Recelos en
el callejón
A media tarde,
Musba’in y Lunder se vieron obligados a admitir algo embarazoso: estaban
completamente perdidos en medio de aquel laberinto de casas que conformaba la
parte vieja de la ciudad. Habían abandonado la plaza donde comieron
internándose por los callejones sin ningún tipo de precaución, y ahora, después
de dar vueltas y más vueltas, todas las fachadas las veían iguales, todas las
direcciones parecían llevar al mismo sitio. A buen seguro, se encontraban
deambulando por un barrio especialmente pobre: la cantidad de mendigos pidiendo
limosna, de niños de aspecto famélico revolviendo en la basura y de enfermos
agonizando en la los portales era buena prueba de ello. Otra cosa sobre la que
no había ninguna duda era que aquellas personas no estaban nada acostumbradas a
ver forasteros, a juzgar por como reaccionaban al pasar ante ellos. La
situación era bastante incómoda, y en algunos momentos incluso tensa: a ambos
les daba la impresión de que el único motivo por el cual nadie los había
abordado hasta ese momento estaba relacionado con las armas que colgaban
ostentosamente de sus tahalíes.
Lunder lo llevaba
con más filosofía que su compañero, pues ella ya estaba acostumbrada a ser el
centro de atención. A fin de cuentas, no era algo común en el Gotten Law –y ni
siquiera más allá de él- ver a una mujer vestida de hombre y armada como un
soldado paseando tranquilamente por la calle. Cada sociedad asignaba un rol
determinado a las mujeres, que podía variar dependiendo de la cultura, de la
época e incluso de la religión, pero que siempre se caracterizaba por ser muy
diferente al de los hombres. La ropa, el peinado, la forma de andar, la manera
de mirar… todo tenía que ser distinto en cada sexo para que fuera aceptado. En
el caso de Lunder, nada en su físico y casi nada en su personalidad se había
propuesto el objetivo de diferenciarse del modelo masculino. Algunas cosas no
las había elegido ella, por supuesto. La ausencia de curvas en su delgado
cuerpo, por ejemplo, formaba parte de esta categoría. Pero otros aspectos de su
talante masculinizado sí que estaban bajo su control: el cabello corto, su
mirada directa, su modo agresivo de tratar con la gente, su rudo lenguaje
cuando hablaba… todo ello podía cambiarlo si quisiera, pero no le interesaba.
La suma de todos estos aspectos de su personalidad la hacían única,
especialmente entre los nesudios y los kulmeh, dos sociedades cuya mitad
femenina de la población estaba obligada a guardar unos códigos de conducta muy
estrictos, y cuya diferencia entre lo masculino y lo femenino, tanto en lo
interior como en lo exterior, estaba muy marcada, mucho más que en el resto de
las culturas de Gottenmorth.
Aunque no de una
forma tan exagerada, el aspecto de Musba’in tampoco podía calificarse de
convencional. De hecho, en el contexto de la sociedad en la que se encontraba
casi podría decirse que su apariencia era en conjunto más femenina que la de
Lunder, y ello a causa de su greñuda melena, una característica que, dentro de
los cánones estéticos de los kulmeh, se asociaba a las mujeres. La mitad de la
sangre de Musba’in era namiria, y eso se notaba tanto en sus ojos, pequeños y
afilados, como en su tez pálida y en la ausencia de barba en sus mejillas. En
cambio, su cabello negro, su nariz aguileña, sus orejas redondeadas y sus
pobladas cejas los había sacado de su madre kulmeh. Aun así, era en su
carácter, mucho más que en el físico, donde la ascendencia namiria de Musba’in
se hacía más evidente, pues había heredado de su padre todo lo que distingue a
esta raza de los kulmeh, incluyendo su distante frialdad, su individualismo tan
cercano siempre al egoísmo, su ambigüedad moral y su vanidad. Por todo ello, su
papel en el grupo a veces era determinante en la consecución de un éxito, y
otras se convertía en un verdadero lastre. Ninguno de sus compañeros se fiaba
ya de él, pero todos habían aprendido a soportar y tolerar sus vaivenes. Y a
prevenirse de ellos. No les quedaba otro remedio.
Cada vez que Math
dividía el grupo, Lunder deseaba que no le tocara trabajar con Musba’in. No
podía negar que sus irreverencias, ironías y salidas de tono le resultaban
graciosas, sobre todo al lado de la severidad militar de Math y la hosquedad
pietista de Bajrein, pero sólo era así cuando estaba segura de que alguien le
cubriría las espaldas en el momento de la verdad. Y estando a solas con
Musba’in no podía tener esa certeza… como estaba a punto comprobar.
Al tomar por enésima
vez una nueva calleja tan parecida a la anterior como lo sería a la siguiente,
Lunder chocó con un hombre que estaba de pie, apoyado sobre su hombro en la
fachada. Le fue imposible evitarlo: al doblar la esquina, la enorme espalda del
desconocido se le vino encima de golpe. Un incidente sin importancia, sino
fuera porque ocurrió en el barrio más peligroso de Raumar.
- ¡Qué te pasa,
cabrón!- dijo el hombre inmediatamente después de girarse. Su aspecto era del
todo abominable, como ella pudo percibir enseguida: una fea cicatriz le cruzaba
la cara, de su boca negra y podrida se escapaba un aliento hediondo, y además
de faltarle una oreja, su cuello estaba lleno de pústulas.
Lunder no dijo nada
al principio; se limitó a esperar el siguiente paso de aquel gigante de
apariencia y modales abyectos que repasaba su cuerpo de arriba a bajo, con
curiosidad.
- Pero qué tenemos
aquí… si eres una puta y no un cabrón. Pídeme perdón, guarra.
Lunder seguía
callada y aparentemente inmóvil, pero sus pies estaban buscando la mejor
estabilidad con sutiles movimientos. Miró de reojo a Musba’in, sin bajar la
guardia, y lo encontró de brazos cruzados a un metro de ella; parecía que se lo
pasaba bien, porque estaba sonriendo… sus chulescas muecas eran inconfundibles.
- ¡Haz lo que te
digo!
El final de aquel
brete estaba claro. Dando por perdida cualquier posibilidad de salir de él sin
hacer uso de la violencia, Lunder tomó la iniciativa:
- ¡Apártate de mi
camino, cerdo asqueroso!
La expresión de
sorpresa que se dibujó en el rostro del gigante al escuchar sus palabras fue
mayúscula. Claramente, ese hombre no estaba acostumbrado a que lo desafiaran, y
menos si quien lo hacía era alguien tan aparentemente insignificante como ella.
Lunder se había
preparado para la respuesta, y ésta no se hizo esperar. Su rival levantó el
brazo y lanzó su enorme puño contra su cara, pero ella lo esquivó con
facilidad, acercándose a él al mismo tiempo. Cuando quiso reaccionar después de
unas décimas de segundo de incredulidad por haber errado el golpe, ya era
demasiado tarde: el dolor provocado por una patada certera en sus testículos se
estaba extendiendo por todo su cuerpo. Intentó apartarla haciendo un movimiento
de arco con su antebrazo, pero ella se agachó y lo volvió a esquivar. Esta vez,
su fallo lo pagó con un codazo en la mandíbula, que hizo un sonoro crac al
salirse de su sitio. Otro vano intento de desembarazarse de ella moviéndose
hacia delante para embestirla le costó un puñetazo en sus costillas y la
pérdida del equilibrio, que ella aprovechó para situarse a su lado y hacerlo
caer al suelo con los pies. Quiso levantarse inmediatamente, pero una lluvia de
patadas en su cara se lo impidió. Se la protegió con los brazos, pero entonces
pasó a recibir los impactos en su pecho y barriga. Su resistencia fue larga,
pero inútil: ella siempre era más rápida. Como sus brazos estaban ocupados
haciendo de escudo improvisado, optó por usar sus piernas. No sin gran
esfuerzo, llevando al límite su escasa agilidad, logró acertar con su rodilla
doblada la corva de Lunder. Entonces ella notó como su pierna se plegaba
violentamente, y sin poder hacer nada para evitarlo cayó al suelo. Sintiéndose
liberado, el gigante extendió su brazo y la agarró por el cuello. Iba a hacer
lo mismo con el otro para terminar de ahogarla, pero un pinchazo en su costado
lo detuvo. Asustado por el inesperado ataque con arma blanca, se incorporó
rápidamente y descargó un rabioso revés en la cara de Lunder. Ella sabía que si
el gigante conseguía ponerse de pie, quedaría totalmente expuesta, así que
haciendo acopio de todas sus fuerzas se lanzó sobre él para derribarlo. No lo
logró, pero al menos consiguió que trastabillara un instante, el tiempo justo
para que pudiera alzar el cuchillo y se lo clavara en su muslo. Luego hizo lo
mismo en su ingle, y finalmente en sus genitales. El hombre se desplomó
cubriéndose las heridas con las manos, entre sollozos y gritos de dolor.
- ¡Bravo!- dijo
Musba’in mientras Lunder se levantaba, aplaudiéndola. Vio que su labio estaba
partido, siendo ésta la causa de la gran cantidad de sangre que había alrededor
de su boca y su barbilla.
Ella, entre jadeos
de agotamiento después del frenesí, se lo miró con odio infinito. No pudiendo
contener su ira, en un brusco movimiento se lanzó sobre él y le rugió con toda
la rabia acumulada por la pelea:
- ¡Podrías haberme
ayudado, hijo de puta!-
Pero ante su furia
desatada, Musba’in ni se inmutó. Con una mano sobre la cazoleta de su espada y
la otra sobre la culata de su pistola, le respondió que ya lo había hecho, al
mismo que tiempo que le indicaba con un movimiento de cabeza que mirara hacia
el otro callejón. Ella se asomó por la esquina, y vio que dos hombres de
aspecto peligroso, armados con palos, aguardaban a pocos metros. Hacían gestos
amenazadores, pero no se atrevían a avanzar. “Así que era cierto”, tuvo que
reconocer. Musba’in la había protegido. A su manera, pero lo había hecho.