Parte I. Capítulo 9.


La agonía del sexto ejército



Con la puesta del Sol, los pasillos del castillo se convertían en un torrente de criados desplazándose arriba y abajo. Algunos llevaban sacos a la cocina, otros acompañaban a los comensales hasta sus sillas, y la mayoría servían las mesas. La particularidad de las cenas en la corte de Stard era que todos, desde el barón y su esposa hasta la servidumbre y los perros, comían en la misma sala, un comedor enorme que se extendía de extremo a extremo del piso de la torre. Al cazador de brujas le extrañaba esta costumbre por ser ajena a lo que se practicaba en su patria, pero no ignoraba su origen: muy probablemente, ésta se debía al sustrato cultural bárbaro de la ciudad, todavía muy vivo aun después de varios siglos de kulmenización. 

En este sentido, los bárbaros eran claramente diferentes de los demás pueblos que habitaban Gottenmorth, puesto que su civilización no estaba dividida en clases, sino en clanes. Dentro de cada clan la sociedad se estructuraba de una manera horizontal, hasta el punto de que a un extranjero le resultaría complicado reconocer al jefe o a los miembros de su consejo a simple vista. Todos vestían igual, comían lo mismo y compartían el mismo espacio. En Stard, por supuesto, esa forma de convivencia absolutamente transversal se había perdido después de siglos de colonización y predominio de la cultura kulmeh, pero seguían quedando vestigios de la cultura autóctona; uno de ellos se materializaba en aquellas cenas multitudinarias del castillo.

El cazador de brujas pensó en todo ello, y sonrió. Se preguntó si algún día sería posible que los nobles de Kulm, Khonor o Anzig compartieran la mesa con los sirvientes, e inmediatamente descartó la idea. Más grave era el caso de los namirios: en su sistema social basado en el esclavismo y el racismo, la plebe de origen no namirio ni siquiera podía mirar o hablar a sus amos sin permiso previo. Años atrás había tenido la oportunidad de visitar Tergeist, y lo que vio no pudo menos que escandalizarlo. Y si en esa ciudad, donde los namirios sólo constituían la élite gobernante, ya se maltrataba y discriminaba de una manera tan insufrible al resto de la población, no se podía ni imaginar la situación de las minorías en Finnstrone, Aual, Cais o Porlay. Por si esto no fuera poco, algunos namirios habían llegado a tal extremo de exclusivismo que habían erigido ciudades libres de cualquier tipo de presencia no namiria, como era el caso de Lizar, la capital del recién creado reino de Nerlan. No era de extrañar, pues, que ellos fueran los responsables del exterminio de la histórica comunidad kulmeh de Bren, perpetrado durante los convulsos años de la guerra contra los Tal’imran por una facción fanática conocida como los Hijos de Nerlan.

En cuanto a los nesudios, la estrechez del gueto había rebajado las diferencias sociales entre ellos, pero había una que seguía tan rígida e inamovible como siempre: la clase sacerdotal todavía vivía encerrada en sí misma, aislada en sus templos por cuestiones de pureza ritual.

Caso aparte eran los qarmatas, el pueblo que llegó en barco con el Siegmoné e invadió toda la mitad meridional del continente en pocos meses. El cazador de brujas nunca estuvo en Justicia del Siegmoné –de hecho, muy pocas personas, más allá de sus propios habitantes, la conocieron por dentro-, pero por lo que había podido leer en los anales, sabía que en su seno la igualdad era la norma. Todos sentían que formaban parte de un pueblo especial, destinado en su conjunto a imponerse y subyugar al resto, así que en cierta manera cada individuo qarmata era merecedor del mismo trato y deferencia en virtud del favor que el Siegmoné había depositado en todos ellos. No conocían, por lo tanto, la clásica división entre aristocracia y plebe, pues en su particular cosmovisión todos eran nobles que debían ser mantenidos con el esfuerzo y el trabajo de los otros pueblos, a quienes consideraban sus siervos. Sólo los Tal’imran, la familia qarmata más selecta, gozaba de una posición especial, al ser los señores absolutos del reino y de sus gentes.

Cuando uno de los criados se dispuso a servirle el segundo plato, el cazador de brujas se negó a aceptarlo. Apenas había podido acabarse el primero, y eso que la comida estaba deliciosa. Pero no tenía hambre ni sed; su obsesión por las dos asesinas acaparaba, día y noche, todos sus sentidos, así que, viendo que ya nada lo ligaba al comedor, se levantó de la silla y se dirigió a la salida. No quería hacerlo, pero mientras se marchaba miró disimuladamente hacia la mesa que reunía a los comensales más distinguidos: tal y como supuso, el juez lo estaba observando. 

Cuando entró en su habitación, lo primero que hizo fue alimentar el fuego de la chimenea con un tronco más. La noche iba a ser muy fría, y él no tenía ninguna intención de buscar el calor de la cama. No todavía.

Después de ponerse ropa cómoda y detenerse un rato ante las llamas, el cazador se acomodó en su escritorio y rebuscó algo en el cajón. No tardó en sacar un tomo de dimensiones considerables, forrado a todo lujo con sobrecubiertas de terciopelo granate. Lo sostuvo unos segundos con sus dos manos a modo de gesto reverencial, y luego lo puso suavemente sobre la superficie de madera pulida. Antes de abrirlo con extrema delicadeza, leyó el título una vez más: “La agonía del sexto ejército del Cuervo. Mención de todo cuanto tuvo que sufrir hasta ser totalmente aniquilado”, por Qarm lan Wermat, cronista e historiador oficial de Khonor, año diecinueve después de la caída de Justicia del Siegmoné.

Lo había adquirido tres años antes, y desde entonces lo guardaba como uno de sus más preciados tesoros. Y desde luego que lo era, tanto en su forma, una auténtica proeza del arte de la encuadernación, como en su contenido, un documento único e irrepetible cuya información se habría perdido para siempre sino fuera por su existencia.

No era la primera vez que lo leía, por supuesto. De hecho, ya se lo había terminado en varias ocasiones, a pesar de su extensión. Pero no podía dejar de repasarlo una y otra vez; y siempre que lo hacía, sin excepciones, volvía a quedar impresionado por la vivacidad y crudeza de la historia que el autor trazaba a través de sus líneas. Sin embargo, hasta ese momento nunca había reflexionado sobre las implicaciones reales de los hechos cuyo recuerdo ese tomo eternizaba. Con la aparición de las dos brujas, esas crónicas cobraban verdadero significado ante sus ojos.  

Básicamente, el libro narraba lo que indicaba su título: las vicisitudes del Sexto ejército del Cuervo desde el inicio del levantamiento contra los Tal’imran hasta su total destrucción después del final de la guerra, aunque también añadía otros datos históricos de la época aparentemente inconexos. En su conjunto, esa monumental obra era lo más cercano que existía en todo el Gotten Law a una crónica exhaustiva de la guerra que asoló Gottenmorth hacía ya treinta años, la mayor catástrofe humana y material de la historia del continente que se saldó con la caída de quienes lo habían gobernado durante más de ocho siglos. Y ello a pesar de que el autor centrara su atención, en todo momento, en un escenario concreto de esa contienda global.

Para entenderlo apropiadamente, el lector necesitaba poseer algunos conocimientos previos, pero para el cazador de brujas ello no representaba ningún problema, ya que era un hombre de vasta cultura. Sabía, por ejemplo, que cuando los Tal’imran desembarcaron en la playa situada cerca de la actual Damsk, atravesando el perpetuamente agitado Mar Insomne, cuyas aguas no habían permitido la navegación a nadie más que a ellos, no tenían ningún ejército, pero tampoco lo necesitaban; gracias al favor del Siegmoné, aquel ser indescriptible, ni dios ni demonio, ni humano ni divino, que llegó con ellos, lograron exterminar a la horda kur-urinesa que había invadido y arrasado el continente desde las Sakhrat hasta el río Volda pocos años antes, liberando así a los kulmeh, los nesudios, los namirios continentales y los bárbaros del yugo oscurantista y retrasado de los nómadas del yermo. Pero los Tal’imran no sólo hicieron eso, sino que una vez consumada su victoria absoluta, construyeron una ciudad sobre el principal campo de batalla usando para ello los huesos de cien mil de sus enemigos muertos, y la llamaron Justicia del Siegmoné, en honor a su principal y único valedor. Desde esta nueva capital, situada en el centro geográfico del continente, Noyver Tal’imran, el primer Cuervo, y sus descendientes se erigirían como los nuevos soberanos absolutos de los cuatro pueblos de Gottenmorth bajo la premisa de que eran sus libertadores, algo que nadie podía negar. Dispuestos a hacer valer su superioridad, extendieron su poder hasta lugares a los que ni los nómadas habían podido llegar, incluyendo toda la Península del Fuego y la franja sur del brazo de Lom. En poco tiempo, la autoridad de Noyver estaría plenamente reconocida desde la Llanura kulmeh, en el extremo sureste, hasta Porlay, capital de los namirios continentales, en el extremo occidental. A partir de entonces, el Siegmoné dio por cumplida su promesa para con los qarmatas y se retiró a su nuevo hogar en el archipiélago que lleva su nombre, en el centro del Mar Insomne. Nunca más volvería a pisar el continente.

Para controlar tan vasto territorio, los Tal’imran ya no tenían entre ellos a su poderoso aliado, pero seguían gozando de su favor. No formaron ningún ejército de hombres, porque el cielo y la tierra, las bestias, las plantas y hasta las rocas, toda la naturaleza en su conjunto, estaba sometida al Siegmoné, y por orden suya los servía. De esta manera, cualquier conato de desobediencia al nuevo y único soberano en cualquier rincón de Gottenmorth era rápidamente frustrado por las propias fuerzas naturales. La rebelión era imposible cuando todo el entorno se convertía automáticamente en su enemigo y la obstaculizaba a cada paso. Los gottenmorthianos comprendieron que era inútil salirse del dominio del Cuervo si no era a través de dos vías, la muerte o el exilio, así que con el paso del tiempo los que no huyeron dejaron de intentarlo. Había nacido un imperio donde nadie podía haberlo imaginado nunca, en el inhóspito y salvaje Norte.

Los siglos pasaron, y con ellos, el favor del Siegmoné se fue debilitando. A medida que la naturaleza dejaba de responder a las necesidades de los Tal’imran, éstos se vieron obligados a buscar alternativas para seguir consolidando su poder. Una de estas primeras medidas consistió en amaestrar un ejército de cuervos para que sobrevolara continuamente los cielos de Gottenmorth en busca de amenazas; a raíz de esa decisión, el soberano de Justicia del Siegmoné pasó a ser conocido popularmente como el Cuervo. Más adelante, se formó el cuerpo de los sometidos a la Exención, un grupo de agentes dotadas de poderes extraordinarios que obedecían ciegamente las instrucciones de los qarmatas. Y cuando todo esto se volvió insuficiente para seguir manteniendo la estabilidad en los dominios, se recurrió a métodos más convencionales: la formación de ejércitos regulares y su despliegue en las zonas más conflictivas para abortar por las armas cualquier tipo de peligro.

Antes del estallido de la guerra, el último soberano Tal’imran disponía de seis ejércitos operativos. El primero estaba destinado en las Sakhrat, la única frontera terrestre de la gran península de Gottenmorth. Era el más grande en cuanto a número de efectivos, y el único multiétnico: ya que su principal función era proteger a todos los habitantes del continente de las periódicas invasiones kur-urinesas, los cuatro pueblos de Gottenmorth tenían la responsabilidad de colaborar en esa empresa común. El segundo ejército, destacado en el margen del río Navel, estaba compuesto por tropas kulmeh encargadas de mantener la seguridad en los territorios namirios. El tercer ejército, de composición namiria, cubría los feudos kulmeh desde su posición a los pies de los Altos Dominios. El cuarto y quinto ejércitos, de extracción mayoritariamente kulmeh, estaban acuartelados en las fortalezas de Auslan y Mosairm respectivamente; su misión era controlar los movimientos de los bárbaros y los calah de las montañas del norte. Por último, el sexto ejército, el más profesional y mejor entrenado y equipado, compuesto por tropas qarmatas y namirias fanatizadas, aguardaba en el Valle de los Cadáveres, cerca de Justicia de Siegmoné, dispuesto a defenderla a toda costa en caso de que fuera necesario.

Aunque su papel en la guerra haya quedado eclipsado por los exitosos levantamientos kulmeh y namirio, conviene no olvidar que la rebelión empezó en Akay, cuando los clanes bárbaros, hartos de las injusticias y las humillaciones, decidieron hacer valer su orgullo y anhelo de ser libres y se negaron a pagar más tributos a los qarmatas. A raíz de ese acto de rebeldía, Siguedir Tal’imran, el doceavo y último Cuervo, cometió uno de sus peores errores, seguramente el más decisivo y el que acabó provocando su caída y la de su imperio: en vez de intentar resolver la situación con diplomacia o de movilizar a un ejército nuevo para la ocasión, en un acto sin precedentes decidió enviar a su sexto ejército para que restableciera el orden a sangre y fuego. Nunca podría haberse imaginado que al dejar desprotegida la capital, propiciaría un levantamiento general en todo su dominio.

El sexto ejército abandonó el Valle del río Niss, también conocido como el Valle de los Cadáveres, en primavera, y a inicios del invierno del mismo año ya había llegado a los pies de las Montañas del Nirian, después de arrasar todo el territorio a su paso y de haber sofocado por completo la sublevación. Se dice que durante años no volvió a crecer la hierba en todo el país; Northa, la capital de los bárbaros de Akay, quedó completamente destruida, así como todas y cada una de las aldeas más importantes de la zona. Todos los líderes tribales fueron ejecutados, y los clanes, diezmados. En tan solo unos meses la sociedad bárbara quedó completamente descabezada y desestructurada. Aproximadamente un cuarto de su población había sido exterminada. Fin del problema.

Pero justo cuando el sexto ejército ponía fin a los últimos focos de resistencia en el extremo oriental, los habitantes de Kulm y sus provincias también se levantaron. Tal fue la magnitud de este inesperado movimiento que pilló al tercer ejército completamente desprevenido. Aunque al principio sitió Khonor con éxito y avanzó hacia Kulm, el ímpetu de la rebelión kulmeh lo acabó superando decisivamente, obligándolo a retirarse de nuevo a los Altos Dominios, donde quedó cercado e inmovilizado. 

Ante las malas noticias que llegaban desde los feudos kulmeh, el Cuervo cometió su segundo error. Ordenó que el sexto ejército interrumpiera su lucha en Akay y se trasladara directamente a Kulm, el corazón de la insurrección kulmeh. Aunque sufrió numerosas bajas por el camino, no tardó en llegar a la ciudad y asediarla salvajemente, un asedio que se prolongaría durante los siguientes dos años. Pero no sólo eso, sino que en otra decisión incomprensible, el Cuervo se negó a reforzar la zona con tropas del primer ejército, y en vez de eso, envió dos tercios del segundo ejército al este. Este movimiento sellaría definitivamente la condena de su imperio.

Al ver su territorio tan pobremente defendido, los namirios, que en los últimos años se habían caracterizado por sus buenas relaciones con los qarmatas, traicionaron la confianza que el Cuervo había depositado en ellos y se alzaron en armas. En muy poco tiempo, toda la costa del Golfo de Finnstrone cayó en sus manos gracias a la ayuda de la poderosa flota de sus hermanos insulares de Qeynah. Lo que quedaba del segundo ejército fue rápidamente derrotado, consumando de esta manera el hundimiento del imperio de los Tal’imran en el oeste. La situación para el último regente de la Dinastía Púrpura era desesperada: mientras que los namirios ya estaban invadiendo el Valle de los Cadáveres, Kulm todavía no había caído. Entonces empezaron las deserciones y los motines. Los kulmeh que servían en el segundo ejército destinado al Gotten Law se unieron a la rebelión de sus hermanos. Cuando el Cuervo finalmente se decidió a movilizar las tropas de las Sakhrat, éstas ya carecían de toda motivación para sacrificarse por una causa perdida, y la mayoría de los tercios se disolvieron. Mosairm cayó después de meses de resistencia feroz, y las tropas de Auslan no podían abandonarla para salir en auxilio de la capital porque debían salvaguardar la última vía de escape que les quedaba a los qarmatas en caso de que tuvieran que evacuar Justicia del Siegmoné. Teniendo en cuenta que la huída por mar era imposible después de la toma de Damsk por parte de la flota namiria, asegurarse el control del Muro fue una decisión correcta, aunque improductiva, como se demostró posteriormente.

En el último año de la guerra se precipitaron los acontecimientos. Los kulmeh consiguieron romper el cerco de su capital, y el sexto ejército fue obligado a retirarse más allá del río Okba. Desesperado, el Cuervo los llamó para defender Justicia del Siegmoné, pero las exhaustas tropas no consiguieron llegar más allá de los Riscos Fúnebres. Los bárbaros de Akay se habían reorganizado, y ahora hostigaban sin piedad a sus antiguos verdugos.

A finales del año 812 después del Advenimiento del Siegmoné, el Cuervo invocaba su última petición al ancestral aliado de su raza: la destrucción absoluta de su ciudad antes de que cayera en manos de los enemigos. Esta vez el Siegmoné sí respondió, y un devastador terremoto cuyo estruendo pudo oírse a centenares de kilómetros de distancia enterró aquella maravilla arquitectónica, urbanística y artística para toda la eternidad. Todos sus habitantes perecieron con ella, incluidos los últimos Tal’imran. La historia, a partir de entonces, dio un vuelco absoluto. Ya nada volvería a ser igual.

Todo esto, el cazador de brujas lo sabía de memoria después de leerlo y releerlo año tras año, pero cada vez que volvía a recordarlo, seguía sintiendo lo mismo. Jamás le dejaría indiferente un suceso tan trascendental, aunque poca gente hablara ya de ello. Para entender el presente, había que evocar el pasado. Y más si era un pasado tan reciente y culminante.

Después de repasar mentalmente todos estos hechos cuyo conocimiento era necesario para comprender la obra que tenía ante él, el cazador de brujas reemprendió su lectura, pero no lo hizo a partir del punto en el que se había quedado la noche anterior, sino que pasó directamente al último capítulo. Cuando lo terminó, cerró el tomo y lo guardó con el mismo mimo de siempre en el cajón de su escritorio. Se levantó y se plantó ante la ventana de su habitación para observar la negritud de la noche y escuchar mejor el sonido del viento. Su cabeza era, en aquel momento, un torbellino de ideas, informaciones, datos y fechas. Pensó que, efectivamente, el Sexto ejército nunca tuvo ninguna oportunidad de salvarse. Los integrantes del primero pudieron escapar a través de los yermos del Kur-Urin. Los del segundo, o se unieron a la rebelión kulmeh o huyeron al otro lado del río Aguas del Norte, quedando al amparo de las tribus bárbaras aliadas del Cuervo. Lo mismo pudieron hacer los destacamentos de Auslan y Mosairm. En cuanto al ejército namirio cercado en los Altos Dominios, sus últimos restos fueron evacuados con éxito por mar a través de los puertos de la Bahía de Raumar. Pero el sexto, rodeado de enemigos por todos los flancos, no tuvo esa suerte. Su gesta es digna de las mejores epopeyas namirias clásicas. Fue el primero en entrar en combate, y el último en sucumbir tres años después. Aplastó a los bárbaros de Akay, tomó los barrios exteriores de Kulm, y ayudó a aliviar la presión sobre Justicia del Siegmoné; luego, una vez caída la capital, continuó la guerra por su cuenta, luchando por su supervivencia. Estando acorralado por los akayos al oeste y los kulmeh en el sur, se refugió en las montañas del Nirian, donde tuvo que hacer frente a una invasión de los salvajes procedente del otro lado del macizo. Finalmente, sus últimas tropas, exhaustas, hambrientas y enfermas, fueron exterminadas en la tristemente célebre Batalla de la Calavera a manos de los salvajes, mientras sus perseguidores bárbaros y kulmeh disfrutaban del espectáculo des del otro lado del valle. Decididamente, aquel era un desenlace demasiado dramático, un final que nadie desearía ni siquiera para el peor de sus enemigos. Pero fue así como ocurrió.

Mientras se echaba sobre la cama, el cazador se repetía para sí mismo las siguientes palabras: “una persona sobrevivió, sólo una”. Se refería, claro, al único que pudo escapar de la carnicería de la Calavera. El último combatiente vivo del temible Sexto Ejército del Cuervo. Aquel que lo había originado todo. Uric du Sidma’il, el maestro de las dos brujas. 


A nuestros amos,

Una patrulla del barón de Stard ha sido atacada a las afueras de la ciudad durante la ronda habitual por el camino del oeste. No hay supervivientes. La autoría está confirmada. Esta acción puede precipitar la implicación directa del barón en el caso. Se nos acaba el tiempo.

El cazador de brujas sigue a la espera de noticias procedentes de Raumar. Mi contacto me informa de que su delegación ya ha llegada a la ciudad, pero todavía no ha logrado ningún avance significativo en su búsqueda. Mientras aguarda novedades, pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su despacho, mirando por la ventana o leyendo hasta altas horas de la madrugada. Con su investigación estancada en este punto, el juez ha incrementado la presión sobre él, pero aun así su moral sigue alta; puedo confirmar que no ha perdido ni un ápice de su confianza en la pronta resolución del caso. Seguiré atento a sus movimientos y a los de sus colaboradores. Solicito más tiempo para informar.

Subul Rav ‘Aid, Turuq ha Wa’it.