La agonía
del sexto ejército
Con la puesta del
Sol, los pasillos del castillo se convertían en un torrente de criados
desplazándose arriba y abajo. Algunos llevaban sacos a la cocina, otros
acompañaban a los comensales hasta sus sillas, y la mayoría servían las mesas.
La particularidad de las cenas en la corte de Stard era que todos, desde el
barón y su esposa hasta la servidumbre y los perros, comían en la misma sala,
un comedor enorme que se extendía de extremo a extremo del piso de la torre. Al
cazador de brujas le extrañaba esta costumbre por ser ajena a lo que se
practicaba en su patria, pero no ignoraba su origen: muy probablemente, ésta se
debía al sustrato cultural bárbaro de la ciudad, todavía muy vivo aun después
de varios siglos de kulmenización.
En este sentido, los
bárbaros eran claramente diferentes de los demás pueblos que habitaban
Gottenmorth, puesto que su civilización no estaba dividida en clases, sino en
clanes. Dentro de cada clan la sociedad se estructuraba de una manera
horizontal, hasta el punto de que a un extranjero le resultaría complicado
reconocer al jefe o a los miembros de su consejo a simple vista. Todos vestían
igual, comían lo mismo y compartían el mismo espacio. En Stard, por supuesto,
esa forma de convivencia absolutamente transversal se había perdido después de
siglos de colonización y predominio de la cultura kulmeh, pero seguían quedando
vestigios de la cultura autóctona; uno de ellos se materializaba en aquellas
cenas multitudinarias del castillo.
El cazador de brujas
pensó en todo ello, y sonrió. Se preguntó si algún día sería posible que los
nobles de Kulm, Khonor o Anzig compartieran la mesa con los sirvientes, e
inmediatamente descartó la idea. Más grave era el caso de los namirios: en su
sistema social basado en el esclavismo y el racismo, la plebe de origen no
namirio ni siquiera podía mirar o hablar a sus amos sin permiso previo. Años
atrás había tenido la oportunidad de visitar Tergeist, y lo que vio no pudo
menos que escandalizarlo. Y si en esa ciudad, donde los namirios sólo
constituían la élite gobernante, ya se maltrataba y discriminaba de una manera
tan insufrible al resto de la población, no se podía ni imaginar la situación
de las minorías en Finnstrone, Aual, Cais o Porlay. Por si esto no fuera poco,
algunos namirios habían llegado a tal extremo de exclusivismo que habían
erigido ciudades libres de cualquier tipo de presencia no namiria, como era el
caso de Lizar, la capital del recién creado reino de Nerlan. No era de
extrañar, pues, que ellos fueran los responsables del exterminio de la
histórica comunidad kulmeh de Bren, perpetrado durante los convulsos años de la
guerra contra los Tal’imran por una facción fanática conocida como los Hijos de
Nerlan.
En cuanto a los
nesudios, la estrechez del gueto había rebajado las diferencias sociales entre
ellos, pero había una que seguía tan rígida e inamovible como siempre: la clase
sacerdotal todavía vivía encerrada en sí misma, aislada en sus templos por
cuestiones de pureza ritual.
Caso aparte eran los
qarmatas, el pueblo que llegó en barco con el Siegmoné e invadió toda la mitad
meridional del continente en pocos meses. El cazador de brujas nunca estuvo en
Justicia del Siegmoné –de hecho, muy pocas personas, más allá de sus propios
habitantes, la conocieron por dentro-, pero por lo que había podido leer en los
anales, sabía que en su seno la igualdad era la norma. Todos sentían que
formaban parte de un pueblo especial, destinado en su conjunto a imponerse y
subyugar al resto, así que en cierta manera cada individuo qarmata era
merecedor del mismo trato y deferencia en virtud del favor que el Siegmoné
había depositado en todos ellos. No conocían, por lo tanto, la clásica división
entre aristocracia y plebe, pues en su particular cosmovisión todos eran nobles
que debían ser mantenidos con el esfuerzo y el trabajo de los otros pueblos, a
quienes consideraban sus siervos. Sólo los Tal’imran, la familia qarmata más
selecta, gozaba de una posición especial, al ser los señores absolutos del
reino y de sus gentes.
Cuando uno de los
criados se dispuso a servirle el segundo plato, el cazador de brujas se negó a
aceptarlo. Apenas había podido acabarse el primero, y eso que la comida estaba
deliciosa. Pero no tenía hambre ni sed; su obsesión por las dos asesinas
acaparaba, día y noche, todos sus sentidos, así que, viendo que ya nada lo
ligaba al comedor, se levantó de la silla y se dirigió a la salida. No quería
hacerlo, pero mientras se marchaba miró disimuladamente hacia la mesa que
reunía a los comensales más distinguidos: tal y como supuso, el juez lo estaba
observando.
Cuando entró en su
habitación, lo primero que hizo fue alimentar el fuego de la chimenea con un
tronco más. La noche iba a ser muy fría, y él no tenía ninguna intención de
buscar el calor de la cama. No todavía.
Después de ponerse
ropa cómoda y detenerse un rato ante las llamas, el cazador se acomodó en su
escritorio y rebuscó algo en el cajón. No tardó en sacar un tomo de dimensiones
considerables, forrado a todo lujo con sobrecubiertas de terciopelo granate. Lo
sostuvo unos segundos con sus dos manos a modo de gesto reverencial, y luego lo
puso suavemente sobre la superficie de madera pulida. Antes de abrirlo con
extrema delicadeza, leyó el título una vez más: “La agonía del sexto ejército
del Cuervo. Mención de todo cuanto tuvo que sufrir hasta ser totalmente
aniquilado”, por Qarm lan Wermat, cronista e historiador oficial de Khonor, año
diecinueve después de la caída de Justicia del Siegmoné.
Lo había adquirido
tres años antes, y desde entonces lo guardaba como uno de sus más preciados
tesoros. Y desde luego que lo era, tanto en su forma, una auténtica proeza del
arte de la encuadernación, como en su contenido, un documento único e
irrepetible cuya información se habría perdido para siempre sino fuera por su
existencia.
No era la primera
vez que lo leía, por supuesto. De hecho, ya se lo había terminado en varias
ocasiones, a pesar de su extensión. Pero no podía dejar de repasarlo una y otra
vez; y siempre que lo hacía, sin excepciones, volvía a quedar impresionado por
la vivacidad y crudeza de la historia que el autor trazaba a través de sus
líneas. Sin embargo, hasta ese momento nunca había reflexionado sobre las
implicaciones reales de los hechos cuyo recuerdo ese tomo eternizaba. Con la
aparición de las dos brujas, esas crónicas cobraban verdadero significado ante
sus ojos.
Básicamente, el
libro narraba lo que indicaba su título: las vicisitudes del Sexto ejército del
Cuervo desde el inicio del levantamiento contra los Tal’imran hasta su total
destrucción después del final de la guerra, aunque también añadía otros datos
históricos de la época aparentemente inconexos. En su conjunto, esa monumental
obra era lo más cercano que existía en todo el Gotten Law a una crónica
exhaustiva de la guerra que asoló Gottenmorth hacía ya treinta años, la mayor
catástrofe humana y material de la historia del continente que se saldó con la
caída de quienes lo habían gobernado durante más de ocho siglos. Y ello a pesar
de que el autor centrara su atención, en todo momento, en un escenario concreto
de esa contienda global.
Para entenderlo apropiadamente, el lector necesitaba poseer algunos conocimientos previos, pero para el cazador de brujas ello no representaba ningún problema, ya que era un hombre de vasta cultura. Sabía, por ejemplo, que cuando los Tal’imran desembarcaron en la playa situada cerca de la actual Damsk, atravesando el perpetuamente agitado Mar Insomne, cuyas aguas no habían permitido la navegación a nadie más que a ellos, no tenían ningún ejército, pero tampoco lo necesitaban; gracias al favor del Siegmoné, aquel ser indescriptible, ni dios ni demonio, ni humano ni divino, que llegó con ellos, lograron exterminar a la horda kur-urinesa que había invadido y arrasado el continente desde las Sakhrat hasta el río Volda pocos años antes, liberando así a los kulmeh, los nesudios, los namirios continentales y los bárbaros del yugo oscurantista y retrasado de los nómadas del yermo. Pero los Tal’imran no sólo hicieron eso, sino que una vez consumada su victoria absoluta, construyeron una ciudad sobre el principal campo de batalla usando para ello los huesos de cien mil de sus enemigos muertos, y la llamaron Justicia del Siegmoné, en honor a su principal y único valedor. Desde esta nueva capital, situada en el centro geográfico del continente, Noyver Tal’imran, el primer Cuervo, y sus descendientes se erigirían como los nuevos soberanos absolutos de los cuatro pueblos de Gottenmorth bajo la premisa de que eran sus libertadores, algo que nadie podía negar. Dispuestos a hacer valer su superioridad, extendieron su poder hasta lugares a los que ni los nómadas habían podido llegar, incluyendo toda
Para controlar tan
vasto territorio, los Tal’imran ya no tenían entre ellos a su poderoso aliado,
pero seguían gozando de su favor. No formaron ningún ejército de hombres,
porque el cielo y la tierra, las bestias, las plantas y hasta las rocas, toda
la naturaleza en su conjunto, estaba sometida al Siegmoné, y por orden suya los
servía. De esta manera, cualquier conato de desobediencia al nuevo y único
soberano en cualquier rincón de Gottenmorth era rápidamente frustrado por las
propias fuerzas naturales. La rebelión era imposible cuando todo el entorno se
convertía automáticamente en su enemigo y la obstaculizaba a cada paso. Los
gottenmorthianos comprendieron que era inútil salirse del dominio del Cuervo si
no era a través de dos vías, la muerte o el exilio, así que con el paso del
tiempo los que no huyeron dejaron de intentarlo. Había nacido un imperio donde
nadie podía haberlo imaginado nunca, en el inhóspito y salvaje Norte.
Los siglos pasaron,
y con ellos, el favor del Siegmoné se fue debilitando. A medida que la
naturaleza dejaba de responder a las necesidades de los Tal’imran, éstos se
vieron obligados a buscar alternativas para seguir consolidando su poder. Una
de estas primeras medidas consistió en amaestrar un ejército de cuervos para
que sobrevolara continuamente los cielos de Gottenmorth en busca de amenazas; a
raíz de esa decisión, el soberano de Justicia del Siegmoné pasó a ser conocido
popularmente como el Cuervo. Más adelante, se formó el cuerpo de los sometidos
a la Exención ,
un grupo de agentes dotadas de poderes extraordinarios que obedecían ciegamente
las instrucciones de los qarmatas. Y cuando todo esto se volvió insuficiente
para seguir manteniendo la estabilidad en los dominios, se recurrió a métodos
más convencionales: la formación de ejércitos regulares y su despliegue en las
zonas más conflictivas para abortar por las armas cualquier tipo de peligro.
Antes del estallido
de la guerra, el último soberano Tal’imran disponía de seis ejércitos
operativos. El primero estaba destinado en las Sakhrat, la única frontera
terrestre de la gran península de Gottenmorth. Era el más grande en cuanto a
número de efectivos, y el único multiétnico: ya que su principal función era
proteger a todos los habitantes del continente de las periódicas invasiones
kur-urinesas, los cuatro pueblos de Gottenmorth tenían la responsabilidad de
colaborar en esa empresa común. El segundo ejército, destacado en el margen del
río Navel, estaba compuesto por tropas kulmeh encargadas de mantener la
seguridad en los territorios namirios. El tercer ejército, de composición
namiria, cubría los feudos kulmeh desde su posición a los pies de los Altos
Dominios. El cuarto y quinto ejércitos, de extracción mayoritariamente kulmeh,
estaban acuartelados en las fortalezas de Auslan y Mosairm respectivamente; su
misión era controlar los movimientos de los bárbaros y los calah de las
montañas del norte. Por último, el sexto ejército, el más profesional y mejor
entrenado y equipado, compuesto por tropas qarmatas y namirias fanatizadas,
aguardaba en el Valle de los Cadáveres, cerca de Justicia de Siegmoné,
dispuesto a defenderla a toda costa en caso de que fuera necesario.
Aunque su papel en
la guerra haya quedado eclipsado por los exitosos levantamientos kulmeh y
namirio, conviene no olvidar que la rebelión empezó en Akay, cuando los clanes
bárbaros, hartos de las injusticias y las humillaciones, decidieron hacer valer
su orgullo y anhelo de ser libres y se negaron a pagar más tributos a los
qarmatas. A raíz de ese acto de rebeldía, Siguedir Tal’imran, el doceavo y
último Cuervo, cometió uno de sus peores errores, seguramente el más decisivo y
el que acabó provocando su caída y la de su imperio: en vez de intentar
resolver la situación con diplomacia o de movilizar a un ejército nuevo para la
ocasión, en un acto sin precedentes decidió enviar a su sexto ejército para que
restableciera el orden a sangre y fuego. Nunca podría haberse imaginado que al
dejar desprotegida la capital, propiciaría un levantamiento general en todo su
dominio.
El sexto ejército
abandonó el Valle del río Niss, también conocido como el Valle de los Cadáveres,
en primavera, y a inicios del invierno del mismo año ya había llegado a los
pies de las Montañas del Nirian, después de arrasar todo el territorio a su
paso y de haber sofocado por completo la sublevación. Se dice que durante años
no volvió a crecer la hierba en todo el país; Northa, la capital de los
bárbaros de Akay, quedó completamente destruida, así como todas y cada una de
las aldeas más importantes de la zona. Todos los líderes tribales fueron
ejecutados, y los clanes, diezmados. En tan solo unos meses la sociedad bárbara
quedó completamente descabezada y desestructurada. Aproximadamente un cuarto de
su población había sido exterminada. Fin del problema.
Pero justo cuando el sexto ejército ponía fin a los últimos focos de resistencia en el extremo oriental, los habitantes de Kulm y sus provincias también se levantaron. Tal fue la magnitud de este inesperado movimiento que pilló al tercer ejército completamente desprevenido. Aunque al principio sitió Khonor con éxito y avanzó hacia Kulm, el ímpetu de la rebelión kulmeh lo acabó superando decisivamente, obligándolo a retirarse de nuevo a los Altos Dominios, donde quedó cercado e inmovilizado.
Ante las malas
noticias que llegaban desde los feudos kulmeh, el Cuervo cometió su segundo
error. Ordenó que el sexto ejército interrumpiera su lucha en Akay y se
trasladara directamente a Kulm, el corazón de la insurrección kulmeh. Aunque
sufrió numerosas bajas por el camino, no tardó en llegar a la ciudad y
asediarla salvajemente, un asedio que se prolongaría durante los siguientes dos
años. Pero no sólo eso, sino que en otra decisión incomprensible, el Cuervo se
negó a reforzar la zona con tropas del primer ejército, y en vez de eso, envió
dos tercios del segundo ejército al este. Este movimiento sellaría definitivamente
la condena de su imperio.
Al ver su territorio
tan pobremente defendido, los namirios, que en los últimos años se habían
caracterizado por sus buenas relaciones con los qarmatas, traicionaron la
confianza que el Cuervo había depositado en ellos y se alzaron en armas. En muy
poco tiempo, toda la costa del Golfo de Finnstrone cayó en sus manos gracias a
la ayuda de la poderosa flota de sus hermanos insulares de Qeynah. Lo que
quedaba del segundo ejército fue rápidamente derrotado, consumando de esta
manera el hundimiento del imperio de los Tal’imran en el oeste. La situación
para el último regente de la Dinastía Púrpura era desesperada: mientras que
los namirios ya estaban invadiendo el Valle de los Cadáveres, Kulm todavía no
había caído. Entonces empezaron las deserciones y los motines. Los kulmeh que
servían en el segundo ejército destinado al Gotten Law se unieron a la rebelión
de sus hermanos. Cuando el Cuervo finalmente se decidió a movilizar las tropas
de las Sakhrat, éstas ya carecían de toda motivación para sacrificarse por una
causa perdida, y la mayoría de los tercios se disolvieron. Mosairm cayó después
de meses de resistencia feroz, y las tropas de Auslan no podían abandonarla
para salir en auxilio de la capital porque debían salvaguardar la última vía de
escape que les quedaba a los qarmatas en caso de que tuvieran que evacuar
Justicia del Siegmoné. Teniendo en cuenta que la huída por mar era imposible
después de la toma de Damsk por parte de la flota namiria, asegurarse el
control del Muro fue una decisión correcta, aunque improductiva, como se
demostró posteriormente.
En el último año de
la guerra se precipitaron los acontecimientos. Los kulmeh consiguieron romper
el cerco de su capital, y el sexto ejército fue obligado a retirarse más allá
del río Okba. Desesperado, el Cuervo los llamó para defender Justicia del
Siegmoné, pero las exhaustas tropas no consiguieron llegar más allá de los
Riscos Fúnebres. Los bárbaros de Akay se habían reorganizado, y ahora
hostigaban sin piedad a sus antiguos verdugos.
A finales del año
812 después del Advenimiento del Siegmoné, el Cuervo invocaba su última
petición al ancestral aliado de su raza: la destrucción absoluta de su ciudad
antes de que cayera en manos de los enemigos. Esta vez el Siegmoné sí
respondió, y un devastador terremoto cuyo estruendo pudo oírse a centenares de
kilómetros de distancia enterró aquella maravilla arquitectónica, urbanística y
artística para toda la eternidad. Todos sus habitantes perecieron con ella,
incluidos los últimos Tal’imran. La historia, a partir de entonces, dio un
vuelco absoluto. Ya nada volvería a ser igual.
Todo esto, el
cazador de brujas lo sabía de memoria después de leerlo y releerlo año tras
año, pero cada vez que volvía a recordarlo, seguía sintiendo lo mismo. Jamás le
dejaría indiferente un suceso tan trascendental, aunque poca gente hablara ya
de ello. Para entender el presente, había que evocar el pasado. Y más si era un
pasado tan reciente y culminante.
Después de repasar
mentalmente todos estos hechos cuyo conocimiento era necesario para comprender
la obra que tenía ante él, el cazador de brujas reemprendió su lectura, pero no
lo hizo a partir del punto en el que se había quedado la noche anterior, sino
que pasó directamente al último capítulo. Cuando lo terminó, cerró el tomo y lo
guardó con el mismo mimo de siempre en el cajón de su escritorio. Se levantó y
se plantó ante la ventana de su habitación para observar la negritud de la
noche y escuchar mejor el sonido del viento. Su cabeza era, en aquel momento,
un torbellino de ideas, informaciones, datos y fechas. Pensó que,
efectivamente, el Sexto ejército nunca tuvo ninguna oportunidad de salvarse.
Los integrantes del primero pudieron escapar a través de los yermos del
Kur-Urin. Los del segundo, o se unieron a la rebelión kulmeh o huyeron al otro
lado del río Aguas del Norte, quedando al amparo de las tribus bárbaras aliadas
del Cuervo. Lo mismo pudieron hacer los destacamentos de Auslan y Mosairm. En
cuanto al ejército namirio cercado en los Altos Dominios, sus últimos restos
fueron evacuados con éxito por mar a través de los puertos de la Bahía de Raumar. Pero el
sexto, rodeado de enemigos por todos los flancos, no tuvo esa suerte. Su gesta
es digna de las mejores epopeyas namirias clásicas. Fue el primero en entrar en
combate, y el último en sucumbir tres años después. Aplastó a los bárbaros de
Akay, tomó los barrios exteriores de Kulm, y ayudó a aliviar la presión sobre
Justicia del Siegmoné; luego, una vez caída la capital, continuó la guerra por
su cuenta, luchando por su supervivencia. Estando acorralado por los akayos al
oeste y los kulmeh en el sur, se refugió en las montañas del Nirian, donde tuvo
que hacer frente a una invasión de los salvajes procedente del otro lado del
macizo. Finalmente, sus últimas tropas, exhaustas, hambrientas y enfermas,
fueron exterminadas en la tristemente célebre Batalla de la Calavera a manos de los
salvajes, mientras sus perseguidores bárbaros y kulmeh disfrutaban del
espectáculo des del otro lado del valle. Decididamente, aquel era un desenlace
demasiado dramático, un final que nadie desearía ni siquiera para el peor de
sus enemigos. Pero fue así como ocurrió.
Mientras se echaba
sobre la cama, el cazador se repetía para sí mismo las siguientes palabras:
“una persona sobrevivió, sólo una”. Se refería, claro, al único que pudo
escapar de la carnicería de la
Calavera. El último combatiente vivo del temible Sexto
Ejército del Cuervo. Aquel que lo había originado todo. Uric du Sidma’il, el
maestro de las dos brujas.
…
A nuestros amos,
Una patrulla del
barón de Stard ha sido atacada a las afueras de la ciudad durante la ronda
habitual por el camino del oeste. No hay supervivientes. La autoría está
confirmada. Esta acción puede precipitar la implicación directa del barón en el
caso. Se nos acaba el tiempo.
El cazador de brujas
sigue a la espera de noticias procedentes de Raumar. Mi contacto me informa de
que su delegación ya ha llegada a la ciudad, pero todavía no ha logrado ningún
avance significativo en su búsqueda. Mientras aguarda novedades, pasa la mayor
parte del tiempo encerrado en su despacho, mirando por la ventana o leyendo
hasta altas horas de la madrugada. Con su investigación estancada en este
punto, el juez ha incrementado la presión sobre él, pero aun así su moral sigue
alta; puedo confirmar que no ha perdido ni un ápice de su confianza en la
pronta resolución del caso. Seguiré atento a sus movimientos y a los de sus
colaboradores. Solicito más tiempo para informar.
Subul Rav ‘Aid,
Turuq ha Wa’it.