Los
misteriosos derroteros del Siegmoné
El cazador de brujas
tenía un largo día por delante. La tarde anterior había sido convocado por el
mismísimo barón en la séptima planta de la torre del homenaje, la única cuya
entrada estaba prohibida para la servidumbre. Nunca había estado allí, ni
tampoco lo deseaba: por su experiencia profesional sabía que el entrometimiento
de los nobles en sus asuntos siempre entorpecía la buena marcha de los mismos,
si no es que daba al traste directamente con todo el trabajo previo. Pero, al
mismo tiempo, la citación no lo cogió desprevenido; sabía que tarde o temprano
acabaría ocurriendo después del ataque mortal contra la patrulla de la guardia
de Stard.
Antes de presentarse
ante el señor del feudo, el cazador se afeitó y acicaló en su habitación. La
humeante agua caliente del barreño le sirvió para desentumecerse y recuperar la
temperatura corporal, después de haber pasado otra noche en vela releyendo “La
agonía del sexto ejército del Cuervo” mientras tiritaba de frío. Esta vez, el
libro lo absorbió hasta tal punto que no pudo despegarse de él ni siquiera para
poner más leña en el fuego.
Justo después del
desayuno, todo estaba listo para la reunión. El barón, sentado en su poltrona
tras el espacioso escritorio de madera pulida y reluciente. El juez, a su lado, de pie y de brazos cruzados. E
inesperadamente, también el alguacil, apoyado en la pared de la izquierda, bajo
un gigantesco retrato del fundador de Stard. Dos guardias a ambos lados de la puerta
completaban la audiencia. Y finalmente, el cazador en el centro de la sala,
rodeado y observado como si fuera un acusado ante el tribunal.
- Parece que la
investigación está… estancada.
Así, sin más
preámbulos. El barón entró directo, haciendo valer su autoridad. El cazador
odiaba esta actitud prepotente de los nobles, pero tenía que convivir con ella.
No en vano, eran sus clientes más lucrativos.
- Permíteme que
discrepe, milord.
- El juez aquí
presente me ha explicado tu plan- continuó el barón, ignorando la objeción del
interpelado. -Lo hemos estudiado, y hemos encontrado en él unas cuantas
lagunas. Algunos puntos necesitan ser aclarados, y para eso te hemos citado.
Empecemos por el principio.
Dicho esto, miró al
juez a modo de señal para que procediera con la exposición.
- En nuestra última
conversación, desarrollaste toda una teoría sobre el origen del mal que imbuye
a las dos criminales. Dicha teoría incluía algunos detalles cuya autenticidad
es como mínimo… cuestionable. Antes de que desarrolles tu argumentación,
queremos saber de dónde has sacado toda esa información.
El cazador
reflexionó unos segundos, manteniendo en todo momento un porte alto que
transmitía seguridad en sí mismo.
- Durante estos
últimos seis meses he viajado por toda la región, desde el Nirian hasta el río
Okba, y desde la bahía hasta la estepa de Akay. He visitado pueblos, aldeas,
asentamientos y cuevas, y me he entrevistado con muchos de sus habitantes. A
partir de sus testimonios y de otros datos que he podido recoger de los libros
y las crónicas, he reconstruido la historia desde su origen.
El barón y el juez
se miraron. Por sus expresiones, a ninguno de los dos les pareció una respuesta
satisfactoria. El magistrado volvió a hablar.
- Sabemos que las
asesinas son dos mujeres porque hay testigos vivos que las han visto. Por lo
que respecta a su supuesto mentor, no tenemos ninguna prueba concluyente de su
existencia. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que representa un papel central en
esta historia?
- A medida que mi
investigación sobre el terreno avanzaba, todos los indicios llevaban a él. Al
principio fue una suposición, una conjetura fundada en la seguridad de que el
poder de las dos brujas tenía que provenir de algún sitio, y más concretamente
del Favor de la
Exención. Luego , a raíz de mi última visita a la aldea de
Qatsania, todo quedó confirmado.
- ¿Qué encontrase
allí?
- Un anciano me
contó que hace más de veinticinco primaveras, mientras regresaba a su casa por
el camino después de haber cazado un par de piezas, se cruzó con un hombre que
iba acompañado de dos niñas. Primero las miró a ellas, y sonrió. Pero luego, al
fijarse en él, quedó aterrorizado. Su aspecto no era ni el de un bárbaro ni el
de un kulmeh, y definitivamente tampoco era el de un salvaje. Era un rostro
extraño, siniestro, que transmitía maldad. Inmediatamente, apartó su mirada de
él y prosiguió su marcha, dejándolo atrás y suplicando a sus dioses para que no
le hiciera nada. Desde entonces, nunca ha podido olvidar aquella cara; ha
soñado con ella año tras año.
- Volvamos a lo que nos interesa.
- Sí, señor juez. Le
pedí al anciano que me describiera a aquel ser que marcó sus recuerdos, y lo
hizo con todo detalle. Luego, a partir de sus indicaciones, dibujé un retrato y
reflexioné largamente acerca de él. Finalmente, todas las dudas se despejaron:
la persona que respondía a esas características y particularidades físicas sólo
podía ser un namirio.
- Muy bien. Sabemos
que un namirio andaba por estas tierras hace veinticinco años. ¿Y qué?- las
palabras del juez estuvieron precedidas por un breve silencio.
- Este hecho
aparentemente baladí lleva a una certeza mucho más profunda. No debemos olvidar
que en esa época toda la región estaba devastada por la guerra contra los
Tal’imran y por la reciente invasión de los salvajes, así que una cosa es
segura: si había un namirio en este rincón de Akay, tan lejos de su país, no
era por motivos comerciales u otro tipo de negocios. Aquí no había nada que
pudiera interesarle.
- Así que tu
conclusión es que…
- Sólo podía
tratarse de un superviviente del Sexto Ejército del Cuervo. La historia
concuerda: he consultado los documentos a mi alcance para averiguar la
composición étnica de ese ejército, y todos ellos coinciden en que su tropa
estaba formada por unidades namirias y qarmatas.
- No hubo supervivientes
entre sus filas. Todo el Sexto Ejército fue aniquilado en el Foso de la Calavera.
- Con el debido
respeto, señor juez; eso es imposible de comprobar. Al inicio de esa batalla,
según las crónicas, todavía quedaban más de ocho mil hombres fieles al Cuervo.
Nadie puede asegurar que todos y cada uno de ellos murieran o fueran capturados
por los salvajes.
En este punto, el
juez volvió otra vez la cabeza hacia el barón, y éste le dio permiso para
continuar.
- Pasemos a otra
cosa. ¿Cómo sabes que ese namirio era un sometido a la Exención ?
El cazador sabía que
esa pregunta, seguramente la más trascendental de todas, era inevitable. Pero
estaba preparado para afrontarla.
- Hay tres motivos
que me llevaron a esta conclusión. El primero es puramente racional: sólo
alguien dotado de poderes extraordinarios podría haber escapado del infierno en
que se convirtió el Nirian en ese momento. Una persona normal, si no lo
hubieran matado los salvajes, lo habría hecho el hambre, el frío o las bestias.
Pero él sorteó todas estas adversidades, y lo hizo en unas condiciones físicas
suficientes como para poder seguir luchando.
- ¿El segundo?
- Procede del
testimonio del anciano que lo vio. Como he dicho, él afirma que quedó
completamente aterrorizado ante su visión, hasta el punto de que no pudo
olvidar su cara desde entonces; pero, en cambio, su descripción lo presenta
simplemente como un namirio típico. Entiendo que la presencia de una persona
extranjera con unas facciones muy diferentes a las de los lugareños autóctonos
pueda causar sorpresa, curiosidad o desconfianza en ellos, y más si nos movemos
en el contexto de una comunidad rural y cerrada, pero no terror. Sólo hay una
posible explicación al sentimiento de pavor que invadió al anciano cuando vio
al namirio, y es que el aspecto de éste estuviera marcado por los efectos de la Exención. Tales
efectos, como es sabido, son perceptibles más por el corazón que por los ojos:
el anciano vio a un namirio, pero percibió a un sometido.
- ¿Y el tercero?
- La tercera prueba,
y que yo considero la más concluyente, a pesar de ser indirecta, me la
proporcionó otro testigo. Cuando visité Niamar, una aldea pesquera al norte de
la bahía, una persona me contó que su padre, cierto día, salió a pescar por la
mañana. Mientras estaba sobre los acantilados buscando la manera de bajar a la
playa, una bestia enorme, probablemente un leopardo de las nieves, lo acorraló
contra el precipicio. Justo antes de que se dispusiera a lanzarse al agua para
evitar ser devorado por la fiera, apareció una muchacha y gritó al animal que
dejara en paz al hombre y se marchara. Ante su mirada estupefacta, la bestia
dio media vuelta y se largó con la cabeza gacha. Luego, sin intercambiar
palabra alguna con la persona a la que había salvado, la niña también abandonó
la escena.
- En caso de que sea
auténtica ¿qué nos dice esta anécdota?
- Nos lo dice todo.
Por una parte, sabemos que uno de los dones del Siegmoné es que la naturaleza
obedece a quien él ha favorecido. Por otra, también sabemos que ese favor sólo
alcanza a los qarmatas y a los sometidos a la Exención. El padre de
mi testigo no vio nada anormal en el aspecto de la chica, por lo que no podía
ser una qarmata. Evidentemente, por cuestiones de edad y de sexo, tampoco podía
ser una sometida a la
Exención. Sólo queda una posibilidad: que alguien le hubiera
transmitido ese poder. Considero mucho más probable que ese instructor fuera un
sometido que un qarmata.
El barón cortó en
este punto al cazador con un gesto de mano, y deliberó en silencio. El juez
esperó una indicación de su superior para volver a hablar.
- Hasta ahora sólo
he escuchado conjeturas y suposiciones, no tenemos nada tangible ni realmente
probado. Te basas en testimonios de gente inculta y supersticiosa, que podrían
inventarse cualquier cosa con el único objeto de llamar la atención y poner
algo de emoción en sus patéticas vidas. Nada de lo que nos has dicho justifica
todos los esfuerzos en tiempo y recursos que estamos gastando para soportar tu
investigación. Aun así, todo esto podríamos pasarlo por alto, sino fuera porque
hay una cosa que invalida definitivamente tu argumentario.
El cazador de brujas
sabía a qué se refería el juez. Quiso adelantarse, pero en seguida desechó la
idea y dejó que lo dijera él mismo.
- Nadie fuera del
Cuervo puede administrar una Exención o transmitir los dones del Siegmoné.
La sonrisa de
autocomplacencia que se le quedó después de pronunciar estas palabras no
consiguió irritar al cazador. Estaba tan acostumbrado a que los funcionarios de
las casas nobiliarias jugaran a sentirse poderosos, y su método preferido era
apabullar a la plebe a la mínima ocasión, que ya casi ni lo notaba.
- Lo que dices es la
verdad, y no soy yo quien puede negarla. Es bien cierto que hay una
contradicción entre mi teoría y esa realidad. Lo reconozco y lo asumo. Sobre
este punto, no puedo argumentar nada en mi defensa.
La sonrisa del juez
se convirtió en una expresión burlesca mucho más descarada. Había humillado a
otro vulgar plebeyo, y no había nada que le proporcionara más satisfacción.
Pero lo que no sabía era que el cazador no estaba dispuesto a darse por vencido
tan fácilmente. Antes de que diera por concluida la reunión y por despedido al
interpelado, éste se adelantó.
- Pero también es
cierto que ninguna otra teoría podrá evitar caer en la misma contradicción. Los
testigos pueden haber mentido, sus historias pueden ser exageradas, mi
reconstrucción de los hechos puede ser errónea. Pero hay una cosa que es tan
cierta como real: los cadáveres de las víctimas de las dos brujas no admiten
ningún tipo de cuestionamiento sobre su autenticidad. Todos sabemos lo que han
hecho y lo que son capaces de hacer; todos sabemos que su poder no es humano.
Atribuirles el favor de la
Exención como explicación de su omnipotencia es arriesgado y
difícil de sostener, pero no lo es más que negar esa posibilidad y buscar la
fuente en otro sitio. Sinceramente, ignoro cómo pudo el sometido transmitir el
don del Siegmoné a sus discípulas, pero entiendo que no hay otra posible causa.
He sondeado otros razonamientos, y todos me parecieron mucho menos verosímiles.
El juez ya no era el
hombre risueño de hacía un minuto. Su semblante se había oscurecido de golpe.
- Y por si esto
fuera insuficiente, tengo dos testigos más.
- ¿Quiénes son?
Esta vez fue el
barón quien habló. Había seguido con mucha atención la última exposición del
cazador, y ahora parecía impaciente por seguir escuchando los detalles de sus
pesquisas.
- El primero de
ellos procede de la misma ciudad en la que nos encontramos. Es una mujer de los
barrios de extramuros, una tejedora extremadamente pobre, ahora ya anciana. Su
utilidad reside en el hecho de que conoce bien a las dos brujas, pues durante
la infancia de éstas fue su niñera. Cierto día, después de la expulsión
definitiva de los salvajes, las volvió a ver. Habían crecido y su aspecto había
cambiado, pero eso no impidió que las reconociera en el acto. Por otra parte,
no se lo podía creer, ya que sabía que toda su familia había muerto mientras
intentaban huir del asedio. Tuvo que frotarse varias veces sus ojos antes de
dar crédito a lo que estos le mostraban. En cualquier caso, fue a ellas
corriendo y las abrazó y las besó mientras las lágrimas de emoción bañaban su
cara. Luego les preguntó insistentemente acerca de cómo habían conseguido sobrevivir
y qué habían hecho desde entonces. Ellas le explicaron que alguien las salvó, y
que ahora estaban seguras bajo su protección. Sin querer profundizar más en la
cuestión, la antigua niñera les imploró que se quedaran en la ciudad junto a
ella y su familia, que su hogar era el suyo. Ellas le agradecieron su
generosidad, pero rechazaron la invitación; dijeron que sólo habían regresado a
la ciudad para despedirse definitivamente de su anterior vida antes de
entregarse por completo a su nueva existencia. La mujer no entendió nada, pero
no insistió; el mero hecho de saber que estaban vivas le era suficiente. Al día
siguiente, las volvió a ver, y se despidió de ellas para siempre. Está
convencida de que jamás, a partir de aquella ocasión, volvieron a pisar
Stard.
- ¿No vio nada raro
en ellas?- volvió a preguntar el barón.
- Absolutamente
nada. Es más, me dijo que las encontró más cariñosas y afables que nunca.
Claramente, en aquella etapa de su transformación aún seguían bajo la tutela del
sometido, así que el mal todavía no se había apoderado de sus corazones.
- Qué hay del otro
testigo.
- Como suponía que
el trío en algún momento viajó hacia el sur, hacia el Gotten Law, visité todas
las posadas que bordean el camino que lleva al puente del Río Okba. Cuál fue mi
sorpresa cuando, al recabar pistas en la última fonda antes de llegar al
puente, su propietario me informó de que, dos veranos atrás, un namirio muy
raro se había hospedado en ella. Lo primero que le pregunté fue si iba acompañado,
y me dijo que no, que estaba completamente solo. Me interesé por sus actos y
sus palabras. Sobre lo primero me pudo informar de bien poco, ya que apenas
hizo nada. Por lo que pudo ver, aquel namirio era un hombre deshecho, abatido,
destrozado. Se pasaba largas horas sentado en una mesa, con su cara enterrada
entre sus brazos. Casi no comió ni bebió. Era un fantasma, una sombra
moribunda. En cuanto a lo que dijo, sólo pronunció una frase entera durante
toda su estancia en el local, y fue al despedirse; unas palabras que el
posadero no pudo entender, pero que para nosotros hablan por sí solas: “Las
salvé después de que violaran su cuerpo, y ellas me condenaron después de
violar mi alma”. Luego pagó y se marchó.
El barón se quedó
con la boca abierta, incapaz de articular palabra alguna. El juez apretaba sus
labios y miraba al suelo, disimulando su asombro. Y el alguacil observaba
fijamente al cazador, intentando mantener la compostura. Lo había logrado.
- Muy bien. Pasemos
al último punto. ¿Dijiste que ese sometido fue ejecutado en Raumar?
El juez forzó su voz
para que sonara firme y solemne, pero no lo consiguió. Seguía tan afectado como
antes.
- No exactamente.
Dije que fue capturado y juzgado junto al resto de los sometidos que habían
caído en manos de los soldados del Val. Su paradero actual es una incógnita.
- ¿De dónde sacaste
esta información?- el barón, al menos, no intentaba disimular su asombro y
estupefacción.
- Hace dos semanas,
casualmente, me encontré con un viejo amigo mío, un corchete retirado que
sirvió en las dependencias judiciales de Raumar. Aunque por la época en que el
namirio fue capturado él ya no trabajaba para el tribunal, sí que me pudo
contar las circunstancias del juicio a un grupo de sometidos que tuvo lugar
durante el otoño del año pasado. Fue un evento semipúblico, y él, en calidad de
exfuncionario de justicia, estuvo presente en algunas vistas a puerta cerrada.
Me contó que todos los sometidos juzgados eran autóctonos de la región, excepto
uno. No conocía su origen, pero de una cosa estaba seguro: no era un kulmeh
como los demás. Cuando le pregunté por su nombre, se acordó perfectamente de
él, porque era el que más le llamó la atención: Uric du Sidma’il. Como es
obvio, se trata de un nombre namirio. Después de repasar los archivos, he
podido saber que no había namirios sujetos a la Exención en ese rincón
del Gotten Law; todos eran kulmeh o, en menor número, bárbaros. Por lo tanto,
Uric únicamente puede ser nuestro hombre, el sometido procedente del Sexto
Ejército.
El barón y el juez
reflexionaron de nuevo en silencio, digiriendo el torrente de información y
datos que acababan de recibir. El segundo hizo ademán de querer decir algo,
pero el noble se le adelantó.
- ¿Alguna cosa más?
- Sólo una. Cuando
me interesé por la impresión que Uric le había causado, mi amigo me dijo que,
realmente, no parecía un sometido. Los demás estaban envueltos en un aura
oscura: sus miradas, sus gestos, sus palabras, todo en ellos transmitía infamia
y perversidad. A su lado, en cambio, el namirio parecía una persona totalmente
inofensiva, siendo el único que no adoptó una actitud engreída y desafiante
ante los interrogatorios. Es más, podría decirse que su talante era el de
alguien que asumía con resignación el peso de sus actos y las consecuencias que
de ellos se derivaban. Si no fuera porque estaba sentado en el mismo banquillo
que los otros acusados, nunca habría pensado que ese hombre fuera un criminal
tan peligroso.
- Un sometido
reformado… quién lo iba a decir. Creía que una vez se completa el ritual de la Exención , no hay vuelta
atrás.
El juez vio un
resquicio para poner en apuros al cazador, y lo aprovechó enseguida.
- Es evidente que
Uric experimentó una profunda evolución desde que escapó del Nirian hasta su
captura en Raumar. Poco después de salvar a las dos niñas todavía mantenía las
marcas de la Exención ,
como demuestra el testimonio del anciano que quedó aterrado ante su visión.
Pero unos veinticinco años después, era una persona normal, de aspecto amigable
y carácter afable. De alguna manera, se había librado del horroroso yugo de la Exención , pero al mismo
tiempo conservó el favor del Siegmoné. Seguramente, estamos ante la persona más
extraordinaria de nuestra época, un caso único en la historia.
Otro momento de
silencio se adueñó del despacho. El juez se esforzaba por no parecer
convencido; el barón, por su parte, estaba completamente entregado al discurso
del cazador.
- ¿En qué punto nos
encontramos ahora?- preguntó.
- Como sabéis, mis
mejores colaboradores se encuentran ahora mismo en Raumar, recabando
información que los lleve hasta el paradero de Uric. No tardaremos en recibir
noticias suyas. Una vez lleguen a él y averigüen lo que ocurrió, regresarán a
Stard, y a partir de entonces la suerte de las dos brujas estará echada.
La deliberación
gestual entre el juez y el barón se alargó un poco más que en las ocasiones
anteriores. Éste último se encargó de despedirlo, no sin antes ponerle al
corriente de las últimas novedades.
- Puedes retirarte.
Te sugiero que te dirijas cuanto antes hacia Taliah; en sus proximidades, unos
mineros han sido asesinados mientras trabajaban. El alguacil irá contigo.
Los dos guardias
abrieron la puerta y el cazador abandonó la sala a paso ligero. Hubiera querido
degustar el dulce sabor de la victoria contra el juez con más tranquilidad,
pero no había tiempo. Las últimas noticias que llegaban desde las minas del
Nirian pasaron a centrar toda su atención.