Parte II. Capítulo 27.


Dos reyes



Reingard Qanslaw VII, Rey del Pueblo Kulmeh y Guardián de su Eterna Unidad, bajó a toda prisa por la Avenida de los Ríos de Sangre en dirección al Barrio Namirio, al este de la ciudad. No corría más por respeto a la venerabilidad de los pocos transeúntes con quienes se cruzaba, casi todos ancianos qarmatas que salían a la calle al amanecer después de pasar otra noche en vela, pero ganas no le faltaban. Tenía información importante que comentar con su mejor amigo, y hasta que no lo hiciera no estaría tranquilo.

Después de doblar un par de esquinas, se plantó ante la arcada que marcaba el inicio del recinto del Palacio de Plata, la enorme residencia que albergaba la familia real namiria. Como era habitual en los últimos años, los jardines estaban vacíos. Ni cortesanos, ni sirvientes, ni visitantes extranjeros hacían acto de presencia, aunque sólo fuera como muestra de consideración hacia su legítimo rey. Ni siquiera los gatos se acercaban a la mansión, como si supieran que tampoco ellos podían sacar ya nada de sus desprestigiados inquilinos. Decididamente, las cosas habían cambiado mucho desde el inicio de la guerra. Los frentes podían seguir abiertos, pero la retaguardia ya estaba perdida desde hacía tiempo.

Tampoco había guardias por ningún lado, pero eso era más normal, ya que nunca habían hecho demasiada falta en la capital. En Justicia del Siegmoné no había nada que temer: ningún indeseable entraba donde no se le esperaba, ni tampoco salía de donde no debía hacerlo. Incluso ahora que el continente se desangraba en una guerra fraticida cruel y despiadada, la ciudad que los qarmatas construyeron sobre los cadáveres de sus enemigos seguía siendo un remanso de paz y seguridad en medio del caos. Una situación que no iba a durar mucho más, como algunos empezaban a reconocer. Reingard era de los que no albergaban ninguna duda sobre ello.

Antes de que picara a la puerta, ésta se abrió. Una joven de largos cabellos rubios lo invitó a pasar sin alegría, y el rey kulmeh se limitó a agradecer su frío recibimiento con el mismo estado de ánimo. No necesitaba que nadie lo guiara dentro del palacio; después de haberlo recorrido de arriba abajo regularmente desde que era niño, conocía todos sus recovecos. Tampoco podía evitarlo: cada vez que visitaba a su regio amigo, pensaba en lo diferentes que serían esos encuentros si ellos fueran monarcas normales en circunstancias normales. Dos reyes, pensaba siempre, o se encuentran para hacer la guerra en medio del campo de batalla rodeados por sus soldados o lo hacen para hacer la paz en medio de lujosas cámaras acompañados de su séquito. En cualquier caso, nunca coinciden a solas en un salón como dos vulgares plebeyos que se reúnen para jugar a cartas. Y, sin embargo, eso era lo que ellos solían hacer.

Alric Sivelmar IV, El Único Rey Legítimo de Todos los Namirios en el Norte, estaba sentado en su viejo sillón de espaldas al fuego, fumando su pipa. Tan pronto como vio entrar a su amigo, bajó las piernas de la mesita y se incorporó para recibirlo.

- ¡Rein! ¿Qué tal estás esta mañana?- pronunció con entusiasmo en lengua qarmata vulgar. Al contario de la chica de la puerta, él sí parecía contento al verlo.

- Por lo que respecta a mi persona, bastante bien. Pero no soy yo lo que me preocupa…

- Me lo imagino. Siéntate, anda.

Alric invitó a su amigo a sentarse en el otro sillón al mismo tiempo que daba unas instrucciones a la joven rubia en lengua namiria. El kulmeh pudo entender lo que le dijo sin problemas, y le agradeció la hospitalidad. Una buena taza de leche caliente con miel le sentaría de maravilla a esa fría hora de la mañana.   

- ¿Y bien?

- Justicia del Siegmoné está rodeada.

- Sí, eso tengo entendido.

- ¿Y ya está?

- ¿Qué quieres que haga?

- Supongo que nadie puede hacer nada.

- Fíjate en lo paradójico de la situación. Somos dos reyes cautivos, y lo único que nos preocupa es que nuestros súbditos están a las puertas de nuestra prisión.

Reingard pensó en ello, y una amarga sonrisa afloró en sus labios.

- Somos dos reyes sin reino ni súbditos. Es curioso, pero nuestra única posibilidad de mantener la corona pasa por seguir siendo vasallos.

- Sí. Dudo que nadie en la historia se encuentre en tal situación que deba elegir entre vivir rey o morir libre.

- Son tiempos extraordinarios. Estamos viviendo un cambio de era.

- Estas palabras pueden costarte la ejecución.

- ¿Acaso no son ciertas?

- Claro que lo son.

- Pues eso. Ya no sé quien prefiero que ordene mi ejecución, si el carcelero que me ha hecho rey o los súbditos que me quieren quitar el trono.

- Podríamos matarnos el uno al otro. Así al menos podremos decir que ha puesto fin a nuestra vida alguien de nuestra condición.

- Buena idea.

Ambos reyes bajaron sus miradas y mantuvieron sus sonrisas durante unos segundos, hasta que el peso de la realidad volvió a imponerse sobre consuelo de la ironía. Sólo los humeantes picheles de leche que la criada depositó en la mesita consiguieron sacarlos de su ensimismamiento.

- Yo también tengo algo que decirte- comentó el monarca namirio después de dar su primer sorbo.

- Espero que tus noticias sean más digeribles.

- Para nada. A primera hora he recibido un mensaje en la ventana. Tenemos reunión al tercer graznido en el Salón de Armas. El príncipe Gudeniar en persona nos convoca.

Reingard se atragantó con la leche que estaba bebiendo y palideció de golpe, como si el líquido que ingería se hubiera extendido por los vasos sanguíneos de su rostro. La sola mención del nombre del hijo del Cuervo hacía temblar a cualquiera que conociera su reputación. A quienes lo habían conocido y sufrido en persona, los paralizaba de puro terror.






Dos horas y media después, el kulmeh y el namirio estaban sentados alrededor de la mesa redonda del Salón de Armas de La Fortaleza del Gurab, cada uno en el extremo diametralmente opuesto del otro, como mandaba la costumbre. Estaban solos, y eso los extrañaba sobremanera. Para completar el Consejo Exterior faltaban el anciano Gahon, sumo sacerdote de los nesudios, y Karlin, el líder chamán bárbaro. Su ausencia confirmaba que no se trataba de una reunión formal del Consejo.

Mientras esperaban en silencio, cada uno disimulaba los nervios como podía. Los intentos de mantener la compostura requerían más y más esfuerzo con el paso de los minutos.  

La tensión se cortó bruscamente con la apertura de las puertas. Sin atreverse siquiera a girar la cabeza para observar al recién llegado, los dos reyes se levantaron e hicieron una leve inclinación como muestra de deferencia hacia su ilustre presencia. Gudeniar se sentó en su puesto y ordenó a los otros dos que hicieran lo mismo.

- Señores, la conspiración de Qeyna estrecha el cerco, y su amenaza se cierne imparable sobre nosotros. El tirano de Gildos está resuelto a extender su dominio sobre todo el continente, y no parará hasta que su desmesurada ambición y su sed de poder se vean saciadas. Nuestros heroicos soldados luchan por cada palmo de terreno aquí, en el Valle del Niss, y también en cada rincón de Gottenmorth que todavía no ha caído en las garras del enemigo, pero la batalla militar no es suficiente para resistir la mayor calamidad que han sufrido los pueblos libres de Gottenmorth desde la invasión kur-urinesa. Hace ocho siglos, mi glorioso abuelo Noyver I acudió en auxilio de vuestra  civilización y puso fin a la opresión de las hordas del yermo. Fue un acto de justicia infinita gracias al cual recuperasteis vuestra libertad y alcanzasteis las más altas cotas de progreso y riqueza. Hoy, tanto tiempo después, vuestra soberanía y dignidad vuelven a estar amenazadas. Y esta vez os toca a vosotros luchar por vuestra independencia.

Los dos monarcas se miraron atónitos. Jamás habían escuchado un discurso tan largo del hijo y sucesor del Cuervo, y ni mucho menos tan franco. Dejando de lado las altas dosis de propaganda política y manipulación histórica que contenían sus palabras, la solemnidad de su tono y la gravedad de su estilo dejaban entrever una situación realmente desesperada.

Cuando dirigieron sus miradas al Tal’imran, se encontraron con el mismo rostro oscuro y maligno de siempre, pero con facciones más sombrías si cabe. Las sombras alrededor de sus curvados ojos se habían intensificado, y sus característicos iris de color púrpura parecían apagados, como si estuvieran carentes de vida. Al mismo tiempo, las mejillas imberbes estaban más pálidas que nunca, lo que le daba un aspecto enfermizo, mucho más de lo que era habitual entre los qarmatas.

- Sois los legítimos soberanos de las dos civilizaciones más importantes del norte- prosiguió el príncipe qarmata-, por lo que pesa en vuestras espaldas una inmensa responsabilidad. En esta hora decisiva, vuestra es la misión de guiar a vuestros respectivos pueblos al encuentro con su destino. Es una pesada carga que no podéis eludir. Ahora, la historia os convoca.

Tanto el kulmeh como el namirio seguían sin dar crédito a las palabras que escuchaban. Por primera vez en su vida, y quizá también en la vida de sus regios antepasados cautivos en Justicia del Siegmoné, eran tratados como verdaderos reyes por parte de la Dinastía Púrpura. Hasta hace menos de una hora, muchas eran las incertidumbres sobre lo que les esperaba en presencia de Gudeniar el Sanguinario. Que los asesinara él mismo, con sus propias manos, por ser de la misma raza de quienes estaban a punto de acabar con el imperio de su familia, no era en absoluto la posibilidad menos probable. Lo que nunca habrían podido concebir era que en esas terribles circunstancias les llegara, por fin, un reconocimiento de su condición.

De repente, el porte del heredero qarmata se relajó, y cuando volvió a hablar su tono cambió por completo.

- Viajaréis de incógnito hacia el este, a Kulm. Una vez lleguéis allí, os uniréis al Sexto Ejército que combate por la toma de la ciudad y esperaréis nuevas órdenes. Vuestra misión consiste en parlamentar con las autoridades sublevadas y convencerlas de que su verdadero enemigo no es el Soberano Espectral, sino Qeynah. Insistiréis en el hecho de que la permanencia del Qarmat es la única garantía para su independencia como civilización libre. Daréis testimonio de los horrores que sufren quienes caen bajo las hordas del tirano de Gildos, y les informaréis de la gran cantidad de territorio kulmeh ocupado por la flota gildea. Al mismo tiempo, les convenceréis de que la mayor parte de los namirios continentales luchan codo con codo con los qarmatas para detener la invasión extranjera de su territorio, y que ellos deben hacer lo mismo si lo que quieren es salvar a su país. A cambio de poner fin a la rebelión y renovar el pacto de fidelidad, los ejércitos imperiales se retirarán del Gotten Law y se trasladarán al sur para hacer frente a la agresión qeynita. Sólo de esta manera podrán evitar el derrumbamiento del estado kulmeh, un derrumbamiento cuya catastrófica magnitud únicamente puede compararse con la caída del Gran Kulm tras la invasión kur-urinesa. 

Reingard bajó su mirada en un intento desesperado de esconder su expresión de incredulidad. El plan era tan absurdo que se le hacía realmente imposible disimular las evidencias de tal impresión dibujadas en su rostro.

Por su parte, Alric no estaba menos incómodo. La sola idea de abandonar Justicia del Siegmoné por primera vez en su vida ya le resultaba suficientemente inquietante, pero si además era para dirigirse hacia el corazón de un reino cuya gente ni siquiera hablaba su idioma, directamente le aterraba. 

Si el heredero al Arco de Huesos se dio cuenta de sus reacciones, es algo que nunca podrían saber, ya que tan pronto como terminó de dar las instrucciones se levantó, dio media vuelta, y empezó a andar en dirección a la puerta por donde había entrado. Ninguno de sus dos apelados esperaba una despedida formal, y efectivamente ésta no se produjo. Sin embargo, Gudeniar volvió a hablar antes de abandonar la sala:

- Evidentemente, no viajaréis solos. Una delegación formada por tan eminentes integrantes merece la mejor de las protecciones, y más en estos tiempos de guerra. Mi hermano Noyver os acompañará.

El toque final que remataba unas perspectivas de futuro funestas.