Parte I. Capítulo 21.


Preparad el banquete



Después del desconcierto inicial, el alguacil se calmó, respiró hondo y empezó a hacerse preguntas. La única certeza que tenía era que el Siegmoné había intervenido, otra vez, en los asuntos de Gottenmorth; a fin de cuentas, nadie sueña con el Esencial sino es porque él así lo ha querido… 

En realidad, siempre lo supo. Después de la caída de los qarmatas, su pueblo protegido, todos creyeron que influencia del Siegmoné sobre el continente se había desvanecido definitivamente. La destrucción de la capital imperial que llevaba su nombre era buena prueba de ese fin de era, su última despedida antes de desaparecer para siempre.

Lo sucedido en los últimos siglos hacía presagiar ese escenario. Los primeros soberanos Tal’imran basaron su predominio enteramente en el poder del Siegmoné, hasta el punto de no tener que recurrir a medios humanos para asegurarse la obediencia de sus súbditos. Fueron los tiempos de mayor estabilidad y progreso en Gottenmorth: por primera vez en su historia, el remoto territorio del norte prosperó a la par que las potencias del sur, pero sin estar subordinado a sus agendas particulares. Con la paz impuesta por los qarmatas, el continente se emancipó y llegó a su madurez. Ya no era necesario ir a remolque de los poderosos reinos de ultramar para avanzar, ni había que someterse a sus caprichos para seguir ocupando un lugar en el mapa. Los Tal’imran cortaron todos los lazos con el exterior porque ya no eran necesarios: demostraron a los gottenmorthianos que podían ser autosuficientes, que a partir de ese momento podían mirarse de igual a igual con el resto del mundo.

Al contrario de lo que suele ocurrir cuando un reino se vuelve poderoso y se convierte en imperio, los soberanos de la Dinastía Púrpura nunca iniciaron una política expansionista. Cuando llegaron a Gottenmorth, lo único que buscaban era un hogar al que gobernar, y una vez lo consiguieron ya no les interesaba nada más. La tierra que el Siegmoné les había prometido era suya; la Alianza estaba sellada.

La única excepción a esta norma fue la isla de Qeynah, y ello por una necesidad de carácter interno más que por una voluntad de conquista. Desde que los qarmatas sometieran las colonias namirias del Golfo de Finnstrone, sus hermanos insulares siempre conspiraron contra Justicia del Siegmoné para arrebatarle el control de esos dominios perdidos. Nunca lo consiguieron, pero sus injerencias fueron una amenaza constante para la hegemonía absoluta de la Dinastía Púrpura. El punto álgido de esta rivalidad llegó con una maniobra sin precedentes del Quinto Soberano: cansado de los continuos intentos de los qeynitas de desestabilizar su poder, armó una flota capitaneada por oficiales qarmatas y tropas bárbaras y la mandó a la isla para invadirla. El fracaso fue estrepitoso. La mayoría de las naves fueron hundidas por la flota namiria antes de que se acercaran a la costa, y los pocos bárbaros que desembarcaron, de lealtad dudosa y efectividad tocada después de días de dura travesía marítima, cayeron rápidamente ante los defensores que les hicieron frente.

Esta derrota, la primera después de varios siglos de supremacía absoluta, marcó un punto de inflexión en la forma de gobernar de los Tal’imran. Habían aprendido la lección: el Siegmoné les había entregado un país y los había ayudado a mantenerlo bajo su control, pero no estaba dispuesto a ir más allá. Los qarmatas no podían contar con su favor fuera de las fronteras de Gottenmorth.

Pero incluso dentro de ellas, la influencia del protector la Dinastía Espectral, y por ende su poder, se hacía cada vez más débil. La naturaleza ya no respondía presta a las llamadas de los Tal’imran, sus dones, antaño sobrenaturales, se volvían más humanos generación tras generación, su genio político había quedado en entredicho después de varias decisiones erróneas, y, como consecuencia de todo ello, se quedaban sin aliados internos al tiempo que su multiplicaban sus enemigos.

Todo ello hizo creer a muchos que el Siegmoné había abandonado a los suyos, que ya no intervendría más en los asuntos de Gottenmorth. El éxito del levantamiento contra el Doceavo Soberano y el fin del dominio qarmata sobre Gottenmorth fue la prueba definitiva que necesitaban para confirmar su convicción. Hasta que se dieron de bruces con la realidad.

Decididos a cerrar una era e iniciar una nueva desde cero, la flota namiria de Qeynah partió hacia el Archipiélago del Siegmoné dispuesta a poner fin su existencia. Todo hacía pensar que las circunstancias eran idóneas, que no habría otra oportunidad. El Esencial hacía años que no se manifestaba, sus siervos en Gottenmorth habían sido exterminados, y el Mar Insomne estaba inusualmente tranquilo…

Los barcos cruzaron las aguas, navegaron a través del archipiélago y llegaron al Último Reducto, la isla que acogía desde hacía ocho siglos al Siegmoné. Varios meses después, una de las naves que participaron en el ataque embarrancó cerca de Damsk, en la Bahía de los Naufragios. Había llegado hasta la costa a la deriva, arrastrada por los fuertes vientos de un terrible temporal que azotó la región como nunca antes se había visto. Los desafortunados grumetes que inspeccionaron el barco hallaron el horror en su interior; trauma del que no se recuperarían, pues todos murieron o sucumbieron a la locura a los pocos días de haber sido testigos de la suerte de quienes osaron desafiar al Esencial. Del resto de navíos, nunca más se tuvo noticia alguna.

El intento frustrado de tomar el Último Reducto evidenció dos cosas: la primera era que el Siegmoné seguía allí, a varias millas de la costa de Gottenmorth. La segunda, que su poder seguía siendo inmenso. De la misma forma que, en el lejano pasado, eliminó él solo la horda kur-urinesa que había invadido el continente para entregárselo a los qarmatas, ahora había aniquilado la flota que intentó invadir su hogar para seguir morando en él. Toda una lección dirigida a aquellos que osaron creer que su presencia en el norte era cosa del pasado.

La armada namiria pagó por su soberbia, y el mismo destino aguardaba a aquellos que siguieran sus pasos. Quienes creyeran que Gottenmorth se había librado por completo del Esencial, estaban muy equivocados. Su ilusión, muy probablemente, los conduciría al peor de los despertares. El cazador de brujas podía dar buena fe ello. 

En el fondo, el alguacil se sentía afortunado. A pesar del mal rato, por fin podía decir que había sido favorecido. Su vida había dado un inesperado giro al ser parte de un acontecimiento histórico. El Siegmoné había vuelto después de un largo silencio, y él estuvo en primera línea para contemplarlo. Muy pocas personas serían protagonistas de un momento tan trascendental de la historia.