Nunca más
Math tuvo que
cambiar varias veces de dirección antes de despistar definitivamente a sus
perseguidores; al parecer, la mayoría de los guardias de la ronda y sus
colaboradores lo habían seguido a él después de que se separara de Musba’in en
la avenida. Consiguió zafarse de ellos tras varios minutos de angustiosa
carrera, pero como resultado de su errática huida ahora estaba completamente
desorientado.
El barrio donde se
encontraba no era nada acogedor. Las casas, viejas, estrechas y torcidas, se
amontonaban unas sobre otras. Las estrechas y malolientes callejas apenas
servían para que se aireara el opresivo ambiente, cargado de olores
desagradables y humos. Los pocos vecinos que desafiaban el frío y el hedor del
exterior estaban sentados en los umbrales de sus puertas o sobre cajas de
madera que hacían las veces de improvisados bancos, conversando sobre
frivolidades o entreteniéndose con juegos de tablero.
Muchas calles
estaban sin adoquinar; en ellas, los numerosos charcos de barro ennegrecido por
la filtración de las aguas residuales aumentaban la sensación de suciedad y el
mal olor. Eran tantas las ratas que correteaban entre los montones de basura
que ni siquiera los soñolientos gatos que dormitaban en las repisas de las
ventanas les prestaban atención.
Pero había un
elemento que definía más que ningún otro qué clase de barrio era aquel infecto
rincón de la ciudad: las prostitutas que buscaban clientes de forma tan
insistente como impúdica. En el poco tiempo que Math llevaba vagando por sus
calles se le acercaron hasta tres mujeres, todas ellas ataviadas con los
adornos inconfundibles de su oficio. El viejo soldado kulmeniano las rechazó
con asco intentando al mismo tiempo disimular su escándalo. Nunca había visto
nada parecido en su ciudad natal, mucho más decorosa y discreta en estos temas.
Aquella desfachatez pública era la prueba definitiva la miseria de Raumar, la
ciudad que los unionistas salvaron de las garras del Cuervo a costa de muchas
vidas y que luego se condenó a sí misma por su negativa a unirse a sus
libertadores.
Math lo tenía claro:
si lograba salir de Raumar con vida, nunca más la volvería a pisar por propia
voluntad.
Después de dar un
par de vueltas y terminar en el mismo sitio, concluyó que no encontraría la
forma de salir de la ciudad sin ayuda. Preguntó a la primera persona de aspecto
mínimamente decente que vio, y ésta le indicó que debía andar hacia el sur,
hasta llegar a la avenida del mercado.
Cuando llegó a las
proximidades de esa vía principal, recuperó la orientación. Prefirió avanzar a
través de las calles paralelas, evitando de esta manera posibles controles. Con
su paso, veloz pero sin llegar a correr, pronto divisó la muralla exterior de
Raumar. Y he aquí el dilema. ¿Cómo lo haría para cruzarla? Pasar tranquilamente
por las puertas era demasiado arriesgado, ya que su lento merodeo en busca de
la dirección adecuada había dado tiempo más que suficiente a los guardias para
que alertaran a sus compañeros apostados en el rastrillo. Por otra parte, la
idea de escalar el muro y saltarlo era aún más temeraria si cabe. Aparte de
jugarse la vida trepando sin el instrumental adecuado, se exponía a ser
delatado por cualquiera que lo avistase.
¿Qué podía hacer?
Pensó en Musba’in. ¿Lo habría conseguido? Mientras contemplaba el paso continuo
de transeúntes por la avenida desde una de las vías que la cortaban
transversalmente, encontró la solución: un carromato cubierto por un lienzo que
acababa de ver pasar le serviría para franquear oculto la salida. De entrada,
lo malo del plan era que el arriero iba en sentido contrario al que le convenía,
así que lo primero que tenía que hacer era corregir ese pequeño inconveniente.
Siguió el vehículo
desde la distancia, evitando en todo momento transitar demasiado por la
avenida. En cierto momento, se adelantó a él y corrió por una calle cercana,
hasta detenerse en la próxima esquina por la que tendría que pasar el arriero.
Cuando vio que se acercaba a su posición, tragó saliva y se preparó. Tenía muy
poco que perder, así que debería de ser sencillo.
- Eh, chico. Aquí.
El joven que
conducía el buey, en un principio, no se dio por aludido. Pero instantes después,
ante la insistencia de los silbidos y comentarios, se giró y vio a Math tras la
esquina.
- Escúchame. Sesenta
fidias son tuyas si me cuelas por el arco.
Una expresión
incrédulo fue toda su respuesta. Math se vio obligado a insistir.
- Ochenta. Sólo
tienes que dejarme al otro lado del muro, y luego puedes volver a lo tuyo.
Sacó unas
relucientes monedas y se las mostró para hacer más atractiva su oferta. A
juzgar por como se le abrieron los ojos, era evidente que ese campesino no
había visto tanto dinero junto en su vida.
- Vale. Pero antes
dime… quién eres…
El joven
tartamudeaba, más por la emoción del momento que por una deficiencia natural.
Math miró a un lado y a otro de la avenida por si tenía que salir corriendo
antes de terminar la negociación… Afortunadamente, no había guardias en las
inmediaciones.
- Soy alguien que ha
sido acusado injustamente. Decide lo que quieras, pero que sea rápido.
- ¿Y si los guardias
registran el carro?
- No lo harán.
Confía en mí. No tienen motivos.
Nadie podía estar
seguro de que así fuera. Math dudaba que su búsqueda fuera tan importante como
para que todos los centinelas inspeccionaran todos los carros de la ciudad,
pero podían hacerlo por cualquier otro motivo. Y si lo encontraban escondido,
de buen seguro que tendría problemas, independientemente de que estuvieran
enterados de su descripción y lo identificaran o no.
- No puedo hacerlo.
Tengo miedo.
Era lógico. Había
sido una estupidez intentarlo.
- Dale veinte al
chaval para que nos deje el carro y sesenta a mí para conducirlo.
Math se giró de
golpe, y se encontró cara a cara con un escuálido hombre de mediana edad. No
entendía como no había notado su presencia antes.
- Vamos, ¿no tenías
prisa?- prosiguió. Su sonrisa autocomplaciente revelaba una dentadura
completamente mellada.
En cuanto Math lo
miró buscando su opinión, el arriero protestó.
- Y si se quedan el
carro. ¡Me gano la vida con él!
- No te preocupes.
Si nos pillan y lo confiscan, tú di que te lo han robado y volverá a ser tuyo.
La observación del
desconocido le pareció lógica, tanto que el trato quedó cerrado de inmediato.
Math repartió el dinero, y luego cada uno ocupó su puesto: él bajo el toldo, el
inesperado conductor a las riendas del buey y el propietario del carro detrás,
controlando su preciado instrumento de trabajo.
El trayecto hasta la
puerta de la ciudad se hizo lento, largo e incómodo. A causa de la cantidad de
personas que abarrotaban el mercado, cada pocos segundos se veían obligados a
detenerse y esperar a que se formara un nuevo espacio para avanzar. Math estaba
más nervioso de lo que habría esperado. No era la primera vez que se encontraba
en una situación parecida, pero esta vez le estaba resultando muy difícil.
Tenía la certeza, más que nunca, de que algo saldría mal.
Varios minutos
después, llegó el momento de la verdad.
- Adelante, no te
detengas aquí.
El guardia hizo un
gesto al falso arriero para que continuara, pero éste, en vez de obedecerle,
detuvo al animal.
- Un delincuente que
quería abandonar la ciudad clandestinamente me ha pagado para que lo pasara.
Está escondido bajo la lona; es todo vuestro. Pero vigilad, va armado.
Todos los guardias
apostados bajo el arco dirigieron su atención hacia carro. Con disciplina y
coordinación, rodearon el vehículo y calaron sus medias picas sobre él.
- No tienes
escapatoria. Sal con las manos lejos de las armas y habrá cuartel.
El silencio fue la
única respuesta. El oficial pronunció su segunda y última advertencia:
- Último aviso. Sal
con las manos en alto y serás bien tratado.
En vista de la
negativa del fugitivo a rendirse, todos los guardias empezaron a pinchar el
lienzo con las puntas de sus picas. Cuando ya lo hubieron agujereado bastante,
entre varios lo retiraron. Debajo encontraron fardos, herramientas de campo y
cestas, pero ni rastro del presunto delincuente.
Entre tanto, Math se
escabulló pasando por detrás del corrillo de gente que se había formado
alrededor de la escena. Su intuición, una vez más, no le había fallado. El
desgraciado que quiso venderlo le sirvió de perfecta distracción para abandonar
tranquilamente la ciudad.