Un tortuoso
despertar
Oía los golpes, pero
era incapaz de reaccionar. Su cuerpo, pesado e inerte, estaba pegado a las
empapadas sábanas. Intentó decir algo para avisar a quienquiera que estuviera
al otro lado de la puerta, pero la voz le salía demasiado débil. Su única
esperanza residía en la impaciencia de la persona que llamaba desde el pasillo.
Cuando los porrazos
que martilleaban la madera cesaron, se vino abajo de nuevo. ¿Es que nadie más
que él tenía una llave? El chasquido metálico del pasador resolvió su duda. Al
fin podía pedir ayuda.
La puerta se abrió,
y el alguacil entró junto con un sirviente. Sus expresiones sobresaltadas eran
un buen indicativo de su patético estado. Enseguida se interesaron por su
situación.
- Krierc, ¿te
encuentras bien?
Era evidente que no.
El cazador pronunció unos sonidos imperceptibles cuya articulación le dejó
baldado, como si acabara de realizar un tremendo esfuerzo.
- Krierc, no te
entiendo. Dime qué te pasa, por favor.
El alguacil lo
sacudía suavemente con ambas manos. Observaba su enfermizo rostro asustado, y
el cazador le devolvía la mirada con unos ojos diminutos y carentes de vida.
Sus mejillas habían adelgazado notablemente, y sus labios se habían reducido a
dos finas líneas moradas. La piel pálida y flácida de su frente casi
transparentaba el hueso interior.
Por más que
intentara hablar, no lo conseguía. Movía la mandíbula, pero de su boca no salía
más que un aliento mortecino.
- Qué te ha pasado,
Krierc. Qué te ha pasado.
El cazado hizo
acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, e intentó hablar de nuevo. Al
reparar en sus intenciones, el alguacil acercó la oreja a su boca.
- El… Siegmoné…
- ¿Qué?
Al alguacil le
pareció escuchar algo que lo alarmó. Aunque estaba bastante seguro de haberlo
entendido, prefirió descartar la idea. Era demasiado dura de asumir.
Por sorpresa, el
cazador agarró su brazo con su huesuda mano. Apenas notó presión, pero
enseguida interpretó que con ese gesto le estaba pidiendo que se volviera a
agachar.
- El Siegmoné me ha
visitado- le susurró a la oreja de forma mucho más clara que antes. Después de
terminar la frase, cerró los ojos y se sumergió en un profundo sueño.
El alguacil sintió
una punzada en el pecho que casi lo ahogó. Dio varios pasos hacia atrás,
alejándose del enfermo. Tropezó con un barreño que estaba en el suelo y se
precipitó de espaldas contra la pared de la habitación. Su cuerpo se deslizó
por el muro hasta caer sentado, completamente paralizado por el shock. El
corazón le latía con tanta fuerza que retumbaba en toda su caja torácica. Su
cabeza estaba a punto de estallar.
Cruzó los brazos a
la altura del vientre y se acurrucó, buscando de esta manera mitigar la
opresión que sentía en sus entrañas. El mozo con el que entró había huido
despavorido de la habitación tan pronto como observó el terrorífico aspecto
cadavérico del cazador, así que ahora estaba sólo, al lado del último anfitrión
conocido del Siegmoné.