De vuelta al
epicentro del horror
Bajrein y Lunder
llegaron a los pies de las murallas de Stard en plena nevada, la primera de
envergadura en ese frío otoño que hacía presagiar un crudo invierno. Aunque su
estado físico era lamentable después de tres días de viaje sin descanso, agravados
por las heridas sufridas a raíz del incidente en el bosque, a ambos aún les
quedaban fuerzas para sonreír ante la visión de la imponente ciudad fortaleza y
la expectativa de volver a disfrutar en breve de buena comida y una cama
caliente.
El ganziano ayudó a
su compañera a bajar de su montura justo después de cruzar el primer puente del
complejo sistema defensivo que protegía el enclave kulmeh. Pasado el rastrillo,
la vía que serpenteaba por la segunda muralla era demasiado empinada y estaba
demasiado nevada como para subirla a caballo, así que, para pesadilla de
Lunder, tuvieron que continuar a pie. Pocos minutos después, una familia de
campesinos que arrastraban una carreta pasó cerca de ellos, y cuando vieron la
cojera de la nesudia, se ofrecieron de inmediato para cargarla sobre el
vehículo y llevarla hasta la ciudad. Ella, como siempre, se negó en un
principio, pero finalmente no tuvo más remedio que aparcar su orgullo y dejarse
ayudar. Pocos minutos después, la pendiente era tan pronunciada que el hombre
que tiraba de la carreta tenía serias dificultades para mantener el ritmo de
los demás. Bajrein se dio cuenta enseguida, y sin consultarlo se situó detrás y
empujó para ayudarlo.
Después de cruzar
tres puentes y de pasar bajo los amenazantes pinchos de dos rastrillos más,
Bajrein y Lunder se despidieron de la familia que los había acompañado durante
la ascensión y se dirigieron a la primera de las plazas circulares de Stard,
conocida popularmente como el Matadero por ser el escenario de una encarnizada
batalla contra los salvajes que consiguieron penetrar en la ciudad treinta años
antes. Desde allí tomaron la
Avenida de los Defensores, que atravesaba el barrio en
diagonal, hasta llegar al cuartel de la guardia, un edificio chato y macizo
rodeado por un pequeño foso.
Mientras cruzaban
uno de los interminables pasillos del fuerte, Bajrein propuso a su compañera
que lo esperara en la próxima sala, que no era necesario seguir forzando su
maltrecha rodilla, pero ella se mostró inflexible en su voluntad de acompañarlo
hasta la oficina del capitán. Éste no los hizo esperar demasiado; es más, por
su forma de recibirlos, casi podía decirse que los esperaba.
- Sentaos, por
favor-.
Los dos huéspedes se
dejaron caer pesadamente sobre los sillones. Era el primer asiento mínimamente
cómodo en el que se acomodaban desde hacía una semana.
- Veo que andas con
dificultad. ¿Podemos ayudarte?
- No es necesario,
gracias.
- Avisa al
practicante.
Lunder sabía que era
inútil contradecir a un oficial, así que no dijo nada más. Obedeciendo la orden
de su superior, un guardia abandonó la sala y fue en busca del cirujano.
- Tenemos que hablar
con el cazador Krierc. Cuanto antes- dijo Bajrein.
- Me temo que esto
no va a ser posible. El cazador no se encuentra en la ciudad.
- ¿Y dónde está?
- En una fortaleza a
los pies del Nirian, a un día de viaje al galope desde aquí.
- Entonces partiré
hacia ese lugar mañana mismo, en cuanto me haya recuperado del viaje.
- No serviría de
nada. El cazador se encuentra actualmente… indispuesto. Os sería imposible
comunicaros con él. Pero cualquier cosa que tengáis que informarle, podéis
comunicármelo a mí, y yo pasaré parte a las personas adecuadas.
Bajrein y Lunder se
miraron con expresión atónita, no sólo por la información que acababan de
recibir, sino también por la curiosa manera que tenía el capitán de
transmitirla. ¿Cómo podía decir que el cazador estaba “indispuesto” y pasar
inmediatamente a otro tema, sin dar más detalles?
- ¿Se puede saber
qué le ha pasado a Krierc?- preguntó Lunder, con un tono rozando a lo impropio
teniendo en cuenta la condición noble de la persona a la que se dirigía.
- No puedo
facilitaros este dato.
- Tenemos
instrucciones de hablar personalmente con el cazador. Comprenderás que no
queremos transgredir esa orden así, sin más-, añadió Bajrein con intención
conciliadora.
- Y yo tengo
instrucciones de hablar personalmente con vuestro jefe, Math. Por cierto,
¿dónde está?
- Se ha quedado en
la bahía para completar las pesquisas. Nos ha enviado para informar a Krierc de
todo lo que hemos averiguado hasta ahora.
El capitán de la
guardia miró por encima del hombro a otra persona que estaba sentada detrás, un
hombre delgado y pálido que hasta ese momento había pasado desapercibido.
Después de mover la cabeza en señal de aprobación, el oficial volvió su atención
a los recién llegados.
- Haremos un trato.
Vosotros me contáis lo que sabéis, y yo es revelo la situación del cazador.
Luego tomareis un baño, comeréis y descansareis en las habitaciones que os
hemos reservado, cortesía del barón.
- ¿Por qué no lo hacemos
al revés?- protestó Lunder.
- Da igual. Lo que
sabemos es tan poco que no merece ser convertido en moneda de cambio-. Bajrein
no tenía intención de discutir.
- Adelante, pues.
- Íbamos en busca de
un sometido llamado Urich du Sidma’il. La oficina de justicia de Raumar nos
mostró las actas del juicio que lo procesó. Conclusión: está muerto y
enterrado.
- Bueno, más bien
diría quemado y sumergido- añadió ella.
- Sí. Lanzaron el
cadáver carbonizado al mar junto con todo lo que llevaba.
Al pronunciar estas
palabras, Bajrein y Lunder notaron un brillo inquietante en los pequeños ojos
del escuálido hombre que estaba detrás del capitán. Éste volvió a buscar su
consentimiento antes de hablar.
- Ahora me toca
informar a mí. El cazador fue atacado por un asesino. Sobrevivió, pero ahora
está paralizado de cuerpo y mente. No atiende a estímulos externos, ni tampoco
come o bebe.
- ¿Y a qué puede ser
debido? ¿Veneno?
- Eso creíamos, ya
que el sicario, antes de ser reducido, consiguió infligirle una profunda herida
con su daga.
- ¿Y entonces?- por
primera vez desde que empezó la conversación, Bajrein estaba visiblemente
inquieto.
- Al parecer, Krierc
ha recibido… la visita del Siegmoné.
Y se hizo el
silencio. Lunder no entendía el significado de aquella frase, pero a juzgar por
el sobresalto de su compañero, supo que se trataba de algo grave. No era
ninguna novedad: cada vez que alguien pronunciaba ese misterioso nombre, los
demás, o se callaban o se ponían nerviosos.
Bajrein, por su
parte, estaba en estado de shock. Su mente era incapaz de coordinar una
respuesta, o cualquier otro tipo de reacción. Al contrario de la nesudia, sabía
perfectamente a qué se refería el capitán. Él mismo había sido testigo de una
visita muchos años atrás, cuando era un niño. Y jamás había conseguido
sobreponerse del todo a ese horroroso recuerdo.
Ante la parálisis de
su interlocutor, el capitán prosiguió.
- El alguacil de la
oficina del juez ha asumido la investigación en sustitución del cazador, así
que a partir de ahora él os dirigirá en las pesquisas. Actualmente no se
encuentra en la ciudad, pero me ha dejado instrucciones para vosotros. Quiere
un resumen por escrito de todo lo que habéis visto u oído en vuestro viaje a
Raumar, así como una descripción y perfil de las personas con las que habéis
hablado. Tiene previsto regresar dentro de dos días, por lo que os ruego
diligencia en este cometido para que esté listo en cuanto llegue.
Bajrein y Lunder se
miraron con expresión de extrañeza. La misión no hacía más que complicarse a
cada paso, a medida que se sucedían contratiempos e infortunios inesperados.
Era, sin duda, su trabajo más particular de todos cuanto habían aceptado desde
la formación del grupo de Math. Lo suyo era el trabajo sobre el terreno:
averiguar el paradero de la presa, darle caza y capturarla. Ahora se les pedía
que elaboraran un informe. ¿Qué se creía aquel alguacilucho? ¿Acaso pensaba que
eran vulgares pisaverdes de oficina? A Lunder no le apetecía lo más mínimo
ponerse a escribir. Y Bajrein ni siquiera sabía hacerlo bien.
- ¿Algún problema?
El oficial había
empezado a impacientarse, pero Lunder no dejó que su apremio fuera a más.
- La conclusión del
resumen te la puedo contar ya. Vigilad mejor vuestros bosques.
- ¿Cómo?
- Lo que mi
compañera quiere decir es que… un salvaje, como los llamáis, nos atacó cerca
del camino, de vuelta a Stard.
- ¿Qué? ¿Estáis
seguros de que era un salvaje?
- Segurísimos. Un
bárbaro akayo que iba con nosotros lo confirmó.
En ese momento se
intercambiaron los papeles. Mientras que los dos extranjeros estaban
tranquilos, el capitán de la guarnición de Stard y su misterioso colega se
habían quedado mudos ante la noticia. El primero empalideció ostentosamente, y
el segundo, de tez demasiado blanca como para notarse algún cambio, mostraba su
estupor abriendo un poco más de lo normal sus diminutos ojos negros.