Parte I. Capítulo 24.


Tomando posiciones



El alguacil recorrió la fila de soldados, observándolos uno a uno e intercambiando algunos comentarios sobre sus armas y vestimentas. Cuando terminó de pasar revista, volvió a la posición central, se subió a una roca y exclamó:

- Dicen que sois los mejores, el orgullo del dominio. Habéis sido entrenados bajo las condiciones más duras y el régimen más estricto. Os llaman la Última Guardia, porque más allá de vosotros termina la civilización y empieza la barbarie. Vuestros padres combatieron con éxito a los salvajes y salvaron este enclave kulmeh. Vosotros sois su legado, el cuerpo de élite que hará frente a la muerte cuando las bestias vuelvan a invadirnos desde más allá del Nirian. Que Esud esté con todos vosotros.

Ante la arenga, los soldados golpearon sus armaduras con sus guanteletes. El sonido metálico que resultó fue una inequívoca muestra de orgullo por el reconocimiento a sus méritos que acababan de recibir.

- Hasta ahora, vuestra única misión ha sido esperar. Desde vuestras posiciones en las montañas, el día que la horda caiga sobre nosotros seréis la primera línea de defensa contra el mal. Pero mientras eso no ocurra, no estáis exentos de responsabilidad. Jurasteis proteger Stard y Kulm, y ahora el dominio y el reino os necesitan. Ha llegado el momento de responder a la llamada. 

Esta parte del discurso pilló por sorpresa a los soldados de elite del barón de Stard. ¿Qué quería decir con que había llegado el momento de actuar? Si los salvajes, como afirmaban los exploradores, seguían tranquilos en su territorio y no había signos de que se estuviera preparando otra invasión, ¿cuál podía ser ese cometido que requería la actuación de la Última Guardia? Todos esperaban con ansia una aclaración.

- Las circunstancias han cambiado radicalmente-. El alguacil decía esto mientras andaba de un lado para otro, con sus manos cruzadas a su espalda y su cabeza inclinada hacia delante para protegerse del viento. Las ráfagas del vendaval habían levantado el ancho cuello de su ropilla, de manera que le ocultaba medio rostro. – Os han preparado para enfrentaros a un enemigo tan numeroso como brutal, pero ahora os toca luchar contra otro invisible y escurridizo. Os mentalizasteis para batiros con bestias que os doblan en fuerza física y en instinto depredador, y ahora os toca dar caza a dos mujeres. No os equivoquéis. La batalla no será, por ello, menos cruenta.

La incertidumbre y la incógnita entre la tropa no hizo más que aumentar. Aunque el alguacil no podía ver sus rostros ocultos bajo pasamontañas, si podía entrever sus pensamientos gracias a sus miradas dubitativas. En cualquier caso, había racionado la información de tal manera que todos centraban su atención en el discurso, y eso era justo lo que buscaba.

- Vuestra presa es un vestigio de un tiempo pasado, un residuo que se aferra a su existencia a sabiendas de que está destinado a desaparecer. Esas dos brujas son la prueba viviente de que el poder del Siegmoné sigue muy presente entre nosotros, y de que está dispuesto a entablar batalla hasta el final. Hace treinta años, nos deshicimos del yugo del Cuervo y reducimos su imperio a cenizas. Pensamos que habíamos borrado para siempre el mal que encarnaba, pero nos equivocamos. Nuestra obsesión con el continente nos hizo olvidarnos del contenido. Creíamos que el verdadero enemigo era la Dinastía Púrpura y dimos nuestras vidas para destruirla, ignorantes de que esa familia maldita no era más que un títere, un instrumento en manos del demonio que habita en el Último Reducto. La caída de la capital no supuso ninguna pérdida para su patrón: todos los qarmatas han sido aniquilados, pero el Siegmoné sigue teniendo el poder de llamar a quien le plazca y convertirlo en su heraldo de terror y destrucción. No cometáis el error de subestimar la amenaza que representa para todos nosotros. Es hora de luchar, una vez más, contra el horror.

El alguacil estaba satisfecho de su discurso, pero sobretodo de la audiencia que lo escuchaba. La mayor parte de los habitantes de Stard y de todo el Gotten Law no habrían entendido ni la mitad de sus palabras, pero sabía que no era el caso de esos avezados soldados de élite. Todos ellos eran de origen noble, así que habían recibido una educación más que suficiente para estar familiarizados con la historia de Gottenmorth. Todos ellos habían oído hablar del Siegmoné, sabían quiénes eran los Tal’imran y los qarmatas, y conocían de primera mano su maldad. No en vano, la mayoría de sus padres habían participado en la guerra contra el Cuervo y sabían lo que era sufrir bajo sus garras. Eso representaba una clara ventaja, pues no había mejor motivación ni ardor más puro que el de la venganza.

- A partir de ahora, vuestra prioridad seguirá siendo defender Stard y Kulm, pero de otro modo. El barón os pide que libréis nuestra nación de esta lacra para siempre, y esa es, a partir de ahora, vuestra única prioridad. Tenéis toda la experiencia y la preparación para conseguirlo. Conocéis las montañas, los valles y los bosques de esta tierra como la palma de la mano. Domináis las técnicas del rastreo y el sigilo como nadie. Esas dos brujas a las que el Siegmoné ha escogido ya han asesinado a suficientes compatriotas. Vosotros vais a detenerlas, y con vuestra victoria entraréis en los libros de historia. Vuestro cometido es tan grande como el de vuestros padres hace treinta años, cuando salvaron la patria de la devastación de los salvajes. Os espera el más grande reconocimiento del pueblo kulmeh, y la mayor de las recompensas por parte de Esud. Que el Dios de Luz esté con vosotros y os guíe en la erradicación de la oscuridad.

Los embravecidos soldados alzaron sus armas y gritaron en señal de aprobación. Todos exclamaban el lema de Stard: “Por Esud y por Kulm. Unidos a nuestro Dios, unidos a nuestra patria”. El alguacil había mencionado los elementos precisos para enardecer el orgullo de aquella peculiar tropa compuesta única y exclusivamente por hijos de familias puras kulmeh. Se había encomendado a Esud, el Dios al que adoraban los kulmeh. Había apelado a Kulm, la capital de los kulmeh y símbolo de su unión y su gloria. Y había recordado la heroica resistencia de Stard, el único enclave kulmeh al norte del río Okba que había resistido durante siglos a todas las amenazas, desde los bárbaros locales hasta los ejércitos del Cuervo y los salvajes. Cualquiera de estas apelaciones hubiera bastado para insuflar brío en sus corazones; todas juntas resultaron una combinación de lo más efectiva.

Pero el alguacil sabía que sólo era mera retórica, palabras vacías destinadas a agradar a quienes querían oírlas. En realidad, era plenamente consciente de que no tenían ninguna posibilidad. Capturar a las dos brujas estaba fuera del alcance de cualquier tropa, milicia, guardia o cazador. Los métodos convencionales eran inútiles ante un elegido del Siegmoné. Si había convencido al barón para que consintiera movilizar a la Última Guardia y ponerla al servicio de la misión no era porque depositara esperanza alguna en ella. La única solución verdadera, la única esperanza real, pasaba por Uric du Sidma’il.

Mientras observaba como la columna de guardias se retiraba a sus posiciones, listos para emprender la nueva empresa, el alguacil pensó en el cazador de brujas. La misión ya se había cobrado la primera víctima entre las personas involucradas en ella. ¿Sería él el siguiente?