Parte II. Capítulo 31.


La partida



Alric Sivelmar IV, El Único Rey Legítimo de Todos los Namirios en el Norte, y Reingard Qanslaw VII, Rey del Pueblo Kulmeh y Guardián de su Eterna Unidad, estaban erguidos en medio del patio, flanqueados por varias hileras de soldados de elite fuertemente armados. Se habían levantado muy temprano, tan pronto como unos golpes secos procedentes del otro lado de la puerta los habían despertado de sopetón. Después de estirar el cuerpo, sacarse las legañas y hacer sus necesidades en sendos urinales, se vistieron con las ropas que alguien les había dejado al pie de sus respectivas camas, no sin antes comprobar que sus compañeras de cama seguían allí, tan despiertas como ellos pero sin dar señales de vida. 

Comprobaron que su nueva indumentaria era la más adecuada para los días venideros: botas de caña alta, pantalones de algodón gruesos, camisa acolchada, coleto de cuero, zamarra de lana, polainas y guantes de piel… todo tan impropio para alguien de su regia condición, pero tan necesario para el largo camino que les esperaba. También se habían cruzado alrededor del torso un tahalí hecho de piel de ante, pero no encontraron en la habitación ninguna espada que pudieran sujetar en él. Por último, se colgaron sobre los hombros una capa negra con capucha.

Y allí estaban, varios minutos después, en aquel espacio inmenso en pleno centro de La Fortaleza del Gurab, del Qarmat y del continente entero, aguardando su destino bajo la atenta mirada de centenares de soldados procedentes de todos los rincones del Gottenmorth civilizado. Su estado de inquietud iba en aumento a medida que pasaba el tiempo y nadie les daba ninguna indicación; sus dientes repiqueteaban a causa de los nervios y del frío matutino, y si el resto de sus cuerpos no temblaba era únicamente por evitar dar una imagen de fragilidad en medio de tantos espectadores.

El rey namirio echó un vistazo a un lado y a otro del patio, y a simple vista contó seis filas de guardias por banda perfectamente formadas sobre el adoquinado. Además, otros grupos de soldados observaban la escena desde balcones, almenas y escaleras. Ante esta escena, Alric imaginó cómo habría cambiado su vida si hubiera sido un rey normal en circunstancias normales, y, por consiguiente, toda esa tropa hubiera estado bajo su mando.

El rey kulmeh, en cambio, estaba absorto en pensamientos más cercanos a lo que iba a suceder, y no tanto en lo que hubiera sucedido. Por extraño que pudiera parecer, en aquel momento le obsesionaba la idea del camino más que la del destino. ¿Qué ruta tomarían? ¿Cómo evitarían el cerco? ¿Dónde se hospedarían en las noches más frías y durante las tormentas más violentas? Sin conseguir explicarse el motivo, parecía que lo desconocido durante el viaje le preocupaba mucho más que lo sobradamente conocido una vez alcanzaran su objetivo.

El graznido de una bandada de cuervos hizo reaccionar de inmediato a la guardia de La Fortaleza. Los portaestandartes alzaron sus banderas púrpura, y éstas empezaron a ondear sonoramente al ritmo de las ráfagas de viento. Segundos después, la puerta principal que daba acceso al recinto se abrió, y Gudeniar salió acompañado de su hermano Noyver y de varios generales del ejército.

A medida que los dos hijos del Cuervo avanzaban de forma pomposa y solemne por el pasillo que habían dejado los guardias en el centro del patio, éstos se ponían firmes a su paso de manera perfectamente sincronizada. Antes de alcanzar a los dos reyes, Gudeniar inclinó un poco su cabeza y le susurró a su hermano:

- Estos son los dos pilares sobre los cuales levantaremos de nuevo nuestro imperio. Cuídamelos, hermano.

Noyver titubeó unos instantes, hasta que se convenció de que su respuesta no iba a traer mayores consecuencias gracias a los centenares de miradas que en esos momentos caían sobre ellos.

- Para cuando estos dos puedan ejercer su papel ya no habrá ningún imperio que levantar.

Dicho esto, el menor de los hijos varones de Siguedir II ya estaba listo para partir hacia un viaje sin retorno. En menos de medio día había humillado a su padre y a su hermano, antaño los dos hombres más poderosos del mundo. No podía esperar nada más de esta vida.

Los mismos cuervos que habían graznado al abrirse la puerta del torreón descendieron en picado tan pronto como el príncipe Gudeniar y sus acompañantes alcanzaron a Alric y Reingard. Los dos reyes vasallos notaron que el cielo, ya de por si encapotado, se oscureció de golpe al posarse a pocos centímetros de sus cabezas un círculo opaco de aves negras en continuo movimiento. Con sus alas extendidas apenas dejaban pasar la poca luz de la mañana.

- Señores, ha llegado la hora de comprobar si los pueblos libres de Gottenmorth merecen el don que mi abuelo les concedió. Como representantes de las dos civilizaciones más poderosas del norte, de vosotros depende cambiar el curso de la historia. Espero que seáis concientes de la magnitud de la empresa a la que habéis sido llamados.

Gudeniar se apartó un paso hacia la izquierda, y desde detrás apareció un anciano qarmata ataviado con los característicos emblemas del Estado Mayor del ejército. Llevaba una espada en cada mano, en ambos casos con la hoja apuntando al suelo. Primero se situó ante el rey namirio, alzó el brazo y le entregó el arma, acompañando el gesto con las siguientes palabras:

- Alric Sivelmar IV, ve, empuña esta espada y defiende la autoridad de tu corona y la independencia de tu pueblo frente al conspirador de Qeynah.

Luego hizo lo propio con el rey kulmeh:

- Reingard Qanslaw VI, ve, empuña esta espada y defiende la autoridad de tu corona y la independencia de tu pueblo frente al traidor de Porlay.

Ambos observaron atentamente sus armas antes de colgarlas en los tahalíes. En el caso del namirio, se trataba de una espada de doble filo recto con empuñadura en forma de cruz. La del kulmeh era una espada de filo único, algo más estrecha y ligeramente curvada, cuyo puño estaba protegido por varios gavilanes entrelazados que se unían en el pomo. Tanto la una como la otra eran excelentes piezas, perfectamente equilibradas, afiladas y montadas. También observaron que los símbolos heráldicos de sus respectivas casas reales, la rosa amarilla y el lobo, estaban grabados a fuego en el acero de las hojas.

El anciano general qarmata se situó de nuevo tras el heredero de los Tal’imran, y éste concluyó la austera ceremonia con unas palabras de falso optimismo y patente amenaza:

- Demostrad al mundo de lo qué es capaz una fiera herida antes de desvanecerse. Dad al mundo una lección de supervivencia como hicieron vuestros antepasados que colonizaron el continente, o pereced en el intento como les ocurrió a las gentes del Yermo. Los fantasmas os guían.

Gudeniar y su comitiva volvieron sobre sus pasos en dirección al torreón. Sólo cuando el último de los generales desapareció por el portal el ambiente se relajó. Hasta entonces, había imperado un silencio perfecto, tan solo roto por el sonido de los estandartes agitados por el viento. Los primeros en romper el gélido hielo fueron los cuervos que sobrevolaban en círculos el centro del patio. Sus desatados graznidos demostraban que también ellos temían al Sanguinario.

Pasada la conmoción inicial producida por una mezcla de miedo escénico y extrañeza, Alric y Reingard repararon en la presencia de Noyver Tal’imran a apenas unos metros de ellos. A diferencia de su hermano, él no vestía el conjunto de gala de las grandes efemérides cortesanas. Sus prendas eran mucho menos solemnes y más prácticas, tanto como las que vestían sus dos compañeros de viaje.

- Señores, por aquí.

De forma automática, las filas de guardias que estaban a la derecha de los protagonistas de la ceremonia se abrieron sincronizadamente, formando un nuevo pasillo que cortaba perpendicularmente el que había usado la cúpula militar del Qarmat para abandonar el patio. Noyver empezó a andar por esa vía, y los otros dos lo siguieron.

A medida que avanzaban hacia el ala este de la Fortaleza del Gurab a través de la plaza, Alric y Reingard se preguntaban por qué habían tomado esa dirección; que ellos supieran, la única salida conocida del recinto quedaba al sur.

Al llegar al muro, dos guardias que cubrían su rostro con bozales abrieron una verja metálica que daba acceso al interior. Noyver entró primero, seguido de sus dos acompañantes.

La galería por la que se internaban hacia las entrañas de la Fortaleza pronto dio paso a una escalera de espiral pobremente iluminada por antorchas. Descendieron en estricta fila india a causa de la estrechez del espacio, midiendo en extremo sus pasos para no resbalar sobre la húmeda superficie de los escalones. El ambiente era cada vez más frío y lúgubre, y tanto Alric como Reingard llegaron a tener la sensación de que la temperatura bajaba un grado con cada peldaño que dejaban atrás. La humedad, condensada en la fría piedra del techo abovedado, caía en forma de pesadas gotas sobre sus cabezas y hombros.

El descenso terminó de golpe después de girar por enésima vez siguiendo el espiral. Cruzaron una puerta metálica que ya estaba abierta y se detuvieron en el interior de una celda tan oscura como inhóspita. El frío, en ese punto, rayaba lo insoportable.

De repente, provocándoles un susto que les hizo latir el corazón con fuerza, alguien que los había estado siguiendo sin que se dieran cuenta los adelantó y se situó frente a la pared del fondo. Entre tanto, Noyver observaba con atención, como si las estuviera comparando, dos espadas que acababa de coger de un barril situado en una esquina. Ante la admiración de sus boquiabiertos espectadores, el príncipe qarmata empezó a mover circularmente sus armas alrededor del doble eje que suponían sus manos. Las afiladas hojas, que adquirían tonos amarillos y rojos brillantes alternativamente por el reflejo de las llamas de las antorchas, giraban sin parar al mismo tiempo que se entrecruzaban a pocos centímetros del rostro del espadachín. Finalmente, Noyver detuvo en seco la inercia de esos cuerpos danzantes en que se habían convertido sus aceros y descartó una de ellos devolviéndolo al barril; el otro lo colgó en su cinto.

Luego cogió un espadón de la pared y jugó con él de forma parecida a como lo había hecho con sus hermanas pequeñas, aunque esta vez parecía que la enorme hoja se movía a menos velocidad. El ruido que hacía al cortar el aire, empero, era más grave y acusado, lo que daba una idea de la potencia del movimiento. Cuando elevó ese improvisado molino por encima de la cabeza y lo hizo girar horizontalmente, el viento que provocaba estalló de lleno en los rostros de los dos reyes, hasta el punto de verse obligados a entrecerrar los ojos. De manera inexplicable, detuvo la espada de golpe y la dejó caer tras él. Quedó, como por arte de magia, colgada a su espalda.  

Ni Alric ni Reingard daban crédito a sus ojos. La manera con que Noyver había manipulado esos traicioneros objetos no era, en ningún caso, humana. A su lado, el arma de doble filo como metáfora de los asuntos delicados que tanto pueden beneficiar como perjudicar a quien se aventura en ellos carecía de sentido. Y si de algo estaban convencidos era de que la habilidad del infante con esos aceros iba mucho más allá de los juegos malabares. Conocían de palabra la proverbial habilidad como espadachines de los Tal’imran, pero ahora podían hacerse una idea de una forma mucho más precisa.

No contento con sus dos espadas recién envainadas, Noyver siguió escogiendo nuevas armas del arsenal. Abrió un estuche de tela y lo desplegó sobre un banco de madera que estaba cerca. Cogió varios cuchillos de su interior y los colocó uno a uno en compartimentos especiales de su tahalí, tanto en el cinto como en la banda que cruzaba en diagonal su pecho. Por último, sacó una pistola de un pequeño cofre y, después de examinarla, la colgó en su lado derecho.

Ahora que ya estaba armado hasta los dientes, Noyver centró su atención en sus dos futuros compañeros de viaje. Abrió dos pequeños cofres más y sacó dos nuevas pistolas. Luego dio media vuelta y se las ofreció agarrándolas por los cañones.

- No sé como usarla, mi príncipe- se disculpó Reingard.

- Lo mismo digo, alteza.

Pero Noyver no se inmutó, y siguió invitando a sus compañeros a que cogieran las pistolas. Temiendo las consecuencias de contrariarle, finalmente accedieron a su deseo.

- Tendremos tiempo de sobra para practicar- dijo de repente una voz. Provenía del otro lado de la sala, desde las sombras.

El mismo hombre que acababa de hablar accionó un mecanismo semioculto de la pared, lo que produjo un breve sonido metálico seguido de otro producido por la fricción. El muro situado en la parte opuesta de la puerta por donde habían entrado empezó a moverse.

- Tenemos vía libre, mi señor- dijo el desconocido en alto qarmata.

Mientras Reingard se disponía a introducirse por el hueco que se acababa de abrir dio por supuesto que estaban ante uno de los múltiples accesos secretos que comunicaban la Fortaleza del Gurab con el exterior. Muy pocas personas conocían sus localizaciones concretas, pero su existencia era un secreto a voces en toda Justicia del Siegmoné. De hecho, los rumores afirmaban que todo lo que La Fortaleza tenía de alto, con sus retorcidos torreones negros de innumerables plantas, lo tenía también hacia abajo, penetrando la dura roca del montículo. El rey kulmeh no estaba en disposición de confirmar tal extremo, pero en cualquier caso ya había visto una pequeña muestra de esos secretos tan celosamente guardados por los dueños del siniestro palacio.

El nuevo corredor era angosto, oscuro, y sobre todo frío, muy frío. El qarmata desconocido iba en cabeza con una antorcha, dando breves indicaciones cada vez que había un cambio brusco de dirección o de nivel. Lo seguían Reingard y Alric, con los brazos extendidos para guiarse a través del tacto con las paredes. Cerraba la fila Noyver, de brazos cruzados y sin inmutarse por la falta de luz.

Aunque a veces resultaba claro que descendían, en otros tramos parecía que iban planos o incluso que ascendían. Cada pocos centenares de metros, el corredor giraba hacia la izquierda o hacia la derecha sin ninguna lógica aparente. En algunos momentos se estrechaba hasta obligar a los caminantes a avanzar ligeramente de perfil, para luego ensancharse de golpe y desequilibrar a los dos reyes, que perdían inesperadamente la guía que les proporcionaban las paredes. Estas, que durante un buen rato estaban reforzadas con una piedra tan lisa como húmeda, pronto desaparecieron, dando paso a formaciones naturales de tierra enlodada. En ese punto, el camino también había perdido los adoquines del suelo, y entonces su principal prioridad era no resbalar a causa de las numerosas e invisibles piedras y charcos de lodo con que se topaban continuamente.

Después de muchos minutos de interminable marcha entre las tinieblas, un fuerte sentimiento de desazón invadió el estado de ánimo de Reingard y Alric. La mezcla de frío penetrante y oscuridad malsana los convenció de que les esperaba lo peor a partir de ese momento, y más teniendo en cuenta que esas penurias eran sólo el principio de un largo suplicio. El fuego de la antorcha que llevaba su guía iba menguando a cada paso por la falta de oxígeno. Cuando se apagó definitivamente, tomaron verdadera conciencia de la pesadilla en la que los habían metido.