porlay.
Ambos observaron atentamente sus
armas antes de colgarlas en los tahalíes. En el caso del namirio, se trataba de
una espada de doble filo recto con empuñadura en forma de cruz. La del kulmeh
era una espada de filo único, algo más estrecha y ligeramente curvada, cuyo
puño estaba protegido por varios gavilanes entrelazados que se unían en el
pomo. Tanto la una como la otra eran excelentes piezas, perfectamente
equilibradas, afiladas y montadas. También observaron que los símbolos
heráldicos de sus respectivas casas reales, la rosa amarilla y el lobo, estaban
grabados a fuego en el acero de las hojas.
El anciano general qarmata se
situó de nuevo tras el heredero de los Tal’imran, y éste concluyó la austera
ceremonia con unas palabras de falso optimismo y patente amenaza:
- Demostrad al mundo de lo qué es
capaz una fiera herida antes de desvanecerse. Dad al mundo una lección de
supervivencia como hicieron vuestros antepasados que colonizaron el continente,
o pereced en el intento como les ocurrió a las gentes del Yermo. Los fantasmas
os guían.
Gudeniar y su comitiva volvieron
sobre sus pasos en dirección al torreón. Sólo cuando el último de los generales
desapareció por el portal el ambiente se relajó. Hasta entonces, había imperado
un silencio perfecto, tan solo roto por el sonido de los estandartes agitados
por el viento. Los primeros en romper el gélido hielo fueron los cuervos que
sobrevolaban en círculos el centro del patio. Sus desatados graznidos
demostraban que también ellos temían al Sanguinario.
Pasada la conmoción inicial
producida por una mezcla de miedo escénico y extrañeza, Alric y Reingard
repararon en la presencia de Noyver Tal’imran a apenas unos metros de ellos. A
diferencia de su hermano, él no vestía el conjunto de gala de las grandes
efemérides cortesanas. Sus prendas eran mucho menos solemnes y más prácticas,
tanto como las que vestían sus dos compañeros de viaje.
- Señores, por aquí.
De forma automática, las filas de
guardias que estaban a la derecha de los protagonistas de la ceremonia se
abrieron sincronizadamente, formando un nuevo pasillo que cortaba
perpendicularmente el que había usado la cúpula militar del Qarmat para
abandonar el patio. Noyver empezó a andar por esa vía, y los otros dos lo
siguieron.
A medida que avanzaban hacia el
ala este de la Fortaleza del Gurab a través de la plaza, Alric y Reingard se
preguntaban por qué habían tomado esa dirección; que ellos supieran, la única
salida conocida del recinto quedaba al sur.
Al llegar al muro, dos guardias
que cubrían su rostro con bozales abrieron una verja metálica que daba acceso
al interior. Noyver entró primero, seguido de sus dos acompañantes.
La galería por la que se
internaban hacia las entrañas de la Fortaleza pronto dio paso a una escalera de
espiral pobremente iluminada por antorchas. Descendieron en estricta fila india
a causa de la estrechez del espacio, midiendo en extremo sus pasos para no
resbalar sobre la húmeda superficie de los escalones. El ambiente era cada vez
más frío y lúgubre, y tanto Alric como Reingard llegaron a tener la sensación
de que la temperatura bajaba un grado con cada peldaño que dejaban atrás. La
humedad, condensada en la fría piedra del techo abovedado, caía en forma de
pesadas gotas sobre sus cabezas y hombros.
El descenso terminó de golpe después
de girar por enésima vez siguiendo el espiral. Cruzaron una puerta metálica que
ya estaba abierta y se detuvieron en el interior de una celda tan oscura como
inhóspita. El frío, en ese punto, rayaba lo insoportable.
De repente, provocándoles un
susto que les hizo latir el corazón con fuerza, alguien que los había estado
siguiendo sin que se dieran cuenta los adelantó y se situó frente a la pared
del fondo. Entre tanto, Noyver observaba con atención, como si las estuviera
comparando, dos espadas que acababa de coger de un barril situado en una
esquina. Ante la admiración de sus boquiabiertos espectadores, el príncipe
qarmata empezó a mover circularmente sus armas alrededor del doble eje que
suponían sus manos. Las afiladas hojas, que adquirían tonos amarillos y rojos
brillantes alternativamente por el reflejo de las llamas de las antorchas,
giraban sin parar al mismo tiempo que se entrecruzaban a pocos centímetros del
rostro del espadachín. Finalmente, Noyver detuvo en seco la inercia de esos
cuerpos danzantes en que se habían convertido sus aceros y descartó una de
ellos devolviéndolo al barril; el otro lo colgó en su cinto.
Luego cogió un espadón de la
pared y jugó con él de forma parecida a como lo había hecho con sus hermanas
pequeñas, aunque esta vez parecía que la enorme hoja se movía a menos velocidad.
El ruido que hacía al cortar el aire, empero, era más grave y acusado, lo que
daba una idea de la potencia del movimiento. Cuando elevó ese improvisado
molino por encima de la cabeza y lo hizo girar horizontalmente, el viento que
provocaba estalló de lleno en los rostros de los dos reyes, hasta el punto de
verse obligados a entrecerrar los ojos. De manera inexplicable, detuvo la
espada de golpe y la dejó caer tras él. Quedó, como por arte de magia, colgada
a su espalda.
Ni Alric ni Reingard daban crédito
a sus ojos. La manera con que Noyver había manipulado esos traicioneros objetos
no era, en ningún caso, humana. A su lado, el arma de doble filo como metáfora
de los asuntos delicados que tanto pueden beneficiar como perjudicar a quien se
aventura en ellos carecía de sentido. Y si de algo estaban convencidos era de
que la habilidad del infante con esos aceros iba mucho más allá de los juegos
malabares. Conocían de palabra la proverbial habilidad como espadachines de los
Tal’imran, pero ahora podían hacerse una idea de una forma mucho más precisa.
No contento con sus dos espadas
recién envainadas, Noyver siguió escogiendo nuevas armas del arsenal. Abrió un
estuche de tela y lo desplegó sobre un banco de madera que estaba cerca. Cogió
varios cuchillos de su interior y los colocó uno a uno en compartimentos
especiales de su tahalí, tanto en el cinto como en la banda que cruzaba en
diagonal su pecho. Por último, sacó una pistola de un pequeño cofre y, después
de examinarla, la colgó en su lado derecho.
Ahora que ya estaba armado hasta
los dientes, Noyver centró su atención en sus dos futuros compañeros de viaje.
Abrió dos pequeños cofres más y sacó dos nuevas pistolas. Luego dio media
vuelta y se las ofreció agarrándolas por los cañones.
- No sé como usarla, mi príncipe-
se disculpó Reingard.
- Lo mismo digo, alteza.
Pero Noyver no se inmutó, y
siguió invitando a sus compañeros a que cogieran las pistolas. Temiendo las
consecuencias de contrariarle, finalmente accedieron a su deseo.
- Tendremos tiempo de sobra para
practicar- dijo de repente una voz. Provenía del otro lado de la sala, desde
las sombras.
El mismo hombre que acababa de
hablar accionó un mecanismo semioculto de la pared, lo que produjo un breve
sonido metálico seguido de otro producido por la fricción. El muro situado en
la parte opuesta de la puerta por donde habían entrado empezó a moverse.
- Tenemos vía libre, mi señor-
dijo el desconocido en alto qarmata.
Mientras Reingard se disponía a
introducirse por el hueco que se acababa de abrir dio por supuesto que estaban
ante uno de los múltiples accesos secretos que comunicaban la Fortaleza del Gurab con
el exterior. Muy pocas personas conocían sus localizaciones concretas, pero su
existencia era un secreto a voces en toda Justicia del Siegmoné. De hecho, los
rumores afirmaban que todo lo que La Fortaleza tenía de alto, con sus retorcidos
torreones negros de innumerables plantas, lo tenía también hacia abajo,
penetrando la dura roca del montículo. El rey kulmeh no estaba en disposición
de confirmar tal extremo, pero en cualquier caso ya había visto una pequeña
muestra de esos secretos tan celosamente guardados por los dueños del siniestro
palacio.
El nuevo corredor era angosto,
oscuro, y sobre todo frío, muy frío. El qarmata desconocido iba en cabeza con
una antorcha, dando breves indicaciones cada vez que había un cambio brusco de
dirección o de nivel. Lo seguían Reingard y Alric, con los brazos extendidos
para guiarse a través del tacto con las paredes. Cerraba la fila Noyver, de
brazos cruzados y sin inmutarse por la falta de luz.
Aunque a veces resultaba claro
que descendían, en otros tramos parecía que iban planos o incluso que
ascendían. Cada pocos centenares de metros, el corredor giraba hacia la
izquierda o hacia la derecha sin ninguna lógica aparente. En algunos momentos
se estrechaba hasta obligar a los caminantes a avanzar ligeramente de perfil,
para luego ensancharse de golpe y desequilibrar a los dos reyes, que perdían
inesperadamente la guía que les proporcionaban las paredes. Estas, que durante
un buen rato estaban reforzadas con una piedra tan lisa como húmeda, pronto
desaparecieron, dando paso a formaciones naturales de tierra enlodada. En ese
punto, el camino también había perdido los adoquines del suelo, y entonces su
principal prioridad era no resbalar a causa de las numerosas e invisibles
piedras y charcos de lodo con que se topaban continuamente.
Después de muchos minutos de
interminable marcha entre las tinieblas, un fuerte sentimiento de desazón
invadió el estado de ánimo de Reingard y Alric. La mezcla de frío penetrante y
oscuridad malsana los convenció de que les esperaba lo peor a partir de ese momento,
y más teniendo en cuenta que esas penurias eran sólo el principio de un largo
suplicio. El fuego de la antorcha que llevaba su guía iba menguando a cada paso
por la falta de oxígeno. Cuando se apagó definitivamente, tomaron verdadera
conciencia de la pesadilla en la que los habían metido.