Parte I. Capítulo 13.


Las profundidades del mal



Las galerías que conducían a los yacimientos de plata eran estrechas y poco seguras, y estaban mal ventiladas. El cazador de brujas avanzaba a través ellas acompañado por un grupo de soldados encabezados por el alguacil. Un trabajador los guiaba por el camino correcto.

Mientras descendían, éste no dejaba de darles la tabarra sobre la importancia del mineral allí extraído para la economía de Stard y sobre la historia milenaria, según él, de esas excavaciones. Tal era la molestia que causaba con su inoportuna lección de historia que finalmente el alguacil lo hizo callar con una reprimenda no demasiado agradable. Al cazador le pareció desproporcionada, pero agradeció el silencio que se impuso después. Si el ensordecedor eco de la voz del minero hubiera seguido retumbando por los corredores un minuto más, quizá hasta él hubiera reaccionado así.

En las proximidades del depósito, el calor era inaguantable. El poco aire de la zona, denso y pesado, les dificultaba la respiración, y la oscuridad era absoluta más allá del halo que se extendía alrededor de los pocos faroles que colgaban de las vigas de madera. Había tramos en los que ni siquiera podían verse los propios pies, lo que les obligaba a aminorar el paso para no tropezar. Afuera la temperatura había bajado en picado a causa del viento congelado procedente de las montañas, pero cuando llegaron a su destino en las profundidades de la gruta el cazador sudaba por todos los poros de su piel. Y el malestar provocado por la falta de oxígeno y el bochorno pronto se acentuó por otra mala sensación, la del olor a cadáver en estado de descomposición. No había duda, estaban llegando a la escena del crimen. La sangre reseca pegada en las rocas que se empezó a vislumbrar a la luz de los candiles era buena prueba de ello.

Los despojos de las víctimas, como era habitual, presentaban formas grotescas. Por sus posturas antinaturales el cazador supo que, esta vez sí, se habían respetado sus instrucciones de no tocar los cadáveres antes de que él llegara. Uno a uno, con la ayuda de su lamparilla, fue inspeccionando los torturados restos de los desgraciados mineros. El alguacil lo acompañaba, a la espera de algún comentario, pero éste no se produjo. Cuando en una ocasión se miraron, cada uno situado en un costado del cuerpo retorcido que centraba su atención en ese momento, ambos tapaban su nariz con una tela para protegerse del insufrible hedor.

- En esa galería hay más muertos.

El guía señaló hacia la entrada de la cavidad que se adentraba aun más en las entrañas de la montaña. El cazador se dirigió a ella, y no tardó en ver otros tres cadáveres, tumbados boca abajo. Las hendiduras que cruzaban sus espaldas probaban que habían intentado escapar del ataque, sin éxito. Nunca tuvieron ninguna posibilidad, ya que esa cueva no tenía salida. Obviando, evidentemente, el hecho de que era imposible huir de las dos brujas.

Las pesquisas, esta vez, no duraron mucho. El cazador sabía que, como siempre, no encontraría nada, así que decidió que no tenía sentido alargar la agonía bajo esas draconianas condiciones.

Mientras subía de nuevo a la superficie, pensó en Math y su grupo. Cada vez estaba más convencido de que la resolución del caso estaba en sus manos. Del éxito o fracaso de su misión dependía que nadie más tuviera que protagonizar, como había hecho él ese día, otro descenso a los infiernos.





El húmedo calor de la mina era, medio día después, un desagradable recuerdo. El nuevo enemigo del cazador en ese momento era el seco frío polar, tan característico del Nirian. De forma totalmente involuntaria sus pensamientos se centraron en Uric du Sidma’il, en cómo había conseguido sobrevivir a las inclemencias del tiempo y del entorno en pleno invierno, herido y agotado después de meses de combates. Si ahora la temperatura era tan baja en ese rincón perdido, salvaje e inhóspito del continente, no podía ni imaginarse lo que les esperaba a los lugareños cuando llegaban los meses más fríos del año. Antes de que alcanzara la fonda de los mineros ya había empezado a nevar.

El fuego de la chimenea y la sopa caliente lo reconfortaron. Sentado en una de las mesas del comedor, esperó a que sus manos, hasta ese momento agarrotadas e insensibles, recuperaran su movilidad. Necesitaba tomar notas y esclarecer las ideas antes de que se le empezaran a olvidar los detalles. Era consciente de que ya tenía una edad, de que su mente ya no era una hoja en blanco que lo registraba todo. Cada vez tenía que recurrir con más frecuencia a su cuaderno.

“Esta nueva matanza sigue el mismo patrón que las anteriores: su aparición ante las víctimas fue por sorpresa, pero antes de atacarlas dieron señales de su presencia, para que pudieran prepararse o simplemente para que tomaran consciencia de lo que les esperaba. Hay señales de forcejeo en algunos cuerpos, lo que indica que algunos mineros intentaron defenderse. Aunque no pueda descartarse la idea, es muy improbable que consiguieran herir a alguna de las brujas. Encontré restos de sangre en la punta de uno de los picos, pero no puedo asegurar su procedencia. Si bien es cierto que ellas suelen dejar el arma clavada en sus víctimas, también lo es que a veces usan algunas, y cuando ya les han dado suficiente uso, rematan con otras.

Los que intentaron huir corrieron un buen trecho antes de caer, y cuando ellas los atraparon los agredieron por la espalda con golpes rápidos y mortales, sin ensañamiento. Eso, al menos, es una novedad. Dudo que esos mineros les causaran algún problema serio, pero tengo el presentimiento de que algo está cambiando, y sólo se me ocurren dos cosas: o que ellas se están debilitando, o que si siguen matando es por resignación más que por verdadero placer. Incluso parecía que las heridas de los que si fueron torturados eran más profundas y descuidas de lo habitual, como si el mantenerlos con vida más tiempo para alargar su suplicio ya no fuera una prioridad. Mi opinión es que esas dos brujas se están cansando de matar, pero es sólo una conjetura que tendré que confirmar o desmentir en futuros análisis forenses…”

La ráfaga de viento helado que se coló en la sala cuando alguien abrió la puerta lo interrumpió. Era el alguacil, que entró frotándose las manos y sacándose la nieve acumulada en sus botas. Echó un vistazo en todas direcciones, y cuando identificó al cazador, se dirigió directamente a él.

- Tenemos un testigo- dijo mientras se sentaba en el taburete de madera, delante de su compañero.

- ¿Dónde está?

- Es un niño, hijo de uno de los mineros muertos. Hace dos días, su madre le pidió que llevara un fardel de comida a su padre, que estaba trabajando en la mina. Cuando se acercó a la entrada, vio a dos figuras blancas que se marchaban. Se asustó y se escondió detrás de un matojo, sin dejar de observarlas. Asegura que una de esas siluetas, antes de desaparecer, se volvió hacia él y le sonrió. Quedó tan aterrorizado por la visión de su rostro que enseguida se desmayó.

- Vamos a hablar con él.

- Eso no va a ser posible. El niño contó todo esto a su madre entre delirios y espasmos, justo después de despertarse, y desde entonces no habla, ni come, ni se mueve. Está completamente paralizado.

- Da igual, quiero verlo igualmente.

El cazador se levantó de golpe, guardó su cuaderno bajo su chaquetón y se dispuso a abandonar la fonda. Pero antes de que llegara a la puerta, alguien se abalanzó sobre él con un cuchillo en la mano. Gracias a un rápido movimiento instintivo, el atacante falló en su intento de alcanzar su cuello, dándole el tiempo justo al cazador para lanzarle un puñetazo en la cara. De resultas del golpe, el desconocido trastabilló unos segundos, pero antes de que su contrincante se lo esperara, volvió a levantar el cuchillo y lo dirigió a toda velocidad contra su pecho. El cazador se apartó de su trayectoria, pero no lo suficiente como para evitar que el arma se clavara en su hombro. Dio dos erráticos pasos hacia atrás, hasta chocar con una mesa. El asesino tuvo en ese momento la oportunidad de huir, pero no lo hizo. En vez de eso, sacó otra arma de su cinto y se dispuso a terminar el trabajo. La espada del alguacil, que cayó sobre él desde su flanco, se lo impidió.