El peso del
fracaso
Math se sentía
frustrado y decepcionado. Evidentemente, él no era el responsable del desenlace
tan poco exitoso de la misión, pero aun así no podía evitar saborear el amargo
regusto del fracaso. De hecho, a juzgar por la actitud abatida que adoptaron
sus compañeros desde que salieron del palacio, sabía que no era el único que
tenía esa sensación, aunque tampoco le servía de consuelo: como líder del
grupo, toda la responsabilidad recaía sobre él.
Nunca antes había
fallado de una forma tan estrepitosa. Todos los encargos que había aceptado
anteriormente los había resuelto mejor o peor, pero en cualquier caso siempre
fue capaz de ofrecer algún tipo de resultado a sus patronos. En cambio, esta
vez volvería con las manos completamente vacías. No tenía nada para el cazador,
ni siquiera un mínimo indicio que permitiera calcular los siguientes pasos.
Quizá se exigía a sí mismo demasiado, pero por más que lo intentara, no lograba
convencerse de que nunca tuvo ninguna posibilidad. Una parte de él lo empujaba
a abandonar la ciudad de inmediato para informar a su jefe lo más pronto
posible del inesperado giro de los acontecimientos, pero otra le animaba a
quedarse en Raumar un tiempo más, por si acaso. Aunque esta segunda opción era
absurda, un fuerte presentimiento lo atraía hacia ella. Cuando cruzaron el
pasillo del muro que separaba el barrio de los mercaderes del resto de la
ciudad, pidió a los demás que se detuvieran. Llegó el momento de tomar una
decisión.
- Ya lo habéis
visto- les dijo bajo el pórtico, mirándolos uno a uno. – Nuestra misión ha
acabado.
Las palabras que
salían de su boca bajo el tupido mostacho iban acompañadas de un espeso vapor.
Un rayo solar que consiguió abrirse paso a través de las nubes se reflejó en su
ojo de cristal, haciéndolo brillar.
- Se supone que
ahora deberíamos irnos, puesto que ya no tenemos nada que hacer aquí.
A los demás les
pareció razonable abandonar la ciudad cuanto antes. Más teniendo en cuenta lo
poco hospitalaria que Raumar había sido con ellos.
- Pero yo no puedo
volver. No de esta manera, no sin haber intentado algo más.
Se miraron unos a
otros con expresiones de desaprobación. Math sabía de antemano que no estarían
de acuerdo con su idea.
- Jefe, no es culpa
tuya. Vinimos a buscar una persona, y esa persona está muerta. No hay nada más
que podamos hacer.
- Ya lo sé. Pero
necesito un día más para cerciorarme de que realmente todas las puertas están
cerradas. No quiero marcharme antes de haber agotado todas las posibilidades.
Al oír eso, Bajrein
se vio obligado a recordárselo.
- Quedarnos no nos
aportará nada más allá de poner en peligro nuestras vidas.
Lunder fue más
directa y expeditiva.
- Quienquiera que
sea, alguien quiere matarnos, y sigue ahí, al acecho.
- He pensado en
ello, compañeros. Por eso os propongo una solución. Yo me quedaré aquí, pero
vosotros viajaréis a Stard e informaréis a nuestro patrono de lo que sabemos.
- Ni hablar- lo
cortó Bajrein, secamente. -No te dejaremos solo ante el peligro.
- Si tú te quedas,
nosotros también- añadió Lunder.
Math reflexionó unos
segundos, presionado ante las expresiones de impaciencia de sus compañeros.
- Veréis. En
cualquier caso, alguien tiene que volver para avisar al cazador. Cuanto más
tardemos en darle noticia de lo que hemos averiguado, más tardará él en tomar
una nueva vía de investigación. No podemos hacerle perder este preciado tiempo,
pero tampoco podemos irnos sin más. Al menos dos de nosotros tienen que partir
hoy mismo.
- Tú decides- dijo
Lunder.
Volvió a
recapacitar. Los demás aprovecharon el momento de silencio para mirar alrededor
en busca de amenazas.
- Me quedo con
Musba’in. Vosotros dos emprenderéis el viaje a Stard de inmediato- sentenció
finalmente, mirando a Bajrein y a Lunder.
- De acuerdo.
- Así se hará.
- Jefe, ¿no puedo
cambiarme por Lunder?
- La decisión está
tomada. Te necesito aquí. Ahora pasaremos por el mercado y compraremos provisiones.
Luego os acompañaremos hasta la puerta de la ciudad y allí nos separaremos.
Llegaron a la
avenida que usaron el día anterior para adentrarse en la ciudad más rápido de
lo que habían esperado. Su sentido de la orientación no les falló, así que en
todo momento doblaron por las calles adecuadas, cortando camino. El mercado,
como pudieron comprobar enseguida, estaba tan abarrotado como lo habían
encontrado veinticuatro horas antes. Buscaron los tenderetes más vacíos, aun a
riesgo de ser los más caros; al contrario que en otros momentos de sus vidas,
esta vez lo que les faltaba era el tiempo y no el dinero. Cuando Bajrein y
Lunder terminaron de llenar sus zurrones con cecina de vaca, mojama, algo de
fruta, sal y pan, se encaminaron hacia la muralla. Aunque Bajrein insistió en
que no era necesario, Math quiso acompañarlos hasta el claro en el que los
esperaba Ezzad con los caballos, no sin antes advertir a los guardias de la
puerta que volverían a entrar al cabo de pocos minutos.
El reencuentro con el
bárbaro fue tan sobrio como cabía esperar; éste no mostró el más mínimo interés
por cómo les había ido dentro de la ciudad, ni se extrañó que regresaran tan
pronto. Cuando Math le informó sobre el cambio de planes, tampoco preguntó por
el motivo ni hizo ningún comentario. Todo ello no era asunto suyo. Se limitó a
ensillar a los animales y ayudar a sus compañeros a montar.
- Tomad nuestras
mantas- dijo Math.
- ¿Y eso?
- Es posible que os
sigan, que intenten rastrearos. Siempre que podáis, evitad encender hogueras
para que les sea más difícil localizaros. Nosotros compraremos otras en la
ciudad.
Antes de que Ezzad
también subiera a lomos de su caballo, Math le pidió un favor. La indagación
quedó resuelta en cuestión de segundos.
A medida que
avanzaban, los tres viajeros se fueron perdiendo entre la arboleda. Math y
Musba’in los siguieron con la vista hasta que sus siluetas se fundieron
completamente con las formas de la naturaleza. Luego dieron media vuelta y
volvieron a Raumar.
…
- ¿Cuál es el plan?
A Musba’in le
costaba seguir a Math. Éste andaba delante más rápido que nunca, y como la
avenida seguía tan concurrida como siempre, continuamente tenía que esforzarse
para no perderle.
Math respondió a su
pregunta cuando vio que volvía a estar a su altura.
- Volvemos a la
posada.
- ¿Y eso?
- Porque fue allí
donde nos intentaron matar.
Dos personas que
transitaban por la calle en sentido contrario pasaron entre ellos, obligándolos
a separarse. Musba’in estuvo a punto de perderlo otra vez.
- No te sigo.
- Piénsalo así. Si
buscan matarnos es porque no quieren que averigüemos algo. Y si no quieren que
averigüemos algo es porque realmente hay algo que averiguar. Ellos saben tan
bien como nosotros lo que dicen las actas oficiales del juicio al sometido.
Dudo que se tomen tantas molestias sólo para que no sepamos que ese tal Uric
fue ejecutado. Aquí hay algo más.
- ¿Y será en la
posada donde lo encontraremos?
- Por algún sitio
hay que empezar.
Y entonces Math le
explicó su plan en detalle.
Cuando entraron en
el local, tras la barra había una mujer que no habían visto hasta entonces.
Math preguntó por el propietario, y ella le respondió que había salido a hacer
unos recados, que volvería más tarde.
- Lo esperaremos en
aquella mesa.
- ¿Os sirvo algo?
- No gracias.
Math y Musba’in
eligieron uno de los rincones más aislados del salón, buscando de esta manera
algo de intimidad. Se acomodaron en las sillas y se dispusieron a esperar.
- Están buenas las
bárbaras- comentó Musba’in. Se refería a la camarera, a la cual no le quitaba
el ojo.
- No te distraigas
con tonterías.
Musba’in lo
obedeció, pero le costó despegar sus ojos del generoso escote de la empleada.
Eso era lo que más le gustaba de las mujeres bárbaras: sus voluptuosas curvas y
su poca tendencia a esconderlas, al contrario que las kulmeh, más recatadas en
general. Las namirias, por su parte, vestían de una manera tanto o más
descarada, pero su cuerpo era, normalmente, mucho menos sinuoso.
Math no desviaba la
atención de la puerta. Escrutaba cada persona que entraba en la posada, de
arriba abajo, sin ningún disimulo. Algunos se daban cuenta, y le devolvían la
mirada con expresión poco amistosa. Musba’in llegó a pensar que la actitud tan
insolentemente inquisitiva de su jefe les causaría problemas.
Unas horas después,
apareció el propietario. Al principio no reparó en ellos, pero cuando lo hizo
no pudo disimular su sorpresa. Titubeó un momento, y luego se acercó a la mesa
donde estaban. Ambos lo observaban fijamente, casi sin pestañear.
- Saludos, señores.
Un placer volver a veros.
- Siéntate por
favor-. Math apartó una silla y se la encaró. El posadero tomó asiento de forma
incómoda, buscando encontrar la postura más adecuada sin conseguirlo.
- No tengo mucho
tiempo…
- Nosotros tenemos
todo el tiempo del mundo.
Math y Musba’in
percibieron que tenía los nervios a flor de piel. Había empezado a sudar.
- ¿No queréis tomar
nada?
El posadero miraba a
uno y a otro alternativamente, cada vez más rápido.
- Sí, pero esta vez
corre a nuestra cuenta- dijo Math.
Hizo ademán de
avisar a la camarera, pero Math lo interrumpió.
- No, no. Me refiero
a que la comida la ponemos nosotros. Nos ha sobrado algo del desayuno.
Sacó una hogaza de
pan y panceta ahumada del zurrón y se la ofreció al propietario, lo que provocó
en él una reacción de espanto instantánea.
- Adelante, come.
- No tengo hambre…
- He dicho que
comas.
Aterrado, arrancó un
trozo de pan de la hogaza con sus manos temblorosas.
- De verdad que lo
siento, señores. Tengo que trabajar-. Apoyó sus manos en el borde de la mesa y
se levantó un poco, pero Math extendió el brazo sobre sus hombros y lo volvió a
sentar.
- Mi compañero te
está apuntando con una pistola por debajo de la mesa. Yo de ti no me movería
mucho, si no quieres que una bala destroce tus huevos- le advirtió en voz baja.
El posadero se fijó
en Musba’in, que estaba sentado frente a él. Vio que, efectivamente, su brazo
derecho se perdía por debajo de la tabla, y entonces palideció de golpe.
- ¿Por qué hacéis
esto?
- Aquí las preguntas
las hago yo. Te doy tres posibilidades: o nos dices quien te ha pagado, o te
comes el pan, o recibes un balazo. Tú eliges.
Math oteó el
entorno. Por suerte, a esa hora de la tarde todavía no había mucha gente. Pero
no tenían mucho tiempo. Se acercaba el fin de la jornada, y pronto el comedor
se empezaría a llenar de marineros y mozos deseosos de bebida y diversión.
- Estamos esperando.
Los chorretones de
sudor se desprendían por la frente y las mejillas del posadero, hasta caer a plomo
sobre la valona de su camisa. Su desesperación e impotencia eran cada vez más
palpables.
- Yo no sé nada…
- Entonces come.
Math dijo esto al
mismo tiempo que pinchó levemente su barriga con la punta de la daga. Al
notarlo, su resistencia se derrumbó; cogió una loncha de panceta, la dobló y se
la llevó a la boca. Antes incluso de que llegara a cortarla con sus dientes,
las lágrimas empezaron a aflorar en sus ojos.
Al ver que masticaba
pero no tragaba, Math incrementó la presión de la hoja.
- No puedo…-
balbuceó. Escupió la comida y rompió a llorar.
Cuando la gente que
había en las mesas más cercanas dejó de observarlos, Math volvió a hablar.
- Quién te ha
pagado…
El torturado
propietario vio que Musba’in no dejaba de sonreír ante su sufrimiento. Su mueca
de psicópata lo terminó de hundir.
- Fue un namirio…
- Continúa.
Entre sollozos,
contó todo lo que sabía.
- No sé su nombre,
ni su procedencia. Nada. Después de que os instalarais en la nueva habitación,
mis sirvientes y yo salimos para deshacernos del cadáver del asesino. Luego
regresé solo por el callejón de detrás, y en el momento en que sacaba la llave
para entrar por la puerta de la cocina, ese namirio apareció de entre las
sombras y me abordó.
Al ver que
colaboraba, Math alivió la presión de la daga. Eso permitió que el posadero
hablara de forma un poco más relajada.
- Me ofreció
cuarenta luriens a cambio de envenenar vuestro desayuno. No me dio otra
alternativa…
- ¿No podías
negarte?
- Me dijo que si no
aceptaba mi posada ardería…
El torrente de
lágrimas que caía de sus ojos se mezclaba en su bigote con los mocos que se
desprendían de su nariz.
- Lo siento…
- ¿Ese namirio tenía
una cicatriz en la mejilla?-. Esta vez fue Musba’in quien habló. El tono de la
pregunta sonó insistente, como si la respuesta lo resolviera todo.
- ¿¡Se puede saber
qué está pasando aquí!?
Todos se giraron a la vez, y
vieron a varios hombres armados que se acercaban a ellos.
…
Al servidor de
nuestros amos,
Los colaboradores
del cazador han sobrevivido a dos ataques, uno nocturno convencional y el otro
por la mañana, con veneno. Luego han proseguido con su investigación, hasta
averiguar el destino de su objetivo.
Inesperadamente, el
grupo se ha dividido. Dos vuelven a Stard para dar parte al cazador de los
resultados de sus pesquisas, y los otros dos se han quedado en Raumar.
Desconozco los motivos de esta decisión, así como los próximos pasos de los que
permanecen en la ciudad. En cualquier caso, me veo obligado a intervenir.
Sigo atento a los
movimientos de nuestros enemigos. Confirmo que conocen perfectamente todos los
detalles.
Subul Rav ‘Aid,
Turuq ha Wa’it.