Parte II. Capítulo 28.


El último eslabón



Desde la cumbre del torreón este de La Fortaleza del Gurab, conocido como el Panteón del Olvido por la cantidad de personas que habían desaparecido entre sus muros, todo se veía distinto. El viento procedente del norte bajaba frío y cortante desde los macizos helados que delimitaban la Tierra de los Qalah, pero ello no parecía perturbar la calma de Noyver Tal’imran, segundo hijo del Cuervo. Apoyando su pie en una de las almenas triangulares, el príncipe qarmata observaba el horizonte oriental, hacia Akay, el país de los bárbaros. Allí había empezado la rebelión que estaba a punto de terminar con el imperio de su familia, decían. Él sabía que el principio del fin había que buscarlo mucho más cerca, concretamente en el interior de la torre que en ese mismo instante estaba coronando.

Tal y como se esperaba, los goznes de la trampilla que daba acceso a la azotea chirriaron a su espalda; inmediatamente después, oyó el sonido de unos delicados pasos que se acercaban.

Alguien subió a la almena contigua y avanzó hasta que la mitad de sus pies se asomaron por el precipicio. En la boca de Noyver se dibujó una amarga sonrisa, seguida de un mal presentimiento.

- ¿Cuándo te marchas?- dijo la persona que seguía poniendo al límite su sentido del equilibrio y su vértigo a sólo medio metro de él.

- Mañana.

- ¿Es necesario?

- Nunca lo es.

De un salto hacia atrás, la persona recién llegada se situó al lado del noble qarmata. Noyver cambió de postura y se encaró hacia ella.

- No tienes que hacerlo.

Observó sus curvados y sombreados ojos, sus finos labios negros, su nariz afilada, la mitad de su cabeza rapada y la otra decorada por media melena caoba tendida hacia el lado izquierdo. Como siempre, Dovra estaba irresistiblemente atractiva.

- No puedo hacer otra cosa.

Se observaron largamente con miradas que penetraban hasta lo más profundo de sus almas, cada uno esperando la reacción del otro. Como siempre, fue él quien se rindió antes.

- Ya conoces a Gudeniar- dijo el príncipe mientras dirigía su atención de nuevo hacia el horizonte. – Su destino es morir en el campo de batalla.

- Lo sé.

- Y yo no creo que sobreviva a este viaje. Así que quien sabe. Quizá puedas ser la nueva Nivlena tras la muerte de nuestro padre, siempre que quede algo de nuestro imperio para cuando eso suceda.

El rostro de la Tal’imran se oscureció aún más, revelando sus peores temores.

- Yo no quiero gobernar.

- Ni yo.

- Te quiero a ti.

- No podemos esquivar nuestro destino.

- Pero podemos afrontarlo.

Noyver se giró y cogió la mano de su hermana.

- Créeme. Eso es lo que hago- dijo mientras doblaba sus dedos alrededor de los suyos.

Siguieron cruzando sus miradas sin decir nada, únicamente acompañados por el sonido de las rachas de viento que se colaba por el poco espacio que había entre ellos. No tardaron, sin embargo, en desviar sus puntos de atención, esta vez al mismo tiempo.

- Antes de que nos separemos definitivamente, me gustaría saber una cosa.

- Tú dirás.

- Siempre que te he buscado, te he encontrado aquí. ¿Qué tiene este pináculo de especial?

- ¿Y por qué no?

- Ya sabes por qué motivo es conocida esta torre.

- También sabes que sus estancias, antes de servir como cámaras de tortura en las que muere gente a diario, albergaban un hospital donde se salvaron muchas vidas.

- ¿Entonces?

- No es ninguna novedad. A los Tal’imran siempre nos ha gustado estar por encima del bien y del mal.

Noyver contempló la belleza qarmata de su hermana una vez más, y luego hizo un gesto que ella entendió como una señal de despedida. Sin decir nada más, anduvo lentamente hacia la trampilla y desapareció a través de ella. A partir de ese momento, sobraban las palabras.