Interrogando
al silencio
Las punzadas que
sentía en la herida seguían atormentándolo, pero ya no reducían su movilidad
general. Como delegado de la jurisdicción del barón, el cazador fue atendido de
acuerdo a su condición. Después de frenar la hemorragia y estabilizar su pulso,
los guardias apostados en la aldea minera lo trasladaron inmediatamente a la
fortaleza más cercana para que el médico residente lo tratara como era debido.
Un día después, su estado estaba plenamente estabilizado. Tardaría en
recuperarse del todo, pero al menos podía volver al trabajo.
Por su parte, el
atacante seguía sin hablar. Había sido torturado a conciencia durante horas,
sin resultados. Su resistencia era tan extraordinaria que muchos llegaron a
creer que era un depositario del Favor del Siegmoné. Cuando el cazador, por
fin, pudo verlo, descartó la idea: no había ningún signo en su aspecto que
apuntara a esa posibilidad. No; si aquel sicario aguantaba el suplicio de una
manera tan estoica era por pura fuerza de voluntad. Y esa fuerza sólo podía
emanar de una profunda convicción.
Eso era precisamente
lo que más le inquietaba al cazador. ¿Quién lo quería muerto? ¿Qué razón era
tan poderosa como para enviar a un asesino perfectamente entrenado y convencido
a ese rincón del dominio y sacrificarlo, sólo para acabar con su vida? ¿Tenía
algo que ver con su investigación actual o era una venganza por algún trabajo
pasado? Todas estas preguntas rondaban por su cabeza, sin que consiguiera
hallar ninguna respuesta satisfactoria. Sólo había una cosa de la que podía
estar seguro: a partir de ese momento, a las propias dificultades de la misión
había que añadir las que se derivarían del mantenimiento de su seguridad.
Alguien llamó a la
puerta. Si levantarse de la silla, el cazador le dio permiso para entrar.
- ¿Cómo va el
hombro?
Era el alguacil. El
hombre al que, a partir de ahora, le debía la vida.
- Bien, gracias. Al
menos, no hay rastro de veneno. ¿Alguna novedad?
- Nada. Ese cabrón
no suelta prenda.
- Qué desilusión.
Ambos miraban al
suelo, absortos en sus pensamientos. No tenían demasiadas cosas que decirse.
- Recuerda que lo
quiero vivo.
- Tranquilo. Su
cuerpo sangra por todos los poros y tiene varios huesos dislocados, pero
sobrevivirá. Ese cabrón tiene aguante.
- Ya veo.
- ¿Tienes alguna
idea de quién puede estar detrás de esto?
- De momento no,
pero lo averiguaremos. No lo dudes.
- Podría estar
relacionado con el caso.
- Es posible. Y si
es así, tenemos un problema grave.- El cazador se levantó y, dando la espalda a
su interlocutor, se situó ante la ventana. – No puedo resolver este caso sin
plena libertad de movimientos.
El alguacil observó
la correa del cabestrillo que cruzaba en diagonal el torso del cazador.
Efectivamente, su labor se complicaba sobremanera a partir de ese momento. De
entrada, ni siquiera podía cabalgar.
- Quiero que sepas
que tu seguridad está plenamente garantizada. Como delegado del barón, todos
sus súbditos están obligados a servirte. He hablado con el gobernador de la
fortaleza sobre el incidente, e inmediatamente ha puesto a nuestra disposición
una guardia de diez hombres para que nos escolten hasta Stard.
- Algo me dice que
la delgada línea roja que separa la vida y la muerte no es, en esta ocasión,
una cuestión de números. Pero acepto el ofrecimiento. Dile al gobernador que le
estoy agradecido. Y ahora, si me disculpas, quisiera estar solo. Necesito
dormir un poco.
- Por supuesto. Nos
vemos por la mañana.
Cuando oyó el sonido
de las chirriantes bisagras, el cazador añadió:
- Y a ti también te
estoy agradecido. No lo olvides.
- Sólo cumplí con mi
deber. Gracias a Esud que al final no fue nada.
Y la puerta se
cerró.
…
Cuando por fin pudo
conciliar el sueño, más de veinticuatro horas después del ataque, el cazador se
vio acosado por una pesadilla que lo mantuvo inquieto hasta bien entrada la
madrugada, momento en que se despertó envuelto entre sudor y temblores. El
hombro le dolía más que nunca; la herida le punzaba tanto que parecía como si
el corazón se le fuera a salir por ella. Comprobó el estado del vendaje; estaba
empapado de sangre.
Pero la principal
causa de su malestar no era el dolor físico, sino el sueño que lo había
atormentado durante las pocas horas que consiguió dormir. Nunca había
experimentado tal grado de perturbación, ni siquiera en los momentos más duros
de su oficio, cuando se vio obligado a presenciar los actos más atroces de los
que el ser humano es capaz. A su alrededor, todo parecía gris y espeso. Ni
siquiera el fuego del hogar que iluminaba la habitación tenía color. Se frotó
varias veces los ojos y meneó la cabeza para hacer desaparecer esa deprimente
sensación, en vano. Se encontraba completamente solo, como si todo el mundo hubiera
desaparecido y él fuera el último hombre sobre la tierra. Quiso gritar, llamar
al servicio para comprobar si realmente sus temores eran ciertos. Pero con
mucho esfuerzo, haciendo acopio de la poca cordura que le quedaba, consiguió
controlarse; no era propio de él caer presa del pánico. Respiró hondo, buscó
una posición más cómoda y se serenó. Antes de dar cualquier paso, tenía que
analizar el mensaje.
¿Quién era él? ¿Y
ella? ¿Y… eso? ¿Qué significaban sus gestos? ¿Qué implicaciones tenían sus
palabras?
Mientras trataba de
encontrar un sentido a todas estas cuestiones, empezó a desfallecer. Si hubiera
estado de pie, se habría desplomado. Pero en ningún momento salió de la cama,
así que el desmayo lo devolvió de nuevo a su posición anterior sobre el colchón…
Frío. Soledad.
Miedo. Horror. A juzgar por como se revolvía entre las mantas, nadie hubiera
jurado que dormía. Ni él mismo, de habérselo dicho alguien en sus sueños, se lo
habría creído. La frenética actividad de su inconciencia hacía que el cazador se
sintiera más despierto que nunca. Corría, huía, gritaba y tapaba sus ojos para
salvaguardar su integridad mental. El mal personificado lo perseguía. Y él era
tan débil, tan insignificante… No había ningún reducto de santidad al que
aspirar, ningún resquicio de salvación al que aferrarse. La perversidad que
impregnaba el aire envolvía sus sentidos y consumía sus entrañas. Las tinieblas
lo cegaban, los desgarradores gritos de los condenados lo ensordecían, el olor
de la podredumbre le impedía respirar. Su cuerpo ya no le respondía. Su mente
se desvanecía. Y de repente, su sufrimiento terminó. La realidad más inicua se
había adueñado por completo de su ser.