Parte II. Capítulo 29.


Nervios e impotencia



Mientras el rey namirio, paralizado junto al ventanal, miraba pero no veía, oía pero no escuchaba, el rey kulmeh era puro nervio: recorriendo la habitación de un lado a otro a paso acelerado, parecía como si se estuviera preparando físicamente antes de una larga jornada de viaje. Y en realidad así era, aunque esa no fuera su intención.

- ¡Ni siquiera nos dejan despedirnos de los nuestros!- dijo con un tono que denotaba impotencia e indignación a partes iguales. Su compañero de celda, porque así era como consideraban a ese lujoso dormitorio de La Fortaleza del Gurab que se les había asignado para pasar la noche, ignoró una vez más el comentario de su amigo.

Efectivamente, no les faltaban motivos para estar enfadados. Tras la reunión con el príncipe Gudeniar por la mañana, se les comunicó que pasarían el resto del día en la Fortaleza “por su propia seguridad”. Eso significaba que ya no volverían a pisar sus hogares y a hablar con sus allegados hasta después del viaje, lo que equivalía a decir que ya no los verían nunca más. Si el verdadero objetivo del Tal’imran era el que se imaginaban, a saber, que la misión era alto secreto y que por lo tanto se les había recluido para que no explicaran sus detalles a nadie, lo tenían verdaderamente crudo. Podían olvidarse de su mundo para siempre.

Después de un largo silencio, Alric Sivelmar salió por fin de su letargo y expresó su visión.

- Tengo un plan.

- Sabes que nos vigilan.

- Que lo hagan. Ya no tenemos motivos para temerles. No pueden hacernos nada, no antes de que hayamos cumplido su propósito.

- Bien. Te escucho.

El namirio se acercó al kulmeh y le dijo a la oreja lo siguiente:

- Para llegar a Kulm pasaremos inevitablemente por Akay. Piénsalo bien, eso es territorio neutral. Para los bárbaros no somos ni traidores ni colaboracionistas. Si tenemos alguna posibilidad de escapar, es allí.  

Reingard se lo pensó un poco, y luego concluyó:

- No viajaremos solos.

- Sí, pero seremos dos contra uno.

- Te equivocas: seremos dos contra mil. Él tiene al Siegmoné.

- Y nosotros no tenemos nada que perder. Vale la pena intentarlo.

- En eso tienes razón.

Dicho esto, volvieron a separarse. Que hubieran perdido el miedo no quería decir que se sintieran cómodos conspirando abiertamente contra los Tal’imran, y menos en su propio palacio…

Varios estrepitosos truenos dieron paso al sonido de la lluvia. La virulencia con que las gotas de agua golpeaban el cristal hacía presagiar una dura noche de tormenta. Ambos se imaginaron caminando al día siguiente sobre barrizales, y ante tal panorama se desesperaron un poco más.

- Será mejor que intentemos dormir. A saber cuándo tendremos otra oportunidad.

- Sí, aunque dudo que lo consiga.

- Yo tampoco creo que pueda siquiera cerrar los ojos.

Cada uno se tendió sobre su cama sin desvestirse. Aunque la hoguera de la chimenea mantenía una temperatura agradable en el dormitorio, a ninguno de los dos le apetecía tomarse demasiadas licencias en el cubil de los Tal’imran. El lujo imperial que los rodeaba no les distraía de su condición de prisioneros, de estar retenidos en contra de su voluntad.

Mirando al techo y con los ojos abiertos de par en par, ni Reingard ni Alric conseguían dejar de pensar en lo que les esperaba. Las perspectivas eran tan desesperanzadoras que continuamente se veían afectados por incontrolables espasmos y escalofríos. Lo único que les impedía derrumbarse era la voluntad de no ofrecer a su respectivo compañero de penas un espectáculo demasiado lamentable. A fin de cuentas, eran dos reyes, e incluso en su regia intimidad debían comportarse como tales.

El torbellino de pensamientos destructivos y malos augurios que invadían sus mentes y les impedían conciliar el sueño se desvaneció al instante cuando oyeron el sonido metálico del cerrojo de la puerta. Ésta se abrió desde afuera, e inmediatamente entraron dos encapuchados en la habitación. Justo después, alguien volvió a cerrarla con llave.

Los dos desconocidos se situaron cabizbajos en el centro de la sala, y allí se quitaron la capa que los cubría. Resultaron ser dos mozas, ambas jóvenes y bellas. Y como enseguida se percataron, cada una de ellas era de diferente raza: kulmeh la morena y namiria la rubia.

Reingard y Alric se miraron sin saber cómo reaccionar. Alternaban su foco de atención entre la una y la otra, intentando no ser demasiado descarados pero sin dejar de observar sus cuerpos apenas disimulados bajo la seda semitransparente. La primera en romper el silencio fue la kulmeh:

- Salve, mi señor rey. Vengo a servirle y a complacerle- dijo en perfecto dialecto de Kulm dirigiéndose a Reingard.

- Mis respetos, alteza. Vengo a servirle y a complacerle- dijo a continuación la namiria en su lengua, mirando a su rey.

Alric se puso en pie de un salto y miró a su amigo:

- ¿Esto qué es, una broma?

- Sí. El humor negro de nuestro amigo Gudeniar.

Por la reacción de las dos chicas al escuchar las palabras de Reingard, ambos supieron que ellas entendían el qarmata medio. O, al menos, que sabían quien era Gudeniar hasta el punto de temblar con sólo oír su nombre…

- Paso de darle ese gusto- continuó el rey kulmeh.

- Vale. ¿Pero qué hacemos con ellas?

- Al menos, que duerman por nosotros.

Reingard llamó a su compatriota, y ella acudió rápidamente. Le indicó que podía estirarse a un lado de la cama, y luego él hizo lo propio en la otra mitad. Cuando Alric adivinó las intenciones de su amigo, repitió el proceso con su sierva.

- ¿Cómo te llamas?- preguntó Alric a su compañera de cama.

- Pfeine, alteza…

- ¿Conoces tu edad?

- Diecisiete años, señor.

- Entonces… ¿eres noble?

- Sí, mi rey. Soy la sobrina del marqués de Tergeist, de la casa de los Valdrich.

Ante esta confesión, Alric no pudo esconder la formación de una mueca irónica en su rostro. Los Valdrich de Tergeist siempre habían sido una de las casas más reacias a reconocer la soberanía de los descendientes de Sivelmar en Justicia del Siegmoné, y por ello fueron considerados a menudo como agentes encubiertos de la monarquia gildea. Durante el último Banquete de la Unión, la festividad bianual que reunía en la capital qarmata a todos los señores namirios del continente con el objetivo de renovar su juramento de fidelidad al Único Rey Legítimo de Todos los Namirios en el Norte, el marqués de Tergeist, Merc Valdrich, no se presentó alegando indisposición médica, y en su lugar envió a un representante, un pariente lejano que ni siquiera era su hijo y sucesor. Dos años después del Banquete, el Regente de Porlay declaró la independencia de las colonias namirias, consumando de esta manera su traición al Soberano Espectral y a su Rey, y Merc fue de los primeros en sumarse a la conspiración al abrir su puerto a la flota qeynita. Alric siempre desconfió de su súbdito más rebelde de la misma manera que habían hecho sus ascendientes antes que él. Todavía recordaba las palabras de su padre poco antes de morir: “si quieres mantener el reino unido, céntrate en sus vértices: los Volfand al oeste, los Fornuall al sur y los Valdrich al este. Tenlos controlados, y todo irá bien”.

La ironía residía en el hecho de que, en ese preciso momento, una Valdrich de primer grado estaba en su cama, dispuesta a servir como juguete sexual al último representante de la misma dinastía real que había sido incapaz de someter plenamente a su familia a lo largo de los siglos. Y también estaba el hecho de que la misma persona que le había condenado a morir en una misión suicida le proporcionara, una noche antes, un trofeo de tal magnitud. Los Tal’imran eran así. Les gustaba demostrar su supremacía jugando de esta manera con los caprichos del destino. 

Por su parte, la conversación que Reingard mantenía con su concubina estaba dando resultados parecidos.

- ¿Eres de Kulm?

- Así es, mi rey.

- ¿De qué barrio? Nunca he estado en ella, pero me conozco la ciudad como la palma de la mano.

- Del Bayan, mi señor.

- ¿En serio? ¿Eres noble?

- Sí, mi rey.

No podía ser de otra manera. Los ojos oscuros de la joven, su piel ligeramente tostada, su pelo negro rizado, sus ojos grandes y su nariz curvada… todo ello delataba su ascendencia aqbani. Reingard recordó en un instante todo lo que sabía, gracias a los libros de historia, sobre esa venerable familia, quizá la más antigua y pura de todo el Gotten Law. Los aqbaníes fueron una de las tres tribus que dirigieron la Gran Migración kulmeh hacia Gottenmorth. Contrariamente a la mentalidad kulmeh, ellos siempre tuvieron un fuerte sentimiento de clan, así que nunca se mezclaron con miembros de otras tribus kulmeh, y mucho menos con indígenas del continente. Una vez rota la estructura tribal de la sociedad kulmeh después de siglos de sedentarismo en el continente, los aqbani siguieron manteniendo su exclusivismo, esta vez constituidos como casa nobiliaria de gran influencia y autoridad. Precisamente por esa característica histórica, ellos son, en la actualidad, los únicos kulmeh que conservan los rasgos fisonómicos originales de su raza, rasgos propios de un pueblo que antes de emigrar al frío norte estaba asentado en climas cálidos y desérticos. 

Después de haber guiado a los kulmeh hacia su salvación durante la Gran Migración, los aqbani no se desentendieron de su condición de líderes naturales; al contrario, en los momentos más decisivos de la historia kulmeh en el norte, ellos estuvieron en primera línea dirigiendo el destino de su pueblo. Así fue en el caso de la Segunda Gran Invasión bárbara, cuando encabezaron la defensa de las últimas posiciones kulmeh que luchaban por proteger los vitales enclaves costeros. Tras vencer a los invasores, los aqbani pusieron los primeros cimientos de la fortaleza Kulm, el acantonamiento militar que debía evitar otro desastre parecido en el futuro. Por ello, muchos siguen considerando a esta familia como los fundadores de lo que sería la futura ciudad de Kulm, la capital de todos los kulmeh.

En la actualidad, la sección principal de la familia aqbani reside en el distrito del Bayan, en el círculo central de Kulm, la parte más antigua y selecta de la ciudad construida parcialmente sobre el terreno que ocupaba el acantonamiento del mismo nombre. Ese es su hogar desde los tiempos de la fundación del Gran Kulm, el reino unido que gobernó sobre todos los kulmeh durante varios siglos hasta su caída en manos de la horda kur-urinesa. Pero que los aqbani tuvieran su hogar en el epicentro del poder central no significaba que estuvieran particularmente vinculados a la monarquía kulmeniana. Es más, pasadas varias generaciones de alianza tácita, los líderes de esta noble casa empezaron a discrepar con las políticas de la familia real, hasta el punto de convertirse en un foco de oposición constante desde dentro de la corte. Sin embargo, tal era su prestigio popular y nacional que los sucesivos reyes jamás se atrevieron a ordenar medidas represivas contra ellos, por lo que se vieron obligados a tolerarlos y a hacer equilibrios para mantenerlos satisfechos, evitando de paso que encabezaran una rebelión.  

Tras la legendaria victoria del ejército qarmata contra la horda kur-urinesa en la Batalla de los Ríos de Sangre, muchos señores kulmeh vieron materializados en los Tal’imran sus sueños de liberación, así que no tardaran en hacerles llegar llamamientos de auxilio. Noyver aprovechó la ocasión para sellar alianzas con las principales casas del Gotten Law, lo que le abrió las puertas al Oriente gottenmorthiano y a consolidar el nacimiento del que sería el futuro imperio gobernado por sus descendientes. Pero no todos los señores kulmeh vieron con buenos ojos que su pueblo se echara en brazos de esa nueva y misteriosa potencia que había surgido de la nada y de la cual se sabía bien poco,  aparte del hecho de que poseía un poder sobrehumano mucho más turbador que amigable. Entre ellos estaban los aqbani, convencidos de que los astutos Tal’imran representaban una amenaza para la independencia y soberanía kulmeh mucho más acuciante que los primitivos kur-urineses. Pero el signo de los tiempos era imparable, y durante siglos tuvieron que acatar, como el resto de habitantes del Gottenmorth civilizado, la autoridad del nuevo amo del continente.

Tras el levantamiento de los bárbaros de Akay, los aqbani, que desde hacía años conspiraban contra el Soberano Espectral junto con otras casas kulmeh partidarias de la secesión –mayoritarias, por otra parte, en tiempos de Siguedir II-, consiguieron convencer al Protector de Kulm de la necesidad de aprovechar esa ocasión histórica para librar su propia y definitiva guerra por la independencia. La declaración corrió a cargo del mismo Protector, Mordin lan Konigsber, y del líder de los aqbani, Qayim lan Aqban, en la Plaza de la Liberación del Bayan, en el círculo central de Kulm. Y como gesto simbólico que marcaría el fin de la obediencia a Justicia del Siegmoné, se decidió que el propio Qayim encendería la mecha que haría dinamitar el gran monumento que presidía el espacio, nada más y nada menos que la estatua de un lobo gigante de piedra, el emblema de la monarquía del Gran Kulm cuyo último representante era Reingard Qanslaw VII.

Y sí. La misma dinastía que había condenado a su familia a la reclusión y el vasallaje, y a él mismo a morir en una empresa sin sentido, en ese momento le servía una doncella de la sangre de quienes le habían destronado… La situación era tan surrealista como absurda. Pero lo verdaderamente inquietante era saber cómo los Tal’imran habían conseguido capturar a un miembro vivo de la familia aqbani. ¿Tan mal estaban las cosas en Kulm? Ante esta perspectiva, por un momento se alegró. Cuánto más cerca estuviera el Sexto Ejército de tomar la capital, más se avendrían las autoridades locales a negociar... y, por consiguiente, más posibilidades tenía él de salir airoso.

Por un momento pensó en preguntar directamente a la niña sobre la situación en el frente y sobre las circunstancias de su captura, pero cuando vio la inocencia de la infancia reflejadas en su mirada temerosa, optó por descartar esta opción. No quería que sufriera haciéndole recordar cosas que seguro que ella quería olvidar sólo para saciar su curiosidad y alimentar esperanzas egoístas. 

Alric, en cambio, parecía que no había tenido tantas contemplaciones. Cuando Reingard paró atención a su conversación con la namiria, escuchó como él la interrogaba acerca de cuestiones políticas y detalles sobre su familia. No lo entendía todo a causa del idioma y de la distancia, pero sí lo suficiente como para comprender la visible incomodidad de la desgraciada, cuyos ojos azules bañados en lágrimas brillaban como una estrella.

- ¡Pero dímelo ya, por lo que más quieras! ¿Quién domina la costa?- gritó el soberano namirio mientras zarandeaba a su concubina.

- ¡No lo sé! Por favor, señor, se lo ruego. No me haga daño.

La niña empezó entonces a llorar a voz en cuello, pero su desesperación no pareció relajar la insistencia de su interrogador. Resuelto a poner fin a tal despropósito, Reingard bajó de la cama y se dirigió directamente a su amigo.

- Déjalo ya. No nos convirtamos en aquello que siempre hemos odiado- dijo al mismo tiempo que ponía una mano sobre su hombro. El tono de la frase sonó tranquilo, más como una expresión de resignación que de reprimenda. En cualquier caso, surtió el efecto deseado, ya que Alric se calmó y dejó de insistir. Cuando se giró, el kulmeh vio que sus ojos estaban enrojecidos por la ira.- Durmamos un poco, que mañana empieza nuestro calvario particular- añadió.

Sin mediar más palabras, los dos reyes se acostaron de nuevo en sus respectivas camas e intentaron conciliar el sueño. Las dos chicas permanecieron calladas, pero estaban tan desveladas como ellos.