Parte II. Capítulo 26.


PARTE II



La ira del Cuervo



- ¡Malditos seáis todos! ¡Qué la ira del Siegmoné caiga sobre vosotros y sobre esos traidores!

Cuando el Uber presentó el último parte de guerra al Cuervo, éste estalló en un previsible ataque de nervios y de ira. Mientras lanzaba todo tipo de improperios a los miembros de su Consejo reunidos para la ocasión, barrió violentamente con su brazo la mesa que tenía delante. Mapas, plumas, tinteros, candelabros y figuras de madera volaron en todas direcciones. Algunos de esos objetos impactaron contra los presentes sin que nadie se atreviera a moverse lo más mínimo, y otros rodaron por el suelo varios segundos antes de chocar y rebotar por los muros de la torre.

Los desgraciados a los que les había tocado presenciar tan patético espectáculo no tenían más remedio que aguantar estoicos la lluvia de insultos y de objetos. El humor del Soberano Espectral hacía tiempo que había empeorado hasta límites insufribles, pero sus últimos arrebatos eran más virulentos e imprevisibles de lo habitual, hasta el punto de que nadie sabía si saldría vivo o muerto de esa sala de los horrores en que se había convertido la sede del Consejo Qarmata.

Evidentemente, a nadie le gustaba tener que soportar la cólera del Señor de Gottenmorth, especialmente cuando no tenían culpa alguna en aquello que la provocaba, pero todos entendían sus motivos y lo disculpaban. No era para menos: tras más de dos años y medio de guerra, la situación era tan desesperada que ya nadie confiaba, excepto el propio Cuervo, en que las cosas volvieran algún día al punto de partida. Al contrario, lo máximo a lo que podían aspirar era que la capital aguantara un poco más, el tiempo necesario para que la estrategia diseñada por el príncipe Gudeniar, a la par heredero de un imperio que estaba borde del colapso, surtiera efecto. Y no parecía que esa última esperanza fuera a materializarse lo suficientemente rápido.

Todos observaron al Cuervo cuando éste pareció calmarse. Le costaba tanto respirar que tuvo que apoyarse con sus dos manos sobre la mesa para mantenerse en pie. Sus jadeos retumbaban en cada rincón de la estancia, violando el disciplinado silencio de sus súbditos y subordinados. Su expresión desencajada acentuaba su tétrico aspecto fantasmal.   

El motivo de esa rabiosa reacción, la segunda de tal magnitud en pocos días, era la noticia de que los namirios habían logrado tomar la vertiente oriental del Valle de los Cadáveres al norte de Justicia del Siegmoné, lo que significaba que la capital había quedado completamente aislada de las últimas bolsas de resistencia leales a los Tal’imran, incluida la fortaleza Auslan. Tan sólo una semana antes, los informes aseguraban que el ejército encargado de defender el pasillo que comunicaba La Ciudad Fantasmal con el muro se había visto obligado a refugiarse en la fortaleza ante los embates del enemigo. La aparición de estandartes namirios al otro lado del río Niss confirmaba ese extremo.

Al principio de la insurrección nadie en Justicia de Siegmoné creyó que el corazón del Imperio llegaría algún día a estar en peligro. Ni la rebelión de los bárbaros de Akay, ni el levantamiento kulmeh, ni siquiera la traición de los namirios hizo preocupar a los Tal’imran ni a sus consejeros qarmatas, convencidos de que, como habían hecho siempre, al final recuperarían el territorio perdido desde su inexpugnable feudo a orillas del Niss.

Pero esta vez entró en juego un elemento que lo cambiaría todo, un nuevo factor que precipitaría la desintegración del imperio hasta verse abocado a su definitiva desaparición: el pacto secreto, ya fraguado antes incluso de la sedición akaya, entre namirios continentales y sus hermanos insulares de Qeynah, un acuerdo histórico que ponía fin a siglos de rivalidad, recelos mutuos y, en ocasiones, abierta enemistad. Esta alianza, que no se hizo pública hasta bien entrada la guerra, puso a disposición del Regente de Porlay, el líder de los namirios continentales, la poderosa flota qeynita, gracias a la cual pudo tomar las principales ciudades costeras que se habían mantenido fieles al Cuervo, desde Aual hasta Tergeist. El golpe de gracia llegó con el asedio y conquista de Damsk, la única salida del Qarmat, el país de los qarmatas, al mar. Cuando los Tal’imran vieron que su única vía de escape del continente estaba definitivamente sellada, empezaron a ponerse realmente nerviosos. Desde entonces, la continua pérdida de territorio qarmata no hacía más que aumentar la desesperación de los históricos amos de Gottenmorth.

¿Cómo había conseguido Ludbin du Volfand, el Regente de Porlay, ganarse la confianza de Kiriad II, rei de Qeynah, y manipularlo hasta el extremo de adueñarse de su flota? Esa era la pregunta que se hacían los Tal’imran una y otra vez. ¿Y cómo una conspiración de tales proporciones había logrado sortear una compleja red de espías e informadores que durante siglos había desbaratado planes mucho más fáciles de ocultar? Esta cuestión era, si cabe, aún más dolorosa, ya que traía consigo altas dosis de humillación y culpa, algo a lo que los qarmatas no estaban nada acostumbrados.

No era fácil desentrañar los detalles del fin de la enemistad entre Gildos, sede de la corona de Qeynah, y Porlay. Sin embargo, las causas de su génesis sí que eran conocidas por todos, y a modo de consolación, a más de un qarmata le gustaba recordarlas. Era de creencia general que las mismas se remontaban a la época del Advenimiento del Siegmoné y la liberación de Gottenmorth, cuando los Tal’imran sometieron las colonias namirias continentales, aunque los más justos reconocían que en realidad la rivalidad venía de más atrás y por una cuestión más prosaica, relacionada con los excesivos impuestos, a juzgar por los colonos, que la monarquía les hacía pagar. Más adelante, las colonias del Golfo de Finnstrone, bautizado con este nombre en honor al explorador namirio que lo descubrió, prosperaron hasta tal punto que la familia real decidió trasladarse al continente, primero a la misma ciudad de Finnstrone y luego a Porlay, considerada la mayor joya arquitectónica del norte. Un siglo después se produjo la invasión de la horda kur-urinesa, la peor catástrofe de la historia de Gottenmorth. Después de arrasar todo a su paso y llevarse por delante al reino más poderoso del norte, el Gran Kulm, los namirios consiguieron detener el avance de los guerreros del yermo en el río Volda. De esta manera, Porlay y las demás colonias de la orilla occidental del golfo se salvaron de la destrucción y el pillaje, convirtiéndose en el último reducto civilizado del continente. Sus enemigos, con el paso del tiempo, se convirtieron en aliados estratégicos: viendo que nunca podrían alcanzar las costas del Gran Mar Cun, los kur-urineses llegaron a pactos comerciales con los namirios libres, y ellos, a su vez, aprovecharon la decadencia imperante en los territorios ocupados para erigirse como la única potencia regional. Esa renuncia de la corona a recuperar las colonias namirias sometidas al yugo extranjero contribuyó sobremanera al distanciamiento entre la familia real y las mismas, sentimiento que perduraría a lo largo de los siglos. Finnstrone, la más antigua de las colonias namirias continentales, asumió el papel de contrapoder de la monarquía desde entonces.

El desembarco del Siegmoné y los qarmatas marcó el inicio de un nuevo ciclo en el mundo namirio. Lo que toda la gigantesca horda kur-urinesa no consiguió en años, Noyver Tal’imran y sus súbditos lo solventaron en pocos meses: gracias al poder del Siegmoné, los qarmatas y sus aliados kulmeh derrotaron al ejército namirio en el Volda, avanzaron imparables por la Costa de Mercurio y se plantaron a las puertas de Porlay.

Fue entonces cuando, en una escaramuza a poca distancia de los muros de la colonia, los qarmatas capturaron a Sivelmar, el primogénito del rey namirio. Tan pronto como reconocieron su identidad, lo enviaron a la recién fundada Justicia del Siegmoné como trofeo de guerra. Mientras, el sitio de Porlay se prolongó más que de costumbre gracias al constante suministro que llegaba por mar desde Qeynah para abastecer la colonia y a la ausencia de armas de asedio entre los atacantes. Viendo que nunca podrían traspasar los muros -el Siegmoné, después de la batalla del Volda, se había retirado para siempre a su reducto-, Noyver decidió llevar la guerra al interior de la ciudad mediante su poder de convocatoria de las fuerzas naturales.

El número de fallecidos tras los muros, ya fuera por accidentes aparentemente inverosímiles o por ataques inesperados de animales y plantas, fue tal que asustó a la familia real y su gobierno. En vista de que hasta el mar se estaba poniendo del lado de los invasores tragándose muchos de los barcos que acudían en auxilio de la colonia, finalmente el rey decidió evacuarla antes de que fuera demasiado tarde. Y fue así como Noyver y los qarmatas entraron triunfantes en el último foco de resistencia que quedaba, consumando de esta manera su dominio absoluto sobre la totalidad del Gottenmorth civilizado.

La familia real namiria se instaló de nuevo en Gildos, su antigua capital en el norte. Allí, el rey desheredó a Sivelmar, su hijo recluido por los qarmatas, y nombró a su hijo menor, Greros, como nuevo sucesor. Cuando Balkir I, hijo de Noyver y nuevo Soberano Espectral después de la muerte de su padre, se enteró de este cambio en la línea sucesoria, él mismo coronó en Justicia del Siegmoné a Sivelmar y lo designó como único rey legítimo de todos los namirios en el norte. Como ya hizo con el descendiente de los reyes del Gran Kulm, a Sivelmar le construyó un palacio en Justicia del Siegmoné para que en él habitara eternamente su prole, y paralelamente puso a un administrador en Porlay, al que nombró como Regente, para que representara al rey en las colonias namirias y las gestionara en su nombre.  

Durante siglos, los regentes de Porlay fueron eficientes administradores de los territorios namirios del Golfo, y lo que era más importante, hombres leales al Único Rey Legítimo de todos los namirios y al Cuervo, tan carentes de ambiciones políticas como enemigos de la ilegítima monarquía de Gildos. Los Tal’imran se encargaron de extender esa rivalidad hasta el último rincón de las colonias, difundiendo la idea de que los señores de Gildos eran descendientes de un rey que los había abandonado cuando huyó como un cobarde hacia la isla de Qeynah, y que luego había renegado ruinmente del único hijo que tuvo el valor de enfrentarse al invasor, a la postre su primogénito y heredero. Por lo tanto, los únicos soberanos que merecían el reconocimiento y obediencia de las colonias eran los descendientes de Sivelmar.

El mensaje caló en todas las ciudades excepto en Finnstrone, cuyos príncipes detestaban tanto al linaje de Sivelmar como al de Greros por considerarlos a todos representantes de una misma dinastía corrupta que había perdido sus derechos desde los tiempos de la invasión kur-urinesa.

Los qeynitas, por su parte, respondieron con una campaña propagandística de legitimación de Greros, afirmando que, en realidad, su hermano Sivelmar no había sido capturado, sino que se había entregado al enemigo cuando éste le prometió el trono antes de la muerte de su padre. Al principio, esta pretensión sonó tan poco convincente entre los namirios continentales como ridícula, pero no faltaron los que vieron en ella un filón desde el que encauzar los ánimos independentistas y antiqarmatas. A fin de cuentas, jurar lealtad al rey de Gildos, legítimo o no, era hacerlo a un rey libre; por el contrario, reconocer al rey vasallo de Justicia del Siegmoné equivalía a aceptar y acatar la autoridad de los Tal’imran. Poco a poco, las llamadas de los reyes de Gildos a la unión de todos los namirios bajo su autoridad libre y soberana fueron encontrando eco en grupúsculos tradicionalistas de las colonias.   

La Dinastía Púrpura reaccionó a esta provocación imponiendo severos castigos a todo aquél que difundiera o poseyera en su haber propaganda qeynita o símbolos de la corona gildea. Tales medidas draconianas, más que disuadir a los opositores, consiguieron el efecto contrario: las reivindicaciones de legitimidad que llegaban de ultramar gozaban cada vez de más popularidad a medida que la represión del Cuervo se recrudecía.

Sin embargo, esta entusiasta llamada a la unidad y a la lucha contra la Aberración Púrpura, como solían llamar los qeynitas al Estado qarmata, sólo encontraba adeptos entre las clases populares. Los nobles, en cambio, siempre se mantuvieron al margen, convencidos de que si se unían al movimiento opositor sólo les esperaba el vasallaje a Gildos o la muerte, en caso de ser descubiertos.

Todo cambió con la derrota de la armada de Todmar, el quinto Soberano Espectral, a manos de la flota qeynita frente a las costas de la isla, el primer fracaso militar de los Tal’imran desde que se hicieran con el control de Gottenmorth siglos atrás. Ese insólito revés insufló nuevos ánimos a la causa tradicionalista, pues demostró que los qarmatas no eran invencibles. Desde entonces, los sentimientos opositores al régimen de Justicia del Siegmoné afloraron de manera general en las colonias, desbordando los círculos marginales en los que se habían gestado inicialmente. El Cuervo, por su parte, intensificó su campaña de terror en contra de los opositores, e impuso un bloqueo marítimo total en las colonias para aislarlas de la perniciosa influencia qeynita. Esta medida trajo como consecuencia un oscuro periodo de hambrunas, enfermedades y otras desgracias entre los namirios continentales, personas mucho más acostumbradas a procurar su sustento comerciando con sus vecinos del sur que a asegurárselo mediante su propio trabajo manual. Qeynah también sufrió los efectos de la nueva política de los Tal’imran, pues al quedar aislada de Gottenmorth perdía su mayor fuente de esclavos y piedras preciosas.

Esta situación se alargó varios años más, hasta que un conflicto dinástico en el seno de la casa real gildea trajo consigo una etapa de debilidad política en la isla. Sabiendo que Qeynah, como consecuencia de sus problemas internos, ya no era tan peligrosa como antes, el séptimo Cuervo, Balkir II, relajó el bloqueo naval a costa de imponer peajes y severos controles en todos los puertos. Los barcos, por fin, podían abandonar el Golfo y dirigirse a los puertos qeynitas en busca de productos de primera necesidad, pero sólo podían adquirirlos a cambio de oro, plata y gemas. El tráfico de esclavos, tan lucrativo para las colonias y tan imprescindible para la economía de la isla, seguía interrumpido.

La prematura muerte de Yasur II, el octavo Cuervo, dio inicio a un periodo de crisis política en Justicia del Siegmoné, pues el único descendiente que había dejado, Nivlena, era un bebé y era mujer. Ante esta inaudita situación, Elmir Tal’imran, hermano de Yasur, exigió el mando hasta que la princesa alcanzara la edad necesaria para concebir un legítimo sucesor, que él mismo procrearía. El Consejo Qarmata aprobó su regencia por una ajustada mayoría, y durante catorce años Elmir gobernó Gottenmorth en representación de un Cuervo que todavía no había nacido, hasta que consiguió dejar embarazada a Nivlena. El nuevo Cuervo nació, y para alivio de muchos, resultó ser un varón. Tal y como se había acordado tres lustros atrás, Elmir traspasaría sus poderes al hijo de Nivlena al séptimo día de su nacimiento, abandonando de esta manera la regencia. Sin embargo, Elmir violó el pacto y se autoproclamó nuevo Señor de Gottenmorth con la excusa de que el Consejo Qarmata estaba demasiado dividido, y Nivlena, por su falta de preparación y su condición de mujer, no podía gobernar. Inmediatamente después, disolvió el Consejo, hizo asesinar a varios de sus miembros y encerró a la princesa y su hijo en un lugar secreto.

El golpe de palacio de Elmir agravó una situación ya de por sí delicada después de sus quince años de mandato, marcados por una serie de errores de diplomáticos y malas decisiones políticas que habían causado una rebelión en Akay, tensiones con los kulmeh y distanciamiento con Porlay. Además, su carácter irascible a punto estuvo de provocar una nueva guerra con Qeynah, después de que matara con sus propias manos al emisario de la isla bajo el Arco de Huesos, la edificación que Noyver Tal’imran hizo construir con los huesos de los kur-urineses muertos para que se convirtiera en símbolo eterno del poder de su familia y del Siegmoné. Con su auto-coronación, la estabilidad del Qarmat, que estaba dividido respecto a su persona, y por ende de todo Gottenmorth, se deterioró todavía más.

Por suerte para todos los pueblos del continente, su soberanía espectral, que nunca fue tal ya que por su acceso ilegítimo al poder supremo jamás tuvo poder de convocatoria sobre la naturaleza, duró poco. Según cuenta la leyenda, gracias a la intervención del Siegmoné Nivlena consiguió escapar de su cautiverio y llegar a un lugar seguro. Desde allí, su hijo, un niño de apenas dos años, hizo valer su condición de legítimo Soberano Espectral e invocó a los fantasmas para que acabaran con su tío abuelo. Éste murió de la forma más horrible bajo el mismo Arco de Huesos que tanto había ambicionado, pero para el que nunca estuvo destinado.

Tras el violento final del usurpador, Nivlena asumió la regencia. Sus dos primeras medidas fueron formar un nuevo Consejo Qarmata y perseguir a los últimos leales a Elmir que quedaban en el Qarmat. El don del Siegmoné del que hacía gala su hijo no dejaba lugar a dudas sobre la veracidad de las pretensiones de la princesa, así que no tuvo problemas en ponerse a casi todos los qarmatas de su parte. Una vez exterminada toda la oposición interna, Nivlena dirigió sus miras al exterior del Qarmat. Gracias a sus inesperadas dotes como gobernante, puso fin a insurrección akaya, recuperó la confianza de los kulmeh, compensándolos por los crímenes de Elmir, y restituyó la calma con los namirios, alejando de paso los vientos de guerra de las costas de Gottenmorth.

Noyver II, el hijo de Nivlena y nieto del último Señor Supremo legítimo de Justicia del Siegmoné, se asentó bajo el Arco de Huesos a los once años. El nuevo Cuervo heredó el genio político de su madre, de manera que su reinado se caracterizó por la paz y la prosperidad.

Éste fue el último periodo de estabilidad en Gottenmorth antes del estallido de la guerra que acabaría con el poder de la Dinastía Púrpura. Las circunstancias cambiaron mucho después de la muerte del noveno Cuervo, así como la habilidad de sus sucesores. Las políticas aperturistas de Noyver II y su madre, y en especial su decisión de restituir el libre tránsito entre el Golfo de Finnstrone y Qeynah como medida para abrir sus dominios al mundo, sembraron las semillas del derrumbamiento del imperio qarmata un siglo después. Ni Somrar I, el décimo Cuervo, ni su sucesor, Balkir III, supieron gestionar correctamente las consecuencias de las novedades que Noyver II había introducido durante su reinado. Ambos volvieron a la vieja política aislacionista de sus antecesores, caracterizada por el distanciamiento respecto a los dominios que explotaban, rompiendo de esta manera la costumbre de Noyver de visitar regularmente los territorios fuera del Qarmat para ganarse cercanía y confianza con los súbditos no qarmatas. Ambos concedieron, como antaño, plenos poderes a los sometidos para que ejercieran sus labores de seguridad sin trabas, después de que Noyver II recortara algunas de sus prerrogativas, incluidas la tortura injustificada y la ejecución sumaria. Y ambos reavivaron la política de hostilidad contra la monarquía gildea y la persecución de sus partidarios en las colonias.

La aristocracia kulmeh y namiria, por su parte, reaccionó hostilmente a esta vuelta al antiguo régimen. Después de disfrutar de privilegios extraordinarios durante el mandato de Noyver II, no estaban dispuestos a perderlos tan fácilmente. Este factor, unido a una disminución drástica del poder de convocatoria de los Soberanos Espectrales, trajo como consecuencia un incremento de la actividad conspirativa contra la Dinastía Púrpura tanto en el este como en el oeste. El ambiente era tan tenso que Somrar I tuvo que hacer frente a varios levantamientos locales, perdiendo temporalmente el control de algunos puntos de sus dominios. Balkir III no tuvo mejor suerte: tal fue la magnitud de la rebelión bárbara al norte de Akay, que se vio obligado a restaurar la soberanía de los clanes locales de Ingaard después de que sus ejércitos fracasaran una y otra vez en sus intentos de aplastar a los rebeldes en las montañas. Con esta concesión, los Tal’imran renunciaban al control un territorio por primera vez desde la conquista de Gottenmorth cinco siglos antes.   

La situación que se encontró Siguedir II cuando se asentó en el Arco de Huesos no podía ser más delicada. Tales circunstancias extraordinarias requerían un Soberano extraordinario, pero no fue el caso. Desde el principio, Siguedir Tal’imran demostró ser un gobernante caprichoso, despótico y completamente falto de empatía. Su ineptitud y su crueldad coincidieron en el tiempo con la penetrante astucia de Ludbin du Volfand, el Regente de Porlay, y el gran carisma de Mordin lan Konigsber, Protector de Kulm. Estando el terreno tan abonado, una simple chispa, la rebelión de los clanes akayos de Northa, prendería la llama de la guerra en todo el continente.






Después de recuperar el control sobre su respiración, Siguedir ordenó a los presentes que abandonaran la sala. En cuestión de segundos, la sede del Consejo Qarmata quedó vacía. Una calma tétrica invadió cada rincón, y la temperatura interior empezó a bajar. El Cuervo miró el desorden que imperaba a su alrededor, y pensó que aquello era una triste metáfora del estado de su imperio. Luego observó los retratos de sus antecesores, once enormes cuadros sujetos a la bóveda en los que se había perfilado la silueta borrosa de todos los Soberanos Espectrales hasta Balkir III, su padre. En los rostros desdibujados de estilo onírico apenas se distinguían los ojos y las bocas, pero Siguedir sentía que sus abuelos inmortalizados en esos lienzos lo observaban de forma penetrante desde las alturas y se burlaban de él con sonrisas maléficas.  Lo que más le dolía era el hecho de que le había tocado a él ser el protagonista del hundimiento.