Parte I. Capítulo 22.


En busca del hombre muerto



Pasado el peligro, Math pensó en su siguiente paso. Lo primero que tenía que averiguar era el paradero de Musba’in. ¿Había logrado cruzar la muralla? ¿Lo habían atrapado o todavía estaba escondiéndose por las calles de Raumar? A falta de un plan mejor, se dirigió al claro donde había despedido a Bajrein y Lunder por la mañana.

En vez de tomar el camino de la ciudad, Math decidió que era más prudente avanzar a través de los campos que lo bordeaban. Dejó atrás varios establos y granjas, hasta llegar a la linde del bosque. Bajo las copas de los árboles, la escasa luz del atardecer se hacía aún más tenebrosa. La temperatura descendía rápidamente.

Cuando alcanzó el claro, lo primero que vio fueron los caballos atados a un tronco caído. Al menos algo, ese día, no había ido del todo mal. Nadie los había robado.

De Musba’in, en cambio, no había ni rastro, y ante su ausencia Math no sabía qué pensar. Bien era cierto que el medio namirio había demostrado su valía en ocasiones tan o más delicadas que aquella, pero siempre había una primera vez para fallar. Math confiaba plenamente en sus recursos, pero sabía que era humano, que no todo le saldría bien siempre. De forma instintiva, reflexionó en su ambigua relación con él, siempre caracterizada por la alternancia entre la complacencia y el enojo, en sus virtudes, que las tenía, y solían ser decisivas, y en sus insufribles defectos, tan nefastos para el mantenimiento de la cohesión interna del grupo. Todavía era pronto para valorar hasta qué punto se resentiría el equipo o la misión con su pérdida. No quería pensar en ello, pero tenía que estar preparado para lo peor…

- Hola jefe.

Musba’in apareció por detrás con aspecto tranquilo y risueño. Cuando Math se giró, lo primero que percibió fue su inconfundible expresión de autocomplacencia.

- Lo conseguiste.

- Por supuesto. ¿Lo dudabas?

- No. Claro que no.

Math señaló hacia el este, en dirección a Raumar.

- Parece que nuestra aventura en esa putrefacta ciudad ha terminado.

- Espero que para siempre. Qué asco de lugar.

- Pues nada. Hora de volver a Stard. Con las manos vacías.

- No tan vacías. Tengo información.

- ¿Qué es?

- Tenemos que visitar a… Qans lan Murh, en Ladania. Él nos lo contará todo acerca de Uric.

-  ¿Y cómo demonios sabes eso?

- El namirio de la cicatriz. Se volvió a cruzar en mi camino, y me lo dijo. Resulta que el tío no es nuestro enemigo.

- ¿A no? Y quién se supone que es, ¿nuestro ángel de la guarda?

- De momento, lo único que sé es que él es la única persona de Raumar que nos ha sido un poco útil, aparte de ser una de las pocas que no nos ha intentado matar.

- Creía que sospechabas de él. Que pensabas que estaba involucrado en los intentos de asesinato que hemos sufrido.

- Este tema ya está resuelto. Por cierto, ¿como supiste lo del veneno?

- Primero lo intuí. Luego Ezzad lo confirmó. 

- Bueno. Bendita sea tu intuición.

Math se tomó un respiro para asumir toda la información y ordenar sus ideas.

- Bien. ¿Dónde cae Ladania?

- Es una aldea costera cerca de Istiamar.

- Pues vamos para allá.

Musba’in no podía creérselo. ¿Es que a ese hombre nunca se le acababa la energía?

- Espera jefe, espera. ¿No sería mejor dormir un poco y empezar ya mañana, un poco más frescos? Estoy que no me aguanto.

- Bastante retraso llevamos…

- Normal. Las cosas no han salido como esperábamos, pero no es culpa nuestra. Un descanso no nos irá nada mal.

- Tú ganas. Vamos a buscar un sitio mejor.

Cogieron las riendas de sus caballos y anduvieron en dirección al este, hacia la Bahía de Valar. Justo después de abandonar el bosque encontraron una torre en ruinas que antaño había servido, seguramente, como puesto de vigilancia. Les pareció un buen lugar para acampar.

- A caballo tardaremos demasiado- dijo Math, tras la hoguera. Se habían instalado en el piso inferior de la atalaya, el único que conservaba las cuatro paredes. Aún así, el frío nocturno que se colaba por todos los rincones era tan molesto dentro como en el exterior, a la intemperie.

- ¿Entonces cómo lo hacemos?- Musba’in, tumbado al otro lado de la hoguera, observó la enorme y titubeante sombra que su compañero proyectaba en el muro de la torre.

- Iremos en barco. Tiene que haber un embarcadero cerca de Raumar.

- No sé yo si me gusta la idea. Pero qué más da. Buenas noches, jefe.

- Buenas noches.






Pocas horas después, cuando ni siquiera había amanecido, Math y Musba’in cabalgaban a través de los campos en dirección a la bahía. El trayecto se les hizo un poco más largo a causa del rodeo que tuvieron que dar para evitar las inmediaciones de Raumar. Ninguno de los dos tenía ningún interés en volver a acercarse a esa ciudad.

Llegaron a los acantilados de la bahía acompañados por los primeros rayos de luz que despuntaban en el horizonte. No había ningún camino que siguiera la costa y el terreno era demasiado rocoso y abrupto para el paso de los caballos, así que se vieron obligados a desmontar y continuar a pie. Al menos, podían deleitarse con el hermoso paisaje que se extendía a su alrededor. A su derecha, las brillantes aguas de la bahía se mecían a un ritmo pausado y monótono que transmitía una gran sensación de paz y tranquilidad. A su izquierda, en el lejano sur, los picos nevados de los Altos Dominios se alzaban majestuosos entre las nubes, tan imponentes como siempre.

El terreno empezó a descender. Un poco más adelante, los barrancos daban paso a formaciones rocosas más bajas, y éstas fueron desapareciendo hasta fundirse con una ensenada de forma circular. En su centro, tal y como Math había supuesto, se encontraba un embarcadero protegido por una escollera.

En los muelles, los mozos cargaban mercancías de un lado para otro mientras los capataces no dejaban de gritar y dar instrucciones. Por su parte, los grumetes que trajinaban sobre las cubiertas hacían que la actividad en los barcos fondeados en el puerto no fuera menos frenética. Math y Musba’in recorrieron los andenes en busca de una embarcación que zarpara pronto hacia Istiamar. Encontraron una balandra que partía después del mediodía; Math consiguió un buen precio por el pasaje, pero no logró adelantar la salida, como era su intención. Para amenizar la espera, compraron pescado ahumado y lo comieron a modo de desayuno tardío.

Embarcaron a la hora fijada, pero finalmente zarparon con retraso. El barco estaba destinado al transporte de mercaderías y a las labores de pesca, así que ni era cómodo ni estaba preparado para alojar pasaje. Math y Musba’in tuvieron que compartir un solo camastro en el rincón más estrecho de la bodega, un agujero húmedo e insalubre que apestaba a pescado y vino. No sería el viaje más agradable del mundo, pero podían darse por satisfechos teniendo en cuenta la rapidez con que habían encontrado un medio para viajar a su destino. Incluso conservaban los caballos, gracias a que la taberna del embarcadero disponía de caballerizas y a que su propietario había aceptado guardarlos por varios días a cambio de la correspondiente remuneración.

Durante toda la tarde el viento sopló a favor, por lo que la nave avanzó rápidamente.  Pero al anochecer, el tiempo cambió. Las rachas se volvieron más violentas e irregulares y el mar se embraveció, haciendo la navegación en paralelo a la escarpada costa de la bahía más lenta y difícil. Math apenas pudo dormir a causa del mareo y el malestar general. Era un hombre de tierra firme, nada acostumbrado a las penalidades del mar. Musba’in, con más experiencia marinera a sus espaldas, lo llevó mejor, pero al igual que su compañero prefirió no comer nada para no vomitar.

Al siguiente día, la tormenta de dispersó y volvió la calma. El capitán les informó que si todo iba bien llegarían a Istiamar hacia el mediodía. Cuando Musba’in mencionó Ladania por casualidad, el jefe del barco les dijo que si su destino era aquella población les salía más a cuenta apearse en una aldea pesquera situada a media jornada de viaje de la capital. Desde ella, Ladania quedaba mucho más cerca. A Math le pareció bien la idea.

Sin más complicaciones, la balandra los dejó en el muelle de la aldea y prosiguió su viaje. Los dos compañeros, todavía mareados y desorientados, pero sobre todo hambrientos, buscaron una taberna en la que relajarse. Mientras cruzaban las empinadas calles, observaron que el ambiente rural de la región era muy diferente al que habían conocido y sufrido en Raumar. Aquí la gente parecía más amable y sincera, o como mínimo menos amenazante. A nivel social, se respiraba un mayor conservadurismo. La vertiente sur de la bahía era de clara mayoría kulmeh, y en consecuencia el basudismo estaba mucho más arraigado. En los pocos centenares de metros que recorrieron pasaron por delante de al menos dos kenisas y un oratorio exterior. Eran edificios de piedra gris pequeños y sin florituras artísticas en sus fachadas, nada que ver con los grandes templos de Kulm, pero su número era buena prueba de que la fe estaba muy presente en la vida de los aldeanos, mucho más, por supuesto, que en la libertina Raumar.

Math quiso entrar en una de las kenisas y ofrecer sus oraciones; después de varios días seguidos sin poder hacerlo, sentía la necesidad de rezar. Pero antes tenía que atender una urgencia más inmediata: su estómago revuelto lo amenazaba con el desfallecimiento si no lo llenaba con algo. 

Cuando entraron en una fonda, aún no había podido quitarse la sensación de que su cuerpo se mecía al ritmo del oleaje, como si siguiera a bordo de la balandra. Su malestar contrastaba claramente con la vitalidad que mostraba Musba’in. Al observarlo mientras se dirigía a la mesa, envidió su resistencia juvenil.

El tabernero les ofreció todo tipo de pescados, ostras, cangrejos y demás productos del mar, pero Math los rechazó. No quería comer algo a lo que no estaba acostumbrado y que le sentara mal, agravando de esta manera su delicado estado. En vez de eso, pidió pan con miel con la esperanza de que las famosas propiedades medicinales del néctar lo ayudaran.

Musba’in, en cambio, no se cortó. Para satisfacción del propietario, que parecía empeñado en mostrarles sus dotes de buen cocinero de mariscos, pidió un plato de langostas y cangrejos cocidos al ajo y adobados con vinagreta.

Al ver como Musba’in engullía los crustáceos, a Math le entraron ganas de vomitar. Ciertamente, aquellos bichos, aparte de feos y hediondos, eran de mal comer: cada vez que su compañero se llevaba una cola o un caparazón a la boca para chupar la salsa que había en su interior, parte de ella se le escurría por la mano y el brazo. Musba’in parecía deleitarse con el manjar, pero a Math le parecía asqueroso. Suerte que la miel hizo efecto rápidamente, y enseguida se sintió mejor. 

Reconfortados, cada uno a su manera, por el almuerzo, abandonaron la fonda y se dirigieron a una de las calles por las que habían pasado antes. Math se detuvo ante una kenisa y llamó a la puerta golpeando suavemente la aldaba. A los pocos segundos, un anciano ataviado con el hábito de la orden local abrió y saludó a los forasteros. Math le pidió paso para rezar, y el encapuchado diácono le dijo amablemente que era bienvenido en la casa de Esud, pero que antes tenía que desprenderse de sus armas.

- Yo te las guardo. No tengo ninguna intención de entrar ahí.

Math dio su espada, su daga y su pistola a Musba’in y accedió al templo. El anciano cerró la puerta tras él, no sin antes mirar con expresión poco amigable al que se quedó fuera.

Después de realizar la ablución en la pila, el kulmeniano se sentó en uno de los bancos, cogió un libro de oraciones y buscó las más adecuadas para el momento, concretamente la del viajero y la del buen destino. Luego se arrodilló, alzó sus manos, e imploró a Esud apelando a la intercesión de su Heraldo, Basud. Algunos fragmentos de su súplica sonaron más altos, y el diácono, que llevaba a cabo labores de mantenimiento cerca, los oyó. Cuando vio que Math terminó, se sentó a su lado y lo saludó de nuevo.

- Eres de la bendita Kulm, ¿verdad?

- Así es, venerable siervo de Esud.

- Últimamente oigo mucho acento kulmeniano por la región.

- Creía que no éramos bienvenidos aquí.

- Ha pasado mucho tiempo desde la guerra, y pocos se acuerdan. La gente de la bahía se olvida de sus enemigos con mucha facilidad. Casi tan rápido como de sus amigos.

- Estuve en Raumar hace dos días. Efectivamente, no me pareció una ciudad muy hospitalaria.

- Es una calamidad. Desde el fracaso del intento de restablecimiento del Gran Kulm, las cosas no han dejado de ir a peor. El vicio y la inmoralidad se extienden sin freno, a la par que la miseria y la injusticia.

- ¿Tan mal está la situación?

- Te lo digo yo, hijo, que he visto mucho. Viví la mitad de mis años bajo el dominio del Cuervo, que Esud lo maldiga, y te aseguro que ni en esos tiempos la perversión estaba tan generalizada. Al menos, las kenisas se llenaban y los jóvenes mostraban interés por las escrituras. Ahora sólo hay irreverencia y menosprecio a la Sagrada Ley.

- Mi padre participó en el asedio a Raumar. Me contó que los sometidos destruyeron todas las kenisas de la ciudad.

- Sí, es cierto. Lo hicieron como represalia porque los patriarcas de la ciudad habían intentado sublevar al pueblo contra ellos. Pero en esta región de la bahía nos dejaron en paz, siempre que no nos metiésemos en sus asuntos.

Math quedó sorprendido ante la franqueza del anciano diácono. Sabía que no era su intención defender el régimen pagano de los Tal’imran, sino que más bien estaba intentando expresar una conocida máxima de la naturaleza humana: aquella que establece que las personas se aferran tan pronto a un ideal inalcanzable como luego se olvidan de él cuando pasa a estar al alcance de la mano.  

En tiempos de los qarmatas, el basudismo, la religión mayoritaria entre los kulmeh, no estaba prohibido ni perseguido, pero sí supeditado al control hegemónico del Cuervo. Los aspectos puramente espirituales de esta confesión nacida a partir de la predicación del profeta nesudio Basud apenas se vieron alteraros por la irrupción del dominio de la Dinastía Púrpura, así que los fieles pudieron seguir rezando, ayunando, peregrinando y realizando los sacrificios y abluciones rituales. En este sentido, cabe resaltar que los qarmatas, si bien trajeron su propia y particular fe a Gottenmorth, jamás la impusieron a los demás pueblos. Es más, se podría decir que incluso se esforzaron para ocultar sus doctrinas y prácticas, de manera que muy poca gente llegó a conocerla demasiado.

Lo que sí quedó seriamente mermado fueron las implicaciones políticas y jurídicas del basudismo, aquellas que trascendían el ámbito del alma para inmiscuirse de lleno en el gobierno del cuerpo. Así, por ejemplo, tradicionalmente habían sido los patriarcas los que determinaban la legitimidad de una coronación o una sucesión en el seno de una familia nobiliaria; si el aspirante o sucesor recibía la aprobación del clero, podía tomar las riendas del poder. Si no era así, su autoridad se consideraba ilegítima, por lo que la comunidad de creyentes estaba exenta de rendirle tributo. En la práctica, esta disposición convertía el ejercicio del poder por parte del noble desacreditado en una empresa prácticamente imposible; los casos en los que un señor feudal pudo gobernar de espaldas al Canon Basudio durante un tiempo prolongado fueron realmente escasos.

Por su parte, el sistema judicial también estaba profundamente impregnado por la influencia de la religión. Los jueces sólo podían ser designados por un señor legítimo, y la única jurisprudencia en la que podían basarse era la contenida en los corpus de Doctrina del Canon. De esta manera, nadie podía librarse de la Sagrada Ley, la única norma verdadera tanto en lo penal como en lo civil.

Todo este sistema se vio resquebrajado con la llegada de los Tal’imran y el sometimiento del Gotten Law, la patria de los kulmeh, a su autoridad. A partir de ese momento, por lo que respecta al primer punto, el Cuervo se convirtió en la nueva y única fuente de legitimidad a expensas del Canon: la idoneidad o validez de un príncipe la decidía el señor de Justicia del Siegmoné y no el clero basudio. En cuanto a la administración de la justicia, se mantuvo la aplicación de la Sagrada Ley, pero sólo para quien la escogía voluntariamente: cualquiera que quisiera evitarla, podía hacerlo acogiéndose a la Exención. Como consecuencia de ello, la ley religiosa pasaba de ser la norma única a ser sólo una opción. Esud, el Dios Único de los kulmeh y los nesudios, perdía su condición de regente absoluto y máximo legislador.

Ante este recorte de su influencia y poder, no es de extrañar que el Canon Basudio, la institución a agrupaba en su seno a la mayor parte del clero y los fieles basudios, fuera el principal foco de oposición a los Tal’imran durante la mayor parte de su reinado. Cuando los namirios se empezaron a organizar en la isla de Qeynah y emprendieran sus primeras campañas contra el régimen de Justicia de Siegmoné, los patriarcas del Canon ya hacía tiempo que luchaban contra su dominio en el único terreno donde podían competir, que era el de las ideas y la conciencia. A ellos se debe el mantenimiento del sentimiento identitario kulmeh durante ocho siglos de gobierno extranjero, sin el cual el primer pueblo civilizado en llegar a Gottenmorth hubiera perdido su cohesión interna, su solidaridad comunitaria y su anhelo de independencia y autogobierno, como les sucedió a los bárbaros autóctonos del continente siglos atrás. El Gotten Law, entendido como nación eterna de todos los kulmeh, ya existía mucho antes de la predicación del profeta Basud y la posterior fundación del Canon, pero su concepto como realidad política, social y cultural había permanecido intacto sólo gracias a la labor de la institución. O al menos, esa era la creencia compartida por la mayoría de los kulmeh y el discurso oficial de los patriarcas.

- En Kulm las cosas no son muy diferentes. La mayoría de los jóvenes no tienen ni idea de la ingente labor del Canon en beneficio de nuestro pueblo, y sus padres ni siquiera se molestan en recordárselo- Math, con estas palabras, quiso acompañar al religioso en sus reflexiones. Sentía sus temores como propios, porque su experiencia vital era parecida. Su vana lucha en la Guerra por el Restablecimiento del Gran Kulm, perdida como consecuencia de la traición de los separatistas kulmeh que se aliaron con los namirios, le dolía tanto como al diácono la falta de fe de los jóvenes.

- Se avecinan tiempos oscuros para la religión y la nación. Ganamos la guerra, pero perdimos la paz. Que Esud nos ampare.

- Que así sea.

Ambos se quedaron en silencio, hasta que Math advirtió que el tiempo corría en su contra.

- Tengo que proseguir mi viaje. Rezaré a Esud por nuestros hermanos en la bahía.

- Que la luz del Dios de Luz te guíe, hijo. Y que tus oraciones sean escuchadas.

Math salió de la kenisa y dobló a la derecha. A pocos metros encontró a Musba’in, sentado en el umbral de un portón, mientras afilaba su daga. Al verlo llegar, el medio-namirio aparcó su actividad y se levantó.

- Has tardado un rato.

- Estaba poniéndome al día sobre la realidad local-. Musba’in no era el mejor interlocutor posible para una conversación sobre política o religión, así que no valía la pena entrar en detalles. De hecho, era inútil intentar tratar con él cualquier tipo de tema serio, incluso aquellos que lo afectaban directamente. Su desinterés y despreocupación por todo podían llegar a ser exasperantes.

- Si tu informante era un diácono, no te creas demasiado. Todo les parece mal.

- Quizá sea porque todo está mal. No sé cómo lo verás tú, pero el mundo que yo he conocido se desmorona. Lo que nos ha pasado en Raumar es un buen ejemplo de ello.

- No te lo tomes así. Si hubiéramos ido a Raumar con la intención de cometer algún acto ilegal, seguro que nos hubiera ido mucho mejor. El mundo es bueno, pero hay que ser malo para verlo así. Si sólo ves maldad en tu entorno, sé tú más malvado y todo a tu alrededor se convertirá en benigno. 

Resignado ante la vacuidad moral de su compañero, Math dio por concluida la cuestión sin replicar. Era inútil.

- Vamos a buscar a alguien que nos lleve a Ladania. Tengo ganas de terminar con esto de una vez.