Parte I. Capítulo 15.


Interrogando al silencio



Las punzadas que sentía en la herida seguían atormentándolo, pero ya no reducían su movilidad general. Como delegado de la jurisdicción del barón, el cazador fue atendido de acuerdo a su condición. Después de frenar la hemorragia y estabilizar su pulso, los guardias apostados en la aldea minera lo trasladaron inmediatamente a la fortaleza más cercana para que el médico residente lo tratara como era debido. Un día después, su estado estaba plenamente estabilizado. Tardaría en recuperarse del todo, pero al menos podía volver al trabajo.

Por su parte, el atacante seguía sin hablar. Había sido torturado a conciencia durante horas, sin resultados. Su resistencia era tan extraordinaria que muchos llegaron a creer que era un depositario del Favor del Siegmoné. Cuando el cazador, por fin, pudo verlo, descartó la idea: no había ningún signo en su aspecto que apuntara a esa posibilidad. No; si aquel sicario aguantaba el suplicio de una manera tan estoica era por pura fuerza de voluntad. Y esa fuerza sólo podía emanar de una profunda convicción.

Eso era precisamente lo que más le inquietaba al cazador. ¿Quién lo quería muerto? ¿Qué razón era tan poderosa como para enviar a un asesino perfectamente entrenado y convencido a ese rincón del dominio y sacrificarlo, sólo para acabar con su vida? ¿Tenía algo que ver con su investigación actual o era una venganza por algún trabajo pasado? Todas estas preguntas rondaban por su cabeza, sin que consiguiera hallar ninguna respuesta satisfactoria. Sólo había una cosa de la que podía estar seguro: a partir de ese momento, a las propias dificultades de la misión había que añadir las que se derivarían del mantenimiento de su seguridad.

Alguien llamó a la puerta. Si levantarse de la silla, el cazador le dio permiso para  entrar.

- ¿Cómo va el hombro?

Era el alguacil. El hombre al que, a partir de ahora, le debía la vida.

- Bien, gracias. Al menos, no hay rastro de veneno. ¿Alguna novedad?

- Nada. Ese cabrón no suelta prenda.

- Qué desilusión.

Ambos miraban al suelo, absortos en sus pensamientos. No tenían demasiadas cosas que decirse.

- Recuerda que lo quiero vivo.

- Tranquilo. Su cuerpo sangra por todos los poros y tiene varios huesos dislocados, pero sobrevivirá. Ese cabrón tiene aguante.

- Ya veo.

- ¿Tienes alguna idea de quién puede estar detrás de esto?

- De momento no, pero lo averiguaremos. No lo dudes.

- Podría estar relacionado con el caso.

- Es posible. Y si es así, tenemos un problema grave.- El cazador se levantó y, dando la espalda a su interlocutor, se situó ante la ventana. – No puedo resolver este caso sin plena libertad de movimientos.

El alguacil observó la correa del cabestrillo que cruzaba en diagonal el torso del cazador. Efectivamente, su labor se complicaba sobremanera a partir de ese momento. De entrada, ni siquiera podía cabalgar.

- Quiero que sepas que tu seguridad está plenamente garantizada. Como delegado del barón, todos sus súbditos están obligados a servirte. He hablado con el gobernador de la fortaleza sobre el incidente, e inmediatamente ha puesto a nuestra disposición una guardia de diez hombres para que nos escolten hasta Stard.

- Algo me dice que la delgada línea roja que separa la vida y la muerte no es, en esta ocasión, una cuestión de números. Pero acepto el ofrecimiento. Dile al gobernador que le estoy agradecido. Y ahora, si me disculpas, quisiera estar solo. Necesito dormir un poco.

- Por supuesto. Nos vemos por la mañana.

Cuando oyó el sonido de las chirriantes bisagras, el cazador añadió:

- Y a ti también te estoy agradecido. No lo olvides.

- Sólo cumplí con mi deber. Gracias a Esud que al final no fue nada.

Y la puerta se cerró.






Cuando por fin pudo conciliar el sueño, más de veinticuatro horas después del ataque, el cazador se vio acosado por una pesadilla que lo mantuvo inquieto hasta bien entrada la madrugada, momento en que se despertó envuelto entre sudor y temblores. El hombro le dolía más que nunca; la herida le punzaba tanto que parecía como si el corazón se le fuera a salir por ella. Comprobó el estado del vendaje; estaba empapado de sangre.

Pero la principal causa de su malestar no era el dolor físico, sino el sueño que lo había atormentado durante las pocas horas que consiguió dormir. Nunca había experimentado tal grado de perturbación, ni siquiera en los momentos más duros de su oficio, cuando se vio obligado a presenciar los actos más atroces de los que el ser humano es capaz. A su alrededor, todo parecía gris y espeso. Ni siquiera el fuego del hogar que iluminaba la habitación tenía color. Se frotó varias veces los ojos y meneó la cabeza para hacer desaparecer esa deprimente sensación, en vano. Se encontraba completamente solo, como si todo el mundo hubiera desaparecido y él fuera el último hombre sobre la tierra. Quiso gritar, llamar al servicio para comprobar si realmente sus temores eran ciertos. Pero con mucho esfuerzo, haciendo acopio de la poca cordura que le quedaba, consiguió controlarse; no era propio de él caer presa del pánico. Respiró hondo, buscó una posición más cómoda y se serenó. Antes de dar cualquier paso, tenía que analizar el mensaje.

¿Quién era él? ¿Y ella? ¿Y… eso? ¿Qué significaban sus gestos? ¿Qué implicaciones tenían sus palabras?

Mientras trataba de encontrar un sentido a todas estas cuestiones, empezó a desfallecer. Si hubiera estado de pie, se habría desplomado. Pero en ningún momento salió de la cama, así que el desmayo lo devolvió de nuevo a su posición anterior sobre el colchón…

Frío. Soledad. Miedo. Horror. A juzgar por como se revolvía entre las mantas, nadie hubiera jurado que dormía. Ni él mismo, de habérselo dicho alguien en sus sueños, se lo habría creído. La frenética actividad de su inconciencia hacía que el cazador se sintiera más despierto que nunca. Corría, huía, gritaba y tapaba sus ojos para salvaguardar su integridad mental. El mal personificado lo perseguía. Y él era tan débil, tan insignificante… No había ningún reducto de santidad al que aspirar, ningún resquicio de salvación al que aferrarse. La perversidad que impregnaba el aire envolvía sus sentidos y consumía sus entrañas. Las tinieblas lo cegaban, los desgarradores gritos de los condenados lo ensordecían, el olor de la podredumbre le impedía respirar. Su cuerpo ya no le respondía. Su mente se desvanecía. Y de repente, su sufrimiento terminó. La realidad más inicua se había adueñado por completo de su ser.