PARTE II
La ira del Cuervo
- ¡Malditos seáis todos! ¡Qué la
ira del Siegmoné caiga sobre vosotros y sobre esos traidores!
Cuando el Uber presentó el último
parte de guerra al Cuervo, éste estalló en un previsible ataque de nervios y de
ira. Mientras lanzaba todo tipo de improperios a los miembros de su Consejo
reunidos para la ocasión, barrió violentamente con su brazo la mesa que tenía
delante. Mapas, plumas, tinteros, candelabros y figuras de madera volaron en
todas direcciones. Algunos de esos objetos impactaron contra los presentes sin
que nadie se atreviera a moverse lo más mínimo, y otros rodaron por el suelo
varios segundos antes de chocar y rebotar por los muros de la torre.
Los desgraciados a los que les
había tocado presenciar tan patético espectáculo no tenían más remedio que
aguantar estoicos la lluvia de insultos y de objetos. El humor del Soberano
Espectral hacía tiempo que había empeorado hasta límites insufribles, pero sus
últimos arrebatos eran más virulentos e imprevisibles de lo habitual, hasta el
punto de que nadie sabía si saldría vivo o muerto de esa sala de los horrores
en que se había convertido la sede del Consejo Qarmata.
Evidentemente, a nadie le gustaba
tener que soportar la cólera del Señor de Gottenmorth, especialmente cuando no
tenían culpa alguna en aquello que la provocaba, pero todos entendían sus
motivos y lo disculpaban. No era para menos: tras más de dos años y medio de
guerra, la situación era tan desesperada que ya nadie confiaba, excepto el
propio Cuervo, en que las cosas volvieran algún día al punto de partida. Al
contrario, lo máximo a lo que podían aspirar era que la capital aguantara un
poco más, el tiempo necesario para que la estrategia diseñada por el príncipe
Gudeniar, a la par heredero de un imperio que estaba borde del colapso,
surtiera efecto. Y no parecía que esa última esperanza fuera a materializarse
lo suficientemente rápido.
Todos observaron al Cuervo cuando
éste pareció calmarse. Le costaba tanto respirar que tuvo que apoyarse con sus
dos manos sobre la mesa para mantenerse en pie. Sus jadeos retumbaban en cada
rincón de la estancia, violando el disciplinado silencio de sus súbditos y
subordinados. Su expresión desencajada acentuaba su tétrico aspecto fantasmal.
El motivo de esa rabiosa
reacción, la segunda de tal magnitud en pocos días, era la noticia de que los
namirios habían logrado tomar la vertiente oriental del Valle de los Cadáveres
al norte de Justicia del Siegmoné, lo que significaba que la capital había
quedado completamente aislada de las últimas bolsas de resistencia leales a los
Tal’imran, incluida la fortaleza Auslan. Tan sólo una semana antes, los
informes aseguraban que el ejército encargado de defender el pasillo que
comunicaba La Ciudad Fantasmal
con el muro se había visto obligado a refugiarse en la fortaleza ante los
embates del enemigo. La aparición de estandartes namirios al otro lado del río
Niss confirmaba ese extremo.
Al principio de la insurrección
nadie en Justicia de Siegmoné creyó que el corazón del Imperio llegaría algún
día a estar en peligro. Ni la rebelión de los bárbaros de Akay, ni el
levantamiento kulmeh, ni siquiera la traición de los namirios hizo preocupar a
los Tal’imran ni a sus consejeros qarmatas, convencidos de que, como habían
hecho siempre, al final recuperarían el territorio perdido desde su
inexpugnable feudo a orillas del Niss.
Pero esta vez entró en juego un
elemento que lo cambiaría todo, un nuevo factor que precipitaría la
desintegración del imperio hasta verse abocado a su definitiva desaparición: el
pacto secreto, ya fraguado antes incluso de la sedición akaya, entre namirios
continentales y sus hermanos insulares de Qeynah, un acuerdo histórico que
ponía fin a siglos de rivalidad, recelos mutuos y, en ocasiones, abierta
enemistad. Esta alianza, que no se hizo pública hasta bien entrada la guerra,
puso a disposición del Regente de Porlay, el líder de los namirios
continentales, la poderosa flota qeynita, gracias a la cual pudo tomar las
principales ciudades costeras que se habían mantenido fieles al Cuervo, desde
Aual hasta Tergeist. El golpe de gracia llegó con el asedio y conquista de
Damsk, la única salida del Qarmat, el país de los qarmatas, al mar. Cuando los
Tal’imran vieron que su única vía de escape del continente estaba
definitivamente sellada, empezaron a ponerse realmente nerviosos. Desde
entonces, la continua pérdida de territorio qarmata no hacía más que aumentar
la desesperación de los históricos amos de Gottenmorth.
¿Cómo había conseguido Ludbin du
Volfand, el Regente de Porlay, ganarse la confianza de Kiriad II, rei de Qeynah,
y manipularlo hasta el extremo de adueñarse de su flota? Esa era la pregunta
que se hacían los Tal’imran una y otra vez. ¿Y cómo una conspiración de tales
proporciones había logrado sortear una compleja red de espías e informadores
que durante siglos había desbaratado planes mucho más fáciles de ocultar? Esta
cuestión era, si cabe, aún más dolorosa, ya que traía consigo altas dosis de
humillación y culpa, algo a lo que los qarmatas no estaban nada acostumbrados.
No era fácil desentrañar los
detalles del fin de la enemistad entre Gildos, sede de la corona de Qeynah, y
Porlay. Sin embargo, las causas de su génesis sí que eran conocidas por todos,
y a modo de consolación, a más de un qarmata le gustaba recordarlas. Era de
creencia general que las mismas se remontaban a la época del Advenimiento del
Siegmoné y la liberación de Gottenmorth, cuando los Tal’imran sometieron las
colonias namirias continentales, aunque los más justos reconocían que en
realidad la rivalidad venía de más atrás y por una cuestión más prosaica,
relacionada con los excesivos impuestos, a juzgar por los colonos, que la
monarquía les hacía pagar. Más adelante, las colonias del Golfo de Finnstrone,
bautizado con este nombre en honor al explorador namirio que lo descubrió,
prosperaron hasta tal punto que la familia real decidió trasladarse al
continente, primero a la misma ciudad de Finnstrone y luego a Porlay,
considerada la mayor joya arquitectónica del norte. Un siglo después se produjo
la invasión de la horda kur-urinesa, la peor catástrofe de la historia de
Gottenmorth. Después de arrasar todo a su paso y llevarse por delante al reino
más poderoso del norte, el Gran Kulm, los namirios consiguieron detener el
avance de los guerreros del yermo en el río Volda. De esta manera, Porlay y las
demás colonias de la orilla occidental del golfo se salvaron de la destrucción
y el pillaje, convirtiéndose en el último reducto civilizado del continente.
Sus enemigos, con el paso del tiempo, se convirtieron en aliados estratégicos:
viendo que nunca podrían alcanzar las costas del Gran Mar Cun, los kur-urineses
llegaron a pactos comerciales con los namirios libres, y ellos, a su vez,
aprovecharon la decadencia imperante en los territorios ocupados para erigirse
como la única potencia regional. Esa renuncia de la corona a recuperar las
colonias namirias sometidas al yugo extranjero contribuyó sobremanera al
distanciamiento entre la familia real y las mismas, sentimiento que perduraría
a lo largo de los siglos. Finnstrone, la más antigua de las colonias namirias
continentales, asumió el papel de contrapoder de la monarquía desde entonces.
El desembarco del Siegmoné y los
qarmatas marcó el inicio de un nuevo ciclo en el mundo namirio. Lo que toda la
gigantesca horda kur-urinesa no consiguió en años, Noyver Tal’imran y sus
súbditos lo solventaron en pocos meses: gracias al poder del Siegmoné, los
qarmatas y sus aliados kulmeh derrotaron al ejército namirio en el Volda,
avanzaron imparables por la
Costa de Mercurio y se plantaron a las puertas de Porlay.
Fue entonces cuando, en una
escaramuza a poca distancia de los muros de la colonia, los qarmatas capturaron
a Sivelmar, el primogénito del rey namirio. Tan pronto como reconocieron su
identidad, lo enviaron a la recién fundada Justicia del Siegmoné como trofeo de
guerra. Mientras, el sitio de Porlay se prolongó más que de costumbre gracias
al constante suministro que llegaba por mar desde Qeynah para abastecer la
colonia y a la ausencia de armas de asedio entre los atacantes. Viendo que
nunca podrían traspasar los muros -el Siegmoné, después de la batalla del
Volda, se había retirado para siempre a su reducto-, Noyver decidió llevar la
guerra al interior de la ciudad mediante su poder de convocatoria de las
fuerzas naturales.
El número de fallecidos tras los
muros, ya fuera por accidentes aparentemente inverosímiles o por ataques
inesperados de animales y plantas, fue tal que asustó a la familia real y su
gobierno. En vista de que hasta el mar se estaba poniendo del lado de los
invasores tragándose muchos de los barcos que acudían en auxilio de la colonia,
finalmente el rey decidió evacuarla antes de que fuera demasiado tarde. Y fue
así como Noyver y los qarmatas entraron triunfantes en el último foco de
resistencia que quedaba, consumando de esta manera su dominio absoluto sobre la
totalidad del Gottenmorth civilizado.
La familia real namiria se
instaló de nuevo en Gildos, su antigua capital en el norte. Allí, el rey
desheredó a Sivelmar, su hijo recluido por los qarmatas, y nombró a su hijo
menor, Greros, como nuevo sucesor. Cuando Balkir I, hijo de Noyver y nuevo Soberano
Espectral después de la muerte de su padre, se enteró de este cambio en la
línea sucesoria, él mismo coronó en Justicia del Siegmoné a Sivelmar y lo designó
como único rey legítimo de todos los namirios en el norte. Como ya hizo con el descendiente
de los reyes del Gran Kulm, a Sivelmar le construyó un palacio en Justicia del
Siegmoné para que en él habitara eternamente su prole, y paralelamente puso a
un administrador en Porlay, al que nombró como Regente, para que representara
al rey en las colonias namirias y las gestionara en su nombre.
Durante siglos, los regentes de
Porlay fueron eficientes administradores de los territorios namirios del Golfo,
y lo que era más importante, hombres leales al Único Rey Legítimo de todos los
namirios y al Cuervo, tan carentes de ambiciones políticas como enemigos de la
ilegítima monarquía de Gildos. Los Tal’imran se encargaron de extender esa
rivalidad hasta el último rincón de las colonias, difundiendo la idea de que
los señores de Gildos eran descendientes de un rey que los había abandonado
cuando huyó como un cobarde hacia la isla de Qeynah, y que luego había renegado
ruinmente del único hijo que tuvo el valor de enfrentarse al invasor, a la
postre su primogénito y heredero. Por lo tanto, los únicos soberanos que
merecían el reconocimiento y obediencia de las colonias eran los descendientes
de Sivelmar.
El mensaje caló en todas las
ciudades excepto en Finnstrone, cuyos príncipes detestaban tanto al linaje de
Sivelmar como al de Greros por considerarlos a todos representantes de una
misma dinastía corrupta que había perdido sus derechos desde los tiempos de la
invasión kur-urinesa.
Los qeynitas, por su parte,
respondieron con una campaña propagandística de legitimación de Greros,
afirmando que, en realidad, su hermano Sivelmar no había sido capturado, sino
que se había entregado al enemigo cuando éste le prometió el trono antes de la
muerte de su padre. Al principio, esta pretensión sonó tan poco convincente
entre los namirios continentales como ridícula, pero no faltaron los que vieron
en ella un filón desde el que encauzar los ánimos independentistas y
antiqarmatas. A fin de cuentas, jurar lealtad al rey de Gildos, legítimo o no,
era hacerlo a un rey libre; por el contrario, reconocer al rey vasallo de
Justicia del Siegmoné equivalía a aceptar y acatar la autoridad de los
Tal’imran. Poco a poco, las llamadas de los reyes de Gildos a la unión de todos
los namirios bajo su autoridad libre y soberana fueron encontrando eco en
grupúsculos tradicionalistas de las colonias.
Sin embargo, esta entusiasta
llamada a la unidad y a la lucha contra la Aberración Púrpura ,
como solían llamar los qeynitas al Estado qarmata, sólo encontraba adeptos
entre las clases populares. Los nobles, en cambio, siempre se mantuvieron al
margen, convencidos de que si se unían al movimiento opositor sólo les esperaba
el vasallaje a Gildos o la muerte, en caso de ser descubiertos.
Todo cambió con la derrota de la
armada de Todmar, el quinto Soberano Espectral, a manos de la flota qeynita
frente a las costas de la isla, el primer fracaso militar de los Tal’imran
desde que se hicieran con el control de Gottenmorth siglos atrás. Ese insólito
revés insufló nuevos ánimos a la causa tradicionalista, pues demostró que los
qarmatas no eran invencibles. Desde entonces, los sentimientos opositores al
régimen de Justicia del Siegmoné afloraron de manera general en las colonias,
desbordando los círculos marginales en los que se habían gestado inicialmente.
El Cuervo, por su parte, intensificó su campaña de terror en contra de los
opositores, e impuso un bloqueo marítimo total en las colonias para aislarlas
de la perniciosa influencia qeynita. Esta medida trajo como consecuencia un
oscuro periodo de hambrunas, enfermedades y otras desgracias entre los namirios
continentales, personas mucho más acostumbradas a procurar su sustento
comerciando con sus vecinos del sur que a asegurárselo mediante su propio
trabajo manual. Qeynah también sufrió los efectos de la nueva política de los
Tal’imran, pues al quedar aislada de Gottenmorth perdía su mayor fuente de
esclavos y piedras preciosas.
Esta situación se alargó varios
años más, hasta que un conflicto dinástico en el seno de la casa real gildea
trajo consigo una etapa de debilidad política en la isla. Sabiendo que Qeynah,
como consecuencia de sus problemas internos, ya no era tan peligrosa como
antes, el séptimo Cuervo, Balkir II, relajó el bloqueo naval a costa de imponer
peajes y severos controles en todos los puertos. Los barcos, por fin, podían
abandonar el Golfo y dirigirse a los puertos qeynitas en busca de productos de
primera necesidad, pero sólo podían adquirirlos a cambio de oro, plata y gemas.
El tráfico de esclavos, tan lucrativo para las colonias y tan imprescindible
para la economía de la isla, seguía interrumpido.
La prematura muerte de Yasur II,
el octavo Cuervo, dio inicio a un periodo de crisis política en Justicia del Siegmoné,
pues el único descendiente que había dejado, Nivlena, era un bebé y era mujer. Ante
esta inaudita situación, Elmir Tal’imran, hermano de Yasur, exigió el mando
hasta que la princesa alcanzara la edad necesaria para concebir un legítimo
sucesor, que él mismo procrearía. El Consejo Qarmata aprobó su regencia por una
ajustada mayoría, y durante catorce años Elmir gobernó Gottenmorth en
representación de un Cuervo que todavía no había nacido, hasta que consiguió
dejar embarazada a Nivlena. El nuevo Cuervo nació, y para alivio de muchos,
resultó ser un varón. Tal y como se había acordado tres lustros atrás, Elmir
traspasaría sus poderes al hijo de Nivlena al séptimo día de su nacimiento,
abandonando de esta manera la regencia. Sin embargo, Elmir violó el pacto y se
autoproclamó nuevo Señor de Gottenmorth con la excusa de que el Consejo Qarmata
estaba demasiado dividido, y Nivlena, por su falta de preparación y su
condición de mujer, no podía gobernar. Inmediatamente después, disolvió el
Consejo, hizo asesinar a varios de sus miembros y encerró a la princesa y su
hijo en un lugar secreto.
El golpe de palacio de Elmir
agravó una situación ya de por sí delicada después de sus quince años de mandato,
marcados por una serie de errores de diplomáticos y malas decisiones políticas
que habían causado una rebelión en Akay, tensiones con los kulmeh y
distanciamiento con Porlay. Además, su carácter irascible a punto estuvo de
provocar una nueva guerra con Qeynah, después de que matara con sus propias
manos al emisario de la isla bajo el Arco de Huesos, la edificación que Noyver
Tal’imran hizo construir con los huesos de los kur-urineses muertos para que se
convirtiera en símbolo eterno del poder de su familia y del Siegmoné. Con su auto-coronación,
la estabilidad del Qarmat, que estaba dividido respecto a su persona, y por
ende de todo Gottenmorth, se deterioró todavía más.
Por suerte para todos los pueblos
del continente, su soberanía espectral, que nunca fue tal ya que por su acceso
ilegítimo al poder supremo jamás tuvo poder de convocatoria sobre la
naturaleza, duró poco. Según cuenta la leyenda, gracias a la intervención del
Siegmoné Nivlena consiguió escapar de su cautiverio y llegar a un lugar seguro.
Desde allí, su hijo, un niño de apenas dos años, hizo valer su condición de legítimo
Soberano Espectral e invocó a los fantasmas para que acabaran con su tío abuelo.
Éste murió de la forma más horrible bajo el mismo Arco de Huesos que tanto
había ambicionado, pero para el que nunca estuvo destinado.
Tras el violento final del
usurpador, Nivlena asumió la regencia. Sus dos primeras medidas fueron formar
un nuevo Consejo Qarmata y perseguir a los últimos leales a Elmir que quedaban
en el Qarmat. El don del Siegmoné del que hacía gala su hijo no dejaba lugar a
dudas sobre la veracidad de las pretensiones de la princesa, así que no tuvo
problemas en ponerse a casi todos los qarmatas de su parte. Una vez exterminada
toda la oposición interna, Nivlena dirigió sus miras al exterior del Qarmat. Gracias
a sus inesperadas dotes como gobernante, puso fin a insurrección akaya,
recuperó la confianza de los kulmeh, compensándolos por los crímenes de Elmir, y
restituyó la calma con los namirios, alejando de paso los vientos de guerra de
las costas de Gottenmorth.
Noyver II, el hijo de Nivlena y
nieto del último Señor Supremo legítimo de Justicia del Siegmoné, se asentó
bajo el Arco de Huesos a los once años. El nuevo Cuervo heredó el genio
político de su madre, de manera que su reinado se caracterizó por la paz y la prosperidad.
Éste fue el último periodo de estabilidad
en Gottenmorth antes del estallido de la guerra que acabaría con el poder de la Dinastía Púrpura.
Las circunstancias cambiaron mucho después de la muerte del noveno Cuervo, así
como la habilidad de sus sucesores. Las políticas aperturistas de Noyver II y
su madre, y en especial su decisión de restituir el libre tránsito entre el
Golfo de Finnstrone y Qeynah como medida para abrir sus dominios al mundo,
sembraron las semillas del derrumbamiento del imperio qarmata un siglo después.
Ni Somrar I, el décimo Cuervo, ni su sucesor, Balkir III, supieron gestionar
correctamente las consecuencias de las novedades que Noyver II había
introducido durante su reinado. Ambos volvieron a la vieja política
aislacionista de sus antecesores, caracterizada por el distanciamiento respecto
a los dominios que explotaban, rompiendo de esta manera la costumbre de Noyver
de visitar regularmente los territorios fuera del Qarmat para ganarse cercanía
y confianza con los súbditos no qarmatas. Ambos concedieron, como antaño,
plenos poderes a los sometidos para que ejercieran sus labores de seguridad sin
trabas, después de que Noyver II recortara algunas de sus prerrogativas,
incluidas la tortura injustificada y la ejecución sumaria. Y ambos reavivaron
la política de hostilidad contra la monarquía gildea y la persecución de sus
partidarios en las colonias.
La aristocracia kulmeh y namiria,
por su parte, reaccionó hostilmente a esta vuelta al antiguo régimen. Después
de disfrutar de privilegios extraordinarios durante el mandato de Noyver II, no
estaban dispuestos a perderlos tan fácilmente. Este factor, unido a una
disminución drástica del poder de convocatoria de los Soberanos Espectrales,
trajo como consecuencia un incremento de la actividad conspirativa contra la Dinastía Púrpura
tanto en el este como en el oeste. El ambiente era tan tenso que Somrar I tuvo
que hacer frente a varios levantamientos locales, perdiendo temporalmente el
control de algunos puntos de sus dominios. Balkir III no tuvo mejor suerte: tal
fue la magnitud de la rebelión bárbara al norte de Akay, que se vio obligado a
restaurar la soberanía de los clanes locales de Ingaard después de que sus
ejércitos fracasaran una y otra vez en sus intentos de aplastar a los rebeldes
en las montañas. Con esta concesión, los Tal’imran renunciaban al control un
territorio por primera vez desde la conquista de Gottenmorth cinco siglos
antes.
La situación que se encontró
Siguedir II cuando se asentó en el Arco de Huesos no podía ser más delicada.
Tales circunstancias extraordinarias requerían un Soberano extraordinario, pero
no fue el caso. Desde el principio, Siguedir Tal’imran demostró ser un
gobernante caprichoso, despótico y completamente falto de empatía. Su ineptitud
y su crueldad coincidieron en el tiempo con la penetrante astucia de Ludbin du
Volfand, el Regente de Porlay, y el gran carisma de Mordin lan Konigsber,
Protector de Kulm. Estando el terreno tan abonado, una simple chispa, la
rebelión de los clanes akayos de Northa, prendería la llama de la guerra en
todo el continente.
…
Después de recuperar el control
sobre su respiración, Siguedir ordenó a los presentes que abandonaran la sala.
En cuestión de segundos, la sede del Consejo Qarmata quedó vacía. Una calma
tétrica invadió cada rincón, y la temperatura interior empezó a bajar. El
Cuervo miró el desorden que imperaba a su alrededor, y pensó que aquello era una
triste metáfora del estado de su imperio. Luego observó los retratos de sus
antecesores, once enormes cuadros sujetos a la bóveda en los que se había
perfilado la silueta borrosa de todos los Soberanos Espectrales hasta Balkir
III, su padre. En los rostros desdibujados de estilo onírico apenas se
distinguían los ojos y las bocas, pero Siguedir sentía que sus abuelos inmortalizados
en esos lienzos lo observaban de forma penetrante desde las alturas y se
burlaban de él con sonrisas maléficas. Lo
que más le dolía era el hecho de que le había tocado a él ser el protagonista
del hundimiento.