Parte I. Capítulo 17.


Una comida indigesta



- Tranquilos, sólo estamos hablando.

- Y una mierda. Yabis, ¿estás bien?

El fornido marinero miraba al lloroso posadero. Math, entre tanto, había guardado disimuladamente su daga.

- Yabis, ¿qué te están haciendo estos imbéciles?

Musba’in no le dejó responder.

- ¡Contesta! ¿Tenía una cicatriz en la mejilla?

- ¡No lo sé! ¡Dejadme en paz!- y estalló de nuevo en lágrimas.

- ¡A la mierda!

El marinero y sus dos compañeros desenvainaron sus sables y se aproximaron amenazantes. Math quiso agotar la vía del diálogo, pero como siempre, Musba’in se le adelantó.

- Atrás, capullos- dijo al mismo tiempo que se levantaba y los encañonaba con la pistola que había mantenido escondida debajo de la mesa. Los valentones se detuvieron en seco.

- Sólo estamos resolviendo un asunto personal. Nadie tiene que salir herido.

Math también se puso en pie. Observó que, tras los matones, todos los presentes en el comedor dirigían su atención hacia ellos. Algunos habían formado un corro a una distancia prudencial.

- Apartaos de él- dijo el marinero con voz mucho menos firme que antes.

- Antes tiene que responder a una pregunta- le replicó Musba’in, apuntando a su cabeza.

-Ya ha respondido. Vámonos de aquí antes de que se compliquen más las cosas.

Pero Musba’in hizo caso omiso a la orden de Math. Sin dejar de sostener la pistola con su mano izquierda, desenvainó su espada con la diestra y acercó el filo al cuello del posadero.   

- Habla ya, cabrón. Tenía una cicatriz en la mejilla, ¿sí o no?

- ¡No lo sé! ¡Lo juro!- más que una negación, sus palabras fueron un lamento.

- ¡Ya basta, Mus!

Cuando el marinero reparó en la línea de sangre que descendía bajo la hoja que rozaba el cuello de Yabis, alzó su sable y dio dos pasos al frente. Musba’in respondió a su atrevimiento fulminándolo de un disparo en el corazón.

Anulado el peligro del arma de fuego, los dos compañeros del muerto se lanzaron sin miedo al cuerpo a cuerpo. Math paró sin problemas el sablazo de su contrincante, mientras que Musba’in, al no poder cruzar a tiempo su espada, tuvo que esquivar el que iba dirigido contra él con su propio cuerpo.

Math se sintió con plena libertad para liquidar a su enemigo de la manera más expeditiva posible; su rival luchaba con un estilo sucio y burdo, así que él tampoco estaba obligado a respetar las normas de cortesía que imponía el noble arte de la esgrima. El resultado no tardó en llegar: un par de cortes rápidos en la frente y mejilla del bravucón lo dejaron fuera de combate sin más dificultades.

Musba’in, por su parte, tampoco tuvo demasiados problemas, una vez recuperó el control de la situación. Un estúpido e innecesario movimiento en círculo de su contendiente le sirvió para que lo despachara con una rápida estocada que le atravesó el costado.

Vista la suerte de quienes osaron desafiar a los dos forasteros, ninguno de los espectadores se atrevió a impedirles su salida del local. Math, por si acaso, sacó su pistola cargada y la sostuvo a modo de amenaza. Mientras se dirigían hacia la puerta la gente fue abriendo un pasillo ante ellos. Y de súbito, Math se acordó del posadero. Miró de reojo hacia atrás sin detenerse, y lo encontró todavía sentado en su silla, pero esta vez con la cabeza desplomada sobre el tablón de la mesa; los hilos de sangre que se desprendían de su cuello no dejaban lugar a dudas sobre su destino. Definitivamente, Musba’in no tenía remedio.

Tanto él como Math abandonaron el establecimiento con las armas todavía empuñadas y expectantes. Desde dentro seguían vigilándolos con portes serios y en silencio, y en el exterior tanto transeúntes como clientes sentados en el pórtico centraron de golpe su atención en ellos. Musba’in preguntó cuál era el siguiente paso, y Math, sin dudarlo, sugirió que se alejaran de inmediato de aquel lugar.

- Antes de que acuda la ronda.

Sin descuidar la retaguardia, ambos compañeros corrieron calle abajo en línea recta hasta que doblaron la primera esquina que encontraron. Repitieron el proceso varias veces, adentrándose cada vez más en el barrio, hasta que creyeron que habían despistado a los posibles perseguidores. Luego se detuvieron en una calleja cubierta y poco transitada para recuperar el ritmo normal de la respiración.

- Ahora sí que no tengo ningún plan- dijo Math entre jadeos.

- Propongo que abandonemos esta maldita ciudad cuanto antes-. Musba’in estaba apoyado sobre sus rodillas, tosiendo por el esfuerzo.

- Todavía no hemos averiguado nada.

- Ni falta que hace. Raumar acabará con nosotros antes de que saquemos nada en claro.

El silencio de Math lo interpretó como una conformidad. Éste reflexionó sobre todo lo sucedido y sobre lo que estaba por venir, y entonces cayó en la cuenta:

- Por cierto, ¿a qué venía tanta insistencia con lo de la cicatriz del namirio?

- Nada jefe, es que ayer por la noche, cuando os fuisteis a la habitación y yo me quedé en el comedor, un namirio se sentó a mi lado y empezó a soltarme chorradas. Yo no le hice demasiado caso, hasta que me dijo que cuidara a mis compañeros, porque eran difíciles de encontrar. Cuando finalmente lo mandé a freír espárragos, me dijo que me fuera pronto a la cama, especialmente esa noche. Al principio no le di importancia, pero al cabo de unos instantes tuve un violento presentimiento. Subí al primer piso corriendo, escuché barullo proveniente de la habitación y eché la puerta abajo. El resto ya lo sabes.

Math no daba crédito a lo que escuchaba. Con expresión atónita, reprendió a Musba’in por haberle ocultado esa información.

- ¡Maldito seas! ¿Y cuándo pensabas decirme todo esto?

- No lo sé, jefe. No creí que fuera importante.

- Joder. En serio, ya no sé qué hacer contigo.

Math pegó un puñetazo en la pared para descargar su rabia. Su temperamento en los momentos de fracaso no era desconocido para Musba’in, pero aun así nunca dejaba de sorprenderle. No entendía cómo podía tomarse tan a pecho todo lo que se relacionaba con su trabajo.

En vista de su parálisis, Musba’in insistió en su idea.

- El tiempo corre en nuestra contra. Debemos hacer algo.

Math lo sabía. Cuanto más tardaran en cruzar la muralla más posibilidades habría que su descripción llegara a oídas de los guardias de las puertas y los arrestaran.  

- Quiero que dejes de matar a personas indefensas.

- No podía dejar una amenaza a nuestra espalda. Además, él también intentó matarnos.

- Repito: no vuelvas a hacer nada sin mi consentimiento. ¿De acuerdo?

- Lo que tú digas, jefe.

- Vámonos.

Math empezó a andar y Musba’in lo siguió. Cruzaron lo que quedaba de callejón, y tan pronto como se desviaron a la derecha para tomar una avenida mucho más ancha, se toparon con la ronda.

- Mierda.

- Recuerda lo que te he dicho.

Los guardias los miraron de arriba abajo con expresión ceñuda. Sólo los separaban dos metros de distancia. Math se temía lo peor, pero no echó mano a su espada. Lo último que quería era provocar otro baño de sangre. Musba’in, esta vez al menos, se controlaba.

Finalmente, la tensa situación se resolvió de la mejor manera. Los uniformados siguieron su camino, dejándolos a un lado. Ambos respiraron aliviados.

- ¡Son ellos! ¡Cogedlos!

El grito procedió de algún punto entre la multitud que recorría la avenida. Los guardias, como reacción inmediata, se giraron y empuñaron sus alabardas con ambas manos.

- Corre.

Math y Bajrein se lanzaron a la carrera esquivando a unos transeúntes y empujando a otros. Tras ellos, la ronda los perseguía con el mismo ímpetu. El sonido de sus pasos sonaba cada vez más cerca. Sin ningún tipo de rumbo ni plan de escape, a sabiendas de que no podían huir de los soldados por mucho más tiempo, ambos fugitivos decidieron separarse y abandonar la ciudad como pudieran cada uno por su cuenta. Musba’in fue el primero en desviarse, tomando una vía que se abría oblicuamente a la derecha. Math hizo lo mismo poco después, pero él escogió una de las calles que desembocaban en la avenida por la izquierda. Minutos después, los dos creyeron que habían conseguido burlar a sus perseguidores.

Musba’in aminoró el paso, observó el cielo a través del los balcones y repisas e intentó orientarse. Cuando entrevió lo que pensaba que era la dirección correcta, volvió a correr. Y entonces se topó otra vez con él.

- Saludos de nuevo, Musba’in.

Ahí estaba, plantado en medio de la calle, el maldito namirio de la cicatriz que lo acosó la noche anterior. Musba’in, a modo de respuesta a su saludo, desenvainó su espada y apuntó con ella a su interlocutor.

- Defiéndete o no habrá cuartel.

El namirio alzó las manos y descubrió su cuerpo.

- Como ves, no voy armado. Sería un duelo desigual.

- Entonces, prepárate para morir.

- Me sorprende que me tomes por tu enemigo, teniendo en cuenta que si tus compañeros siguen con vida es gracias a mi advertencia.

- Tú estabas con los asesinos, por eso lo sabías.

- Al contrario. Yo lo sabía porque ellos también quieren matarme a mí.

Musba’in titubeó. Ya no sabía en qué creer.

- En cualquier caso, estás impidiendo mi huída. Eso te convierte en mi enemigo.

- Sólo quería decirte que no está todo perdido.

- ¿Qué?

- El sometido al que buscáis. Sé lo que le sucedió realmente.

- Rápido, no tengo mucho tiempo. Habla.

- Viajad a Ladania, un pueblo situado en la península Istiamar, y visitad la mansión del noble local Qans lan Murh; allí hallaréis las respuestas. Y ahora corre, Musba’in. El enemigo está al acecho.