Parte I. Capítulo 20.


Nunca más



Math tuvo que cambiar varias veces de dirección antes de despistar definitivamente a sus perseguidores; al parecer, la mayoría de los guardias de la ronda y sus colaboradores lo habían seguido a él después de que se separara de Musba’in en la avenida. Consiguió zafarse de ellos tras varios minutos de angustiosa carrera, pero como resultado de su errática huida ahora estaba completamente desorientado.

El barrio donde se encontraba no era nada acogedor. Las casas, viejas, estrechas y torcidas, se amontonaban unas sobre otras. Las estrechas y malolientes callejas apenas servían para que se aireara el opresivo ambiente, cargado de olores desagradables y humos. Los pocos vecinos que desafiaban el frío y el hedor del exterior estaban sentados en los umbrales de sus puertas o sobre cajas de madera que hacían las veces de improvisados bancos, conversando sobre frivolidades o entreteniéndose con juegos de tablero.

Muchas calles estaban sin adoquinar; en ellas, los numerosos charcos de barro ennegrecido por la filtración de las aguas residuales aumentaban la sensación de suciedad y el mal olor. Eran tantas las ratas que correteaban entre los montones de basura que ni siquiera los soñolientos gatos que dormitaban en las repisas de las ventanas les prestaban atención. 

Pero había un elemento que definía más que ningún otro qué clase de barrio era aquel infecto rincón de la ciudad: las prostitutas que buscaban clientes de forma tan insistente como impúdica. En el poco tiempo que Math llevaba vagando por sus calles se le acercaron hasta tres mujeres, todas ellas ataviadas con los adornos inconfundibles de su oficio. El viejo soldado kulmeniano las rechazó con asco intentando al mismo tiempo disimular su escándalo. Nunca había visto nada parecido en su ciudad natal, mucho más decorosa y discreta en estos temas. Aquella desfachatez pública era la prueba definitiva la miseria de Raumar, la ciudad que los unionistas salvaron de las garras del Cuervo a costa de muchas vidas y que luego se condenó a sí misma por su negativa a unirse a sus libertadores.

Math lo tenía claro: si lograba salir de Raumar con vida, nunca más la volvería a pisar por propia voluntad.

Después de dar un par de vueltas y terminar en el mismo sitio, concluyó que no encontraría la forma de salir de la ciudad sin ayuda. Preguntó a la primera persona de aspecto mínimamente decente que vio, y ésta le indicó que debía andar hacia el sur, hasta llegar a la avenida del mercado.

Cuando llegó a las proximidades de esa vía principal, recuperó la orientación. Prefirió avanzar a través de las calles paralelas, evitando de esta manera posibles controles. Con su paso, veloz pero sin llegar a correr, pronto divisó la muralla exterior de Raumar. Y he aquí el dilema. ¿Cómo lo haría para cruzarla? Pasar tranquilamente por las puertas era demasiado arriesgado, ya que su lento merodeo en busca de la dirección adecuada había dado tiempo más que suficiente a los guardias para que alertaran a sus compañeros apostados en el rastrillo. Por otra parte, la idea de escalar el muro y saltarlo era aún más temeraria si cabe. Aparte de jugarse la vida trepando sin el instrumental adecuado, se exponía a ser delatado por cualquiera que lo avistase.

¿Qué podía hacer? Pensó en Musba’in. ¿Lo habría conseguido? Mientras contemplaba el paso continuo de transeúntes por la avenida desde una de las vías que la cortaban transversalmente, encontró la solución: un carromato cubierto por un lienzo que acababa de ver pasar le serviría para franquear oculto la salida. De entrada, lo malo del plan era que el arriero iba en sentido contrario al que le convenía, así que lo primero que tenía que hacer era corregir ese pequeño inconveniente.

Siguió el vehículo desde la distancia, evitando en todo momento transitar demasiado por la avenida. En cierto momento, se adelantó a él y corrió por una calle cercana, hasta detenerse en la próxima esquina por la que tendría que pasar el arriero. Cuando vio que se acercaba a su posición, tragó saliva y se preparó. Tenía muy poco que perder, así que debería de ser sencillo.

- Eh, chico. Aquí.

El joven que conducía el buey, en un principio, no se dio por aludido. Pero instantes después, ante la insistencia de los silbidos y comentarios, se giró y vio a Math tras la esquina.

- Escúchame. Sesenta fidias son tuyas si me cuelas por el arco.

Una expresión incrédulo fue toda su respuesta. Math se vio obligado a insistir.

- Ochenta. Sólo tienes que dejarme al otro lado del muro, y luego puedes volver a lo tuyo.

Sacó unas relucientes monedas y se las mostró para hacer más atractiva su oferta. A juzgar por como se le abrieron los ojos, era evidente que ese campesino no había visto tanto dinero junto en su vida.

- Vale. Pero antes dime… quién eres…

El joven tartamudeaba, más por la emoción del momento que por una deficiencia natural. Math miró a un lado y a otro de la avenida por si tenía que salir corriendo antes de terminar la negociación… Afortunadamente, no había guardias en las inmediaciones.

- Soy alguien que ha sido acusado injustamente. Decide lo que quieras, pero que sea rápido.

- ¿Y si los guardias registran el carro?

- No lo harán. Confía en mí. No tienen motivos.

Nadie podía estar seguro de que así fuera. Math dudaba que su búsqueda fuera tan importante como para que todos los centinelas inspeccionaran todos los carros de la ciudad, pero podían hacerlo por cualquier otro motivo. Y si lo encontraban escondido, de buen seguro que tendría problemas, independientemente de que estuvieran enterados de su descripción y lo identificaran o no.

- No puedo hacerlo. Tengo miedo.

Era lógico. Había sido una estupidez intentarlo.

- Dale veinte al chaval para que nos deje el carro y sesenta a mí para conducirlo.

Math se giró de golpe, y se encontró cara a cara con un escuálido hombre de mediana edad. No entendía como no había notado su presencia antes.

- Vamos, ¿no tenías prisa?- prosiguió. Su sonrisa autocomplaciente revelaba una dentadura completamente mellada.

En cuanto Math lo miró buscando su opinión, el arriero protestó.

- Y si se quedan el carro. ¡Me gano la vida con él!

- No te preocupes. Si nos pillan y lo confiscan, tú di que te lo han robado y volverá a ser tuyo.

La observación del desconocido le pareció lógica, tanto que el trato quedó cerrado de inmediato. Math repartió el dinero, y luego cada uno ocupó su puesto: él bajo el toldo, el inesperado conductor a las riendas del buey y el propietario del carro detrás, controlando su preciado instrumento de trabajo. 

El trayecto hasta la puerta de la ciudad se hizo lento, largo e incómodo. A causa de la cantidad de personas que abarrotaban el mercado, cada pocos segundos se veían obligados a detenerse y esperar a que se formara un nuevo espacio para avanzar. Math estaba más nervioso de lo que habría esperado. No era la primera vez que se encontraba en una situación parecida, pero esta vez le estaba resultando muy difícil. Tenía la certeza, más que nunca, de que algo saldría mal.

Varios minutos después, llegó el momento de la verdad.

- Adelante, no te detengas aquí.

El guardia hizo un gesto al falso arriero para que continuara, pero éste, en vez de obedecerle, detuvo al animal.

- Un delincuente que quería abandonar la ciudad clandestinamente me ha pagado para que lo pasara. Está escondido bajo la lona; es todo vuestro. Pero vigilad, va armado.

Todos los guardias apostados bajo el arco dirigieron su atención hacia carro. Con disciplina y coordinación, rodearon el vehículo y calaron sus medias picas sobre él.

- No tienes escapatoria. Sal con las manos lejos de las armas y habrá cuartel.

El silencio fue la única respuesta. El oficial pronunció su segunda y última advertencia:

- Último aviso. Sal con las manos en alto y serás bien tratado.

En vista de la negativa del fugitivo a rendirse, todos los guardias empezaron a pinchar el lienzo con las puntas de sus picas. Cuando ya lo hubieron agujereado bastante, entre varios lo retiraron. Debajo encontraron fardos, herramientas de campo y cestas, pero ni rastro del presunto delincuente.

Entre tanto, Math se escabulló pasando por detrás del corrillo de gente que se había formado alrededor de la escena. Su intuición, una vez más, no le había fallado. El desgraciado que quiso venderlo le sirvió de perfecta distracción para abandonar tranquilamente la ciudad.