Parte I. Capítulo 11.


Los misteriosos derroteros del Siegmoné



El cazador de brujas tenía un largo día por delante. La tarde anterior había sido convocado por el mismísimo barón en la séptima planta de la torre del homenaje, la única cuya entrada estaba prohibida para la servidumbre. Nunca había estado allí, ni tampoco lo deseaba: por su experiencia profesional sabía que el entrometimiento de los nobles en sus asuntos siempre entorpecía la buena marcha de los mismos, si no es que daba al traste directamente con todo el trabajo previo. Pero, al mismo tiempo, la citación no lo cogió desprevenido; sabía que tarde o temprano acabaría ocurriendo después del ataque mortal contra la patrulla de la guardia de Stard.

Antes de presentarse ante el señor del feudo, el cazador se afeitó y acicaló en su habitación. La humeante agua caliente del barreño le sirvió para desentumecerse y recuperar la temperatura corporal, después de haber pasado otra noche en vela releyendo “La agonía del sexto ejército del Cuervo” mientras tiritaba de frío. Esta vez, el libro lo absorbió hasta tal punto que no pudo despegarse de él ni siquiera para poner más leña en el fuego.

Justo después del desayuno, todo estaba listo para la reunión. El barón, sentado en su poltrona tras el espacioso escritorio de madera pulida y reluciente. El juez,  a su lado, de pie y de brazos cruzados. E inesperadamente, también el alguacil, apoyado en la pared de la izquierda, bajo un gigantesco retrato del fundador de Stard. Dos guardias a ambos lados de la puerta completaban la audiencia. Y finalmente, el cazador en el centro de la sala, rodeado y observado como si fuera un acusado ante el tribunal.

- Parece que la investigación está… estancada.

Así, sin más preámbulos. El barón entró directo, haciendo valer su autoridad. El cazador odiaba esta actitud prepotente de los nobles, pero tenía que convivir con ella. No en vano, eran sus clientes más lucrativos.

- Permíteme que discrepe, milord.

- El juez aquí presente me ha explicado tu plan- continuó el barón, ignorando la objeción del interpelado. -Lo hemos estudiado, y hemos encontrado en él unas cuantas lagunas. Algunos puntos necesitan ser aclarados, y para eso te hemos citado. Empecemos por el principio.

Dicho esto, miró al juez a modo de señal para que procediera con la exposición.

- En nuestra última conversación, desarrollaste toda una teoría sobre el origen del mal que imbuye a las dos criminales. Dicha teoría incluía algunos detalles cuya autenticidad es como mínimo… cuestionable. Antes de que desarrolles tu argumentación, queremos saber de dónde has sacado toda esa información.

El cazador reflexionó unos segundos, manteniendo en todo momento un porte alto que transmitía seguridad en sí mismo.

- Durante estos últimos seis meses he viajado por toda la región, desde el Nirian hasta el río Okba, y desde la bahía hasta la estepa de Akay. He visitado pueblos, aldeas, asentamientos y cuevas, y me he entrevistado con muchos de sus habitantes. A partir de sus testimonios y de otros datos que he podido recoger de los libros y las crónicas, he reconstruido la historia desde su origen.

El barón y el juez se miraron. Por sus expresiones, a ninguno de los dos les pareció una respuesta satisfactoria. El magistrado volvió a hablar.

- Sabemos que las asesinas son dos mujeres porque hay testigos vivos que las han visto. Por lo que respecta a su supuesto mentor, no tenemos ninguna prueba concluyente de su existencia. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que representa un papel central en esta historia?

- A medida que mi investigación sobre el terreno avanzaba, todos los indicios llevaban a él. Al principio fue una suposición, una conjetura fundada en la seguridad de que el poder de las dos brujas tenía que provenir de algún sitio, y más concretamente del Favor de la Exención. Luego, a raíz de mi última visita a la aldea de Qatsania, todo quedó confirmado.

- ¿Qué encontrase allí?

- Un anciano me contó que hace más de veinticinco primaveras, mientras regresaba a su casa por el camino después de haber cazado un par de piezas, se cruzó con un hombre que iba acompañado de dos niñas. Primero las miró a ellas, y sonrió. Pero luego, al fijarse en él, quedó aterrorizado. Su aspecto no era ni el de un bárbaro ni el de un kulmeh, y definitivamente tampoco era el de un salvaje. Era un rostro extraño, siniestro, que transmitía maldad. Inmediatamente, apartó su mirada de él y prosiguió su marcha, dejándolo atrás y suplicando a sus dioses para que no le hiciera nada. Desde entonces, nunca ha podido olvidar aquella cara; ha soñado con ella año tras año.

 - Volvamos a lo que nos interesa.

- Sí, señor juez. Le pedí al anciano que me describiera a aquel ser que marcó sus recuerdos, y lo hizo con todo detalle. Luego, a partir de sus indicaciones, dibujé un retrato y reflexioné largamente acerca de él. Finalmente, todas las dudas se despejaron: la persona que respondía a esas características y particularidades físicas sólo podía ser un namirio.

- Muy bien. Sabemos que un namirio andaba por estas tierras hace veinticinco años. ¿Y qué?- las palabras del juez estuvieron precedidas por un breve silencio.

- Este hecho aparentemente baladí lleva a una certeza mucho más profunda. No debemos olvidar que en esa época toda la región estaba devastada por la guerra contra los Tal’imran y por la reciente invasión de los salvajes, así que una cosa es segura: si había un namirio en este rincón de Akay, tan lejos de su país, no era por motivos comerciales u otro tipo de negocios. Aquí no había nada que pudiera interesarle.

- Así que tu conclusión es que…

- Sólo podía tratarse de un superviviente del Sexto Ejército del Cuervo. La historia concuerda: he consultado los documentos a mi alcance para averiguar la composición étnica de ese ejército, y todos ellos coinciden en que su tropa estaba formada por unidades namirias y qarmatas.

- No hubo supervivientes entre sus filas. Todo el Sexto Ejército fue aniquilado en el Foso de la Calavera.

- Con el debido respeto, señor juez; eso es imposible de comprobar. Al inicio de esa batalla, según las crónicas, todavía quedaban más de ocho mil hombres fieles al Cuervo. Nadie puede asegurar que todos y cada uno de ellos murieran o fueran capturados por los salvajes.

En este punto, el juez volvió otra vez la cabeza hacia el barón, y éste le dio permiso para continuar.

- Pasemos a otra cosa. ¿Cómo sabes que ese namirio era un sometido a la Exención?

El cazador sabía que esa pregunta, seguramente la más trascendental de todas, era inevitable. Pero estaba preparado para afrontarla.

- Hay tres motivos que me llevaron a esta conclusión. El primero es puramente racional: sólo alguien dotado de poderes extraordinarios podría haber escapado del infierno en que se convirtió el Nirian en ese momento. Una persona normal, si no lo hubieran matado los salvajes, lo habría hecho el hambre, el frío o las bestias. Pero él sorteó todas estas adversidades, y lo hizo en unas condiciones físicas suficientes como para poder seguir luchando.

- ¿El segundo?

- Procede del testimonio del anciano que lo vio. Como he dicho, él afirma que quedó completamente aterrorizado ante su visión, hasta el punto de que no pudo olvidar su cara desde entonces; pero, en cambio, su descripción lo presenta simplemente como un namirio típico. Entiendo que la presencia de una persona extranjera con unas facciones muy diferentes a las de los lugareños autóctonos pueda causar sorpresa, curiosidad o desconfianza en ellos, y más si nos movemos en el contexto de una comunidad rural y cerrada, pero no terror. Sólo hay una posible explicación al sentimiento de pavor que invadió al anciano cuando vio al namirio, y es que el aspecto de éste estuviera marcado por los efectos de la Exención. Tales efectos, como es sabido, son perceptibles más por el corazón que por los ojos: el anciano vio a un namirio, pero percibió a un sometido.

- ¿Y el tercero?

- La tercera prueba, y que yo considero la más concluyente, a pesar de ser indirecta, me la proporcionó otro testigo. Cuando visité Niamar, una aldea pesquera al norte de la bahía, una persona me contó que su padre, cierto día, salió a pescar por la mañana. Mientras estaba sobre los acantilados buscando la manera de bajar a la playa, una bestia enorme, probablemente un leopardo de las nieves, lo acorraló contra el precipicio. Justo antes de que se dispusiera a lanzarse al agua para evitar ser devorado por la fiera, apareció una muchacha y gritó al animal que dejara en paz al hombre y se marchara. Ante su mirada estupefacta, la bestia dio media vuelta y se largó con la cabeza gacha. Luego, sin intercambiar palabra alguna con la persona a la que había salvado, la niña también abandonó la escena.

- En caso de que sea auténtica ¿qué nos dice esta anécdota?

- Nos lo dice todo. Por una parte, sabemos que uno de los dones del Siegmoné es que la naturaleza obedece a quien él ha favorecido. Por otra, también sabemos que ese favor sólo alcanza a los qarmatas y a los sometidos a la Exención. El padre de mi testigo no vio nada anormal en el aspecto de la chica, por lo que no podía ser una qarmata. Evidentemente, por cuestiones de edad y de sexo, tampoco podía ser una sometida a la Exención. Sólo queda una posibilidad: que alguien le hubiera transmitido ese poder. Considero mucho más probable que ese instructor fuera un sometido que un qarmata.

El barón cortó en este punto al cazador con un gesto de mano, y deliberó en silencio. El juez esperó una indicación de su superior para volver a hablar.

- Hasta ahora sólo he escuchado conjeturas y suposiciones, no tenemos nada tangible ni realmente probado. Te basas en testimonios de gente inculta y supersticiosa, que podrían inventarse cualquier cosa con el único objeto de llamar la atención y poner algo de emoción en sus patéticas vidas. Nada de lo que nos has dicho justifica todos los esfuerzos en tiempo y recursos que estamos gastando para soportar tu investigación. Aun así, todo esto podríamos pasarlo por alto, sino fuera porque hay una cosa que invalida definitivamente tu argumentario.

El cazador de brujas sabía a qué se refería el juez. Quiso adelantarse, pero en seguida desechó la idea y dejó que lo dijera él mismo.  

- Nadie fuera del Cuervo puede administrar una Exención o transmitir los dones del Siegmoné.   

La sonrisa de autocomplacencia que se le quedó después de pronunciar estas palabras no consiguió irritar al cazador. Estaba tan acostumbrado a que los funcionarios de las casas nobiliarias jugaran a sentirse poderosos, y su método preferido era apabullar a la plebe a la mínima ocasión, que ya casi ni lo notaba.

- Lo que dices es la verdad, y no soy yo quien puede negarla. Es bien cierto que hay una contradicción entre mi teoría y esa realidad. Lo reconozco y lo asumo. Sobre este punto, no puedo argumentar nada en mi defensa.

La sonrisa del juez se convirtió en una expresión burlesca mucho más descarada. Había humillado a otro vulgar plebeyo, y no había nada que le proporcionara más satisfacción. Pero lo que no sabía era que el cazador no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Antes de que diera por concluida la reunión y por despedido al interpelado, éste se adelantó.

- Pero también es cierto que ninguna otra teoría podrá evitar caer en la misma contradicción. Los testigos pueden haber mentido, sus historias pueden ser exageradas, mi reconstrucción de los hechos puede ser errónea. Pero hay una cosa que es tan cierta como real: los cadáveres de las víctimas de las dos brujas no admiten ningún tipo de cuestionamiento sobre su autenticidad. Todos sabemos lo que han hecho y lo que son capaces de hacer; todos sabemos que su poder no es humano. Atribuirles el favor de la Exención como explicación de su omnipotencia es arriesgado y difícil de sostener, pero no lo es más que negar esa posibilidad y buscar la fuente en otro sitio. Sinceramente, ignoro cómo pudo el sometido transmitir el don del Siegmoné a sus discípulas, pero entiendo que no hay otra posible causa. He sondeado otros razonamientos, y todos me parecieron mucho menos verosímiles.

El juez ya no era el hombre risueño de hacía un minuto. Su semblante se había oscurecido de golpe.

- Y por si esto fuera insuficiente, tengo dos testigos más.

- ¿Quiénes son?

Esta vez fue el barón quien habló. Había seguido con mucha atención la última exposición del cazador, y ahora parecía impaciente por seguir escuchando los detalles de sus pesquisas.

- El primero de ellos procede de la misma ciudad en la que nos encontramos. Es una mujer de los barrios de extramuros, una tejedora extremadamente pobre, ahora ya anciana. Su utilidad reside en el hecho de que conoce bien a las dos brujas, pues durante la infancia de éstas fue su niñera. Cierto día, después de la expulsión definitiva de los salvajes, las volvió a ver. Habían crecido y su aspecto había cambiado, pero eso no impidió que las reconociera en el acto. Por otra parte, no se lo podía creer, ya que sabía que toda su familia había muerto mientras intentaban huir del asedio. Tuvo que frotarse varias veces sus ojos antes de dar crédito a lo que estos le mostraban. En cualquier caso, fue a ellas corriendo y las abrazó y las besó mientras las lágrimas de emoción bañaban su cara. Luego les preguntó insistentemente acerca de cómo habían conseguido sobrevivir y qué habían hecho desde entonces. Ellas le explicaron que alguien las salvó, y que ahora estaban seguras bajo su protección. Sin querer profundizar más en la cuestión, la antigua niñera les imploró que se quedaran en la ciudad junto a ella y su familia, que su hogar era el suyo. Ellas le agradecieron su generosidad, pero rechazaron la invitación; dijeron que sólo habían regresado a la ciudad para despedirse definitivamente de su anterior vida antes de entregarse por completo a su nueva existencia. La mujer no entendió nada, pero no insistió; el mero hecho de saber que estaban vivas le era suficiente. Al día siguiente, las volvió a ver, y se despidió de ellas para siempre. Está convencida de que jamás, a partir de aquella ocasión, volvieron a pisar Stard.     

- ¿No vio nada raro en ellas?- volvió a preguntar el barón.

- Absolutamente nada. Es más, me dijo que las encontró más cariñosas y afables que nunca. Claramente, en aquella etapa de su transformación aún seguían bajo la tutela del sometido, así que el mal todavía no se había apoderado de sus corazones.

- Qué hay del otro testigo.

- Como suponía que el trío en algún momento viajó hacia el sur, hacia el Gotten Law, visité todas las posadas que bordean el camino que lleva al puente del Río Okba. Cuál fue mi sorpresa cuando, al recabar pistas en la última fonda antes de llegar al puente, su propietario me informó de que, dos veranos atrás, un namirio muy raro se había hospedado en ella. Lo primero que le pregunté fue si iba acompañado, y me dijo que no, que estaba completamente solo. Me interesé por sus actos y sus palabras. Sobre lo primero me pudo informar de bien poco, ya que apenas hizo nada. Por lo que pudo ver, aquel namirio era un hombre deshecho, abatido, destrozado. Se pasaba largas horas sentado en una mesa, con su cara enterrada entre sus brazos. Casi no comió ni bebió. Era un fantasma, una sombra moribunda. En cuanto a lo que dijo, sólo pronunció una frase entera durante toda su estancia en el local, y fue al despedirse; unas palabras que el posadero no pudo entender, pero que para nosotros hablan por sí solas: “Las salvé después de que violaran su cuerpo, y ellas me condenaron después de violar mi alma”. Luego pagó y se marchó.

El barón se quedó con la boca abierta, incapaz de articular palabra alguna. El juez apretaba sus labios y miraba al suelo, disimulando su asombro. Y el alguacil observaba fijamente al cazador, intentando mantener la compostura. Lo había logrado.

- Muy bien. Pasemos al último punto. ¿Dijiste que ese sometido fue ejecutado en Raumar?

El juez forzó su voz para que sonara firme y solemne, pero no lo consiguió. Seguía tan afectado como antes.

- No exactamente. Dije que fue capturado y juzgado junto al resto de los sometidos que habían caído en manos de los soldados del Val. Su paradero actual es una incógnita.

- ¿De dónde sacaste esta información?- el barón, al menos, no intentaba disimular su asombro y estupefacción.

- Hace dos semanas, casualmente, me encontré con un viejo amigo mío, un corchete retirado que sirvió en las dependencias judiciales de Raumar. Aunque por la época en que el namirio fue capturado él ya no trabajaba para el tribunal, sí que me pudo contar las circunstancias del juicio a un grupo de sometidos que tuvo lugar durante el otoño del año pasado. Fue un evento semipúblico, y él, en calidad de exfuncionario de justicia, estuvo presente en algunas vistas a puerta cerrada. Me contó que todos los sometidos juzgados eran autóctonos de la región, excepto uno. No conocía su origen, pero de una cosa estaba seguro: no era un kulmeh como los demás. Cuando le pregunté por su nombre, se acordó perfectamente de él, porque era el que más le llamó la atención: Uric du Sidma’il. Como es obvio, se trata de un nombre namirio. Después de repasar los archivos, he podido saber que no había namirios sujetos a la Exención en ese rincón del Gotten Law; todos eran kulmeh o, en menor número, bárbaros. Por lo tanto, Uric únicamente puede ser nuestro hombre, el sometido procedente del Sexto Ejército.

El barón y el juez reflexionaron de nuevo en silencio, digiriendo el torrente de información y datos que acababan de recibir. El segundo hizo ademán de querer decir algo, pero el noble se le adelantó.

- ¿Alguna cosa más?

- Sólo una. Cuando me interesé por la impresión que Uric le había causado, mi amigo me dijo que, realmente, no parecía un sometido. Los demás estaban envueltos en un aura oscura: sus miradas, sus gestos, sus palabras, todo en ellos transmitía infamia y perversidad. A su lado, en cambio, el namirio parecía una persona totalmente inofensiva, siendo el único que no adoptó una actitud engreída y desafiante ante los interrogatorios. Es más, podría decirse que su talante era el de alguien que asumía con resignación el peso de sus actos y las consecuencias que de ellos se derivaban. Si no fuera porque estaba sentado en el mismo banquillo que los otros acusados, nunca habría pensado que ese hombre fuera un criminal tan peligroso.

- Un sometido reformado… quién lo iba a decir. Creía que una vez se completa el ritual de la Exención, no hay vuelta atrás.

El juez vio un resquicio para poner en apuros al cazador, y lo aprovechó enseguida.

- Es evidente que Uric experimentó una profunda evolución desde que escapó del Nirian hasta su captura en Raumar. Poco después de salvar a las dos niñas todavía mantenía las marcas de la Exención, como demuestra el testimonio del anciano que quedó aterrado ante su visión. Pero unos veinticinco años después, era una persona normal, de aspecto amigable y carácter afable. De alguna manera, se había librado del horroroso yugo de la Exención, pero al mismo tiempo conservó el favor del Siegmoné. Seguramente, estamos ante la persona más extraordinaria de nuestra época, un caso único en la historia.  

Otro momento de silencio se adueñó del despacho. El juez se esforzaba por no parecer convencido; el barón, por su parte, estaba completamente entregado al discurso del cazador.

- ¿En qué punto nos encontramos ahora?- preguntó.

- Como sabéis, mis mejores colaboradores se encuentran ahora mismo en Raumar, recabando información que los lleve hasta el paradero de Uric. No tardaremos en recibir noticias suyas. Una vez lleguen a él y averigüen lo que ocurrió, regresarán a Stard, y a partir de entonces la suerte de las dos brujas estará echada.

La deliberación gestual entre el juez y el barón se alargó un poco más que en las ocasiones anteriores. Éste último se encargó de despedirlo, no sin antes ponerle al corriente de las últimas novedades.

- Puedes retirarte. Te sugiero que te dirijas cuanto antes hacia Taliah; en sus proximidades, unos mineros han sido asesinados mientras trabajaban. El alguacil irá contigo.

Los dos guardias abrieron la puerta y el cazador abandonó la sala a paso ligero. Hubiera querido degustar el dulce sabor de la victoria contra el juez con más tranquilidad, pero no había tiempo. Las últimas noticias que llegaban desde las minas del Nirian pasaron a centrar toda su atención.