Parte I. Capítulo 23.


De vuelta al epicentro del horror



Bajrein y Lunder llegaron a los pies de las murallas de Stard en plena nevada, la primera de envergadura en ese frío otoño que hacía presagiar un crudo invierno. Aunque su estado físico era lamentable después de tres días de viaje sin descanso, agravados por las heridas sufridas a raíz del incidente en el bosque, a ambos aún les quedaban fuerzas para sonreír ante la visión de la imponente ciudad fortaleza y la expectativa de volver a disfrutar en breve de buena comida y una cama caliente.

El ganziano ayudó a su compañera a bajar de su montura justo después de cruzar el primer puente del complejo sistema defensivo que protegía el enclave kulmeh. Pasado el rastrillo, la vía que serpenteaba por la segunda muralla era demasiado empinada y estaba demasiado nevada como para subirla a caballo, así que, para pesadilla de Lunder, tuvieron que continuar a pie. Pocos minutos después, una familia de campesinos que arrastraban una carreta pasó cerca de ellos, y cuando vieron la cojera de la nesudia, se ofrecieron de inmediato para cargarla sobre el vehículo y llevarla hasta la ciudad. Ella, como siempre, se negó en un principio, pero finalmente no tuvo más remedio que aparcar su orgullo y dejarse ayudar. Pocos minutos después, la pendiente era tan pronunciada que el hombre que tiraba de la carreta tenía serias dificultades para mantener el ritmo de los demás. Bajrein se dio cuenta enseguida, y sin consultarlo se situó detrás y empujó para ayudarlo.

Después de cruzar tres puentes y de pasar bajo los amenazantes pinchos de dos rastrillos más, Bajrein y Lunder se despidieron de la familia que los había acompañado durante la ascensión y se dirigieron a la primera de las plazas circulares de Stard, conocida popularmente como el Matadero por ser el escenario de una encarnizada batalla contra los salvajes que consiguieron penetrar en la ciudad treinta años antes. Desde allí tomaron la Avenida de los Defensores, que atravesaba el barrio en diagonal, hasta llegar al cuartel de la guardia, un edificio chato y macizo rodeado por un pequeño foso.

Mientras cruzaban uno de los interminables pasillos del fuerte, Bajrein propuso a su compañera que lo esperara en la próxima sala, que no era necesario seguir forzando su maltrecha rodilla, pero ella se mostró inflexible en su voluntad de acompañarlo hasta la oficina del capitán. Éste no los hizo esperar demasiado; es más, por su forma de recibirlos, casi podía decirse que los esperaba.

- Sentaos, por favor-.

Los dos huéspedes se dejaron caer pesadamente sobre los sillones. Era el primer asiento mínimamente cómodo en el que se acomodaban desde hacía una semana.

- Veo que andas con dificultad. ¿Podemos ayudarte?

- No es necesario, gracias.

- Avisa al practicante.

Lunder sabía que era inútil contradecir a un oficial, así que no dijo nada más. Obedeciendo la orden de su superior, un guardia abandonó la sala y fue en busca del cirujano.

- Tenemos que hablar con el cazador Krierc. Cuanto antes- dijo Bajrein.

- Me temo que esto no va a ser posible. El cazador no se encuentra en la ciudad.

- ¿Y dónde está?

- En una fortaleza a los pies del Nirian, a un día de viaje al galope desde aquí.

- Entonces partiré hacia ese lugar mañana mismo, en cuanto me haya recuperado del viaje.

- No serviría de nada. El cazador se encuentra actualmente… indispuesto. Os sería imposible comunicaros con él. Pero cualquier cosa que tengáis que informarle, podéis comunicármelo a mí, y yo pasaré parte a las personas adecuadas.

Bajrein y Lunder se miraron con expresión atónita, no sólo por la información que acababan de recibir, sino también por la curiosa manera que tenía el capitán de transmitirla. ¿Cómo podía decir que el cazador estaba “indispuesto” y pasar inmediatamente a otro tema, sin dar más detalles?

- ¿Se puede saber qué le ha pasado a Krierc?- preguntó Lunder, con un tono rozando a lo impropio teniendo en cuenta la condición noble de la persona a la que se dirigía.

- No puedo facilitaros este dato.

- Tenemos instrucciones de hablar personalmente con el cazador. Comprenderás que no queremos transgredir esa orden así, sin más-, añadió Bajrein con intención conciliadora.

- Y yo tengo instrucciones de hablar personalmente con vuestro jefe, Math. Por cierto, ¿dónde está?

- Se ha quedado en la bahía para completar las pesquisas. Nos ha enviado para informar a Krierc de todo lo que hemos averiguado hasta ahora.

El capitán de la guardia miró por encima del hombro a otra persona que estaba sentada detrás, un hombre delgado y pálido que hasta ese momento había pasado desapercibido. Después de mover la cabeza en señal de aprobación, el oficial volvió su atención a los recién llegados.

- Haremos un trato. Vosotros me contáis lo que sabéis, y yo es revelo la situación del cazador. Luego tomareis un baño, comeréis y descansareis en las habitaciones que os hemos reservado, cortesía del barón.

- ¿Por qué no lo hacemos al revés?- protestó Lunder.

- Da igual. Lo que sabemos es tan poco que no merece ser convertido en moneda de cambio-. Bajrein no tenía intención de discutir.

- Adelante, pues.

- Íbamos en busca de un sometido llamado Urich du Sidma’il. La oficina de justicia de Raumar nos mostró las actas del juicio que lo procesó. Conclusión: está muerto y enterrado.

- Bueno, más bien diría quemado y sumergido- añadió ella.

- Sí. Lanzaron el cadáver carbonizado al mar junto con todo lo que llevaba.

Al pronunciar estas palabras, Bajrein y Lunder notaron un brillo inquietante en los pequeños ojos del escuálido hombre que estaba detrás del capitán. Éste volvió a buscar su consentimiento antes de hablar.

- Ahora me toca informar a mí. El cazador fue atacado por un asesino. Sobrevivió, pero ahora está paralizado de cuerpo y mente. No atiende a estímulos externos, ni tampoco come o bebe.

- ¿Y a qué puede ser debido? ¿Veneno?

- Eso creíamos, ya que el sicario, antes de ser reducido, consiguió infligirle una profunda herida con su daga.

- ¿Y entonces?- por primera vez desde que empezó la conversación, Bajrein estaba visiblemente inquieto.

- Al parecer, Krierc ha recibido… la visita del Siegmoné.

Y se hizo el silencio. Lunder no entendía el significado de aquella frase, pero a juzgar por el sobresalto de su compañero, supo que se trataba de algo grave. No era ninguna novedad: cada vez que alguien pronunciaba ese misterioso nombre, los demás, o se callaban o se ponían nerviosos.

Bajrein, por su parte, estaba en estado de shock. Su mente era incapaz de coordinar una respuesta, o cualquier otro tipo de reacción. Al contrario de la nesudia, sabía perfectamente a qué se refería el capitán. Él mismo había sido testigo de una visita muchos años atrás, cuando era un niño. Y jamás había conseguido sobreponerse del todo a ese horroroso recuerdo. 

Ante la parálisis de su interlocutor, el capitán prosiguió.

- El alguacil de la oficina del juez ha asumido la investigación en sustitución del cazador, así que a partir de ahora él os dirigirá en las pesquisas. Actualmente no se encuentra en la ciudad, pero me ha dejado instrucciones para vosotros. Quiere un resumen por escrito de todo lo que habéis visto u oído en vuestro viaje a Raumar, así como una descripción y perfil de las personas con las que habéis hablado. Tiene previsto regresar dentro de dos días, por lo que os ruego diligencia en este cometido para que esté listo en cuanto llegue.

Bajrein y Lunder se miraron con expresión de extrañeza. La misión no hacía más que complicarse a cada paso, a medida que se sucedían contratiempos e infortunios inesperados. Era, sin duda, su trabajo más particular de todos cuanto habían aceptado desde la formación del grupo de Math. Lo suyo era el trabajo sobre el terreno: averiguar el paradero de la presa, darle caza y capturarla. Ahora se les pedía que elaboraran un informe. ¿Qué se creía aquel alguacilucho? ¿Acaso pensaba que eran vulgares pisaverdes de oficina? A Lunder no le apetecía lo más mínimo ponerse a escribir. Y Bajrein ni siquiera sabía hacerlo bien.

- ¿Algún problema?

El oficial había empezado a impacientarse, pero Lunder no dejó que su apremio fuera a más.

- La conclusión del resumen te la puedo contar ya. Vigilad mejor vuestros bosques.

- ¿Cómo?

- Lo que mi compañera quiere decir es que… un salvaje, como los llamáis, nos atacó cerca del camino, de vuelta a Stard.

- ¿Qué? ¿Estáis seguros de que era un salvaje?

- Segurísimos. Un bárbaro akayo que iba con nosotros lo confirmó.

En ese momento se intercambiaron los papeles. Mientras que los dos extranjeros estaban tranquilos, el capitán de la guarnición de Stard y su misterioso colega se habían quedado mudos ante la noticia. El primero empalideció ostentosamente, y el segundo, de tez demasiado blanca como para notarse algún cambio, mostraba su estupor abriendo un poco más de lo normal sus diminutos ojos negros.