Parte I. Capítulo 19.


Hay que seguir



Bajrein estaba tendido sobre la superficie del bosque, boca arriba. Confiaba en que esta posición le ayudaría a detener la hemorragia que todavía emanaba de su nariz.

A su lado, Lunder reprimía su necesidad de gritar mordiendo fuertemente el cuero de la empuñadura de su daga. Mientras Ezzad trasteaba con su rótula dislocada, ella quería chillar a pleno pulmón, pero tenía que contenerse para no delatar aún más su posición. La pelea contra el salvaje ya había sido lo suficientemente indiscreta como para seguir llamando la atención. 

Sus lesiones, inevitablemente, los retrasarían varias horas o incluso días, y eso dando por supuesto que Lunder pudiera montar en condiciones. Bajrein aún no podía creerse lo que había sucedido.

- Niña, ¿por qué te alejaste tanto?- no era el momento para broncas, y sus palabras no sonaron como tal. Al revés, su tono era lo más neutro posible, casi paternalista.

- No lo sé. No sé qué me ha pasado.

Se sentía ridícula. Estúpida y ridícula. Por razones obvias, prefirió no contar a Bajrein la visión que lo precipitó todo. Había quedado como una novata y una imprudente, y no quería añadir el calificativo de paranoica a la lista. ¿Adentrarse en terreno hostil desarmada y descalza? Nunca había cometido un error de tal magnitud. La rodilla le dolía horrores, pero se lo merecía. Así aprendería.

Los tres acordaron que no era aconsejable acampar cerca del lugar de la refriega, ya que si lo hacían quedarían demasiado expuestos a las posibles amenazas que estuvieran al tanto de su presencia a causa de la misma. Así que después de tratar sus heridas, Ezzad cargó a Lunder sobre su espalda y puso rumbo a una colina cercana para pasar allí la noche. Bajrein cogió las riendas de los caballos y los siguió.

Si bien es cierto que Lunder no pesaba mucho, la ligereza con que el bárbaro la sostenía sobre su cuerpo no era normal. Bajrein no cargaba ni la mitad del peso que él, pero aun así le costaba seguir su paso en mitad de la negra y salvaje noche. En más de una ocasión se vio obligado a pedirle que lo esperara. Prefería molestarlo a perderlo.

Al ganziano aún le temblaba todo el cuerpo, especialmente las piernas, y no era sólo por el frío. Mientras andaba, no podía dejar de pensar en la bestia que estuvo a punto de matarlos; el combate se resolvió en cuestión de segundos, pero sabía que quedaría grabado a fuego en su memoria para el resto de sus días. Un enemigo tan formidable y una situación tan cercana a la muerte eran difíciles de olvidar.

Cuando el bárbaro lo consideró oportuno, agarró a Lunder con sus enormes brazos y la bajó al suelo. Estaban ante una enorme hendidura que discurría varios metros por el interior de una colina, haciéndose más estrecha a medida que se adentraba en la roca. La nesudia entró primero, cojeando y agarrándose a las salientes para mantener el equilibrio. Bajrein, después de atar los caballos a un árbol, la siguió, y Ezzad se quedó en la entrada, vigilando. 

Se taparon con las mantas e intentaron dormir. A ninguno de los dos lisiados le resultó fácil conciliar el sueño; al padecimiento que les causaban sus heridas había que añadir la inquietud producida por la excitación postraumática. Lo único que los ayudaba a relajarse era la compañía del bárbaro: sabían que su extraordinario poder los protegería de cualquier peligro en ese momento de vulnerabilidad.






Los rayos solares que se colaban a través de la quebradura del terreno los despertó. Su primera sensación de la jornada fue el intenso dolor proveniente de sus respectivas lesiones; éste se había acrecentado hora tras hora, hasta convertirse en una verdadera pesadilla.

Luego percibieron el sonido de las llamas y el olor del humo. Ambos agradecieron el gesto de Ezzad; después de tantas penalidades, un poco de calor los reconfortó. Buscaron al bárbaro con la vista, y comprobaron que no se encontraba en la grieta. Daba igual. Sabían que no estaba lejos.

El estrecho paso se había llenado de olor a pino quemado, lo que contribuía a la sensación de acomodo. Gracias a esa percepción de confort y seguridad, se les abrió el apetito por primera vez durante horas, así que Bajrein sacó pan y cecina y la repartió con Lunder, no sin antes pasarla por el fuego. Ambos devoraron el desayuno con ansia, y al terminarlo se sintieron mucho mejor.

Sabían que debían retomar el camino lo más rápidamente posible, pero les costaba asumirlo. Tal era el bienestar que les proporcionaba aquel improvisado campamento que se resistían a abandonarlo. Al cabo de un rato apareció Ezzad, y les informó que era conveniente proseguir la marcha. Todo lo bueno se acababa pronto.

Lunder salió del paréntesis que supuso el relajante almuerzo de golpe, tan pronto como se intentó levantar y su lesionada rodilla crujió. Esta vez no pudo reprimirlo: el grito que soltó se elevó como un torbellino a través de las ramas de los árboles. Tal fue su intensidad que los pájaros que posaban en ellas volaron a la desbandada, provocando un enorme alboroto que rompió definitivamente la tranquilidad y armonía imperante hasta ese momento. Se había acabado la tregua.

Ezzad montó una férula con trozos de madera y entablilló con ella la maltrecha pierna de la nesudia para evitarle nuevos tirones. Luego, tras asegurarse de que podía sostenerse sobre el caballo, la ayudó a montar y adaptó los estribos a su nueva situación. Bajrein, por su parte, aprovechó un arroyo cercano para lavar su cara y quitarse los restos de sangre seca que todavía estaban pegados a los pelos de su barba. Cuando todo estuvo listo, abandonaron el campamento y retomaron el camino a Stard.






A nuestros amos:

El cazador de brujas ha recibido la visita. Su estado actual es grave; aunque sobreviva, a buen seguro que no volverá a ser el mismo nunca más. Su integridad moral y su resistencia adquirida después de años de exposición al horror lo han salvado de la muerte, pero no podrá evitar las secuelas. En cuanto al beneficio de esta inesperada intervención, todavía no puedo sondearlo. Los designios del Esencial son inescrutables.

Vuestro siervo en Raumar se ha visto obligado a encauzar la situación. Los agentes del cazador ya deberían de haber localizado a su objetivo; una vez lo hayan prendido, que caiga en nuestras manos es sólo cuestión de tiempo.

El enemigo sigue dándonos caza de forma implacable. No podemos bajar la guardia.

Subul Rav ‘Aid, Turuq ha Wa’it.