Parte I. Capítulo 12.


Tras los pasos del maestro



“Menuda racha”, pensó Musba’in. “Nuestra primera noche en Raumar, y la ciudad nos da la bienvenida colando a unos asesinos en nuestra habitación”. El cadáver del sicario todavía yacía sobre el suelo, envuelto en un charco de sangre. Sentado en el borde de la cama, Math observaba su ropa: calzas y jubón ajustados, guantes de cuero fino, capucha ceñida, un pañuelo para cubrir la mitad inferior de la cara…, y todo de color negro o azul muy oscuro. El conjunto formaba el típico uniforme del oficio, el más idóneo para actuar de noche con la máxima discreción, fundido entre las sombras. En aquel momento, Math sólo le debía la vida a su agudo oído. Los ojos no le podían haber ayudado en nada.

Media hora antes, Bajrein había estado discutiendo con el propietario de la posada. Lo primero que hizo cuando éste subió las escaleras y corrió hacia ellos alertado por el estruendo fue pedirle explicaciones por la falta de seguridad en su establecimiento. Desde el pasillo, el posadero se mostró furioso por el destrozo de la puerta, pero cuando Bajrein lo hizo entrar en la habitación y vio el cuerpo y la sangre que aún emanaba de su cuello, palideció de golpe. Ante los embates del ganziano, no pudo hacer otra cosa que pasar a la defensiva, repitiendo una y otra vez que él no tenía nada que ver con los atacantes y que desconocía por completo cómo habían conseguido entrar en el dormitorio sin ser vistos. Math lo creyó sincero, así que intermedió para enfriar los ánimos de su compañero y poner paz. Finalmente, acordaron que el asunto no saliera de esa habitación, y menos para informar a la guardia. Ni el dueño ni los invitados denunciarían la agresión, a cambio del silencio de la otra parte. Al menos, la parroquia en el piso inferior estaba demasiado borracha como para darse cuenta de nada, y los que dormían en las habitación contiguas, si de verdad oyeron algo, no dieron señales de que les preocupase lo más mínimo. Tras el acuerdo, el posadero les dijo que les prepararía otra habitación sin coste adicional y se marchó.

Entre tanto, Lunder apareció por el hueco que había dejado la puerta derribada. La escena no pareció afectarle demasiado; se limitó a saludar y a mirar el cadáver de reojo. Cuando Math le preguntó dónde había estado, le respondió escuetamente que había estado dando un paseo.

Bajrein abrió los botones del jubón del sicario, y Math le sacó la capucha y el pañuelo que escondía su cara. Palparon todo su cuerpo, pero no encontraron nada que les diera una pista sobre el motivo del ataque o sobre la persona que lo había encargado. Ni en los bolsillos ni en el resto de su cuerpo hallaron ningún objeto personal, más allá del estilete con que pretendía concluir su trabajo. Sin duda, estaban ante un profesional, escurridizo mientras vivía, y preparado para convertirse en un anónimo si algo salía mal. Pero lo que reveló definitivamente el grado de sofisticación y meticulosidad de aquel encargo fue una bolsita hecha de tripa que sacaron de la garganta del cadáver, estirando de un hilo ligado por el otro extremo a un diente. Con un cuchillo, Math la rajó sobre el suelo, y de ella salió una sustancia negruzca y pesada. “Veneno para suicidarse en caso de ser detenido con vida”, comprendieron todos al instante.

- Perfecto. Ahora alguien paga para vernos muertos. Y por lo visto, paga bastante- comentó Lunder.

- Y eso que la misión iba a ser sencilla- añadió Musba’in.

Math se levantó y se asomó al pasillo. Miró a ambos lados, y luego volvió a entrar.

- Debemos estar muy atentos a partir de ahora. Haremos turnos por las noches, y de día nos moveremos juntos por la ciudad. Alguien no quiere que completemos este trabajo, así que os quiero al máximo. Ahora más que nunca.  

Un sonido de pasos desvió su atención hacia el pasillo. El posadero y dos criados aparecieron por el hueco.

- Ya tenéis la habitación preparada. Por aquí, por favor…

Los cuatro cargaron sus morrales sobre el hombro y lo siguieron. A sus espaldas, los dos mozos empezaron a levantar el cadáver para retirarlo.


A la mañana siguiente, el grupo estaba almorzando en un rincón del comedor. A Math se lo llevaban los demonios: el Sol ya hacía rato que había salido, tenían un largo día por delante y se habían despertado demasiado tarde. Pero no podía ser para menos, ya que con el cansancio acumulado por el viaje y el incidente con los sicarios que los obligó a pasar media noche en vela, necesitaban descansar y recuperar fuerzas. Math fue el último en hacer guardia; podría haberlos despertado antes, pero prefirió no forzarlos. Convenía que estuvieran en forma para lo que les esperaba durante el día.

La decisión de permanecer en la misma posada a pesar del intento de asesinato que habían sufrido en ella resultó ser acertada. Bien es cierto que de esta manera seguían estando controlados por su desconocido enemigo, pero era improbable que éste atacara de nuevo tan pronto cuando sabía que su objetivo estaba avisado y alerta. En cambio, buscar otro alojamiento en plena noche a través de unas calles oscuras y desiertas que no conocían hubiera sido una imprudencia mucho mayor. Math escogió la alternativa menos mala, y el hecho de que siguieran vivos lo reconfortaba. A veces, el liderazgo era una tarea muy poco gratificante.

Lo que sí descartó desde un principio fue recurrir a las autoridades. Primero, por una cuestión práctica: si todo iba bien, no estarían más de dos o tres días en la ciudad, por lo que ellos mismos se bastaban para garantizarse su propia seguridad sin ayuda externa durante ese breve periodo de tiempo. Y luego, y más importante, por un imperativo de la propia misión, que establecía expresamente la discreción en todas sus fases. Aparte, el hecho de estar involucrados en una refriega nocturna con derramamiento de sangre no podía ayudarlos demasiado si querían ganarse al Val. Más bien al contrario. 

Aunque les habría gustado quedarse un poco más en la mesa, no tardaron en recoger sus cosas y marcharse. Ahora ya estaban listos para empezar la jornada, después de tomar un baño matutino y llenar el estómago. 

De camino al barrio de los mercaderes, escogieron siempre que pudieron las calles más anchas y transitadas, y durante la mayor parte del trayecto optaron por la clásica formación en cuadrado: Math y Musba’in delante, atentos a lo que pasaba enfrente, y Bajrein y Lunder detrás, cubriendo los flancos y la retaguardia. Tardaron bastante en llegar a los muros que protegían la parte rica de la ciudad, y eso que avanzaron a paso ligero. Luego, una vez los alcanzaron, tuvieron que esperar otro rato más en las colas que se formaban ante los controles de la guardia.

Al menos, esta vez encontraron las puertas del palacio abiertas de par en par, y los soldados que las custodiaban, los mismos del día anterior, estaban mucho más receptivos. Math sacó de nuevo el salvoconducto sellado por el barón de Stard, y gracias a él obtuvieron el permiso para entrar en el espacioso vestíbulo de la mansión. En contraposición con el estado decadente que presentaba la ciudad, la residencia del Val y su administración parecía sacada directamente de gloriosos tiempos pasados, cuando los Tal’imran todavía gobernaban con algo de justicia, los pueblos de Gottenmorth todavía los obedecían dócilmente, y todos prosperaban. Al lado de su esplendoroso interior, cargado de lujo y pompa, el rudo castillo de Stard se convertía en un vulgar cuartel de tropa de base. Ninguno de los cuatro pudo evitar fijarse en los numerosos detalles que adornaban aquella inmensa sala, desde las armaduras de plata erigidas alrededor de las paredes hasta las columnas de mármol tallado con motivos preciosistas y los tapices rojos con bordes dorados que cubrían los paneles. Los retratos de diferentes personalidades relacionadas con la historia de Raumar presidían cada rincón, y desde el techo de yeso surcado por relieves florales colgaban unas majestuosas lámparas de cristal fino y brillante. Una ancha escalera, cubierta por una alfombra roja, conducía al piso superior, donde se encontraban las dependencias de la familia gobernante. Lunder se fijó en que ambos pretiles estaban segmentados a lo largo de todo su recorrido por representaciones de aves hechas de piedra, y contó hasta seis en cada uno; algunos pájaros tenían las alas extendidas en posición de vuelo, otros estaban en posición de descanso, pero todos tenían un aspecto amenazador. Luego se percató de que eran cuervos.

De golpe, Math se acordó de que no habían ido a ese lugar para disfrutar de su lujo fanfarrón, sino para cumplir un encargo. Avisó a los demás y se dirigió hacia uno de los guardias apostados al pie de la escalera. Después de intercambiar unas palabras con él, regresó con el grupo y les informó de que debían buscar a un paje para que los guiara hacia el despacho del secretario de palacio.

Cuando lo encontraron, estaba ocupado dando unas indicaciones a otras personas, así que esperaron a que quedara libre.

- Queremos hablar con el Val. Tenemos una carta de encomienda sellada por el barón de Stard que nos acredita- Math dijo esto mientras sacaba el documento de su chaquetón, pero el paje rechazó la acción con un gesto de mano.

- Ya se la enseñaréis al secretario. Podéis pasar, pero tenéis que desprenderos de todas las armas de fuego. Seguidme.

El mozo los condujo hasta una puerta doble situada en la pared del fondo, a la izquierda de la escalera. Tras pasarla, dos fornidos esbirros se acercaron a ellos y, sin mediar palabra, les reclamaron sus armas. Math y Musba’in, los únicos que llevaban pistolas, se las entregaron, así como todo el equipaje que cargaban.

Cruzaron un largo pasillo enmoquetado, hasta detenerse en una antesala iluminada por un gran ventanal. El paje les informó de que el secretario estaba reunido, y les invitó a que se sentaran. Después de obsequiarlos con una apática reverencia, se marchó.

Mientras esperaban, un gentilhombre apareció por la puerta del pasillo y pidió la carta oficial. La leyó detenidamente con expresión ceñuda durante más tiempo del que Math consideró necesario, y luego se la devolvió. Antes de entrar al despacho, les dijo que el secretario los recibiría enseguida, pero que sólo podía entrar una persona.

Minutos después, la puerta por donde había entrado el funcionario se abrió, y dos hidalgos vestidos de gala abandonaron la oficina, no sin antes mirar de reojo a los que estaban sentados en la antesala y susurrar un comentario despectivo. Un mozo se asomó e indicó que la persona encargada de transmitir la comunicación ya podía pasar. Math se levantó y accedió.

- Su Excelencia el Val de Raumar está demasiado ocupado. Todo lo que tienes que decirle me lo puedes transmitir a mí, y yo me encargaré de hacérselo saber.

- Es importante que me dirija directamente a tu señor. Esa es la voluntad del barón de Stard, como consta en su carta.

- Tu barón no tiene ninguna autoridad aquí para decidir nada. Si los súbditos de esta ciudad no pueden ver a su Val, menos derecho a ello tiene un extranjero. Además, parece que él ni siquiera es tu señor. Tu acento te delata, kulmeniano.

- No estoy aquí para discutir mi origen. Insisto: por el derecho que me confiere este documento, solicito una entrevista con el Val.

El secretario jugó cruzando los dedos de sus manos, sin que se borrara en ningún momento de su cara la irritante sonrisa de autosuficiencia. Math todavía no había empezado a desesperarse por su terquedad, pero estaba a punto.

- De acuerdo. Tendrás tu entrevista. Dentro de una semana.

Math casi no recordaba lo duro que era tratar con la burocracia. Sólo por eso, prefería las misiones en zonas rurales, lejos de la mezquindad que reinaba entre los hombres ricos de las grandes ciudades. Resignado, no tuvo más remedio que plegarse a los procedimientos del funcionario.

- No dispongo de ese tiempo.

- El Val tampoco. Hasta la semana que viene.



En la antesala del despacho del secretario, Bajrein, Musba’in y Lunder estaban acompañados por varios solicitantes que habían ido llegando, y que ahora esperaban su turno. Musba’in no aguantó mucho sentado; después de dar un par de vueltas por la habitación, se detuvo ante el ventanal y observó el patio ajardinado que se extendía alrededor del edificio. En el exterior no había menos movimiento que en los pasillos y el vestíbulo; como pudo comprobar, la cantidad de gente que transitaba aquella plaza era considerable, teniendo en cuenta que no era un espacio público. La indumentaria de todos ellos era buena prueba de su condición: abundaban los colores brillantes y los estampados; entre las mujeres, las anchas faldas abombadas por guardainfantes era la norma, y entre los hombres, los más discretos preferían la valona, pero algunos lucían en sus cuellos esa ridícula prenda llamada lechuguilla, que Musba’in conocía bien porque era una moda importada de los namirios. Al ver semejante escena, sonrió pensando en la poca distancia moral que separaba a esos pisaverdes del palacio del Val de los miembros de la raza de su familia paterna, a pesar de que Raumar quedaba físicamente muy lejos de las colonias namirias más cercanas. En la mayoría de los aspectos de su mentalidad Musba’in era más namirio que kulmeh, pero en cuanto a gustos estéticos se refiere estaba a las antípodas de ellos; desde pequeño siempre prefirió el clásico vestido del soldado o el mercenario kulmeh, que era el que lucía en ese momento, caracterizado por el sombrero emplumado de ala ancha, el coleto de piel, la camisa ancha, los calzones holgados y las polainas que protegían las calzas, todo ello liso y de color oscuro. A causa del frío, añadía una ropilla sobre el torso que le bajaba hasta las ingles, y en los meses más crudos del invierno sumaba una capa. Dejando de lado la vestidura, el rostro de Musba’in era una mezcla del semblante namirio y del kulmeh, muy propio de un mestizo como él: un bigote poco poblado y una puntiaguda perilla rompían la monotonía de sus mejillas imberbes, así que ni era barbilampiño como los unos ni barbudo como los otros.  En cambio, su cabellera morena y greñuda, larga hasta los hombros como imponían los cánones, sí que podía pasar por kulmeh enteramente.

Mientras Musba’in mataba el tiempo en el ventanal, Bajrein musitaba unas oraciones al mismo tiempo que hacía correr con los dedos las cuentas de su rosario. Lunder lo observó un momento, y después de reflexionarlo, llegó a la conclusión de que aquel hombre era un digno representante de su pueblo, tanto en su físico como en su espíritu. Todo él era fornido y cuadrado, desde sus anchos hombros hasta sus robustas piernas. Al comparar su cuerpo con el de Musba’in, vio que poco se parecía al porte atlético de éste, y mucho menos al suyo, tan delgado que casi daba una apariencia de enfermizo. Al contrario que los otros hombres del grupo, Bajrein se dejaba crecer su espesa barba sin arreglos ni florituras, lo que le confería un aspecto rudo y cerril, acentuado por su calva, sus ojos hundidos y su ancha nariz.

Cuando ella detuvo su mirada en él, Bajrein se la devolvió sin dejar de susurrar, y entonces pudo reparar detenidamente en las heridas que la pelea del día anterior había dejado en su labio y en su cuello. Él no la había presenciado, pero podía imaginársela; cada vez que veía a Lunder luchar, ya fuera en un duelo de esgrima o con las manos desnudas, se asombraba de su habilidad y de cómo podía vencer a enemigos mucho más corpulentos y fuertes que ella. Sin duda, su rapidez y reflejos eran la clave: pocas veces sus rivales podían beneficiarse de su mayor potencia porque pocas veces lograban que sus golpes la alcanzaran. Cuando Math decidió unirla a la banda Bajrein se opuso por considerarla una carga más que un beneficio, pero tan pronto como la vio manejar el acero la aceptó sin más discusión. Ni siquiera el hecho de ser nesudia se convirtió en un impedimento para su plena integración, pues entre hermanos de armas, cuando la vida de cada uno dependía continuamente de la buena voluntad de los demás camaradas, no había intolerancia racial o religiosa que valiera. Ni siquiera para el terco Bajrein.


Era como hablar con una pared. Viendo que no conseguiría ningún resultado positivo si se mantenía en sus trece, Math no tuvo más remedio que ceder ante la pertinacia del secretario.

- Buscamos a un hombre. Es un sometido que fue prendido por los soldados del Val en algún momento del año pasado, y luego fue juzgado en otoño.

- ¿Cómo? ¿A quién le puede interesar un tipo así?- la exclamación de sorpresa del secretario sonó sincera, pues por primera vez miró a su interlocutor a la cara mientras hablaba. Math sabía que en algún momento u otro tendría que responder a esta pregunta, pero no se esperaba que fuera tan pronto. Por suerte, el cazador de brujas lo había instruido bien en el arte de evadir las cuestiones comprometidas con medias verdades.    

- Esta persona está involucrada en una serie de crímenes perpetrados contra súbditos de Stard y contra sus casas nobiliarias. El barón ha jurado en público que castigará a todos los esbirros de los Tal’imran responsables del derramamiento de sangre de sus vasallos. En caso de que ya hayan sido juzgados en otros dominios, se ha comprometido a presentar las pruebas de la ejecución de sus penas.

La expresión extrañada del secretario era todo un espectáculo. Math pensó que, efectivamente, su argucia no era muy verosímil, pero no se le ocurrió nada mejor.

- Sabía que los señores de Stard eran extravagantes, pero no tanto. Bueno, en fin. Dame el nombre de ese… individuo.

- Su nombre es Uric du Sidma’il. Como dije, fue juzgado junto a otros sometidos a finales del año pasado.

- ¿Qué quieres saber de él?

- Su suerte después del proceso. 

- Muy bien. Pasaré la solicitud al juez. A la salida, indícale al paje en qué posada te hospedas. Puedes retirarte.

El secretario mojó la pluma en el tintero y empezó a escribir unas líneas. Math no se movió ni un centímetro de su posición.

- ¿Alguna cosa más?- preguntó el secretario después de desviar su atención del papel y dirigirla de nuevo a Math. Éste no respondió de inmediato; su mente en ese momento estaba completamente bloqueada valorando las diversas posibilidades. En tan sólo unos instantes, sus pensamientos se vieron invadidos por las palabras del cazador de brujas sobre los plazos de la misión y por los recuerdos de la noche anterior, protagonizados por el ataque de los sicarios. Si se marchaba ahora, tendría que permanecer en Raumar varios días hasta recibir alguna notificación, quizá semanas. Y tal eventualidad era absolutamente incompatible con esas dos circunstancias apremiantes.

Tenía que hacerlo. No estaba nada seguro del resultado, pero no encontró otra solución. Ante la mirada atónita del secretario, Math sacó una pequeña bolsa de debajo de su chaquetón y la lanzó sobre el escritorio. Al impactar contra la madera, un sonido metálico salió de su interior. “Ya está hecho”, pensó. “Así comprobaremos si la legendaria corrupción de los dominios separatistas es realmente como la pintan”.

- ¿Me estás intentando… sobornar?- por su tono y su gesto de ofendido, casi podía parecer que nadie antes lo había tentado de esa manera.

- Yo prefiero pensar que te estoy ofreciendo un pequeño incentivo a cambio de que aceleres la resolución de mi solicitud. Y te espera el doble de esa cantidad una vez me hayas suministrado la información que busco.

El secretario observó la bolsa un buen rato. Luego, para alivio de Math, la abrió y contó las monedas.

- Piénsalo, vale la pena. Tú te llevas una buena suma, y como yo no te estoy pidiendo ninguna ilegalidad, no te juegas nada. Dinero sin riesgo.

Tardó un rato más en contestar, pero finalmente asintió.

- Aguarda afuera.

Math regresó a la antesala, satisfecho. Por fin salía algo bien.


Después de más de una hora de tediosa espera, un gentilhombre se acercó al grupo de Math y los condujo a la oficialía mayor, situada en el ala opuesta de la mansión. Esta vez accedieron directamente a la oficina, pasando incluso por delante de los que hacían cola ante su entrada, y lo hicieron todos juntos. Uno de los funcionarios los atendió enseguida.

- La persona que buscáis, Uric du Sidma’il, fue ejecutada el día del solsticio de invierno del año pasado. Aquí tenéis las actas de su proceso.

Math ojeó los pergaminos, hasta llegar a la relación relativa a su ejecución. Al terminar de leer el último párrafo, casi se le cortó la respiración.

- Su cadáver fue quemado junto con todas sus pertenencias- leyó en voz alta, para que los demás lo oyeran. – Sus restos fueron lanzadas al mar.

“Fin de la historia”, pensaron todos al unísono.