Nervios e
impotencia
Mientras el rey namirio,
paralizado junto al ventanal, miraba pero no veía, oía pero no escuchaba, el
rey kulmeh era puro nervio: recorriendo la habitación de un lado a otro a paso
acelerado, parecía como si se estuviera preparando físicamente antes de una
larga jornada de viaje. Y en realidad así era, aunque esa no fuera su
intención.
- ¡Ni siquiera nos dejan
despedirnos de los nuestros!- dijo con un tono que denotaba impotencia e
indignación a partes iguales. Su compañero de celda, porque así era como
consideraban a ese lujoso dormitorio de La Fortaleza del Gurab que se les había
asignado para pasar la noche, ignoró una vez más el comentario de su amigo.
Efectivamente, no les faltaban
motivos para estar enfadados. Tras la reunión con el príncipe Gudeniar por la
mañana, se les comunicó que pasarían el resto del día en la Fortaleza “por su propia
seguridad”. Eso significaba que ya no volverían a pisar sus hogares y a hablar
con sus allegados hasta después del viaje, lo que equivalía a decir que ya no
los verían nunca más. Si el verdadero objetivo del Tal’imran era el que se
imaginaban, a saber, que la misión era alto secreto y que por lo tanto se les
había recluido para que no explicaran sus detalles a nadie, lo tenían
verdaderamente crudo. Podían olvidarse de su mundo para siempre.
Después de un largo silencio,
Alric Sivelmar salió por fin de su letargo y expresó su visión.
- Tengo un plan.
- Sabes que nos vigilan.
- Que lo hagan. Ya no tenemos
motivos para temerles. No pueden hacernos nada, no antes de que hayamos
cumplido su propósito.
- Bien. Te escucho.
El namirio se acercó al kulmeh y le
dijo a la oreja lo siguiente:
- Para llegar a Kulm pasaremos
inevitablemente por Akay. Piénsalo bien, eso es territorio neutral. Para los
bárbaros no somos ni traidores ni colaboracionistas. Si tenemos alguna
posibilidad de escapar, es allí.
Reingard se lo pensó un poco, y
luego concluyó:
- No viajaremos solos.
- Sí, pero seremos dos contra
uno.
- Te equivocas: seremos dos
contra mil. Él tiene al Siegmoné.
- Y nosotros no tenemos nada que
perder. Vale la pena intentarlo.
- En eso tienes razón.
Dicho esto, volvieron a
separarse. Que hubieran perdido el miedo no quería decir que se sintieran
cómodos conspirando abiertamente contra los Tal’imran, y menos en su propio
palacio…
Varios estrepitosos truenos
dieron paso al sonido de la lluvia. La virulencia con que las gotas de agua
golpeaban el cristal hacía presagiar una dura noche de tormenta. Ambos se
imaginaron caminando al día siguiente sobre barrizales, y ante tal panorama se
desesperaron un poco más.
- Será mejor que intentemos
dormir. A saber cuándo tendremos otra oportunidad.
- Sí, aunque dudo que lo consiga.
- Yo tampoco creo que pueda
siquiera cerrar los ojos.
Cada uno se tendió sobre su cama
sin desvestirse. Aunque la hoguera de la chimenea mantenía una temperatura
agradable en el dormitorio, a ninguno de los dos le apetecía tomarse demasiadas
licencias en el cubil de los Tal’imran. El lujo imperial que los rodeaba no les
distraía de su condición de prisioneros, de estar retenidos en contra de su
voluntad.
Mirando al techo y con los ojos
abiertos de par en par, ni Reingard ni Alric conseguían dejar de pensar en lo
que les esperaba. Las perspectivas eran tan desesperanzadoras que continuamente
se veían afectados por incontrolables espasmos y escalofríos. Lo único que les
impedía derrumbarse era la voluntad de no ofrecer a su respectivo compañero de
penas un espectáculo demasiado lamentable. A fin de cuentas, eran dos reyes, e
incluso en su regia intimidad debían comportarse como tales.
El torbellino de pensamientos
destructivos y malos augurios que invadían sus mentes y les impedían conciliar
el sueño se desvaneció al instante cuando oyeron el sonido metálico del cerrojo
de la puerta. Ésta se abrió desde afuera, e inmediatamente entraron dos encapuchados
en la habitación. Justo después, alguien volvió a cerrarla con llave.
Los dos desconocidos se situaron
cabizbajos en el centro de la sala, y allí se quitaron la capa que los cubría.
Resultaron ser dos mozas, ambas jóvenes y bellas. Y como enseguida se
percataron, cada una de ellas era de diferente raza: kulmeh la morena y namiria
la rubia.
Reingard y Alric se miraron sin
saber cómo reaccionar. Alternaban su foco de atención entre la una y la otra,
intentando no ser demasiado descarados pero sin dejar de observar sus cuerpos
apenas disimulados bajo la seda semitransparente. La primera en romper el
silencio fue la kulmeh:
- Salve, mi señor rey. Vengo a
servirle y a complacerle- dijo en perfecto dialecto de Kulm dirigiéndose a
Reingard.
- Mis respetos, alteza. Vengo a
servirle y a complacerle- dijo a continuación la namiria en su lengua, mirando
a su rey.
Alric se puso en pie de un salto
y miró a su amigo:
- ¿Esto qué es, una broma?
- Sí. El humor negro de nuestro
amigo Gudeniar.
Por la reacción de las dos chicas
al escuchar las palabras de Reingard, ambos supieron que ellas entendían el
qarmata medio. O, al menos, que sabían quien era Gudeniar hasta el punto de
temblar con sólo oír su nombre…
- Paso de darle ese gusto-
continuó el rey kulmeh.
- Vale. ¿Pero qué hacemos con
ellas?
- Al menos, que duerman por
nosotros.
Reingard llamó a su compatriota,
y ella acudió rápidamente. Le indicó que podía estirarse a un lado de la cama,
y luego él hizo lo propio en la otra mitad. Cuando Alric adivinó las
intenciones de su amigo, repitió el proceso con su sierva.
- ¿Cómo te llamas?- preguntó
Alric a su compañera de cama.
- Pfeine, alteza…
- ¿Conoces tu edad?
- Diecisiete años, señor.
- Entonces… ¿eres noble?
- Sí, mi rey. Soy la sobrina del
marqués de Tergeist, de la casa de los Valdrich.
Ante esta confesión, Alric no
pudo esconder la formación de una mueca irónica en su rostro. Los Valdrich de
Tergeist siempre habían sido una de las casas más reacias a reconocer la
soberanía de los descendientes de Sivelmar en Justicia del Siegmoné, y por ello
fueron considerados a menudo como agentes encubiertos de la monarquia gildea.
Durante el último Banquete de la
Unión , la festividad bianual que reunía en la capital qarmata
a todos los señores namirios del continente con el objetivo de renovar su
juramento de fidelidad al Único Rey Legítimo de Todos los Namirios en el Norte,
el marqués de Tergeist, Merc Valdrich, no se presentó alegando indisposición
médica, y en su lugar envió a un representante, un pariente lejano que ni
siquiera era su hijo y sucesor. Dos años después del Banquete, el Regente de
Porlay declaró la independencia de las colonias namirias, consumando de esta
manera su traición al Soberano Espectral y a su Rey, y Merc fue de los primeros
en sumarse a la conspiración al abrir su puerto a la flota qeynita. Alric
siempre desconfió de su súbdito más rebelde de la misma manera que habían hecho
sus ascendientes antes que él. Todavía recordaba las palabras de su padre poco
antes de morir: “si quieres mantener el reino unido, céntrate en sus vértices:
los Volfand al oeste, los Fornuall al sur y los Valdrich al este. Tenlos
controlados, y todo irá bien”.
La ironía residía en el hecho de
que, en ese preciso momento, una Valdrich de primer grado estaba en su cama,
dispuesta a servir como juguete sexual al último representante de la misma
dinastía real que había sido incapaz de someter plenamente a su familia a lo
largo de los siglos. Y también estaba el hecho de que la misma persona que le
había condenado a morir en una misión suicida le proporcionara, una noche
antes, un trofeo de tal magnitud. Los Tal’imran eran así. Les gustaba demostrar
su supremacía jugando de esta manera con los caprichos del destino.
Por su parte, la conversación que
Reingard mantenía con su concubina estaba dando resultados parecidos.
- ¿Eres de Kulm?
- Así es, mi rey.
- ¿De qué barrio? Nunca he estado
en ella, pero me conozco la ciudad como la palma de la mano.
- Del Bayan, mi señor.
- ¿En serio? ¿Eres noble?
- Sí, mi rey.
No podía ser de otra manera. Los ojos
oscuros de la joven, su piel ligeramente tostada, su pelo negro rizado, sus
ojos grandes y su nariz curvada… todo ello delataba su ascendencia aqbani.
Reingard recordó en un instante todo lo que sabía, gracias a los libros de
historia, sobre esa venerable familia, quizá la más antigua y pura de todo el
Gotten Law. Los aqbaníes fueron una de las tres tribus que dirigieron la Gran Migración kulmeh hacia
Gottenmorth. Contrariamente a la mentalidad kulmeh, ellos siempre tuvieron un
fuerte sentimiento de clan, así que nunca se mezclaron con miembros de otras
tribus kulmeh, y mucho menos con indígenas del continente. Una vez rota la
estructura tribal de la sociedad kulmeh después de siglos de sedentarismo en el
continente, los aqbani siguieron manteniendo su exclusivismo, esta vez
constituidos como casa nobiliaria de gran influencia y autoridad. Precisamente
por esa característica histórica, ellos son, en la actualidad, los únicos
kulmeh que conservan los rasgos fisonómicos originales de su raza, rasgos
propios de un pueblo que antes de emigrar al frío norte estaba asentado en
climas cálidos y desérticos.
Después de haber guiado a los kulmeh
hacia su salvación durante la Gran Migración ,
los aqbani no se desentendieron de su condición de líderes naturales; al
contrario, en los momentos más decisivos de la historia kulmeh en el norte,
ellos estuvieron en primera línea dirigiendo el destino de su pueblo. Así fue
en el caso de la Segunda
Gran Invasión bárbara, cuando encabezaron la defensa de las
últimas posiciones kulmeh que luchaban por proteger los vitales enclaves
costeros. Tras vencer a los invasores, los aqbani pusieron los primeros
cimientos de la fortaleza Kulm, el acantonamiento militar que debía evitar otro
desastre parecido en el futuro. Por ello, muchos siguen considerando a esta
familia como los fundadores de lo que sería la futura ciudad de Kulm, la
capital de todos los kulmeh.
En la actualidad, la sección
principal de la familia aqbani reside en el distrito del Bayan, en el círculo
central de Kulm, la parte más antigua y selecta de la ciudad construida
parcialmente sobre el terreno que ocupaba el acantonamiento del mismo nombre.
Ese es su hogar desde los tiempos de la fundación del Gran Kulm, el reino unido
que gobernó sobre todos los kulmeh durante varios siglos hasta su caída en manos
de la horda kur-urinesa. Pero que los aqbani tuvieran su hogar en el epicentro
del poder central no significaba que estuvieran particularmente vinculados a la
monarquía kulmeniana. Es más, pasadas varias generaciones de alianza tácita,
los líderes de esta noble casa empezaron a discrepar con las políticas de la
familia real, hasta el punto de convertirse en un foco de oposición constante
desde dentro de la corte. Sin embargo, tal era su prestigio popular y nacional
que los sucesivos reyes jamás se atrevieron a ordenar medidas represivas contra
ellos, por lo que se vieron obligados a tolerarlos y a hacer equilibrios para
mantenerlos satisfechos, evitando de paso que encabezaran una rebelión.
Tras la legendaria victoria del
ejército qarmata contra la horda kur-urinesa en la Batalla de los Ríos de
Sangre, muchos señores kulmeh vieron materializados en los Tal’imran sus sueños
de liberación, así que no tardaran en hacerles llegar llamamientos de auxilio.
Noyver aprovechó la ocasión para sellar alianzas con las principales casas del
Gotten Law, lo que le abrió las puertas al Oriente gottenmorthiano y a
consolidar el nacimiento del que sería el futuro imperio gobernado por sus
descendientes. Pero no todos los señores kulmeh vieron con buenos ojos que su
pueblo se echara en brazos de esa nueva y misteriosa potencia que había surgido
de la nada y de la cual se sabía bien poco,
aparte del hecho de que poseía un poder sobrehumano mucho más turbador
que amigable. Entre ellos estaban los aqbani, convencidos de que los astutos
Tal’imran representaban una amenaza para la independencia y soberanía kulmeh
mucho más acuciante que los primitivos kur-urineses. Pero el signo de los
tiempos era imparable, y durante siglos tuvieron que acatar, como el resto de
habitantes del Gottenmorth civilizado, la autoridad del nuevo amo del
continente.
Tras el levantamiento de los bárbaros
de Akay, los aqbani, que desde hacía años conspiraban contra el Soberano
Espectral junto con otras casas kulmeh partidarias de la secesión –mayoritarias,
por otra parte, en tiempos de Siguedir II-, consiguieron convencer al Protector
de Kulm de la necesidad de aprovechar esa ocasión histórica para librar su
propia y definitiva guerra por la independencia. La declaración corrió a cargo
del mismo Protector, Mordin lan Konigsber, y del líder de los aqbani, Qayim lan
Aqban, en la Plaza
de la Liberación
del Bayan, en el círculo central de Kulm. Y como gesto simbólico que marcaría
el fin de la obediencia a Justicia del Siegmoné, se decidió que el propio Qayim
encendería la mecha que haría dinamitar el gran monumento que presidía el
espacio, nada más y nada menos que la estatua de un lobo gigante de piedra, el
emblema de la monarquía del Gran Kulm cuyo último representante era Reingard
Qanslaw VII.
Y sí. La misma dinastía que había
condenado a su familia a la reclusión y el vasallaje, y a él mismo a morir en
una empresa sin sentido, en ese momento le servía una doncella de la sangre de
quienes le habían destronado… La situación era tan surrealista como absurda. Pero
lo verdaderamente inquietante era saber cómo los Tal’imran habían conseguido
capturar a un miembro vivo de la familia aqbani. ¿Tan mal estaban las cosas en
Kulm? Ante esta perspectiva, por un momento se alegró. Cuánto más cerca
estuviera el Sexto Ejército de tomar la capital, más se avendrían las
autoridades locales a negociar... y, por consiguiente, más posibilidades tenía
él de salir airoso.
Por un momento pensó en preguntar
directamente a la niña sobre la situación en el frente y sobre las circunstancias
de su captura, pero cuando vio la inocencia de la infancia reflejadas en su
mirada temerosa, optó por descartar esta opción. No quería que sufriera
haciéndole recordar cosas que seguro que ella quería olvidar sólo para saciar
su curiosidad y alimentar esperanzas egoístas.
Alric, en cambio, parecía que no
había tenido tantas contemplaciones. Cuando Reingard paró atención a su
conversación con la namiria, escuchó como él la interrogaba acerca de
cuestiones políticas y detalles sobre su familia. No lo entendía todo a causa
del idioma y de la distancia, pero sí lo suficiente como para comprender la
visible incomodidad de la desgraciada, cuyos ojos azules bañados en lágrimas
brillaban como una estrella.
- ¡Pero dímelo ya, por lo que más
quieras! ¿Quién domina la costa?- gritó el soberano namirio mientras zarandeaba
a su concubina.
- ¡No lo sé! Por favor, señor, se
lo ruego. No me haga daño.
La niña empezó entonces a llorar
a voz en cuello, pero su desesperación no pareció relajar la insistencia de su
interrogador. Resuelto a poner fin a tal despropósito, Reingard bajó de la cama
y se dirigió directamente a su amigo.
- Déjalo ya. No nos convirtamos
en aquello que siempre hemos odiado- dijo al mismo tiempo que ponía una mano
sobre su hombro. El tono de la frase sonó tranquilo, más como una expresión de
resignación que de reprimenda. En cualquier caso, surtió el efecto deseado, ya
que Alric se calmó y dejó de insistir. Cuando se giró, el kulmeh vio que sus
ojos estaban enrojecidos por la ira.- Durmamos un poco, que mañana empieza
nuestro calvario particular- añadió.
Sin mediar más palabras, los dos
reyes se acostaron de nuevo en sus respectivas camas e intentaron conciliar el
sueño. Las dos chicas permanecieron calladas, pero estaban tan desveladas como
ellos.