Dos reyes
Reingard Qanslaw VII, Rey del
Pueblo Kulmeh y Guardián de su Eterna Unidad, bajó a toda prisa por la Avenida de los Ríos de
Sangre en dirección al Barrio Namirio, al este de la ciudad. No corría más por
respeto a la venerabilidad de los pocos transeúntes con quienes se cruzaba,
casi todos ancianos qarmatas que salían a la calle al amanecer después de pasar
otra noche en vela, pero ganas no le faltaban. Tenía información importante que
comentar con su mejor amigo, y hasta que no lo hiciera no estaría tranquilo.
Después de doblar un par de
esquinas, se plantó ante la arcada que marcaba el inicio del recinto del
Palacio de Plata, la enorme residencia que albergaba la familia real namiria.
Como era habitual en los últimos años, los jardines estaban vacíos. Ni
cortesanos, ni sirvientes, ni visitantes extranjeros hacían acto de presencia,
aunque sólo fuera como muestra de consideración hacia su legítimo rey. Ni siquiera
los gatos se acercaban a la mansión, como si supieran que tampoco ellos podían
sacar ya nada de sus desprestigiados inquilinos. Decididamente, las cosas
habían cambiado mucho desde el inicio de la guerra. Los frentes podían seguir
abiertos, pero la retaguardia ya estaba perdida desde hacía tiempo.
Tampoco había guardias por ningún
lado, pero eso era más normal, ya que nunca habían hecho demasiada falta en la
capital. En Justicia del Siegmoné no había nada que temer: ningún indeseable
entraba donde no se le esperaba, ni tampoco salía de donde no debía hacerlo.
Incluso ahora que el continente se desangraba en una guerra fraticida cruel y
despiadada, la ciudad que los qarmatas construyeron sobre los cadáveres de sus
enemigos seguía siendo un remanso de paz y seguridad en medio del caos. Una
situación que no iba a durar mucho más, como algunos empezaban a reconocer.
Reingard era de los que no albergaban ninguna duda sobre ello.
Antes de que picara a la puerta, ésta
se abrió. Una joven de largos cabellos rubios lo invitó a pasar sin alegría, y
el rey kulmeh se limitó a agradecer su frío recibimiento con el mismo estado de
ánimo. No necesitaba que nadie lo guiara dentro del palacio; después de haberlo
recorrido de arriba abajo regularmente desde que era niño, conocía todos sus
recovecos. Tampoco podía evitarlo: cada vez que visitaba a su regio amigo,
pensaba en lo diferentes que serían esos encuentros si ellos fueran monarcas
normales en circunstancias normales. Dos reyes, pensaba siempre, o se
encuentran para hacer la guerra en medio del campo de batalla rodeados por sus
soldados o lo hacen para hacer la paz en medio de lujosas cámaras acompañados
de su séquito. En cualquier caso, nunca coinciden a solas en un salón como dos
vulgares plebeyos que se reúnen para jugar a cartas. Y, sin embargo, eso era lo
que ellos solían hacer.
Alric Sivelmar IV, El Único Rey
Legítimo de Todos los Namirios en el Norte, estaba sentado en su viejo sillón de
espaldas al fuego, fumando su pipa. Tan pronto como vio entrar a su amigo, bajó
las piernas de la mesita y se incorporó para recibirlo.
- ¡Rein! ¿Qué tal estás esta
mañana?- pronunció con entusiasmo en lengua qarmata vulgar. Al contario de la
chica de la puerta, él sí parecía contento al verlo.
- Por lo que respecta a mi persona,
bastante bien. Pero no soy yo lo que me preocupa…
- Me lo imagino. Siéntate, anda.
Alric invitó a su amigo a
sentarse en el otro sillón al mismo tiempo que daba unas instrucciones a la
joven rubia en lengua namiria. El kulmeh pudo entender lo que le dijo sin
problemas, y le agradeció la hospitalidad. Una buena taza de leche caliente con
miel le sentaría de maravilla a esa fría hora de la mañana.
- ¿Y bien?
- Justicia del Siegmoné está
rodeada.
- Sí, eso tengo entendido.
- ¿Y ya está?
- ¿Qué quieres que haga?
- Supongo que nadie puede hacer
nada.
- Fíjate en lo paradójico de la
situación. Somos dos reyes cautivos, y lo único que nos preocupa es que
nuestros súbditos están a las puertas de nuestra prisión.
Reingard pensó en ello, y una
amarga sonrisa afloró en sus labios.
- Somos dos reyes sin reino ni
súbditos. Es curioso, pero nuestra única posibilidad de mantener la corona pasa
por seguir siendo vasallos.
- Sí. Dudo que nadie en la
historia se encuentre en tal situación que deba elegir entre vivir rey o morir
libre.
- Son tiempos extraordinarios.
Estamos viviendo un cambio de era.
- Estas palabras pueden costarte
la ejecución.
- ¿Acaso no son ciertas?
- Claro que lo son.
- Pues eso. Ya no sé quien
prefiero que ordene mi ejecución, si el carcelero que me ha hecho rey o los
súbditos que me quieren quitar el trono.
- Podríamos matarnos el uno al
otro. Así al menos podremos decir que ha puesto fin a nuestra vida alguien de
nuestra condición.
- Buena idea.
Ambos reyes bajaron sus miradas y
mantuvieron sus sonrisas durante unos segundos, hasta que el peso de la
realidad volvió a imponerse sobre consuelo de la ironía. Sólo los humeantes
picheles de leche que la criada depositó en la mesita consiguieron sacarlos de
su ensimismamiento.
- Yo también tengo algo que
decirte- comentó el monarca namirio después de dar su primer sorbo.
- Espero que tus noticias sean
más digeribles.
- Para nada. A primera hora he
recibido un mensaje en la ventana. Tenemos reunión al tercer graznido en el
Salón de Armas. El príncipe Gudeniar en persona nos convoca.
Reingard se atragantó con la
leche que estaba bebiendo y palideció de golpe, como si el líquido que ingería
se hubiera extendido por los vasos sanguíneos de su rostro. La sola mención del
nombre del hijo del Cuervo hacía temblar a cualquiera que conociera su
reputación. A quienes lo habían conocido y sufrido en persona, los paralizaba
de puro terror.
…
Dos horas y media después, el
kulmeh y el namirio estaban sentados alrededor de la mesa redonda del Salón de
Armas de La Fortaleza
del Gurab, cada uno en el extremo diametralmente opuesto del otro, como mandaba
la costumbre. Estaban solos, y eso los extrañaba sobremanera. Para completar el
Consejo Exterior faltaban el anciano Gahon, sumo sacerdote de los nesudios, y Karlin,
el líder chamán bárbaro. Su ausencia confirmaba que no se trataba de una
reunión formal del Consejo.
Mientras esperaban en silencio,
cada uno disimulaba los nervios como podía. Los intentos de mantener la
compostura requerían más y más esfuerzo con el paso de los minutos.
La tensión se cortó bruscamente
con la apertura de las puertas. Sin atreverse siquiera a girar la cabeza para
observar al recién llegado, los dos reyes se levantaron e hicieron una leve
inclinación como muestra de deferencia hacia su ilustre presencia. Gudeniar se
sentó en su puesto y ordenó a los otros dos que hicieran lo mismo.
- Señores, la conspiración de
Qeyna estrecha el cerco, y su amenaza se cierne imparable sobre nosotros. El
tirano de Gildos está resuelto a extender su dominio sobre todo el continente,
y no parará hasta que su desmesurada ambición y su sed de poder se vean
saciadas. Nuestros heroicos soldados luchan por cada palmo de terreno aquí, en
el Valle del Niss, y también en cada rincón de Gottenmorth que todavía no ha
caído en las garras del enemigo, pero la batalla militar no es suficiente para
resistir la mayor calamidad que han sufrido los pueblos libres de Gottenmorth
desde la invasión kur-urinesa. Hace ocho siglos, mi glorioso abuelo Noyver I
acudió en auxilio de vuestra
civilización y puso fin a la opresión de las hordas del yermo. Fue un
acto de justicia infinita gracias al cual recuperasteis vuestra libertad y
alcanzasteis las más altas cotas de progreso y riqueza. Hoy, tanto tiempo
después, vuestra soberanía y dignidad vuelven a estar amenazadas. Y esta vez os
toca a vosotros luchar por vuestra independencia.
Los dos monarcas se miraron
atónitos. Jamás habían escuchado un discurso tan largo del hijo y sucesor del
Cuervo, y ni mucho menos tan franco. Dejando de lado las altas dosis de
propaganda política y manipulación histórica que contenían sus palabras, la
solemnidad de su tono y la gravedad de su estilo dejaban entrever una situación
realmente desesperada.
Cuando dirigieron sus miradas al
Tal’imran, se encontraron con el mismo rostro oscuro y maligno de siempre, pero
con facciones más sombrías si cabe. Las sombras alrededor de sus curvados ojos
se habían intensificado, y sus característicos iris de color púrpura parecían
apagados, como si estuvieran carentes de vida. Al mismo tiempo, las mejillas
imberbes estaban más pálidas que nunca, lo que le daba un aspecto enfermizo,
mucho más de lo que era habitual entre los qarmatas.
- Sois los legítimos soberanos de
las dos civilizaciones más importantes del norte- prosiguió el príncipe
qarmata-, por lo que pesa en vuestras espaldas una inmensa responsabilidad. En
esta hora decisiva, vuestra es la misión de guiar a vuestros respectivos
pueblos al encuentro con su destino. Es una pesada carga que no podéis eludir.
Ahora, la historia os convoca.
Tanto el kulmeh como el namirio
seguían sin dar crédito a las palabras que escuchaban. Por primera vez en su
vida, y quizá también en la vida de sus regios antepasados cautivos en Justicia
del Siegmoné, eran tratados como verdaderos reyes por parte de la Dinastía Púrpura.
Hasta hace menos de una hora, muchas eran las incertidumbres sobre lo que les
esperaba en presencia de Gudeniar el Sanguinario. Que los asesinara él mismo,
con sus propias manos, por ser de la misma raza de quienes estaban a punto de
acabar con el imperio de su familia, no era en absoluto la posibilidad menos
probable. Lo que nunca habrían podido concebir era que en esas terribles
circunstancias les llegara, por fin, un reconocimiento de su condición.
De repente, el porte del heredero
qarmata se relajó, y cuando volvió a hablar su tono cambió por completo.
- Viajaréis de incógnito hacia el
este, a Kulm. Una vez lleguéis allí, os uniréis al Sexto Ejército que combate
por la toma de la ciudad y esperaréis nuevas órdenes. Vuestra misión consiste
en parlamentar con las autoridades sublevadas y convencerlas de que su
verdadero enemigo no es el Soberano Espectral, sino Qeynah. Insistiréis en el
hecho de que la permanencia del Qarmat es la única garantía para su
independencia como civilización libre. Daréis testimonio de los horrores que
sufren quienes caen bajo las hordas del tirano de Gildos, y les informaréis de
la gran cantidad de territorio kulmeh ocupado por la flota gildea. Al mismo
tiempo, les convenceréis de que la mayor parte de los namirios continentales
luchan codo con codo con los qarmatas para detener la invasión extranjera de su
territorio, y que ellos deben hacer lo mismo si lo que quieren es salvar a su
país. A cambio de poner fin a la rebelión y renovar el pacto de fidelidad, los
ejércitos imperiales se retirarán del Gotten Law y se trasladarán al sur para hacer
frente a la agresión qeynita. Sólo de esta manera podrán evitar el
derrumbamiento del estado kulmeh, un derrumbamiento cuya catastrófica magnitud
únicamente puede compararse con la caída del Gran Kulm tras la invasión
kur-urinesa.
Reingard bajó su mirada en un
intento desesperado de esconder su expresión de incredulidad. El plan era tan
absurdo que se le hacía realmente imposible disimular las evidencias de tal
impresión dibujadas en su rostro.
Por su parte, Alric no estaba
menos incómodo. La sola idea de abandonar Justicia del Siegmoné por primera vez
en su vida ya le resultaba suficientemente inquietante, pero si además era para
dirigirse hacia el corazón de un reino cuya gente ni siquiera hablaba su
idioma, directamente le aterraba.
Si el heredero al Arco de Huesos
se dio cuenta de sus reacciones, es algo que nunca podrían saber, ya que tan
pronto como terminó de dar las instrucciones se levantó, dio media vuelta, y
empezó a andar en dirección a la puerta por donde había entrado. Ninguno de sus
dos apelados esperaba una despedida formal, y efectivamente ésta no se produjo.
Sin embargo, Gudeniar volvió a hablar antes de abandonar la sala:
- Evidentemente, no viajaréis
solos. Una delegación formada por tan eminentes integrantes merece la mejor de
las protecciones, y más en estos tiempos de guerra. Mi hermano Noyver os
acompañará.
El toque final que remataba unas
perspectivas de futuro funestas.