El último eslabón
Desde la cumbre del torreón este
de La Fortaleza del Gurab, conocido como el Panteón del Olvido por la cantidad
de personas que habían desaparecido entre sus muros, todo se veía distinto. El
viento procedente del norte bajaba frío y cortante desde los macizos helados
que delimitaban la Tierra
de los Qalah, pero ello no parecía perturbar la calma de Noyver Tal’imran,
segundo hijo del Cuervo. Apoyando su pie en una de las almenas triangulares, el
príncipe qarmata observaba el horizonte oriental, hacia Akay, el país de los
bárbaros. Allí había empezado la rebelión que estaba a punto de terminar con el
imperio de su familia, decían. Él sabía que el principio del fin había que
buscarlo mucho más cerca, concretamente en el interior de la torre que en ese
mismo instante estaba coronando.
Tal y como se esperaba, los
goznes de la trampilla que daba acceso a la azotea chirriaron a su espalda;
inmediatamente después, oyó el sonido de unos delicados pasos que se acercaban.
Alguien subió a la almena
contigua y avanzó hasta que la mitad de sus pies se asomaron por el precipicio.
En la boca de Noyver se dibujó una amarga sonrisa, seguida de un mal
presentimiento.
- ¿Cuándo te marchas?- dijo la
persona que seguía poniendo al límite su sentido del equilibrio y su vértigo a
sólo medio metro de él.
- Mañana.
- ¿Es necesario?
- Nunca lo es.
De un salto hacia atrás, la
persona recién llegada se situó al lado del noble qarmata. Noyver cambió de
postura y se encaró hacia ella.
- No tienes que hacerlo.
Observó sus curvados y sombreados
ojos, sus finos labios negros, su nariz afilada, la mitad de su cabeza rapada y
la otra decorada por media melena caoba tendida hacia el lado izquierdo. Como
siempre, Dovra estaba irresistiblemente atractiva.
- No puedo hacer otra cosa.
Se observaron largamente con
miradas que penetraban hasta lo más profundo de sus almas, cada uno esperando
la reacción del otro. Como siempre, fue él quien se rindió antes.
- Ya conoces a Gudeniar- dijo el
príncipe mientras dirigía su atención de nuevo hacia el horizonte. – Su destino
es morir en el campo de batalla.
- Lo sé.
- Y yo no creo que sobreviva a
este viaje. Así que quien sabe. Quizá puedas ser la nueva Nivlena tras la
muerte de nuestro padre, siempre que quede algo de nuestro imperio para cuando
eso suceda.
El rostro de la Tal ’imran se oscureció aún
más, revelando sus peores temores.
- Yo no quiero gobernar.
- Ni yo.
- Te quiero a ti.
- No podemos esquivar nuestro
destino.
- Pero podemos afrontarlo.
Noyver se giró y cogió la mano de
su hermana.
- Créeme. Eso es lo que hago-
dijo mientras doblaba sus dedos alrededor de los suyos.
Siguieron cruzando sus miradas
sin decir nada, únicamente acompañados por el sonido de las rachas de viento
que se colaba por el poco espacio que había entre ellos. No tardaron, sin
embargo, en desviar sus puntos de atención, esta vez al mismo tiempo.
- Antes de que nos separemos
definitivamente, me gustaría saber una cosa.
- Tú dirás.
- Siempre que te he buscado, te
he encontrado aquí. ¿Qué tiene este pináculo de especial?
- ¿Y por qué no?
- Ya sabes por qué motivo es
conocida esta torre.
- También sabes que sus
estancias, antes de servir como cámaras de tortura en las que muere gente a
diario, albergaban un hospital donde se salvaron muchas vidas.
- ¿Entonces?
- No es ninguna novedad. A los
Tal’imran siempre nos ha gustado estar por encima del bien y del mal.
Noyver contempló la belleza
qarmata de su hermana una vez más, y luego hizo un gesto que ella entendió como
una señal de despedida. Sin decir nada más, anduvo lentamente hacia la
trampilla y desapareció a través de ella. A partir de ese momento, sobraban las
palabras.