Parte I. Capítulo 25.


El encuentro



Rodeados por el terreno rocoso y pelado de la península de Istiamar, Math y Musba’in marchaban a pie en dirección a la aldea de Ladania, situada en los montes donde morían los Altos Dominios. El camino, si alguna vez fue tal, estaba tan deteriorado que apenas resultaba transitable para vehículos o caballos. Su lamentable estado no hacía más que entorpecer y ralentizar la ascensión.

Estando tan cerca de su destino, ni Math ni Musba’in tenían intención alguna de descansar. Su objetivo era llegar a la aldea al anochecer, y estaban dispuestos a lograrlo aunque fuera a costa de castigar aún más su cuerpo. No tenían ni idea de lo que se encontrarían al llegar, pero eso no mermaba su determinación. Ambos estaban convencidos de que el asunto del sometido, fuera cual fuera su desenlace, terminaba en Ladania.

A la caída del Sol, el terreno se volvió mucho más empinado, lo que indicaba que se acercaban a la meseta en la que se encontraba Ladania y el resto de aldeas de la región. Acompañados por los jadeos y el ritmo acelerado del corazón, los dos compañeros estaban llevando su aguante al límite. Lo único que deseaban era que todo ese sobreesfuerzo valiera la pena.

Su estado de ánimo cambió de golpe tras un cambio de rasante del sendero que habían tomado. A partir de ese momento, el terreno se volvía a allanar, y el camino mejoraba notablemente. No tardaron en vislumbrar unas luces a lo lejos, en línea recta. La sola posibilidad de que fuera Ladania les hizo recobrar fuerzas para afrontar esa última parte del trayecto.

Media hora después, la negra noche había invadido la planicie por completo. Si observaban el cielo, no podían ver la Luna, pero sí su resplandor reflejado en las nubes emblanquecidas. No les hizo falta encender ninguna antorcha, porque las luces cada vez más cercanas de la aldea los guiaban.

Dejaron atrás los primeros edificios, pequeños y dispersos, que rodeaban el núcleo de población. Por el camino adelantaron a varios campesinos que todavía cargaban sus herramientas al hombro, y que, seguramente, volvían a sus casas después de una larga jornada de trabajo. Nadie pareció interesarse demasiado en ellos.

Cuando pasaron cerca de un cartel de madera iluminado por un farol que indicaba el nombre de la población, respiraron aliviados. Su sentido de la orientación, una vez más, no les había fallado.

- ¿A quién buscábamos?- preguntó Math.

- Qans lan Murh. El namirio me dijo que era un noble local, lo que en una aldea como esta equivale a ser el dueño de estas tierras.

- Tendremos que empezar a preguntar por él.

- Correcto. Pero mejor lo dejamos para mañana, ¿no crees?

- ¿Tienes sueño?

- Sí, pero eso es lo de menos. Lo que me preocupa es la reacción de ese terrateniente si se entera de que unos desconocidos venidos de fuera y con acentos extraños lo buscan en plena noche.

- No creo que se lo tome a bien, ciertamente. Empezaremos por la posada.

- Eso sí me gusta más.

No les hizo falta buscarla demasiado. Uno de los primeros edificios de dos plantas de esa parte de la aldea resultó ser una taberna bastante concurrida. Cuando entraron, muchos de los presentes ni siquiera parecieron advertirlos. De camino a la barra, les dio tiempo para percatarse del origen humilde de la mayoría de ellos, caracterizado por las melenas desaliñadas, las espesas barbas sin arreglar y los ropajes, en muchos casos meros harapos cosidos, que lucían. El local, por su parte, estaba acorde con su clientela. Tan sólo cuatro paredes desnudas, bancos de madera cojos, mesas gastadas y una sucia chimenea conformaban la estancia principal, sin ningún tipo de decoración u ornamento innecesario. El típico ambiente rural que habían esperado encontrar.

El hombre rechoncho que estaba detrás de la barra los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Musba’in desconfió de esa muestra de afabilidad, y la atribuyó de inmediato a su intención de cobrarles el doble por su condición de forasteros.

- Buenas noches, señores. ¿Qué será?

- Una cama limpia es todo lo que buscamos, pero si va precedida de una cena caliente, mucho mejor- dijo Math, remarcando los adjetivos de “limpia” y “caliente.”

- Por supuesto. Enseguida os preparamos la habitación. ¿Qué tal un par de pollos con verduras para hacer tiempo?

- Servirán.

- Sentaos, por favor. A la bebida invita la casa.

- Tu generosidad es agradecida.

Math y Musba’in se sentaron en el extremo vació de uno de los bancos, tan apartados como les fue posible del resto de personas que había en el comedor. Al contrario de lo que vieron en la taberna de marineros de Raumar, ese local era tranquilo y acogedor. No había ni borrachos cantando ni bribones gritando y dando tumbos entre las mesas, tan sólo pequeños grupos de dos o tres personas hablando en voz baja, cada uno de ellos concentrado en su conversación y sin meterse en la de los demás. 

- Me gusta este sitio- observó Math.

- Mientras no intenten envenenarnos, a mi también.

- Por supuesto. Siempre cabe la posibilidad de que ese amigo tuyo nos enviara aquí para terminar el trabajo que les quedó a medias en Raumar.

- Lo he pensado. Pero después de darle vueltas a la idea, creo que es un poco forzada. No creo que les haga falta a nuestros enemigos tomarse tantas molestias. Podrían haber acabado con nosotros mucho antes de llegar a aquí.

- ¿Nuestros enemigos?  

- Así los llamó Loerc, el namirio. Me dijo que huyera de la ciudad rápido, que el enemigo estaba al acecho.

- En eso, al menos, no se equivoca.

- Dos picheles de agua de flores para mis invitados-

El camarero puso los dos vasos ante ellos, interrumpiendo de esta manera su conversación. Cuando se alejó, Musba’in arrugó la nariz y olisqueó su blancuzco contenido.

- ¿Se puede saber que es esto?

- En Kulm llaman de esta manera a una mezcla de agua, leche y pétalos, todo ello hervido y luego enfriado. Pero dudo que aquí sea lo mismo, así que sólo lo sabremos si lo probamos.

- Pues no esperemos más.

Musba’in dio un buen trago sin que se le modificara demasiado la expresión de su semblante, y Math lo interpretó como una prueba de que el brebaje no estaba decididamente asqueroso. Entonces hizo lo propio, y le gustó. Es más, el regusto dulzón que se le quedó en la boca le pareció bastante agradable.

- No está nada mal.

- Al menos no nos dará resaca.

Los pollos no tardaron en llegar. No eran grandes ni estaban recién hechos, pero sirvieron para quitarles el hambre acumulada desde la mañana.

Cuando apuraban los restos de carne de las patas, el camarero les ofreció dulces de leche de postres, pero ambos rechazaron el ofrecimiento con la escusa de que estaban cansados y que necesitaban ir a dormir cuanto antes.

Poco después, en la habitación, Musba’in preguntó a su jefe si creía oportuno volver a hacer turnos de guardia. Antes de eso, habían escrutado cada rincón en busca de entradas secretas por donde pudiera colarse un intruso; no encontraron nada fuera de lo normal.

- No lo creo. Será suficiente con que bloqueemos la puerta. Tengo el sueño ligero, así que cualquier ruido me despertará-

- No sabes lo que me alivia oír eso. Llevo más de tres noches seguidas sin dormir de forma adecuada, y me gustaría recuperar el sueño perdido.

- Te despertaré temprano.

- Como siempre.

- Buenas noches, Mus.

- Eso espero, jefe. Al menos, que estén libres de fantasmas.






A nuestros amos:

Todo marcha según lo previsto. Cada pieza está colocada en su casilla, y ya se han empezado a dar los primeros movimientos. El pequeño contratiempo ha resultado jugar en nuestro favor: gracias a la separación, nuestro agente ha encontrado el momento propicio para actuar.

La intervención no podía ser más oportuna, lo que prueba su buena disposición hacia nuestra causa y su voluntad de auxiliarnos. A partir de ahora, todo será más fácil.

La actividad de nuestros enemigos, como si conocieran nuestra suerte, ha disminuido. Ignoramos sus intenciones, pero todo hace pensar que están descolocados y que tardarán en reorganizarse. 

Si nada se tuerce, todos los preparativos habrán concluido en pocos días. El advenimiento de los justos es inminente.

Subul Rav ‘Aid, Turuq ha Wa’it.






El comedor, además de congelado, estaba desierto. No había absolutamente nadie, ni en las mesas ni tras la barra. Es cierto que era temprano, pero tampoco tanto. El Sol ya había salido lo suficiente como para expulsar la oscuridad de la noche, de tal manera que la claridad que se colaba por las ventanas aportaba más luz a la estancia que las brasas encendidas de la moribunda chimenea. Después de esperar un rato que se le hizo eterno, Math se vio obligado a gritar.

- ¿Hola? ¿Hay alguien?

Al cabo de unos minutos, el hombre que los atendió por la noche apareció a través de una puerta vestido en camisón y frotándose los ojos. Entre bostezo y bostezo, les preguntó en qué podía ayudarles, no sin antes advertirles que el pan todavía no estaba hecho.

- Tranquilo, no venimos a desayunar. Queríamos preguntarte por una persona.

- Claro. ¿Sabéis su nombre?

- Qans lan Murh.

El tabernero vaciló unos instantes. Luego dijo a modo de resignación, como si no tuviera más remedio:

- Ah, venís a ver al viejo Qans.

- Eso es.

- Está bien. Vive en la mansión del centro. Seguid la calle hasta que lleguéis a la Plaza Mayor. Reconoceréis el edificio de inmediato, es el que tiene el reloj solar en la torre.

- Muchas gracias.

- No se merecen.

Dicho esto, Math pagó la habitación y la cena y abandonó el local precedido por Musba’in.

Mientras avanzaban por la calle se cruzaron con varios jornaleros que se dirigían a las afueras de la aldea para trabajar en los campos. Algunos incluso los saludaron al pasar cerca de ellos, y Math les devolvía efusivamente la salutación, satisfecho al ver que en algunos sitios aún se conservaban los buenos modales.

- ¿No te ha parecido rara la reacción del tabernero al decirle el nombre del noble?- preguntó Musba’in de repente.

- Sí. Es como si se lo esperara.

- No es buena señal.

- Atribuyámoslo al hecho de que casi ni se mantenía en pie por el sueño.

Por su comentario, Musba’in supo que Math estaba dispuesto a todo con tal de llegar hasta el final del asunto. Estaba tan obcecado que, por primera vez desde que lo conocía, parecía que ignoraba los riesgos y las amenazas.

- Por cierto, ¿qué le diremos al “viejo Qans” cuando lo veamos?

- Me he estado haciendo esta pregunta desde que embarcamos hace dos días. Se me han pasado varias opciones por la cabeza, y cada una me parece peor que la anterior. Creo que lo mejor será que improvise una vez me encuentre en situación. Tú déjame a mí, y sobre todo compórtate.

- Claro, jefe.

La Plaza Mayor se abrió ante ellos tan pronto como dejaron atrás la calle que los había llevado hasta allí. A esa hora, algunos tenderetes ya estaban funcionando, pero la mayoría seguían cerrados. En esa parte de la aldea, el frío matutino se veía amortiguado en parte por el humo caliente que salía de los hornos de las casas. El olor a pan tostado y a cocidos invadía todo el espacio.

- Ahí tenemos la mansión-, dijo Musba’in, señalando una torre ornamentada con extraños motivos góticos.

- Vamos allá.

Math llamó con el picaporte varias veces antes de escuchar pasos desde el otro lado. Para llegar al umbral habían subido varios escalones de mármol oscuro. Dos columnas a ambos lados de la puerta sostenían el arco saliente que cubría la entrada.

- ¿Quién es?- se escuchó desde el interior.

- Queremos hablar con el señor Qans lan Murh. Nos han dicho que ésta es su casa- dijo Math.

Se oyó un sonido metálico seguido del chasquido de las bisagras. La cara de un joven apareció por la rendija que se abrió entre la puerta y el marco.

- El señor todavía duerme. Tendréis que pasaros más tarde.

- Tenemos un asunto importante que tratar con él. ¿No podrías avisarle?

- No puede ser. El señor está enfermo, y necesita descansar.

- Pero…

- Volved más tarde, por favor.

Math puso el pie instintivamente para impedir que el otro cerrara la puerta, pero al instante rectificó y lo apartó. Se había propuesto resolver la situación por las buenas, y así iba a ser. Cuando ya daba por perdida toda esperanza de resolver el misterio esa misma mañana, llegó a ellos un intercambio de voces desde el interior. Entonces el mismo mozo volvió a abrir mientras seguía hablando con otra persona que permanecía oculta.

- Pero señor, tienes que descansar.

- Gracias por tu preocupación, chico, pero creo que podré aguantar un madrugón más en mi vida. Venga, deja pasar a nuestros invitados. No los dejes fuera.

Cuando la puerta estuvo abierta del todo, Math y Musba’in desviaron la mirada del criado y la dirigieron al fondo del espacioso recibidor. A los pies de la ancha escalera que subía a la siguiente planta había un hombre de avanzada de edad encorvado y apoyado sobre un bastón. 

- Pasad, pasad. Bienvenidos a mi casa-, les digo mientras avanzaba renqueante hacia ellos.

Extrañados a la vez que curiosos, los dos compañeros accedieron lentamente al vestíbulo. Cuando el hombre del bastón estuvo lo suficientemente cerca de ellos, le dijo a su sirviente que podía retirarse.

- ¿No quieres que te acompañe?

- No es necesario. Dile a Myne que me prepare el desayuno.

- Sí señor. Si me necesitas…

- Te llamo enseguida. Por supuesto.

El joven desapareció por una de las múltiples puertas de la sala.

- Perdonad la actitud de mi mozo. Es buen chico, pero se toma demasiado en serio todo lo relacionado con mi salud.

- Tras un sirviente diligente siempre hay un amo bondadoso. Gracias por tu amabilidad, señor…

- Ah sí, todavía no me he presentado. Qans lan Murh, administrador de estas tierras en nombre del Val de Istiamar.

- Yo soy Ravens lan Mathausen, y mi compañero es Musba’in lan Samari.

- Un placer.

- El placer y el honor es nuestro.

Qans tendió la mano y la estrechó a sus huéspedes mientras sostenía con la otra el bastón. Por la forma con que éste temblaba, Math temió que en cualquier momento las fuerzas le fallaran y se desplomara sobre el suelo.

- Seguidme, por favor.

El anciano dio media vuelta y empezó a andar. Los otros dos lo siguieron a poca distancia, pendientes en todo momento de los inestables movimientos de su anfitrión.

Tras cruzar un pasillo enmoquetado, entraron en el salón, una estancia decorada con exquisito lujo señorial. Qans se sentó pesadamente en un sillón al lado de la chimenea, e invitó a los otros a hacer lo mismo en el sofá que había al lado.

Antes de volver a hablar, el señor de Ladania se ajustó el batín, se arregló la bufanda y se sacó el gorro de lana. También extendió su brazo hacia la hoguera para transmitir calor a su debilitado cuerpo.

- Enseguida os llevaré a él, pero antes me gustaría saber algunas cosas. Creo que después de todo este tiempo a su lado, merezco al menos que se me respete esta última voluntad.

Math y Musba’in se miraron estupefactos. El primero hizo un gesto con la mano a su compañero en señal de que le siguiera el juego.

- Por supuesto.

- Bien. No tenía nada claro que fuera tan fácil convenceros. ¿Quién os envía?

- Venimos en nombre del barón de Stard.

- El barón de Stard… Me lo imaginaba. ¿Será allí a donde lo llevaréis?

- Eso es.

Qans abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra. Sus profundos y diminutos ojos, hasta ese momento tan apagados como carentes de vida, se humedecieron de golpe y empezaron a brillar. Tras sobreponerse a sus emociones, continuó.

- Supongo que a todo el mundo le llega su hora. Al final todos rendiremos cuentas por nuestros actos. 

- Así es.

- En fin. Sólo espero que sea rápido. Su condena empezó hace mucho tiempo, y no es necesario alargarla más.

Una pesada lágrima se desprendió por su mejilla izquierda al tiempo que terminaba esta última frase. Sacó un pañuelo de su bolsillo y la secó, pero inmediatamente apareció otra en su ojo derecho. Esta última no se molestó en eliminarla.

- Ya he oído suficiente. Tenía otras cuestiones, pero será mejor que lo dejemos aquí. Si me permitís una última petición, desearía que lo trataseis bien, al menos mientras esté bajo vuestra responsabilidad.

- Tienes mi palabra. ¿Dónde está ahora?

- En el jardín. Pasa la mayor parte del tiempo allí, nunca le gustaron los espacios cerrados. Ya sé que afuera hace frío, pero parece que él no lo nota.

- Una cosa: ¿Tenemos motivos para temer por nuestra seguridad?

- Para nada. Él ha asumido su pasado, y está dispuesto a pagar por ello. No ofrecerá resistencia. Yo también tengo una cosa más que deciros: al igual que él, estoy dispuesto a pagar por mis actos. ¿Me pasará algo?

- Puedes estar tranquilo. Las únicas órdenes que tenemos se refieren a él.

- Pues ya está todo dicho. Vamos a ello.

El viejo Qans intentó ponerse en pie, pero sus piernas le fallaron a medio camino y cayó sentado sobre el sillón. Math se levantó rápidamente y lo ayudó a incorporarse.

- Gracias, joven. Por aquí, por favor.

Math y Musba’in pudieron percibir que Qans andaba con mucha más dificultad que antes, como si en pocos minutos hubiera envejecido a ritmo acelerado. Su cuerpo encorvado se apoyaba aún más sobre el bastón, y la mano con que lo sujetaba temblaba de forma mucho más visible.

Por su parte, Math no podía creérselo. Por la conversación que acababa de mantener con el anciano, era evidente que la persona a la que vería en breve era ni más ni menos que Uric du Sidma’il, pero una parte de él se resistía a darlo por hecho. Miró a su compañero, pero su semblante no expresaba nada. Lo que sí percibió es que Musba’in tenía la mano muy cerca del puño de su espada.

Intentó contenerse, pero al final no pudo seguir disimulando. Mientras avanzaban por un corredor decorado con retratos y cuadros de paisajes, Math preguntó al viejo Qans cómo era posible que estuviera al tanto de su llegada.

- Él mismo me lo dijo. Aunque yo me lo esperaba. Ya lo sabéis... la mayoría de los de su condición han sido exterminados, y los pocos que quedan están condenados a desaparecer.

- ¿Te refieres a los sometidos?

- Claro, a quién si no.

Con esa aclaración ya estaba todo dicho. Efectivamente, estaban a un paso de encontrarse cara a cara con Uric, la persona que había monopolizado los pensamientos de Math y del cazador desde hacía varias semanas. Aunque no se lo había contado todo, el cazador Krierc lo había puesto corriente de muchos más detalles sobre la historia del sometido que los que el propio Math había comunicado a sus compañeros, los suficientes como para empezar a notar, ahora que se acercaba el inesperado encuentro, un temblor en sus manos y un hormigueo en su espalda. Aquel ser era historia viva de Gottenmorth, uno de los últimos representantes de su pasado más reciente. Pocos tendrían la oportunidad de protagonizar un acontecimiento de tal magnitud.

- Ya estamos llegando. Como os he dicho, preferiría resolver esta situación sin altercados. Él me ha prometido que colaborará, y yo le creo.

Math y Musba’in se pusieron aún más tensos si cabe. El primero tuvo un escalofrío, y el segundo notó como una fría gota de sudor cruzaba su espalda.

Qans abrió una puerta que daba a otro pasillo, mucho más corto que el anterior. Al final había una verja encristalada por la que entraba la luz del exterior. Como los vidrios formaban un mosaico de colores, el espacio estaba bañado por rayos de diferentes tonalidades.

Lo primero que notaron tras abrir la verja fue un golpe de aire frío. No recordaban que la temperatura fuera tan baja fuera, y eso que no hacía tanto que habían entrado en la casa.

Ante ellos se extendía un gigantesco jardín que en sus tiempos debió de ser paradisíaco, pero que por efecto de la estación y del abandono presentaba un aspecto tan decrépito como deprimente. Los árboles, viejos y rugosos, habían perdido todas sus hojas, y nadie se había molestado en recogerlas. Los estanques, sobre cuyas aguas flotaban ramas y hojarasca, estaban medio vacíos. Y los caminos delimitados por rocas estaban desdibujados por la hierba que crecía entre las losas.

Pero el estado decadente del jardín era lo que menos preocupaba a Math en ese momento. Alzando la cabeza para mirar por encima de Qans, que iba delante, observó cada rincón en busca de Uric. Lo encontró en el otro extremo del vergel, apenas distinguible por la distancia y la mala visibilidad.

A medida que avanzaban lentamente por el enlosado, siguiendo el ritmo cansado de Qans, su silueta se iba definiendo más y más. No tardaron en reconocer su posición a través de la ligera neblina que se había levantado alrededor de las balsas. Estaba de espaldas a ellos, sentado en cuclillas. Había algo en sus hombros, tan negro como su ropa. Cuando les llegó un graznido seguido de otro, supieron que eran cuervos. Por lo demás, estaba completamente inmóvil.

Antes de que Qans lo avisara, él se levantó, pero siguió dándoles la espalda. Los nervios en el caso de Math y la tensión por parte de Musba’in estaban a flor de piel, hasta el punto de que el alboroto que causaron los cuervos cuando emprendieron el vuelo los sobresaltó.

- Uric, son ellos. Ha llegado el momento. 

Entonces se giró, y Math, por fin, pudo ver su cara. Rostro pálido, ojos azules como el hielo, media melena lisa, nariz estrecha y afilada, labios finos. Hasta aquí, era un namirio corriente, pero había otros elementos de su semblante que desdibujaban ese estereotipo. Dejando de lado la ostentosa cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda desde la ceja hasta la barbilla, era la mirada penetrante, los contornos oscurecidos de los ojos, la forma de estos y la expresión de su boca lo que le confería un aspecto realmente siniestro. Math quedó paralizado unos segundos, antes de acordarse de que, por mucho que insistiera Qans, no debía bajar la guardia en ningún momento. No podía olvidarse que tenía ante él, a pocos metros, a una auténtica máquina de matar.

Uric se acercó tranquilamente a ellos sin pronunciar palabra alguna. Musba’in lo miraba fijamente, atento a cualquier movimiento sospechoso. Lo observó de arriba abajo, buscando posibles armas ocultas. No encontró nada que pudiese ser peligroso entre su ropa, una camisa y unas calzas demasiado finas tanto para esconder objetos hostiles bajo ellas como para proteger de la bajísima temperatura. Para colmo, iba descalzo, pero sus pies no parecían notar el tacto cortante de la escarcha del suelo.

Cuando se cruzó con Qans, puso la mano sobre su hombro a modo de gesto amistoso. El viejo le devolvió el detalle golpeando suavemente su costado dos veces, cabizbajo y encorvado. Luego pasó junto a Math, ignorándolo completamente. El kulmeniano prefirió no hacer ni decir nada.   

Musba’in, cuando le llegó su turno, no pudo permanecer impasible. Cerró su mano sobre el puño de su espada y la levantó varios centímetros de la vaina, listo para hacer frente a cualquier amenaza repentina. Sin dejar de andar y sin mirarle, el sometido, por fin, habló.

- Esa espada no te serviría de nada, créeme.

Y siguió su camino, como si nada. Esta frase sólo la entendió el medio-namirio, ya que Uric la había pronunciado en la lengua paterna de aquél, pero por su reacción, los dos kulmeh pudieron intuir su significado. En cualquier caso, Math respiró aliviado al ver que Musba’in cedió sin más. Evitar cualquier tipo de altercado era su máxima prioridad, y más sabiendo que ellos tenían todas las de perder en caso de surgir problemas. Sin otras alternativas reales, lo mejor era seguir el consejo de Qans y rezar para que el viejo no se equivocara.

Math nunca pudo predecir que llegaría a encontrarse en tal situación. Siempre creyó que Uric, efectivamente, estaba muerto; que lo único que encontrarían serían pistas entre sus restos que ayudarían a resolver el caso. Toparse cara a cara con un sometido era algo que jamás había concebido, y no sólo en el transcurso de la misión, sino en toda su vida en general.

Aunque ni él ni su familia más cercana habían sufrido la legendaria crueldad de los sometidos directamente, sí que conocía por boca de amigos, vecinos y compañeros de armas las traumáticas experiencias de quienes caían en sus garras. Durante la guerra, la actividad represiva de este cuerpo de élite de los Tal’imran se intensificó de forma alarmante en los territorios controlados por el Cuervo, así que eran pocas las familias que no tenían al menos un miembro torturado o asesinado por ellos. En la propia Kulm, los sometidos destacados en la ciudad aguantaron más de un año antes de ser expulsados de las zonas en las que se habían acuartelado; una vez liberadas definitivamente, los supervivientes relataron la extrema crudeza con que ellos y sus colaboradores trataban a la población atrapada en esas bolsas de resistencia. Math entró en uno de esos últimos reductos después de que cesaran los combates, y fue testigo de las tremendas secuelas físicas y psíquicas que habían dejado los agentes del Cuervo entre sus víctimas.

Si bien su brutalidad era un factor determinante, eso no era lo que Math consideraba más peligroso de ellos, y por ende de Uric. Uno puede ser extremadamente desalmado, pero para poder hacer daño necesita otros recursos aparte de su inmoralidad. Y los sometidos, a juzgar por los testimonios y la leyenda, los poseían de sobras. No eran pocos los relatos que se referían a su extraordinaria habilidad en combate, a su aguante físico sin igual, e incluso a sus poderes sobrehumanos. Si todas esas historias eran ciertas, pensó Math, ya podía despedirse de este mundo en caso de verse obligado a enzarzarse en duelo con ese enigmático namirio que cierto día fue imbuido con la maldición del Siegmoné. Lo pensaba una y otra vez: sin posibilidades de volver atrás, lo único que podía hacer era pedirle a Esud que todo saliera bien.

Uric “el sometido” siguió andando tranquilamente por el gastado enlosado que dividía el jardín en dos, dirección a la casa. Su propietario, Qans, lo siguió al tiempo que emplazaba a sus dos invitados para que hicieran lo mismo.

Cuando el primero desapareció por la puerta de entrada, Math notó que su nerviosismo iba a más. Si ya era bastante peligroso estando controlado, perderlo de vista podía convertirse en el primer paso de un desenlace fatal. En su fuero interno se debatía entre tomar precauciones y arriesgarse a provocarlo o confiar en Qans y permanecer indefenso. Ninguna alternativa parecía mejor que la otra.

Pero no ocurrió nada. Cruzaron los pasillos que llevaban al salón sin incidentes, y cuando llegaron a él vieron que el sometido los esperaba.

- Ve a tu habitación y recoge tus cosas. Yo me quedaré aquí con nuestros invitados.

El ruido de los pasos de Uric por la escalera de madera sonó cada vez más débil, hasta fundirse con el silencio. Mientras tanto, Qans se había sentado en su sillón y se entretenía con su bastón haciéndolo rotar sobre su eje.

- ¿De verdad que no tenemos nada que temer?- preguntó Math, que todavía seguía de pie. Lo hizo más para distraerse de la tensa espera que para tranquilizarse.

- Yo os he dado mi palabra, y él me ha dado la suya.

- Los kulmeh sabemos que la palabra de un namirio no vale nada- intervino Musba’in, cogiendo a Math por sorpresa: era la primera vez oía a su compañero identificarse a sí mismo como kulmeh. Pero no había tiempo para distraerse con esos detalles; tenía que aprovechar el momento.

- Y menos si son agentes del Cuervo y han recibido la maldición del Siegmoné.

- Entonces quedaos con la palabra de un noble kulmeh de sangre vieja. O no, qué más da. No soy yo quien os ha pedido que vinierais.

Tenía toda la razón. Ellos eran los que, libremente, se habían metido en esa situación, y ahora la responsabilidad de resolverla era toda suya.

Uric regresó al salón más rápido de lo esperado, lo que indicaba que su equipaje, un zurrón negro que colgaba de su espalda, ya estaba preparado de antemano. Aparte, se había puesto ropa y calzado adecuados para el clima y el viaje, aunque todos intuyeron que lo hizo más por estética que por necesidad. Distraídos por su presencia, ni Math ni Musba’in advirtieron que Qans se había levantado y se dirigía más erguido que de costumbre hacia la salida. 

- Todo está listo para partir- dijo mientras caminaba. – Os pediría que os quedarais más tiempo para comer y descansar, pero requiero cuidados que me lo impiden. Ya he hecho demasiados esfuerzos hoy, y no tengo ánimos para seguir torturándome.

El criado que habló con Math en la entrada volvió a abrir la puerta cuando su amo se lo pidió. Uric salió primero con paso firme y decidido, seguido de Musba’in. Math, antes de poner el pie en el exterior de la mansión, se giró y buscó la mano de Qans.

- Gracias por todo. Este hombre tiene cuentas pendientes en las tierras de donde venimos, y centenares de personas necesitan que las salde cuanto antes. Tu sentido del deber dignifica nuestro pueblo.

- Mi sentido del deber no tiene nada que ver. Que tengáis buen viaje, hijos. Que Esud esté con vosotros.

La maciza puerta de madera se cerró tan pronto como Math la cruzó. Tanto él como Musba’in y el sometido aguardaron inmóviles en mitad de la escalera varios segundos, sin mirarse ni decir nada. Finalmente, Uric dio la espalda a sus custodios, miró hacia el norte, y dijo:

- Señores, la cacería salvaje ha comenzado.



Fin de la primera parte.