Parte I. Capítulo 18.


Un tortuoso despertar



Oía los golpes, pero era incapaz de reaccionar. Su cuerpo, pesado e inerte, estaba pegado a las empapadas sábanas. Intentó decir algo para avisar a quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta, pero la voz le salía demasiado débil. Su única esperanza residía en la impaciencia de la persona que llamaba desde el pasillo.

Cuando los porrazos que martilleaban la madera cesaron, se vino abajo de nuevo. ¿Es que nadie más que él tenía una llave? El chasquido metálico del pasador resolvió su duda. Al fin podía pedir ayuda.

La puerta se abrió, y el alguacil entró junto con un sirviente. Sus expresiones sobresaltadas eran un buen indicativo de su patético estado. Enseguida se interesaron por su situación.

- Krierc, ¿te encuentras bien?

Era evidente que no. El cazador pronunció unos sonidos imperceptibles cuya articulación le dejó baldado, como si acabara de realizar un tremendo esfuerzo.

- Krierc, no te entiendo. Dime qué te pasa, por favor.

El alguacil lo sacudía suavemente con ambas manos. Observaba su enfermizo rostro asustado, y el cazador le devolvía la mirada con unos ojos diminutos y carentes de vida. Sus mejillas habían adelgazado notablemente, y sus labios se habían reducido a dos finas líneas moradas. La piel pálida y flácida de su frente casi transparentaba el hueso interior.

Por más que intentara hablar, no lo conseguía. Movía la mandíbula, pero de su boca no salía más que un aliento mortecino.

- Qué te ha pasado, Krierc. Qué te ha pasado.

El cazado hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, e intentó hablar de nuevo. Al reparar en sus intenciones, el alguacil acercó la oreja a su boca.

- El… Siegmoné…

- ¿Qué?

Al alguacil le pareció escuchar algo que lo alarmó. Aunque estaba bastante seguro de haberlo entendido, prefirió descartar la idea. Era demasiado dura de asumir.

Por sorpresa, el cazador agarró su brazo con su huesuda mano. Apenas notó presión, pero enseguida interpretó que con ese gesto le estaba pidiendo que se volviera a agachar.

- El Siegmoné me ha visitado- le susurró a la oreja de forma mucho más clara que antes. Después de terminar la frase, cerró los ojos y se sumergió en un profundo sueño.

El alguacil sintió una punzada en el pecho que casi lo ahogó. Dio varios pasos hacia atrás, alejándose del enfermo. Tropezó con un barreño que estaba en el suelo y se precipitó de espaldas contra la pared de la habitación. Su cuerpo se deslizó por el muro hasta caer sentado, completamente paralizado por el shock. El corazón le latía con tanta fuerza que retumbaba en toda su caja torácica. Su cabeza estaba a punto de estallar.

Cruzó los brazos a la altura del vientre y se acurrucó, buscando de esta manera mitigar la opresión que sentía en sus entrañas. El mozo con el que entró había huido despavorido de la habitación tan pronto como observó el terrorífico aspecto cadavérico del cazador, así que ahora estaba sólo, al lado del último anfitrión conocido del Siegmoné.