Parte I. Capítulo 14.


El peso del fracaso



Math se sentía frustrado y decepcionado. Evidentemente, él no era el responsable del desenlace tan poco exitoso de la misión, pero aun así no podía evitar saborear el amargo regusto del fracaso. De hecho, a juzgar por la actitud abatida que adoptaron sus compañeros desde que salieron del palacio, sabía que no era el único que tenía esa sensación, aunque tampoco le servía de consuelo: como líder del grupo, toda la responsabilidad recaía sobre él.

Nunca antes había fallado de una forma tan estrepitosa. Todos los encargos que había aceptado anteriormente los había resuelto mejor o peor, pero en cualquier caso siempre fue capaz de ofrecer algún tipo de resultado a sus patronos. En cambio, esta vez volvería con las manos completamente vacías. No tenía nada para el cazador, ni siquiera un mínimo indicio que permitiera calcular los siguientes pasos. Quizá se exigía a sí mismo demasiado, pero por más que lo intentara, no lograba convencerse de que nunca tuvo ninguna posibilidad. Una parte de él lo empujaba a abandonar la ciudad de inmediato para informar a su jefe lo más pronto posible del inesperado giro de los acontecimientos, pero otra le animaba a quedarse en Raumar un tiempo más, por si acaso. Aunque esta segunda opción era absurda, un fuerte presentimiento lo atraía hacia ella. Cuando cruzaron el pasillo del muro que separaba el barrio de los mercaderes del resto de la ciudad, pidió a los demás que se detuvieran. Llegó el momento de tomar una decisión.

- Ya lo habéis visto- les dijo bajo el pórtico, mirándolos uno a uno. – Nuestra misión ha acabado.

Las palabras que salían de su boca bajo el tupido mostacho iban acompañadas de un espeso vapor. Un rayo solar que consiguió abrirse paso a través de las nubes se reflejó en su ojo de cristal, haciéndolo brillar.

- Se supone que ahora deberíamos irnos, puesto que ya no tenemos nada que hacer aquí.

A los demás les pareció razonable abandonar la ciudad cuanto antes. Más teniendo en cuenta lo poco hospitalaria que Raumar había sido con ellos.

- Pero yo no puedo volver. No de esta manera, no sin haber intentado algo más.

Se miraron unos a otros con expresiones de desaprobación. Math sabía de antemano que no estarían de acuerdo con su idea.

- Jefe, no es culpa tuya. Vinimos a buscar una persona, y esa persona está muerta. No hay nada más que podamos hacer.

- Ya lo sé. Pero necesito un día más para cerciorarme de que realmente todas las puertas están cerradas. No quiero marcharme antes de haber agotado todas las posibilidades.

Al oír eso, Bajrein se vio obligado a recordárselo.

- Quedarnos no nos aportará nada más allá de poner en peligro nuestras vidas.

Lunder fue más directa y expeditiva.

- Quienquiera que sea, alguien quiere matarnos, y sigue ahí, al acecho.

- He pensado en ello, compañeros. Por eso os propongo una solución. Yo me quedaré aquí, pero vosotros viajaréis a Stard e informaréis a nuestro patrono de lo que sabemos.

- Ni hablar- lo cortó Bajrein, secamente. -No te dejaremos solo ante el peligro.

- Si tú te quedas, nosotros también- añadió Lunder.

Math reflexionó unos segundos, presionado ante las expresiones de impaciencia de sus compañeros.

- Veréis. En cualquier caso, alguien tiene que volver para avisar al cazador. Cuanto más tardemos en darle noticia de lo que hemos averiguado, más tardará él en tomar una nueva vía de investigación. No podemos hacerle perder este preciado tiempo, pero tampoco podemos irnos sin más. Al menos dos de nosotros tienen que partir hoy mismo.

- Tú decides- dijo Lunder.

Volvió a recapacitar. Los demás aprovecharon el momento de silencio para mirar alrededor en busca de amenazas.

- Me quedo con Musba’in. Vosotros dos emprenderéis el viaje a Stard de inmediato- sentenció finalmente, mirando a Bajrein y a Lunder.

- De acuerdo.

- Así se hará.

- Jefe, ¿no puedo cambiarme por Lunder?

- La decisión está tomada. Te necesito aquí. Ahora pasaremos por el mercado y compraremos provisiones. Luego os acompañaremos hasta la puerta de la ciudad y allí nos separaremos.

Llegaron a la avenida que usaron el día anterior para adentrarse en la ciudad más rápido de lo que habían esperado. Su sentido de la orientación no les falló, así que en todo momento doblaron por las calles adecuadas, cortando camino. El mercado, como pudieron comprobar enseguida, estaba tan abarrotado como lo habían encontrado veinticuatro horas antes. Buscaron los tenderetes más vacíos, aun a riesgo de ser los más caros; al contrario que en otros momentos de sus vidas, esta vez lo que les faltaba era el tiempo y no el dinero. Cuando Bajrein y Lunder terminaron de llenar sus zurrones con cecina de vaca, mojama, algo de fruta, sal y pan, se encaminaron hacia la muralla. Aunque Bajrein insistió en que no era necesario, Math quiso acompañarlos hasta el claro en el que los esperaba Ezzad con los caballos, no sin antes advertir a los guardias de la puerta que volverían a entrar al cabo de pocos minutos.

El reencuentro con el bárbaro fue tan sobrio como cabía esperar; éste no mostró el más mínimo interés por cómo les había ido dentro de la ciudad, ni se extrañó que regresaran tan pronto. Cuando Math le informó sobre el cambio de planes, tampoco preguntó por el motivo ni hizo ningún comentario. Todo ello no era asunto suyo. Se limitó a ensillar a los animales y ayudar a sus compañeros a montar. 

- Tomad nuestras mantas- dijo Math.

- ¿Y eso?

- Es posible que os sigan, que intenten rastrearos. Siempre que podáis, evitad encender hogueras para que les sea más difícil localizaros. Nosotros compraremos otras en la ciudad.

Antes de que Ezzad también subiera a lomos de su caballo, Math le pidió un favor. La indagación quedó resuelta en cuestión de segundos.

A medida que avanzaban, los tres viajeros se fueron perdiendo entre la arboleda. Math y Musba’in los siguieron con la vista hasta que sus siluetas se fundieron completamente con las formas de la naturaleza. Luego dieron media vuelta y volvieron a Raumar.





- ¿Cuál es el plan?

A Musba’in le costaba seguir a Math. Éste andaba delante más rápido que nunca, y como la avenida seguía tan concurrida como siempre, continuamente tenía que esforzarse para no perderle.

Math respondió a su pregunta cuando vio que volvía a estar a su altura.

- Volvemos a la posada.

- ¿Y eso?

- Porque fue allí donde nos intentaron matar.

Dos personas que transitaban por la calle en sentido contrario pasaron entre ellos, obligándolos a separarse. Musba’in estuvo a punto de perderlo otra vez.

- No te sigo.

- Piénsalo así. Si buscan matarnos es porque no quieren que averigüemos algo. Y si no quieren que averigüemos algo es porque realmente hay algo que averiguar. Ellos saben tan bien como nosotros lo que dicen las actas oficiales del juicio al sometido. Dudo que se tomen tantas molestias sólo para que no sepamos que ese tal Uric fue ejecutado. Aquí hay algo más.

- ¿Y será en la posada donde lo encontraremos?

- Por algún sitio hay que empezar.

Y entonces Math le explicó su plan en detalle.

Cuando entraron en el local, tras la barra había una mujer que no habían visto hasta entonces. Math preguntó por el propietario, y ella le respondió que había salido a hacer unos recados, que volvería más tarde.

- Lo esperaremos en aquella mesa.

- ¿Os sirvo algo?

- No gracias.

Math y Musba’in eligieron uno de los rincones más aislados del salón, buscando de esta manera algo de intimidad. Se acomodaron en las sillas y se dispusieron a esperar.  

- Están buenas las bárbaras- comentó Musba’in. Se refería a la camarera, a la cual no le quitaba el ojo.

- No te distraigas con tonterías.

Musba’in lo obedeció, pero le costó despegar sus ojos del generoso escote de la empleada. Eso era lo que más le gustaba de las mujeres bárbaras: sus voluptuosas curvas y su poca tendencia a esconderlas, al contrario que las kulmeh, más recatadas en general. Las namirias, por su parte, vestían de una manera tanto o más descarada, pero su cuerpo era, normalmente, mucho menos sinuoso.   

Math no desviaba la atención de la puerta. Escrutaba cada persona que entraba en la posada, de arriba abajo, sin ningún disimulo. Algunos se daban cuenta, y le devolvían la mirada con expresión poco amistosa. Musba’in llegó a pensar que la actitud tan insolentemente inquisitiva de su jefe les causaría problemas.

Unas horas después, apareció el propietario. Al principio no reparó en ellos, pero cuando lo hizo no pudo disimular su sorpresa. Titubeó un momento, y luego se acercó a la mesa donde estaban. Ambos lo observaban fijamente, casi sin pestañear.

- Saludos, señores. Un placer volver a veros.

- Siéntate por favor-. Math apartó una silla y se la encaró. El posadero tomó asiento de forma incómoda, buscando encontrar la postura más adecuada sin conseguirlo.

- No tengo mucho tiempo…

- Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo.

Math y Musba’in percibieron que tenía los nervios a flor de piel. Había empezado a sudar.

- ¿No queréis tomar nada?

El posadero miraba a uno y a otro alternativamente, cada vez más rápido.

- Sí, pero esta vez corre a nuestra cuenta- dijo Math.

Hizo ademán de avisar a la camarera, pero Math lo interrumpió.

- No, no. Me refiero a que la comida la ponemos nosotros. Nos ha sobrado algo del desayuno.

Sacó una hogaza de pan y panceta ahumada del zurrón y se la ofreció al propietario, lo que provocó en él una reacción de espanto instantánea.

- Adelante, come.

- No tengo hambre…

- He dicho que comas.

Aterrado, arrancó un trozo de pan de la hogaza con sus manos temblorosas.

- De verdad que lo siento, señores. Tengo que trabajar-. Apoyó sus manos en el borde de la mesa y se levantó un poco, pero Math extendió el brazo sobre sus hombros y lo volvió a sentar.

- Mi compañero te está apuntando con una pistola por debajo de la mesa. Yo de ti no me movería mucho, si no quieres que una bala destroce tus huevos- le advirtió en voz baja.

El posadero se fijó en Musba’in, que estaba sentado frente a él. Vio que, efectivamente, su brazo derecho se perdía por debajo de la tabla, y entonces palideció de golpe.

- ¿Por qué hacéis esto?

- Aquí las preguntas las hago yo. Te doy tres posibilidades: o nos dices quien te ha pagado, o te comes el pan, o recibes un balazo. Tú eliges.

Math oteó el entorno. Por suerte, a esa hora de la tarde todavía no había mucha gente. Pero no tenían mucho tiempo. Se acercaba el fin de la jornada, y pronto el comedor se empezaría a llenar de marineros y mozos deseosos de bebida y diversión. 

- Estamos esperando.

Los chorretones de sudor se desprendían por la frente y las mejillas del posadero, hasta caer a plomo sobre la valona de su camisa. Su desesperación e impotencia eran cada vez más palpables.

- Yo no sé nada…

- Entonces come.

Math dijo esto al mismo tiempo que pinchó levemente su barriga con la punta de la daga. Al notarlo, su resistencia se derrumbó; cogió una loncha de panceta, la dobló y se la llevó a la boca. Antes incluso de que llegara a cortarla con sus dientes, las lágrimas empezaron a aflorar en sus ojos.

Al ver que masticaba pero no tragaba, Math incrementó la presión de la hoja.

- No puedo…- balbuceó. Escupió la comida y rompió a llorar.

Cuando la gente que había en las mesas más cercanas dejó de observarlos, Math volvió a hablar.

- Quién te ha pagado…

El torturado propietario vio que Musba’in no dejaba de sonreír ante su sufrimiento. Su mueca de psicópata lo terminó de hundir.

- Fue un namirio…

- Continúa.

Entre sollozos, contó todo lo que sabía.

- No sé su nombre, ni su procedencia. Nada. Después de que os instalarais en la nueva habitación, mis sirvientes y yo salimos para deshacernos del cadáver del asesino. Luego regresé solo por el callejón de detrás, y en el momento en que sacaba la llave para entrar por la puerta de la cocina, ese namirio apareció de entre las sombras y me abordó.

Al ver que colaboraba, Math alivió la presión de la daga. Eso permitió que el posadero hablara de forma un poco más relajada.

- Me ofreció cuarenta luriens a cambio de envenenar vuestro desayuno. No me dio otra alternativa…

- ¿No podías negarte?

- Me dijo que si no aceptaba mi posada ardería…

El torrente de lágrimas que caía de sus ojos se mezclaba en su bigote con los mocos que se desprendían de su nariz.

- Lo siento…

- ¿Ese namirio tenía una cicatriz en la mejilla?-. Esta vez fue Musba’in quien habló. El tono de la pregunta sonó insistente, como si la respuesta lo resolviera todo. 

- ¿¡Se puede saber qué está pasando aquí!?

Todos se giraron a la vez, y vieron a varios hombres armados que se acercaban a ellos.





Al servidor de nuestros amos,

Los colaboradores del cazador han sobrevivido a dos ataques, uno nocturno convencional y el otro por la mañana, con veneno. Luego han proseguido con su investigación, hasta averiguar el destino de su objetivo.

Inesperadamente, el grupo se ha dividido. Dos vuelven a Stard para dar parte al cazador de los resultados de sus pesquisas, y los otros dos se han quedado en Raumar. Desconozco los motivos de esta decisión, así como los próximos pasos de los que permanecen en la ciudad. En cualquier caso, me veo obligado a intervenir. 

Sigo atento a los movimientos de nuestros enemigos. Confirmo que conocen perfectamente todos los detalles.

Subul Rav ‘Aid, Turuq ha Wa’it.