En busca del
hombre muerto
Pasado el peligro,
Math pensó en su siguiente paso. Lo primero que tenía que averiguar era el
paradero de Musba’in. ¿Había logrado cruzar la muralla? ¿Lo habían atrapado o
todavía estaba escondiéndose por las calles de Raumar? A falta de un plan
mejor, se dirigió al claro donde había despedido a Bajrein y Lunder por la
mañana.
En vez de tomar el
camino de la ciudad, Math decidió que era más prudente avanzar a través de los
campos que lo bordeaban. Dejó atrás varios establos y granjas, hasta llegar a
la linde del bosque. Bajo las copas de los árboles, la escasa luz del atardecer
se hacía aún más tenebrosa. La temperatura descendía rápidamente.
Cuando alcanzó el
claro, lo primero que vio fueron los caballos atados a un tronco caído. Al
menos algo, ese día, no había ido del todo mal. Nadie los había robado.
De Musba’in, en
cambio, no había ni rastro, y ante su ausencia Math no sabía qué pensar. Bien
era cierto que el medio namirio había demostrado su valía en ocasiones tan o
más delicadas que aquella, pero siempre había una primera vez para fallar. Math
confiaba plenamente en sus recursos, pero sabía que era humano, que no todo le
saldría bien siempre. De forma instintiva, reflexionó en su ambigua relación
con él, siempre caracterizada por la alternancia entre la complacencia y el
enojo, en sus virtudes, que las tenía, y solían ser decisivas, y en sus
insufribles defectos, tan nefastos para el mantenimiento de la cohesión interna
del grupo. Todavía era pronto para valorar hasta qué punto se resentiría el
equipo o la misión con su pérdida. No quería pensar en ello, pero tenía que
estar preparado para lo peor…
- Hola jefe.
Musba’in apareció
por detrás con aspecto tranquilo y risueño. Cuando Math se giró, lo primero que
percibió fue su inconfundible expresión de autocomplacencia.
- Lo conseguiste.
- Por supuesto. ¿Lo
dudabas?
- No. Claro que no.
Math señaló hacia el
este, en dirección a Raumar.
- Parece que nuestra
aventura en esa putrefacta ciudad ha terminado.
- Espero que para
siempre. Qué asco de lugar.
- Pues nada. Hora de
volver a Stard. Con las manos vacías.
- No tan vacías.
Tengo información.
- ¿Qué es?
- Tenemos que
visitar a… Qans lan Murh, en Ladania. Él nos lo contará todo acerca de Uric.
- ¿Y cómo demonios sabes eso?
- El namirio de la
cicatriz. Se volvió a cruzar en mi camino, y me lo dijo. Resulta que el tío no
es nuestro enemigo.
- ¿A no? Y quién se
supone que es, ¿nuestro ángel de la guarda?
- De momento, lo
único que sé es que él es la única persona de Raumar que nos ha sido un poco
útil, aparte de ser una de las pocas que no nos ha intentado matar.
- Creía que
sospechabas de él. Que pensabas que estaba involucrado en los intentos de
asesinato que hemos sufrido.
- Este tema ya está
resuelto. Por cierto, ¿como supiste lo del veneno?
- Primero lo intuí.
Luego Ezzad lo confirmó.
- Bueno. Bendita sea
tu intuición.
Math se tomó un
respiro para asumir toda la información y ordenar sus ideas.
- Bien. ¿Dónde cae
Ladania?
- Es una aldea
costera cerca de Istiamar.
- Pues vamos para
allá.
Musba’in no podía
creérselo. ¿Es que a ese hombre nunca se le acababa la energía?
- Espera jefe,
espera. ¿No sería mejor dormir un poco y empezar ya mañana, un poco más
frescos? Estoy que no me aguanto.
- Bastante retraso
llevamos…
- Normal. Las cosas
no han salido como esperábamos, pero no es culpa nuestra. Un descanso no nos
irá nada mal.
- Tú ganas. Vamos a
buscar un sitio mejor.
Cogieron las riendas
de sus caballos y anduvieron en dirección al este, hacia la Bahía de Valar. Justo
después de abandonar el bosque encontraron una torre en ruinas que antaño había
servido, seguramente, como puesto de vigilancia. Les pareció un buen lugar para
acampar.
- A caballo
tardaremos demasiado- dijo Math, tras la hoguera. Se habían instalado en el
piso inferior de la atalaya, el único que conservaba las cuatro paredes. Aún
así, el frío nocturno que se colaba por todos los rincones era tan molesto
dentro como en el exterior, a la intemperie.
- ¿Entonces cómo lo
hacemos?- Musba’in, tumbado al otro lado de la hoguera, observó la enorme y
titubeante sombra que su compañero proyectaba en el muro de la torre.
- Iremos en barco.
Tiene que haber un embarcadero cerca de Raumar.
- No sé yo si me
gusta la idea. Pero qué más da. Buenas noches, jefe.
- Buenas noches.
…
Pocas horas después,
cuando ni siquiera había amanecido, Math y Musba’in cabalgaban a través de los
campos en dirección a la bahía. El trayecto se les hizo un poco más largo a
causa del rodeo que tuvieron que dar para evitar las inmediaciones de Raumar.
Ninguno de los dos tenía ningún interés en volver a acercarse a esa ciudad.
Llegaron a los
acantilados de la bahía acompañados por los primeros rayos de luz que
despuntaban en el horizonte. No había ningún camino que siguiera la costa y el
terreno era demasiado rocoso y abrupto para el paso de los caballos, así que se
vieron obligados a desmontar y continuar a pie. Al menos, podían deleitarse con
el hermoso paisaje que se extendía a su alrededor. A su derecha, las brillantes
aguas de la bahía se mecían a un ritmo pausado y monótono que transmitía una
gran sensación de paz y tranquilidad. A su izquierda, en el lejano sur, los
picos nevados de los Altos Dominios se alzaban majestuosos entre las nubes, tan
imponentes como siempre.
El terreno empezó a
descender. Un poco más adelante, los barrancos daban paso a formaciones rocosas
más bajas, y éstas fueron desapareciendo hasta fundirse con una ensenada de
forma circular. En su centro, tal y como Math había supuesto, se encontraba un
embarcadero protegido por una escollera.
En los muelles, los
mozos cargaban mercancías de un lado para otro mientras los capataces no
dejaban de gritar y dar instrucciones. Por su parte, los grumetes que
trajinaban sobre las cubiertas hacían que la actividad en los barcos fondeados
en el puerto no fuera menos frenética. Math y Musba’in recorrieron los andenes
en busca de una embarcación que zarpara pronto hacia Istiamar. Encontraron una
balandra que partía después del mediodía; Math consiguió un buen precio por el
pasaje, pero no logró adelantar la salida, como era su intención. Para amenizar
la espera, compraron pescado ahumado y lo comieron a modo de desayuno tardío.
Embarcaron a la hora
fijada, pero finalmente zarparon con retraso. El barco estaba destinado al
transporte de mercaderías y a las labores de pesca, así que ni era cómodo ni
estaba preparado para alojar pasaje. Math y Musba’in tuvieron que compartir un
solo camastro en el rincón más estrecho de la bodega, un agujero húmedo e
insalubre que apestaba a pescado y vino. No sería el viaje más agradable del
mundo, pero podían darse por satisfechos teniendo en cuenta la rapidez con que
habían encontrado un medio para viajar a su destino. Incluso conservaban los
caballos, gracias a que la taberna del embarcadero disponía de caballerizas y a
que su propietario había aceptado guardarlos por varios días a cambio de la correspondiente
remuneración.
Durante toda la
tarde el viento sopló a favor, por lo que la nave avanzó rápidamente. Pero al anochecer, el tiempo cambió. Las
rachas se volvieron más violentas e irregulares y el mar se embraveció,
haciendo la navegación en paralelo a la escarpada costa de la bahía más lenta y
difícil. Math apenas pudo dormir a causa del mareo y el malestar general. Era
un hombre de tierra firme, nada acostumbrado a las penalidades del mar.
Musba’in, con más experiencia marinera a sus espaldas, lo llevó mejor, pero al
igual que su compañero prefirió no comer nada para no vomitar.
Al siguiente día, la
tormenta de dispersó y volvió la calma. El capitán les informó que si todo iba
bien llegarían a Istiamar hacia el mediodía. Cuando Musba’in mencionó Ladania
por casualidad, el jefe del barco les dijo que si su destino era aquella
población les salía más a cuenta apearse en una aldea pesquera situada a media
jornada de viaje de la capital. Desde ella, Ladania quedaba mucho más cerca. A
Math le pareció bien la idea.
Sin más
complicaciones, la balandra los dejó en el muelle de la aldea y prosiguió su
viaje. Los dos compañeros, todavía mareados y desorientados, pero sobre todo
hambrientos, buscaron una taberna en la que relajarse. Mientras cruzaban las
empinadas calles, observaron que el ambiente rural de la región era muy
diferente al que habían conocido y sufrido en Raumar. Aquí la gente parecía más
amable y sincera, o como mínimo menos amenazante. A nivel social, se respiraba
un mayor conservadurismo. La vertiente sur de la bahía era de clara mayoría
kulmeh, y en consecuencia el basudismo estaba mucho más arraigado. En los pocos
centenares de metros que recorrieron pasaron por delante de al menos dos
kenisas y un oratorio exterior. Eran edificios de piedra gris pequeños y sin
florituras artísticas en sus fachadas, nada que ver con los grandes templos de
Kulm, pero su número era buena prueba de que la fe estaba muy presente en la
vida de los aldeanos, mucho más, por supuesto, que en la libertina Raumar.
Math quiso entrar en
una de las kenisas y ofrecer sus oraciones; después de varios días seguidos sin
poder hacerlo, sentía la necesidad de rezar. Pero antes tenía que atender una
urgencia más inmediata: su estómago revuelto lo amenazaba con el desfallecimiento
si no lo llenaba con algo.
Cuando entraron en
una fonda, aún no había podido quitarse la sensación de que su cuerpo se mecía
al ritmo del oleaje, como si siguiera a bordo de la balandra. Su malestar
contrastaba claramente con la vitalidad que mostraba Musba’in. Al observarlo
mientras se dirigía a la mesa, envidió su resistencia juvenil.
El tabernero les
ofreció todo tipo de pescados, ostras, cangrejos y demás productos del mar,
pero Math los rechazó. No quería comer algo a lo que no estaba acostumbrado y
que le sentara mal, agravando de esta manera su delicado estado. En vez de eso,
pidió pan con miel con la esperanza de que las famosas propiedades medicinales
del néctar lo ayudaran.
Musba’in, en cambio,
no se cortó. Para satisfacción del propietario, que parecía empeñado en
mostrarles sus dotes de buen cocinero de mariscos, pidió un plato de langostas
y cangrejos cocidos al ajo y adobados con vinagreta.
Al ver como Musba’in
engullía los crustáceos, a Math le entraron ganas de vomitar. Ciertamente,
aquellos bichos, aparte de feos y hediondos, eran de mal comer: cada vez que su
compañero se llevaba una cola o un caparazón a la boca para chupar la salsa que
había en su interior, parte de ella se le escurría por la mano y el brazo.
Musba’in parecía deleitarse con el manjar, pero a Math le parecía asqueroso.
Suerte que la miel hizo efecto rápidamente, y enseguida se sintió mejor.
Reconfortados, cada
uno a su manera, por el almuerzo, abandonaron la fonda y se dirigieron a una de
las calles por las que habían pasado antes. Math se detuvo ante una kenisa y
llamó a la puerta golpeando suavemente la aldaba. A los pocos segundos, un
anciano ataviado con el hábito de la orden local abrió y saludó a los
forasteros. Math le pidió paso para rezar, y el encapuchado diácono le dijo
amablemente que era bienvenido en la casa de Esud, pero que antes tenía que
desprenderse de sus armas.
- Yo te las guardo.
No tengo ninguna intención de entrar ahí.
Math dio su espada,
su daga y su pistola a Musba’in y accedió al templo. El anciano cerró la puerta
tras él, no sin antes mirar con expresión poco amigable al que se quedó fuera.
Después de realizar
la ablución en la pila, el kulmeniano se sentó en uno de los bancos, cogió un
libro de oraciones y buscó las más adecuadas para el momento, concretamente la
del viajero y la del buen destino. Luego se arrodilló, alzó sus manos, e
imploró a Esud apelando a la intercesión de su Heraldo, Basud. Algunos
fragmentos de su súplica sonaron más altos, y el diácono, que llevaba a cabo labores
de mantenimiento cerca, los oyó. Cuando vio que Math terminó, se sentó a su
lado y lo saludó de nuevo.
- Eres de la bendita
Kulm, ¿verdad?
- Así es, venerable
siervo de Esud.
- Últimamente oigo
mucho acento kulmeniano por la región.
- Creía que no
éramos bienvenidos aquí.
- Ha pasado mucho
tiempo desde la guerra, y pocos se acuerdan. La gente de la bahía se olvida de
sus enemigos con mucha facilidad. Casi tan rápido como de sus amigos.
- Estuve en Raumar
hace dos días. Efectivamente, no me pareció una ciudad muy hospitalaria.
- Es una calamidad.
Desde el fracaso del intento de restablecimiento del Gran Kulm, las cosas no
han dejado de ir a peor. El vicio y la inmoralidad se extienden sin freno, a la
par que la miseria y la injusticia.
- ¿Tan mal está la
situación?
- Te lo digo yo,
hijo, que he visto mucho. Viví la mitad de mis años bajo el dominio del Cuervo,
que Esud lo maldiga, y te aseguro que ni en esos tiempos la perversión estaba
tan generalizada. Al menos, las kenisas se llenaban y los jóvenes mostraban
interés por las escrituras. Ahora sólo hay irreverencia y menosprecio a la Sagrada Ley.
- Mi padre participó
en el asedio a Raumar. Me contó que los sometidos destruyeron todas las kenisas
de la ciudad.
- Sí, es cierto. Lo
hicieron como represalia porque los patriarcas de la ciudad habían intentado
sublevar al pueblo contra ellos. Pero en esta región de la bahía nos dejaron en
paz, siempre que no nos metiésemos en sus asuntos.
Math quedó
sorprendido ante la franqueza del anciano diácono. Sabía que no era su
intención defender el régimen pagano de los Tal’imran, sino que más bien estaba
intentando expresar una conocida máxima de la naturaleza humana: aquella que
establece que las personas se aferran tan pronto a un ideal inalcanzable como luego
se olvidan de él cuando pasa a estar al alcance de la mano.
En tiempos de los
qarmatas, el basudismo, la religión mayoritaria entre los kulmeh, no estaba
prohibido ni perseguido, pero sí supeditado al control hegemónico del Cuervo.
Los aspectos puramente espirituales de esta confesión nacida a partir de la
predicación del profeta nesudio Basud apenas se vieron alteraros por la
irrupción del dominio de la
Dinastía Púrpura , así que los fieles pudieron seguir rezando,
ayunando, peregrinando y realizando los sacrificios y abluciones rituales. En
este sentido, cabe resaltar que los qarmatas, si bien trajeron su propia y
particular fe a Gottenmorth, jamás la impusieron a los demás pueblos. Es más,
se podría decir que incluso se esforzaron para ocultar sus doctrinas y
prácticas, de manera que muy poca gente llegó a conocerla demasiado.
Lo que sí quedó
seriamente mermado fueron las implicaciones políticas y jurídicas del
basudismo, aquellas que trascendían el ámbito del alma para inmiscuirse de
lleno en el gobierno del cuerpo. Así, por ejemplo, tradicionalmente habían sido
los patriarcas los que determinaban la legitimidad de una coronación o una
sucesión en el seno de una familia nobiliaria; si el aspirante o sucesor
recibía la aprobación del clero, podía tomar las riendas del poder. Si no era
así, su autoridad se consideraba ilegítima, por lo que la comunidad de
creyentes estaba exenta de rendirle tributo. En la práctica, esta disposición
convertía el ejercicio del poder por parte del noble desacreditado en una
empresa prácticamente imposible; los casos en los que un señor feudal pudo
gobernar de espaldas al Canon Basudio durante un tiempo prolongado fueron
realmente escasos.
Por su parte, el
sistema judicial también estaba profundamente impregnado por la influencia de
la religión. Los jueces sólo podían ser designados por un señor legítimo, y la
única jurisprudencia en la que podían basarse era la contenida en los corpus de
Doctrina del Canon. De esta manera, nadie podía librarse de la Sagrada Ley , la única
norma verdadera tanto en lo penal como en lo civil.
Todo este sistema se
vio resquebrajado con la llegada de los Tal’imran y el sometimiento del Gotten
Law, la patria de los kulmeh, a su autoridad. A partir de ese momento, por lo
que respecta al primer punto, el Cuervo se convirtió en la nueva y única fuente
de legitimidad a expensas del Canon: la idoneidad o validez de un príncipe la
decidía el señor de Justicia del Siegmoné y no el clero basudio. En cuanto a la
administración de la justicia, se mantuvo la aplicación de la Sagrada Ley , pero sólo
para quien la escogía voluntariamente: cualquiera que quisiera evitarla, podía
hacerlo acogiéndose a la
Exención. Como consecuencia de ello, la ley religiosa pasaba
de ser la norma única a ser sólo una opción. Esud, el Dios Único de los kulmeh
y los nesudios, perdía su condición de regente absoluto y máximo legislador.
Ante este recorte de
su influencia y poder, no es de extrañar que el Canon Basudio, la institución a
agrupaba en su seno a la mayor parte del clero y los fieles basudios, fuera el
principal foco de oposición a los Tal’imran durante la mayor parte de su
reinado. Cuando los namirios se empezaron a organizar en la isla de Qeynah y
emprendieran sus primeras campañas contra el régimen de Justicia de Siegmoné,
los patriarcas del Canon ya hacía tiempo que luchaban contra su dominio en el
único terreno donde podían competir, que era el de las ideas y la conciencia. A
ellos se debe el mantenimiento del sentimiento identitario kulmeh durante ocho
siglos de gobierno extranjero, sin el cual el primer pueblo civilizado en
llegar a Gottenmorth hubiera perdido su cohesión interna, su solidaridad
comunitaria y su anhelo de independencia y autogobierno, como les sucedió a los
bárbaros autóctonos del continente siglos atrás. El Gotten Law, entendido como
nación eterna de todos los kulmeh, ya existía mucho antes de la predicación del
profeta Basud y la posterior fundación del Canon, pero su concepto como
realidad política, social y cultural había permanecido intacto sólo gracias a
la labor de la institución. O al menos, esa era la creencia compartida por la
mayoría de los kulmeh y el discurso oficial de los patriarcas.
- En Kulm las cosas
no son muy diferentes. La mayoría de los jóvenes no tienen ni idea de la
ingente labor del Canon en beneficio de nuestro pueblo, y sus padres ni
siquiera se molestan en recordárselo- Math, con estas palabras, quiso acompañar
al religioso en sus reflexiones. Sentía sus temores como propios, porque su
experiencia vital era parecida. Su vana lucha en la Guerra por el
Restablecimiento del Gran Kulm, perdida como consecuencia de la traición de los
separatistas kulmeh que se aliaron con los namirios, le dolía tanto como al
diácono la falta de fe de los jóvenes.
- Se avecinan
tiempos oscuros para la religión y la nación. Ganamos la guerra, pero perdimos
la paz. Que Esud nos ampare.
- Que así sea.
Ambos se quedaron en
silencio, hasta que Math advirtió que el tiempo corría en su contra.
- Tengo que
proseguir mi viaje. Rezaré a Esud por nuestros hermanos en la bahía.
- Que la luz del
Dios de Luz te guíe, hijo. Y que tus oraciones sean escuchadas.
Math salió de la
kenisa y dobló a la derecha. A pocos metros encontró a Musba’in, sentado en el
umbral de un portón, mientras afilaba su daga. Al verlo llegar, el
medio-namirio aparcó su actividad y se levantó.
- Has tardado un
rato.
- Estaba poniéndome
al día sobre la realidad local-. Musba’in no era el mejor interlocutor posible
para una conversación sobre política o religión, así que no valía la pena entrar
en detalles. De hecho, era inútil intentar tratar con él cualquier tipo de tema
serio, incluso aquellos que lo afectaban directamente. Su desinterés y
despreocupación por todo podían llegar a ser exasperantes.
- Si tu informante
era un diácono, no te creas demasiado. Todo les parece mal.
- Quizá sea porque
todo está mal. No sé cómo lo verás tú, pero el mundo que yo he conocido se
desmorona. Lo que nos ha pasado en Raumar es un buen ejemplo de ello.
- No te lo tomes
así. Si hubiéramos ido a Raumar con la intención de cometer algún acto ilegal,
seguro que nos hubiera ido mucho mejor. El mundo es bueno, pero hay que ser
malo para verlo así. Si sólo ves maldad en tu entorno, sé tú más malvado y todo
a tu alrededor se convertirá en benigno.
Resignado ante la
vacuidad moral de su compañero, Math dio por concluida la cuestión sin
replicar. Era inútil.
- Vamos a buscar a
alguien que nos lleve a Ladania. Tengo ganas de terminar con esto de una vez.