Tomando
posiciones
El alguacil recorrió
la fila de soldados, observándolos uno a uno e intercambiando algunos
comentarios sobre sus armas y vestimentas. Cuando terminó de pasar revista,
volvió a la posición central, se subió a una roca y exclamó:
- Dicen que sois los
mejores, el orgullo del dominio. Habéis sido entrenados bajo las condiciones
más duras y el régimen más estricto. Os llaman la Última Guardia, porque más
allá de vosotros termina la civilización y empieza la barbarie. Vuestros padres
combatieron con éxito a los salvajes y salvaron este enclave kulmeh. Vosotros
sois su legado, el cuerpo de élite que hará frente a la muerte cuando las
bestias vuelvan a invadirnos desde más allá del Nirian. Que Esud esté con todos
vosotros.
Ante la arenga, los
soldados golpearon sus armaduras con sus guanteletes. El sonido metálico que
resultó fue una inequívoca muestra de orgullo por el reconocimiento a sus
méritos que acababan de recibir.
- Hasta ahora,
vuestra única misión ha sido esperar. Desde vuestras posiciones en las
montañas, el día que la horda caiga sobre nosotros seréis la primera línea de
defensa contra el mal. Pero mientras eso no ocurra, no estáis exentos de
responsabilidad. Jurasteis proteger Stard y Kulm, y ahora el dominio y el reino
os necesitan. Ha llegado el momento de responder a la llamada.
Esta parte del
discurso pilló por sorpresa a los soldados de elite del barón de Stard. ¿Qué
quería decir con que había llegado el momento de actuar? Si los salvajes, como
afirmaban los exploradores, seguían tranquilos en su territorio y no había
signos de que se estuviera preparando otra invasión, ¿cuál podía ser ese
cometido que requería la actuación de la Última Guardia? Todos esperaban con
ansia una aclaración.
- Las circunstancias
han cambiado radicalmente-. El alguacil decía esto mientras andaba de un lado
para otro, con sus manos cruzadas a su espalda y su cabeza inclinada hacia
delante para protegerse del viento. Las ráfagas del vendaval habían levantado
el ancho cuello de su ropilla, de manera que le ocultaba medio rostro. – Os han
preparado para enfrentaros a un enemigo tan numeroso como brutal, pero ahora os
toca luchar contra otro invisible y escurridizo. Os mentalizasteis para batiros
con bestias que os doblan en fuerza física y en instinto depredador, y ahora os
toca dar caza a dos mujeres. No os equivoquéis. La batalla no será, por ello,
menos cruenta.
La incertidumbre y
la incógnita entre la tropa no hizo más que aumentar. Aunque el alguacil no
podía ver sus rostros ocultos bajo pasamontañas, si podía entrever sus
pensamientos gracias a sus miradas dubitativas. En cualquier caso, había
racionado la información de tal manera que todos centraban su atención en el
discurso, y eso era justo lo que buscaba.
- Vuestra presa es
un vestigio de un tiempo pasado, un residuo que se aferra a su existencia a
sabiendas de que está destinado a desaparecer. Esas dos brujas son la prueba
viviente de que el poder del Siegmoné sigue muy presente entre nosotros, y de
que está dispuesto a entablar batalla hasta el final. Hace treinta años, nos
deshicimos del yugo del Cuervo y reducimos su imperio a cenizas. Pensamos que
habíamos borrado para siempre el mal que encarnaba, pero nos equivocamos.
Nuestra obsesión con el continente nos hizo olvidarnos del contenido. Creíamos
que el verdadero enemigo era la Dinastía Púrpura y dimos nuestras vidas para
destruirla, ignorantes de que esa familia maldita no era más que un títere, un
instrumento en manos del demonio que habita en el Último Reducto. La caída de
la capital no supuso ninguna pérdida para su patrón: todos los qarmatas han
sido aniquilados, pero el Siegmoné sigue teniendo el poder de llamar a quien le
plazca y convertirlo en su heraldo de terror y destrucción. No cometáis el
error de subestimar la amenaza que representa para todos nosotros. Es hora de
luchar, una vez más, contra el horror.
El alguacil estaba
satisfecho de su discurso, pero sobretodo de la audiencia que lo escuchaba. La
mayor parte de los habitantes de Stard y de todo el Gotten Law no habrían
entendido ni la mitad de sus palabras, pero sabía que no era el caso de esos
avezados soldados de élite. Todos ellos eran de origen noble, así que habían
recibido una educación más que suficiente para estar familiarizados con la
historia de Gottenmorth. Todos ellos habían oído hablar del Siegmoné, sabían
quiénes eran los Tal’imran y los qarmatas, y conocían de primera mano su
maldad. No en vano, la mayoría de sus padres habían participado en la guerra
contra el Cuervo y sabían lo que era sufrir bajo sus garras. Eso representaba
una clara ventaja, pues no había mejor motivación ni ardor más puro que el de
la venganza.
- A partir de ahora,
vuestra prioridad seguirá siendo defender Stard y Kulm, pero de otro modo. El
barón os pide que libréis nuestra nación de esta lacra para siempre, y esa es,
a partir de ahora, vuestra única prioridad. Tenéis toda la experiencia y la
preparación para conseguirlo. Conocéis las montañas, los valles y los bosques
de esta tierra como la palma de la mano. Domináis las técnicas del rastreo y el
sigilo como nadie. Esas dos brujas a las que el Siegmoné ha escogido ya han
asesinado a suficientes compatriotas. Vosotros vais a detenerlas, y con vuestra
victoria entraréis en los libros de historia. Vuestro cometido es tan grande
como el de vuestros padres hace treinta años, cuando salvaron la patria de la
devastación de los salvajes. Os espera el más grande reconocimiento del pueblo
kulmeh, y la mayor de las recompensas por parte de Esud. Que el Dios de Luz
esté con vosotros y os guíe en la erradicación de la oscuridad.
Los embravecidos
soldados alzaron sus armas y gritaron en señal de aprobación. Todos exclamaban
el lema de Stard: “Por Esud y por Kulm. Unidos a nuestro Dios, unidos a nuestra
patria”. El alguacil había mencionado los elementos precisos para enardecer el
orgullo de aquella peculiar tropa compuesta única y exclusivamente por hijos de
familias puras kulmeh. Se había encomendado a Esud, el Dios al que adoraban los
kulmeh. Había apelado a Kulm, la capital de los kulmeh y símbolo de su unión y
su gloria. Y había recordado la heroica resistencia de Stard, el único enclave
kulmeh al norte del río Okba que había resistido durante siglos a todas las
amenazas, desde los bárbaros locales hasta los ejércitos del Cuervo y los
salvajes. Cualquiera de estas apelaciones hubiera bastado para insuflar brío en
sus corazones; todas juntas resultaron una combinación de lo más efectiva.
Pero el alguacil
sabía que sólo era mera retórica, palabras vacías destinadas a agradar a
quienes querían oírlas. En realidad, era plenamente consciente de que no tenían
ninguna posibilidad. Capturar a las dos brujas estaba fuera del alcance de
cualquier tropa, milicia, guardia o cazador. Los métodos convencionales eran
inútiles ante un elegido del Siegmoné. Si había convencido al barón para que
consintiera movilizar a la Última Guardia y ponerla al servicio de la misión no
era porque depositara esperanza alguna en ella. La única solución verdadera, la
única esperanza real, pasaba por Uric du Sidma’il.
Mientras observaba
como la columna de guardias se retiraba a sus posiciones, listos para emprender
la nueva empresa, el alguacil pensó en el cazador de brujas. La misión ya se
había cobrado la primera víctima entre las personas involucradas en ella.
¿Sería él el siguiente?