Padre e hijo
En la oscuridad de la noche, la
sala del trono presentaba su aspecto más sombrío y tétrico. Las dos únicas
lámparas que colgaban de un techo demasiado elevado arrojaban una luz
claramente insuficiente, la cual, a causa de la gran distancia, llegaba
mortecina y oscilante al nivel del suelo. La tiniebla impedía realizar
cualquier actividad que requiriese el uso de la vista, pero eso no era un
problema para Siguedir II. Desde el inicio de la rebelión namiria, el actual
Señor de Gottenmorth pasaba la mayor parte del tiempo sentado en el trono sin
hacer aparentemente nada. No parecía dormir, pero tampoco podía decirse que
estuviera completamente despierto. A veces tenía un libro sobre sus muslos,
pero jamás lo abría ni lo leía. Cuando se presentaba algún consejero o
cortesano para comunicarle algo, respondía con monosílabos, y a veces ni
siquiera eso, limitándose a hacer señas con la cabeza a modo de respuesta.
Cuando estaba sólo, no miraba a ningún punto en concreto, ni reaccionaba ante
ningún estímulo externo. Y así pasaban las horas, cabizbajo, pensativo,
taciturno, aferrándose a la silla del poder como única actividad. Los
silenciosos estertores de un moribundo, como lo definían en secreto aquellos
que lo habían visto en este estado.
Esa noche, sin embargo, iba a ser
diferente. Tan pronto como oyó el sonido de los goznes de la puerta de entrada,
salió repentinamente de su sopor y se irguió. Una sombra avanzaba a paso lento
pero decidido hacia él. Sus pasos, amortiguados por la alfombra púrpura que se
extendía desde el Arco de Huesos hasta el umbral, sonaban cada vez más
cercanos. Antes siquiera de distinguir su figura, el Cuervo vislumbró el brillo
de los ojos púrpura de Noyver.
- Mis respetos, padre.
- Saludos, hijo.
Noyver Tal’imran subió las
escaleras que llevaban al pedestal del Arco de Huesos y se arrodilló ante el
trono ocupado por su padre hincando su rodilla derecha, tal y como mandaba el
protocolo. Esperó a que el Soberano Espectral retomara la palabra:
- ¿Todo listo para partir?
- Sí, padre.
- Dime, hijo. ¿Queda en tu
corazón algo de confianza en el éxito de esta empresa?
- No, padre.
- ¿Qué crees que ocurrirá?
Noyver tardó unos segundos en
contestar.
- Temo que, si respondo a esta
pregunta, la ira del Soberano Espectral caiga sobre mí.
- No tienes nada que temer de mí-
afirmó el Cuervo haciendo un gesto de desdén con la mano. Noyver levantó
entonces su cabeza y miró fijamente a los ojos de su padre.
- Creo que los kulmeh rechazarán
nuestra propuesta y nos apresarán para usarnos como moneda de cambio.
Cualquiera que sea nuestro destino, los namirios acabarán tomando Justicia del
Siegmoné. Nuestro país será saqueado, y nuestra raza, exterminada. El tiempo de
los qarmatas ha llegado a su fin.
Ante la contundencia de esta
visión, el rostro de Siguedir se oscureció. Si tales palabras hubieran salido
de cualquier otro habitante de la ciudad, el Cuervo lo hubiese hecho ejecutar
de inmediato por derrotismo. Pero las había pronunciado su hijo, y además le
había concedido libertad de expresión, de suerte que no podía hacer otra cosa
más que refrenar su impulso justiciero.
El infante Noyver, por su parte,
se regodeaba por dentro, evitando, eso sí, que tal sentimiento se reflejara en
su rostro semioculto entre las sombras. Por fin le había podido decir a su
padre lo que pensaba desde hacía mucho tiempo… y el hecho de que no pudiera
tomar represalias en su contra no hacía sino aumentar su deleite, más por el
hecho de imaginárselo reconcomiéndose a causa de la impotencia que por evitar
el castigo propiamente dicho. Pero el segundo en la línea sucesoria de los
Tal’imran no se hacía ilusiones: lo que realmente impedía que el Cuervo lo
asesinara en ese mismo instante estaba más relacionado con la misión que debía
emprender a partir del día siguiente que con el amor paterno filial o la
voluntad de mantenerse fiel a la palabra dada.
- Puedes retirarte. A partir de
mañana, de ti depende que tus pronósticos no se hagan realidad- concluyó
Siguedir II con un tono de voz más grave y apagado. Noyver dio media vuelta y
abandonó el pedestal del Arco de Huesos sin despedirse. Una sonrisa de pura
autocomplacencia afloró en sus labios antes de alcanzar el último escalón.