Fantasmas en
la oscuridad
A la hora convenida,
el grupo se reencontró en la plaza central. Cuando Math y Bajrein llegaron, sus
dos compañeros ya los estaban esperando, sentados sobre la plataforma de una
fuente circular de mármol oscuro. En algún tiempo pasado, en esa posición se
habrían mojado, pero por el aspecto que tenía era evidente que el estanque no
se había llenado desde hacía años. En la actualidad, sólo unos dos dedos de
agua turbia y pestilente ocultaban el fondo.
Math vio primero a
Musba’in, e inmediatamente buscó a Lunder: la encontró escondida tras un
corrillo de gente, a metro y medio de distancia de él. Mientras se acercaba,
advirtió que Musba’in sonreía, pero eso no era prueba de nada en él, así que
recurrió a Lunder para cotejar sus expresiones. Y entonces se dio cuenta de que
algo había ido mal. Ella estaba cabizbaja, y lo poco que se podía distinguir de
su rostro revelaba un porte sombrío. Al alcanzarlos, Math quiso decirle algo,
pero ella se adelantó.
- Vamos.
De un salto se
incorporó, dio la espalda a los recién llegados y empezó a andar. En los pocos
segundos que pudo observarla de cara, Math reparó en su labio partido y en los
moratones de su cuello. Pensó en detenerla y preguntarle por sus heridas, pero
al ver que se alejaba con resolución, optó por seguirla en silencio.
Minutos después, los
cuatro avanzaban prestamente por un callejón estrecho y mal iluminado. El
bullicio, en aquel momento, procedía de las numerosas tabernas del barrio,
frecuentadas mayoritariamente por marineros y comerciantes de paso por la
ciudad. Cuando tuvo ocasión, Math ralentizó el paso y se situó al lado de
Musba’in, que caminaba detrás de él.
- ¿Se puede saber qué ha pasado?
- Nada jefe. Parece
que alguien no va a poder follar en mucho tiempo.
Aquella respuesta no
esclarecía nada, pero pese a ello Math decidió que no quería profundizar más en
la cuestión. Lunder, aunque herida, estaba a salvo, así que lo mejor era
ahorrarse los detalles.
Al final del
trayecto, se detuvieron ante un edificio grande de dos plantas. La fachada del
piso inferior estaba rodeada por unos soportales repletos de bancos de madera y
mesas. A pesar del frío, había mucha gente en ese ancho pórtico, algunos
comiendo, pero la mayoría bebiendo, brincando y cantando. Bajrein, cuyo padre
había sido marinero, reconoció varias de las salomas que salían de las bocas de
los borrachos. Las letras cambiaban con el tiempo, pero las melodías siempre
eran las mismas. Al escucharlas, por unos momentos se vio transportado a su infancia
en Ganz.
El ambiente en el
interior de la posada no estaba menos animado que en sus alrededores. El
comedor era grande, pero aun así parecía que no había espacio suficiente para
albergar a tan numerosa parroquia. Todas las mesas estaban ocupadas, tanto las
más próximas a la entrada, pequeñas y redondas, como las del fondo, largos
tablones de roble macizo listos para ser usados en banquetes u otras comidas
multitudinarias.
Primero entró
Lunder, y los demás la siguieron en fila. Mientras se abrían paso entre el
espeso humo de las pipas y los erráticos movimientos en zigzag de los
comensales más ebrios, se dieron cuenta de que muchos los miraban. Ya fuera por
su indumentaria, por sus armas, por Lunder, o por una suma de todos estos
elementos, estaba claro que llamaban la atención. Math, que caminaba detrás de
los demás, observó a sus compañeros y enseguida entendió el motivo: tenían
pinta de mercenarios, quizá incluso de soldados, pero en ningún caso de
marineros. En aquel albergue para lobos de mar parecía como si ellos no
tuvieran cabida, pero si Musba’in y Lunder habían elegido ese sitio era por
algo.
- Ya estamos todos-
dijo Musba’in al posadero, justo después de llegar a la barra.
- Serán ocho fidias,
dos por persona, como acordamos.
Math sacó las
monedas de su cinturón y se las entregó a Musba’in, que pagó con ellas al
propietario del local. Después de contarlas, se las guardó y miró a Lunder.
- ¿Seguro que no
quieren una habitación aparte para la chica?
- Descuida, colega.
No será necesario. Más bien tendrías que preguntarnos a nosotros si no queremos
otra habitación para chicos.
Lunder, que ya
estaba subiendo por las escaleras que conducían a los dormitorios, no pudo oír
el comentario de Musba’in. Cuando las sonrisas originadas a raíz de la broma se
borraron de sus bocas, el tabernero preguntó si querían cenar. Tras un largo y
agotador día de viaje y paseos por la ciudad, todos estaban mucho más cansados
que hambrientos, así que declinaron la oferta. Aun así, Musba’in no acompañó a
sus dos socios al piso superior, aduciendo que quería tomar algo antes de
acostarse. Después de desearse las buenas noches, una oración recitada al
unísono dio por finalizada la jornada…
Hasta que, poco
después de medianoche, unos pasos que hicieron crujir el suelo de madera
despertaron a Math y a Bajrein a la vez. La habitación, la más barata que
encontraron para esa noche, carecía de chimenea, y el cielo, cargado de nubes,
vedaba el paso de la luz de todas las estrellas, por lo que se encontraban
totalmente a oscuras. Instintivamente, Math extendió el brazo hasta alcanzar su
daga. Bajrein hizo lo propio con su espada, que siempre guardaba cerca de su
lecho por seguridad. Casi no se podían ver, pero ambos amigos se miraban, como
buscando la indicación del otro para dar el siguiente paso. El que estaba en la
habitación no podía ser Musba’in, pensaron. Si hubiera entrado por la puerta en
algún momento, lo habrían notado. Tampoco podía ser Lunder. Una hora antes, les
dijo secamente que no podía dormir, que salía para dar un paseo. Tenían que
mantener la calma y actuar rápida y fríamente. El mínimo titubeo podía
costarles la vida.
Dicho y hecho.
Alguien cruzó la calle con un farol, y su resplandor iluminó muy tenuemente la
habitación, lo justo para que Bajrein distinguiera a su izquierda la presencia
de una sombra. Sin pensárselo, se levantó impetuosamente y se lanzó sobre la
negra figura. Al chocar con ella, supo de inmediato que se trataba de una
persona. La abatió con gran estruendo sin problemas, pero él también perdió el
equilibrio y se cayó dándose de bruces contra el cuerpo del intruso. Intentó
incorporarse lo más rápidamente que pudo, pero el otro se lo impidió. En pleno
forcejeo, Bajrein notó en su cara el olor y la viscosidad inconfundibles de la
sangre…
…
Sentado en la barra
del comedor, Musba’in libraba su particular batalla contra el tedio y el sueño.
Para ello, contaba con un buen aliado: el té caliente y espeso que humeaba ante
su cara había evitado, hasta ese momento, que la somnolencia lo venciera definitivamente.
Esa noche prefirió no beber ni una sola gota de alcohol, pero no a causa de
algún escrúpulo religioso, de lo cual carecía por completo, sino por un motivo
más práctico. En general, siempre que bebía solía sentirse mal al día
siguiente, así que prefirió no arriesgarse. Teniendo en cuenta que el jefe le
estaba dando mucha importancia a esa misión y que aún tenían mucho trabajo por
hacer, lo último que quería era cabrearlo a causa de una indisposición etílica
o un bajo rendimiento por jaqueca. No, ya tendría tiempo para beber antes de
que regresaran a Kulm. De momento, necesitaba que su cabeza estuviera
despejada.
En cierto momento,
giró su cabeza y oteó la sala por encima del hombro. Mucha gente se había
marchado ya, algunos a sus habitaciones en la planta superior, y la mayoría a
sus casas. Sólo quedaban los más borrachos y pendencieros, o simplemente
aquellos marineros que no tenían dinero para pagarse una cama ni ganas de
dormir en el barco.
El panorama era tan
diferente al de Kulm que a Musba’in casi le extrañaba. Por supuesto que en la
muy beata capital de los kulmeh también había tabernas donde se servían
licores, pero eran pequeñas, sucias y semiclandestinas. Las autoridades locales
las toleraban siempre que no causaran escándalos públicos ni se dejara entrar
en ellas a niños o mujeres, pero casi nunca cumplían las normas, así que la
mayoría acababan clausuradas o arruinadas por los sobornos que tenían que pagar
continuamente a la guardia. Raumar, por supuesto, no tenía nada que ver con Kulm.
Ciudad portuaria cercana a la frontera con Akay, el país de los bárbaros, buena
parte de sus habitantes ni siquiera practicaban el basudismo, y los que lo
hacían -en su mayoría nautas procedentes de la Llanura- aprovechaban su
paso por los puertos de la Bahía
para dar rienda suelta a sus vicios al amparo del anonimato y de la distancia
respecto a su hogar.
En cierto modo,
Raumar le recordaba a Damsk, su ciudad natal. No era tan cosmopolita como esta
última, por supuesto, pues su posición en el extremo oriental del continente no
podía competir con la privilegiada ubicación de Damsk, pero sí podía decirse
que reproducía a pequeña escala esa mezcla de costumbres, tradiciones y modos
de vivir tan distantes unos de otros. Desde que llegó a la posada al anochecer,
Musba’in había identificado por sus ropas, acentos o facciones a muchos kulmeh,
bastantes bárbaros, unos pocos kur-urineses y a algún oriundo de los viejos
imperios del sur. Aparte, mientras esperaba a Math y a Bajrein en la plaza, vio
pasar a un grupo de nesudios que hablaban entre ellos con su característico
argot, e incluso le pareció oír unas palabras en lengua namiria que pudo
reconocer como tales pese a que pertenecían a un dialecto diferente del suyo.
Justo en ese
momento, cuando pensaba en la posibilidad de que hubiera namirios en Raumar,
alguien se sentó a su lado y, sin mirarlo, lo saludó en su idioma paterno.
Sorprendido por esa inesperada coincidencia, devolvió el saludo y seguidamente
pasó al kulmeh común.
- ¿Qué tal?
Escrutó el rostro de
su interlocutor. Piel pálida, ojos curvados, orejas estiradas y pelo rubio. Sin
ninguna duda, era un namirio de pies a cabeza. Su respuesta consistió en otra
pregunta:
- ¿De Damsk o de
Tergeist?
- Damsk. Y tú de
Porlay, me imagino.
- Casi. Soy de
Beclem.
- Un largo viaje
hasta aquí.
- Y que lo digas.
¿Qué te trae a este rincón del Gotten Law?
- Iba a preguntarte
lo mismo.
Musba’in no quitaba
ojo de su improvisado compañero de velada. Si algo había aprendido de los
namirios a lo largo de su vida era que uno no podía ni debía fiarse de ellos.
En ningún caso.
- Me llamo Loerc du Fornuall. Llegué a Raumar
por negocios hace un par de semanas, pero no prosperaron. Ahora espero a que
salga el próximo barco hacia el Bur unh Law para emprender el viaje de regreso.
- Me llamo Musba’in.
También estoy aquí por negocios, pero todavía no sé si prosperarán.
- Son tiempos
difíciles. Cualquier empresa, hoy día, entraña riesgo, pero apuesto a que tú no
eres de los que se dejan amedrentar fácilmente ante la incertidumbre.
Las sospechas de
Musba’in quedaron confirmadas. Por su forma de hablar, ese tal Loerc du
Fornuall no merecía el más mínimo crédito.
- Tampoco me
amedrento ante los que me agasajan. ¿Se puede saber qué quieres?
- Directo al grano,
como a mí me gusta. Verás… la buena compañía siempre ha sido un bien muy
escaso, y ahora más que nunca. Una vez has encontrado a alguien al que puedes
darle la espalda en cualquier situación porque sabes que no te apuñalará cuando
lo hagas, perderlo siempre es un mal negocio. Cuida de tus compañeros,
Musba’in. Te lo dice una persona que sabe de lo que habla, porque ha tenido que
enterrar a unos cuantos.
Descolocado por tan
enigmática exhortación, el medio-namirio quiso reflexionar sus siguientes
palabras antes de soltarlas. Fuera quien fuese ese desconocido, lo había
subestimado. Tenía que ser muy hábil si quería salir airoso de su juego
dialéctico.
- Gracias por el
consejo, pero hay una cosa que no me ha quedado clara.
- ¿En serio?
- Es que no sé a qué
te refieres.
- ¿Cómo?
Perfecto. “Ahora soy
yo”, pensó Musba’in, “quien lleva la iniciativa”.
- Cuando dices que
sabes de lo que hablas, no sé si es porque has perdido a compañeros que te
cubrían la espalda o porque has apuñalado a compañeros que creían que se la
cubrías.
Como el otro tardó
en reaccionar, Musba’in aprovechó el breve lapso de tiempo para dar un sorbo a
su taza de té.
- Agudo, sarcástico
y desconfiado. A pesar de tu sangre mezclada, reúnes las principales cualidades
de un namirio. Es tarde, y tengo tanto sueño como tú. No tardes en acostarte.
Especialmente hoy. Buenas noches, Musba’in.
Lo observó mientras
se marchaba. Un tipo raro, pero inofensivo al fin y al cabo. Sus formas
sibilinas e intrigantes no le sorprendieron, viniendo de un namirio. Musba’in
sabía que esa era su manera de hacerse los interesantes.
Pero a medida que
reflexionaba más y más en la escueta conversación, una sensación de malestar
crecía en su interior. La convicción de que aquel encuentro no había sido
casual se apoderaba de él. Algo lo tenía intranquilo. Y de repente, lo supo.
Con la velocidad del rayo, se bajó del taburete, corrió hacia las escaleras,
subió los escalones a saltos de tres en tres y cruzó el pasillo en un suspiro.
Al llegar, oyó
ruidos de golpes procedentes de la habitación. Sin pensárselo, de una patada
echó la puerta abajo. La luz que se coló desde el pasillo le permitió ver a
Bajrein tendido en el suelo. Encima de él había un hombre desconocido; la
sangre de una profunda herida en su cuello caía a borbotones sobre la cara de
aquél. Math apareció de inmediato desde la oscuridad, con su espada
desenvainada. Musba’in, con la mano puesta en la empuñadura de su acero,
rastreó la habitación desde la puerta en busca de más intrusos, pero no vio a
nadie. Saludó a sus dos compañeros para confirmar su identidad.
Se dispuso a entrar,
pero de súbito, justo después que se relajara, una silueta apareció de la nada
y salió corriendo del dormitorio. Cuando intentó pararla, la sombra lo empujó y
Musba’in chocó violentamente de espaldas contra la pared del corredor. Sacó
rápidamente un cuchillo de su cinturón y lo lanzó al fugitivo, pero sólo le
rozó un brazo, insuficiente para detener su huida. Pensó en ir tras él, pero ya
era inútil. Al menos, había llegado a tiempo.