Parte I. Capítulo 16.


Lo que el bosque esconde



Bajrein y Lunder cabalgaban a toda prisa rumbo al norte. Acababan de cruzar el puente del río Okba, esta vez sin incidentes. Los cadáveres habían sido retirados y las manchas de sangre, lavadas. Pero seguía estando desprotegido, a merced de cualquier grupo de bandidos que quisiera apoderarse nuevamente de él. Los dos compañeros convinieron en que la administración del Val de Raumar, tanto dentro como fuera de los muros de la ciudad, era un completo desastre. Si en todos los demás dominios kulmeh imperara el mismo desgobierno, Math tendría buenas razones para soñar con el restablecimiento del Gran Kulm. Pero Lunder sabía que no era así. El dominio de Anzig, su ciudad natal y capital de los kulmeh separatistas, estaba tan bien gestionado o más que la propia Kulm, hasta el punto de ser la urbe más prospera de todo el Gotten Law. Su contrapoder a la autoproclamada capital de todos los kulmeh crecía día a día; no eran pocos los que la elegían como su nuevo hogar en busca de oportunidades, en detrimento de la decadente Kulm. A Lunder no le gustaba porque recordar Anzig suponía pensar inevitablemente en el gueto y en la segregación, pero tenía que reconocer que, a raíz de su victoria sobre los unionistas y después de su alianza comercial y militar con el regente namirio de Porlay, no le esperaba otra cosa más que un brillante futuro. Desde hacía años, ese ancestral enclave kulmeh en la Costa de los Caídos era el epicentro de toda la actividad económica, religiosa y cultural al este del río Niss.

Mientras la transitaba al galope, Bajrein pudo observar que la calzada que llevaba a Stard estaba en mucho mejor estado, en la mayoría de sus tramos, al norte del Okba. Este hecho era sorprendente, ya que, para la mayoría de los kulmeh del sur, Akay era poco más que un territorio salvaje y retrasado. Nunca hubiera imaginado que una vez cruzado el río el viajero podía dejar de preocuparse por los baches del camino o por la maleza que se acumulaba en sus márgenes. Una cosa estaba clara: tanto el dominio de Stard como el de Raumar habían sufrido como ningún otro las crudezas e inclemencias de la guerra, pero el primero se había recuperado mucho mejor que el segundo. En este sentido, tal realidad daba la razón a Math: mientras que el enemigo de Kulm se marchitaba como una flor seca, su aliado akayo, antaño una provincia marginal del imperio de los qarmatas, experimentaba una segunda juventud.

Al atardecer de la segunda jornada de viaje, tanto Bajrein como Lunder estaban agotados. Su sentido del deber los impulsaba a seguir adelante para cumplir cuanto antes su misión, pero su cuerpo les pedía gemebundo un descanso. Al final se impuso la necesidad; decidieron bajar de los caballos, adentrarse en la espesura, buscar un lugar seguro y reposar.

Lo primero que hizo Lunder fue quitarse las botas; hacía rato que necesitaba recuperar la movilidad de sus agarrotadas piernas y que sus pies transpiraran. Se tendió sobre la hierba, pero tardó en encontrar una postura cómoda a causa del indescriptible dolor que la aquejaba en toda la zona lumbar después de horas de monta.

Bajrein lo llevaba mejor. En vez de tomarse un respiro para recuperar fuerzas, lo primero que hizo fue buscar leña y apilarla en el centro del claro. Luego abrió su zurrón y sacó un par de mantas; una se la quedó para él y la otra la tendió a su compañera, que inmediatamente la usó para abrigarse. También le ofreció algo de comida, pero ella la rechazó. Sólo quería descansar.

Bajrein, sentado de espaldas a un árbol, abrió bruscamente los ojos por enésima vez para no quedarse dormido, y entonces vio que Lunder se había levantado y se alejaba. Quiso decirle algo, pero no le hizo falta: como si ella le hubiera leído los pensamientos, le informó que iba a mear y que enseguida regresaría. No le dio demasiada importancia; a fin de cuentas, no había ningún indicio de peligro, y ella sabía cuidarse perfectamente de sí misma…

Tomó conciencia de su error minutos después, cuando oyó un grito lejano procedente de las profundidades del bosque. Se enderezó inmediatamente, cogió su espada y corrió hacia el origen del sonido.

Una súbita y apremiante necesidad de mear despertó a Lunder de golpe. Lamentándose por no haberlo hecho antes y así haber evitado la interrupción de su tan preciado sueño, se escurrió por debajo de la manta y se dirigió tambaleándose hacia los árboles, no sin antes avisar a Bajrein de sus intenciones.

El terreno, en los alrededores del claro, estaba inclinado, así que tuvo que desplazarse bastante antes de hallar el lugar adecuado. Cuando estaba terminando, vislumbró un resplandor blanco en la lejanía, entre los árboles. Trató de forzar la vista al máximo para identificar aquella figura amorfa, sin conseguirlo. Rápidamente, se subió las calzas y avanzó hacia la luz, sorteando por el camino troncos, raíces, rocas y ramas caídas. Se despreocupó totalmente de su entorno; en mitad de aquel bosque en penumbra, lo único que le interesaba era la causa del misterioso brillo.

A medida que se acercaba, la luz se desvanecía gradualmente, hasta desaparecer por completo. Cuando las pupilas de Lunder se abrieron lo suficiente como para adaptarse de nuevo a la oscuridad, se dio cuenta de que en su lugar había aparecido la figura de una niña. Pudo distinguir su perfil y la mitad de su rostro, y lo que vio la dejó petrificada. No podía ser. Era imposible.

Lunder se agachó, hasta equiparar su altura a la de la chica. En ningún momento había dejado de jugar con las piedrecitas del suelo, así que supuso que no se había percatado de su presencia. Lo último que quería era asustarla. La llamó por su nombre en voz baja, pero la niña no se inmutó. Lunder se acercó un poco más, sin llegar a enderezarse. Cada vez tenía menos dudas de su identidad.

- Ayma, soy yo. ¿No te acuerdas de mí?

Su amiga de la infancia seguía sin responder. Entonces le tendió la mano.

- Ven, quiero abrazarte otra vez.

Pero la niña, en vez de venir a ella, se giró y empezó a andar en dirección contraria.

- No. No tengas miedo. ¡Soy yo, Lunder!

Ayma aceleró el paso. Lunder se posicionó para correr tras ella, pero en el último instante, justo antes de tomar impulso, un ruido a su espalda hizo que se lanzara instintivamente al suelo. Sus reflejos, una vez más, le habían salvado la vida. A pocos centímetros de su cogote notó la corriente producida por el movimiento de un objeto.

Tan pronto como impactó contra la superficie desnuda de la espesura, rodó media vuelta y se situó boca arriba para ver a su atacante. El ser que estaba ante ella era una mole armada con un enorme palo, de aspecto más bestial que humano. Después de blandir el garrote con un movimiento horizontal, ahora se disponía a propinarle otro golpe en sentido vertical. Por fortuna, fue demasiado lento, y ella pudo rodar de nuevo para esquivarlo. La bestia, furiosa tras fallar dos veces, la atacó con la pierna. Lunder evitó la embestida de milagro, separando sus muslos lo suficiente como para que el peludo pie pasara entre ellos. Con la cuarta acometida tuvo menos suerte; su enemigo le pisó la rodilla, y ella no pudo hacer otra cosa más que gritar. Sin posibilidades de ponerse en pie, nada bueno podía esperar de aquella situación.

Bajrein, mientras, corría hacia el lugar de la refriega, espada en ristre. Pronto divisó la imponente figura de la bestia, y se desvió para dar con ella. Cuando estuvo a su alcance, levantó su arma y la descargó sobre su brazo. El monstruo emitió un gemido gutural  ensordecedor, y con la velocidad del rayo lanzó un puñetazo sobre su nuevo contrincante. Bajrein voló más de un metro antes de estrellarse sobre el suelo; había parado el golpe con su hoja, pero tal fue la violencia del choque que su cuerpo no pudo resistirlo. Enseguida notó el sabor de la sangre en sus labios. Al parecer, algo, muy probablemente su propia espada, le había roto la nariz.

Ni Bajrein ni Lunder estaban en condiciones de enfrentarse a esa criatura. Él estaba semiinconsciente por el traumatismo, y ella, coja y descalza, ni siquiera tenía un arma. Tal era lo desesperado de la situación que ambos se prepararon para sus últimos momentos de vida. Pero de pronto, con gran estruendo, la bestia se derrumbó. Ezzad había caído sobre sus hombros desde alguno de los árboles, y al chocar clavó su hacha en su pecho. El monstruo, enloquecido, se revolvía con sus brazos extendidos, golpeando el aire en todas direcciones. El bárbaro buscó un hueco, y cuando lo encontró, hundió la hoja circular de su arma en el cuello de la bestia. Ésta agonizó varios segundos, al tiempo que intentaba taponar la hendidura con sus manos. Luego, ahogada en su propia sangre, dejó de respirar.

Bajrein se puso de pie trabajosamente, y fue a comprobar el estado de Lunder. Ella, centrada en su rodilla y absorta en su dolor, no le dijo nada, pero le hizo un gesto indicándole que no se preocupara. Cuando miró a Ezzad, lo encontró en cuclillas, inspeccionando a su víctima. Se acercó a él, con la sangre todavía goteando de su nariz.

- ¿Se puede saber qué es esto? ¿De dónde ha salido?

- Un gron- respondió el bárbaro.

- ¿Un qué?

- Un salvaje, como lo llamáis en vuestra lengua. Vienen del otro lado del Nirian.

Ezzad los conocía bien. A fin de cuentas, su pueblo los había estado combatiendo desde tiempos inmemoriales. Lo que no lograba explicarse era su presencia en esa zona. ¿Qué hacía un gron solo, allí, tan al sur del Nirian? ¿Se avecinaba una nueva invasión, treinta años después de la última? ¿Si era así, como es que nadie se había dado cuenta?