El precio de
la libertad
Mientras, al otro
extremo de la ciudad, Math y Bajrein contemplaban incrédulos el castillo desde
la barbacana. O quizá sería mejor decir que estaban atónitos ante la visión de
lo que quedaba de él. Aunque nunca la habían visitado antes, sí habían oído
hablar de aquella construcción milenaria. Y, desde luego, el estado ruinoso en
que se encontraba poco tenía que ver con cualquiera de las descripciones que
les habían proporcionado.
Para llegar hasta
esa zona habían tenido que ascender por una calle empinada y seccionada en
varios segmentos por largas y anchas escaleras de piedra caliza muy gastada a
causa de la humedad y las lluvias. Era una vía a todas luces indigna de su
función principal, que no era otra que conducir a la gente hacia el centro de
poder de Raumar y de toda la bahía. Al principio les extrañó que hubiera tan
poca gente transitándola, pero cuando llegaron a la cima del montículo que
servía de base para la parte alta de la ciudad entendieron el motivo: aquel
insulso alcázar hacía tiempo que había dejado de albergar el gobierno local.
Cuando le
preguntaron a un guardia sobre el uso actual del edificio, les contestó que lo
habían convertido en la cárcel del feudo. Efectivamente, pensaron, esa era la
única función aceptable que en tal estado de decadencia podía tener. También
les dijo que el Val y su familia se habían trasladado desde hacía unos años a
un palacio en el barrio de los mercaderes, a tan sólo un kilómetro de donde se
encontraban, después de que el techo de las cocinas del castillo se hundiera y
matara a varios criados; luego los llevó a un mirador y les señaló el lugar
exacto, una casa ajardinada de la cual sólo podían distinguir, a esa distancia,
su tejado rojizo.
Antes de abandonar
la plaza para dirigirse a su nuevo destino, los dos compañeros volvieron a
observar la prisión. A Math todavía le costaba creer cómo había cambiado Raumar
en tan poco tiempo, concretamente desde que su padre participara en su asedio
en las filas del ejército del Gran Kulm y luego le hablara de ella. A Bajrein,
por su parte, esa evolución le recordaba el cambio que había hecho la propia Kulm
desde su toma por parte de los separatistas y los namirios. La capital de los
kulmeh, por suerte, no sufría un deterioro físico tan profundo como Raumar,
pero sí que estaba sumida en una ruina moral parecida, después de perder su
centralidad política y social en el Gotten Law. Y eso era algo mucho más
difícil de reencauzar.
Si había un rincón
en Raumar que consiguió aguantar decentemente el paso del tiempo, éste era el
barrio de los mercaderes. A Math y Bajrein les dio la misma impresión:
comparada con la apestosa avenida del mercado que habían recorrido por la
mañana y con la maltrecha vía que subía a lo que quedaba del barrio alto, la
nueva zona a la que acababan de llegar era un oasis de orden, limpieza y buen
gusto. Uno casi podría pensar que al acceder a ella entraba en otra ciudad, muy
diferente de la anterior; el hecho de que el barrio estuviera amurallado y
contara con controles en cada puerta de acceso reforzaba esa percepción. Math y
Bajrein pudieron pasarlos gracias al salvoconducto del barón de Stard, pero
estaban seguros de que si no fuera por ese documento oficial lo habrían tenido
mucho más difícil. Era duro admitirlo, pero a veces, para evitar que la miseria
se extendiera por la totalidad de una superficie, no había más remedio que
levantar empalizadas y poner guardias para vigilarlas. Sólo así se podía poner
coto a los fenómenos derivados de la pobreza extrema, como las enfermedades o
la delincuencia. Era injusto que algunos pudieran vivir seguros y tranquilos
mientras que otros no, pero la única alternativa a esta discriminación era que
toda la población, en vez de una parte, viviera en permanente amenaza.
Lo que más le dolía
a Math y a Bajrein, sin embargo, no era el clasismo del Raumar actual, algo a
lo que ya estaban acostumbrados, sino la ausencia de esta forma de iniquidad
bajo el imperio de los Tal’imran. No era algo nuevo, pues ya se habían dado
cuenta de ello en multitud de ocasiones a lo largo de sus viajes por el Gotten
Law: los pueblos bajo el gobierno de la dinastía qarmata perdían su soberanía,
pero ganaban la igualdad. Uno podía tener un origen humilde e insignificante, y
a través de las promociones que fomentaban los comisarios del Cuervo, llegar a
disfrutar de un enorme poder. Y al revés: uno podía nacer rico en el seno de
una familia noble, para luego pasar los últimos días entre ratas, mugre e
inanición después de caer en desgracia ante el soberano de Justicia del
Siegmoné. Ahora esto ya no era posible; con el derrumbe del dominio de la Dinastía Fantasmal ,
habían resurgido los antiguos y rígidos estamentos en las sociedades recién
liberadas, y con ellos, los privilegios que éstos conllevaban. El nacimiento
determinaba, otra vez, la vida y el porvenir de cada persona, y no dejaba
ningún resquicio para modificarlo, para erigirse uno mismo dueño de su destino.
El rey moriría rey en su trono, el noble lo haría en su palacio, el mercader,
en su almacén, y el villano, arando el campo del noble o cargando el género del
mercader. Era lo único que Math y Bajrein echaban de menos respecto a la odiosa
época del Cuervo: bajo su yugo, no había discriminación ni privilegios ante la
ley en función de la pertenencia a una u otra clase social; todos, desde la
aristocracia hasta el pueblo llano, podían ser ajusticiados de la manera más
escandalosa en cualquier momento.
Raumar evidenciaba
que ese paréntesis en la historia había terminado. Ahora los nobles y los ricos
volvían a vivir seguros en sus barrios exclusivos, protegidos por metros de
muros, centenares de soldados y privilegios de impunidad. Tras esas defensas no
sólo quedaban rezagados los pobres y desamparados; también el ideal de
igualdad. Atrás quedaban esos tiempos en los cuales nada ni nadie podía detener
el implacable peso de la ley universal. Una ley pagana, tiránica, contraria a
la voluntad de Esud y al consenso kulmeh, todo ello era cierto. Pero al menos
era una ley igual para todos, una que no distinguía entre el débil y el
poderoso, el rico y el pobre.
- El palacio está
cerrado. Volved mañana.
Con estas parcas
palabras, el guardia que custodiaba la puerta principal despidió a los dos
forasteros que se acercaron para concertar una visita con el Val. Math observó
el cielo, y se dio cuenta de que era más tarde de lo que creía. Al ser un día
despejado, todavía había mucha luz, pero a esa hora el Sol ya no era visible
desde la calle; las altas torres y tejados del barrio lo escondían. Por otra
parte, el vapor que salía de la boca del soldado cuando hablaba era buena
prueba de que la temperatura estaba bajando en picado, aunque ni Math ni Bajrein
lo notaran aún debido al esfuerzo físico que habían hecho después de recorrer
la ciudad de punta a punta a la carrera. Acalorados bajo las gruesas ropas de
viaje que llevaban encima, poco antes de pasar por el primer control ya habían
empezado a sudar. Ahora, después de unos minutos de descanso, empezaban a notar
que necesitaban un baño. Quizá lo mejor era lavarse, relajarse y descansar. A
la mañana siguiente tendrían tiempo para volver a intentarlo. Sin duda, el
aspecto indecoroso que tenían en aquel momento no era la mejor carta de
presentación en una recepción oficial.