Parte I. Capítulo 8.


El precio de la libertad



Mientras, al otro extremo de la ciudad, Math y Bajrein contemplaban incrédulos el castillo desde la barbacana. O quizá sería mejor decir que estaban atónitos ante la visión de lo que quedaba de él. Aunque nunca la habían visitado antes, sí habían oído hablar de aquella construcción milenaria. Y, desde luego, el estado ruinoso en que se encontraba poco tenía que ver con cualquiera de las descripciones que les habían proporcionado.

Para llegar hasta esa zona habían tenido que ascender por una calle empinada y seccionada en varios segmentos por largas y anchas escaleras de piedra caliza muy gastada a causa de la humedad y las lluvias. Era una vía a todas luces indigna de su función principal, que no era otra que conducir a la gente hacia el centro de poder de Raumar y de toda la bahía. Al principio les extrañó que hubiera tan poca gente transitándola, pero cuando llegaron a la cima del montículo que servía de base para la parte alta de la ciudad entendieron el motivo: aquel insulso alcázar hacía tiempo que había dejado de albergar el gobierno local.

Cuando le preguntaron a un guardia sobre el uso actual del edificio, les contestó que lo habían convertido en la cárcel del feudo. Efectivamente, pensaron, esa era la única función aceptable que en tal estado de decadencia podía tener. También les dijo que el Val y su familia se habían trasladado desde hacía unos años a un palacio en el barrio de los mercaderes, a tan sólo un kilómetro de donde se encontraban, después de que el techo de las cocinas del castillo se hundiera y matara a varios criados; luego los llevó a un mirador y les señaló el lugar exacto, una casa ajardinada de la cual sólo podían distinguir, a esa distancia, su tejado rojizo.  

Antes de abandonar la plaza para dirigirse a su nuevo destino, los dos compañeros volvieron a observar la prisión. A Math todavía le costaba creer cómo había cambiado Raumar en tan poco tiempo, concretamente desde que su padre participara en su asedio en las filas del ejército del Gran Kulm y luego le hablara de ella. A Bajrein, por su parte, esa evolución le recordaba el cambio que había hecho la propia Kulm desde su toma por parte de los separatistas y los namirios. La capital de los kulmeh, por suerte, no sufría un deterioro físico tan profundo como Raumar, pero sí que estaba sumida en una ruina moral parecida, después de perder su centralidad política y social en el Gotten Law. Y eso era algo mucho más difícil de reencauzar.

Si había un rincón en Raumar que consiguió aguantar decentemente el paso del tiempo, éste era el barrio de los mercaderes. A Math y Bajrein les dio la misma impresión: comparada con la apestosa avenida del mercado que habían recorrido por la mañana y con la maltrecha vía que subía a lo que quedaba del barrio alto, la nueva zona a la que acababan de llegar era un oasis de orden, limpieza y buen gusto. Uno casi podría pensar que al acceder a ella entraba en otra ciudad, muy diferente de la anterior; el hecho de que el barrio estuviera amurallado y contara con controles en cada puerta de acceso reforzaba esa percepción. Math y Bajrein pudieron pasarlos gracias al salvoconducto del barón de Stard, pero estaban seguros de que si no fuera por ese documento oficial lo habrían tenido mucho más difícil. Era duro admitirlo, pero a veces, para evitar que la miseria se extendiera por la totalidad de una superficie, no había más remedio que levantar empalizadas y poner guardias para vigilarlas. Sólo así se podía poner coto a los fenómenos derivados de la pobreza extrema, como las enfermedades o la delincuencia. Era injusto que algunos pudieran vivir seguros y tranquilos mientras que otros no, pero la única alternativa a esta discriminación era que toda la población, en vez de una parte, viviera en permanente amenaza.

Lo que más le dolía a Math y a Bajrein, sin embargo, no era el clasismo del Raumar actual, algo a lo que ya estaban acostumbrados, sino la ausencia de esta forma de iniquidad bajo el imperio de los Tal’imran. No era algo nuevo, pues ya se habían dado cuenta de ello en multitud de ocasiones a lo largo de sus viajes por el Gotten Law: los pueblos bajo el gobierno de la dinastía qarmata perdían su soberanía, pero ganaban la igualdad. Uno podía tener un origen humilde e insignificante, y a través de las promociones que fomentaban los comisarios del Cuervo, llegar a disfrutar de un enorme poder. Y al revés: uno podía nacer rico en el seno de una familia noble, para luego pasar los últimos días entre ratas, mugre e inanición después de caer en desgracia ante el soberano de Justicia del Siegmoné. Ahora esto ya no era posible; con el derrumbe del dominio de la Dinastía Fantasmal, habían resurgido los antiguos y rígidos estamentos en las sociedades recién liberadas, y con ellos, los privilegios que éstos conllevaban. El nacimiento determinaba, otra vez, la vida y el porvenir de cada persona, y no dejaba ningún resquicio para modificarlo, para erigirse uno mismo dueño de su destino. El rey moriría rey en su trono, el noble lo haría en su palacio, el mercader, en su almacén, y el villano, arando el campo del noble o cargando el género del mercader. Era lo único que Math y Bajrein echaban de menos respecto a la odiosa época del Cuervo: bajo su yugo, no había discriminación ni privilegios ante la ley en función de la pertenencia a una u otra clase social; todos, desde la aristocracia hasta el pueblo llano, podían ser ajusticiados de la manera más escandalosa en cualquier momento.

Raumar evidenciaba que ese paréntesis en la historia había terminado. Ahora los nobles y los ricos volvían a vivir seguros en sus barrios exclusivos, protegidos por metros de muros, centenares de soldados y privilegios de impunidad. Tras esas defensas no sólo quedaban rezagados los pobres y desamparados; también el ideal de igualdad. Atrás quedaban esos tiempos en los cuales nada ni nadie podía detener el implacable peso de la ley universal. Una ley pagana, tiránica, contraria a la voluntad de Esud y al consenso kulmeh, todo ello era cierto. Pero al menos era una ley igual para todos, una que no distinguía entre el débil y el poderoso, el rico y el pobre.

- El palacio está cerrado. Volved mañana.

Con estas parcas palabras, el guardia que custodiaba la puerta principal despidió a los dos forasteros que se acercaron para concertar una visita con el Val. Math observó el cielo, y se dio cuenta de que era más tarde de lo que creía. Al ser un día despejado, todavía había mucha luz, pero a esa hora el Sol ya no era visible desde la calle; las altas torres y tejados del barrio lo escondían. Por otra parte, el vapor que salía de la boca del soldado cuando hablaba era buena prueba de que la temperatura estaba bajando en picado, aunque ni Math ni Bajrein lo notaran aún debido al esfuerzo físico que habían hecho después de recorrer la ciudad de punta a punta a la carrera. Acalorados bajo las gruesas ropas de viaje que llevaban encima, poco antes de pasar por el primer control ya habían empezado a sudar. Ahora, después de unos minutos de descanso, empezaban a notar que necesitaban un baño. Quizá lo mejor era lavarse, relajarse y descansar. A la mañana siguiente tendrían tiempo para volver a intentarlo. Sin duda, el aspecto indecoroso que tenían en aquel momento no era la mejor carta de presentación en una recepción oficial.