Lo que el
bosque esconde
Bajrein y Lunder
cabalgaban a toda prisa rumbo al norte. Acababan de cruzar el puente del río
Okba, esta vez sin incidentes. Los cadáveres habían sido retirados y las
manchas de sangre, lavadas. Pero seguía estando desprotegido, a merced de
cualquier grupo de bandidos que quisiera apoderarse nuevamente de él. Los dos
compañeros convinieron en que la administración del Val de Raumar, tanto dentro
como fuera de los muros de la ciudad, era un completo desastre. Si en todos los
demás dominios kulmeh imperara el mismo desgobierno, Math tendría buenas
razones para soñar con el restablecimiento del Gran Kulm. Pero Lunder sabía que
no era así. El dominio de Anzig, su ciudad natal y capital de los kulmeh
separatistas, estaba tan bien gestionado o más que la propia Kulm, hasta el
punto de ser la urbe más prospera de todo el Gotten Law. Su contrapoder a la
autoproclamada capital de todos los kulmeh crecía día a día; no eran pocos los
que la elegían como su nuevo hogar en busca de oportunidades, en detrimento de
la decadente Kulm. A Lunder no le gustaba porque recordar Anzig suponía pensar
inevitablemente en el gueto y en la segregación, pero tenía que reconocer que,
a raíz de su victoria sobre los unionistas y después de su alianza comercial y
militar con el regente namirio de Porlay, no le esperaba otra cosa más que un
brillante futuro. Desde hacía años, ese ancestral enclave kulmeh en la Costa de los Caídos era el
epicentro de toda la actividad económica, religiosa y cultural al este del río
Niss.
Mientras la
transitaba al galope, Bajrein pudo observar que la calzada que llevaba a Stard
estaba en mucho mejor estado, en la mayoría de sus tramos, al norte del Okba.
Este hecho era sorprendente, ya que, para la mayoría de los kulmeh del sur,
Akay era poco más que un territorio salvaje y retrasado. Nunca hubiera
imaginado que una vez cruzado el río el viajero podía dejar de preocuparse por
los baches del camino o por la maleza que se acumulaba en sus márgenes. Una
cosa estaba clara: tanto el dominio de Stard como el de Raumar habían sufrido
como ningún otro las crudezas e inclemencias de la guerra, pero el primero se
había recuperado mucho mejor que el segundo. En este sentido, tal realidad daba
la razón a Math: mientras que el enemigo de Kulm se marchitaba como una flor
seca, su aliado akayo, antaño una provincia marginal del imperio de los qarmatas,
experimentaba una segunda juventud.
Al atardecer de la
segunda jornada de viaje, tanto Bajrein como Lunder estaban agotados. Su
sentido del deber los impulsaba a seguir adelante para cumplir cuanto antes su
misión, pero su cuerpo les pedía gemebundo un descanso. Al final se impuso la
necesidad; decidieron bajar de los caballos, adentrarse en la espesura, buscar
un lugar seguro y reposar.
Lo primero que hizo
Lunder fue quitarse las botas; hacía rato que necesitaba recuperar la movilidad
de sus agarrotadas piernas y que sus pies transpiraran. Se tendió sobre la
hierba, pero tardó en encontrar una postura cómoda a causa del indescriptible
dolor que la aquejaba en toda la zona lumbar después de horas de monta.
Bajrein lo llevaba
mejor. En vez de tomarse un respiro para recuperar fuerzas, lo primero que hizo
fue buscar leña y apilarla en el centro del claro. Luego abrió su zurrón y sacó
un par de mantas; una se la quedó para él y la otra la tendió a su compañera,
que inmediatamente la usó para abrigarse. También le ofreció algo de comida,
pero ella la rechazó. Sólo quería descansar.
Bajrein, sentado de
espaldas a un árbol, abrió bruscamente los ojos por enésima vez para no
quedarse dormido, y entonces vio que Lunder se había levantado y se alejaba.
Quiso decirle algo, pero no le hizo falta: como si ella le hubiera leído los
pensamientos, le informó que iba a mear y que enseguida regresaría. No le dio
demasiada importancia; a fin de cuentas, no había ningún indicio de peligro, y
ella sabía cuidarse perfectamente de sí misma…
Tomó conciencia de
su error minutos después, cuando oyó un grito lejano procedente de las
profundidades del bosque. Se enderezó inmediatamente, cogió su espada y corrió
hacia el origen del sonido.
Una súbita y
apremiante necesidad de mear despertó a Lunder de golpe. Lamentándose por no
haberlo hecho antes y así haber evitado la interrupción de su tan preciado sueño,
se escurrió por debajo de la manta y se dirigió tambaleándose hacia los
árboles, no sin antes avisar a Bajrein de sus intenciones.
El terreno, en los
alrededores del claro, estaba inclinado, así que tuvo que desplazarse bastante
antes de hallar el lugar adecuado. Cuando estaba terminando, vislumbró un
resplandor blanco en la lejanía, entre los árboles. Trató de forzar la vista al
máximo para identificar aquella figura amorfa, sin conseguirlo. Rápidamente, se
subió las calzas y avanzó hacia la luz, sorteando por el camino troncos,
raíces, rocas y ramas caídas. Se despreocupó totalmente de su entorno; en mitad
de aquel bosque en penumbra, lo único que le interesaba era la causa del
misterioso brillo.
A medida que se
acercaba, la luz se desvanecía gradualmente, hasta desaparecer por completo.
Cuando las pupilas de Lunder se abrieron lo suficiente como para adaptarse de
nuevo a la oscuridad, se dio cuenta de que en su lugar había aparecido la
figura de una niña. Pudo distinguir su perfil y la mitad de su rostro, y lo que
vio la dejó petrificada. No podía ser. Era imposible.
Lunder se agachó,
hasta equiparar su altura a la de la chica. En ningún momento había dejado de
jugar con las piedrecitas del suelo, así que supuso que no se había percatado
de su presencia. Lo último que quería era asustarla. La llamó por su nombre en
voz baja, pero la niña no se inmutó. Lunder se acercó un poco más, sin llegar a
enderezarse. Cada vez tenía menos dudas de su identidad.
- Ayma, soy yo. ¿No
te acuerdas de mí?
Su amiga de la
infancia seguía sin responder. Entonces le tendió la mano.
- Ven, quiero
abrazarte otra vez.
Pero la niña, en vez
de venir a ella, se giró y empezó a andar en dirección contraria.
- No. No tengas
miedo. ¡Soy yo, Lunder!
Ayma aceleró el
paso. Lunder se posicionó para correr tras ella, pero en el último instante,
justo antes de tomar impulso, un ruido a su espalda hizo que se lanzara
instintivamente al suelo. Sus reflejos, una vez más, le habían salvado la vida.
A pocos centímetros de su cogote notó la corriente producida por el movimiento
de un objeto.
Tan pronto como
impactó contra la superficie desnuda de la espesura, rodó media vuelta y se
situó boca arriba para ver a su atacante. El ser que estaba ante ella era una
mole armada con un enorme palo, de aspecto más bestial que humano. Después de
blandir el garrote con un movimiento horizontal, ahora se disponía a propinarle
otro golpe en sentido vertical. Por fortuna, fue demasiado lento, y ella pudo
rodar de nuevo para esquivarlo. La bestia, furiosa tras fallar dos veces, la
atacó con la pierna. Lunder evitó la embestida de milagro, separando sus muslos
lo suficiente como para que el peludo pie pasara entre ellos. Con la cuarta
acometida tuvo menos suerte; su enemigo le pisó la rodilla, y ella no pudo
hacer otra cosa más que gritar. Sin posibilidades de ponerse en pie, nada bueno
podía esperar de aquella situación.
Bajrein, mientras,
corría hacia el lugar de la refriega, espada en ristre. Pronto divisó la
imponente figura de la bestia, y se desvió para dar con ella. Cuando estuvo a
su alcance, levantó su arma y la descargó sobre su brazo. El monstruo emitió un
gemido gutural ensordecedor, y con la
velocidad del rayo lanzó un puñetazo sobre su nuevo contrincante. Bajrein voló
más de un metro antes de estrellarse sobre el suelo; había parado el golpe con
su hoja, pero tal fue la violencia del choque que su cuerpo no pudo resistirlo.
Enseguida notó el sabor de la sangre en sus labios. Al parecer, algo, muy
probablemente su propia espada, le había roto la nariz.
Ni Bajrein ni Lunder
estaban en condiciones de enfrentarse a esa criatura. Él estaba
semiinconsciente por el traumatismo, y ella, coja y descalza, ni siquiera tenía
un arma. Tal era lo desesperado de la situación que ambos se prepararon para
sus últimos momentos de vida. Pero de pronto, con gran estruendo, la bestia se
derrumbó. Ezzad había caído sobre sus hombros desde alguno de los árboles, y al
chocar clavó su hacha en su pecho. El monstruo, enloquecido, se revolvía con
sus brazos extendidos, golpeando el aire en todas direcciones. El bárbaro buscó
un hueco, y cuando lo encontró, hundió la hoja circular de su arma en el cuello
de la bestia. Ésta agonizó varios segundos, al tiempo que intentaba taponar la
hendidura con sus manos. Luego, ahogada en su propia sangre, dejó de respirar.
Bajrein se puso de
pie trabajosamente, y fue a comprobar el estado de Lunder. Ella, centrada en su
rodilla y absorta en su dolor, no le dijo nada, pero le hizo un gesto
indicándole que no se preocupara. Cuando miró a Ezzad, lo encontró en
cuclillas, inspeccionando a su víctima. Se acercó a él, con la sangre todavía
goteando de su nariz.
- ¿Se puede saber
qué es esto? ¿De dónde ha salido?
- Un gron- respondió
el bárbaro.
- ¿Un qué?
- Un salvaje, como
lo llamáis en vuestra lengua. Vienen del otro lado del Nirian.
Ezzad los conocía
bien. A fin de cuentas, su pueblo los había estado combatiendo desde tiempos
inmemoriales. Lo que no lograba explicarse era su presencia en esa zona. ¿Qué
hacía un gron solo, allí, tan al sur del Nirian? ¿Se avecinaba una nueva
invasión, treinta años después de la última? ¿Si era así, como es que nadie se
había dado cuenta?