Parte I. Capítulo 7.


Recelos en el callejón



A media tarde, Musba’in y Lunder se vieron obligados a admitir algo embarazoso: estaban completamente perdidos en medio de aquel laberinto de casas que conformaba la parte vieja de la ciudad. Habían abandonado la plaza donde comieron internándose por los callejones sin ningún tipo de precaución, y ahora, después de dar vueltas y más vueltas, todas las fachadas las veían iguales, todas las direcciones parecían llevar al mismo sitio. A buen seguro, se encontraban deambulando por un barrio especialmente pobre: la cantidad de mendigos pidiendo limosna, de niños de aspecto famélico revolviendo en la basura y de enfermos agonizando en la los portales era buena prueba de ello. Otra cosa sobre la que no había ninguna duda era que aquellas personas no estaban nada acostumbradas a ver forasteros, a juzgar por como reaccionaban al pasar ante ellos. La situación era bastante incómoda, y en algunos momentos incluso tensa: a ambos les daba la impresión de que el único motivo por el cual nadie los había abordado hasta ese momento estaba relacionado con las armas que colgaban ostentosamente de sus tahalíes. 

Lunder lo llevaba con más filosofía que su compañero, pues ella ya estaba acostumbrada a ser el centro de atención. A fin de cuentas, no era algo común en el Gotten Law –y ni siquiera más allá de él- ver a una mujer vestida de hombre y armada como un soldado paseando tranquilamente por la calle. Cada sociedad asignaba un rol determinado a las mujeres, que podía variar dependiendo de la cultura, de la época e incluso de la religión, pero que siempre se caracterizaba por ser muy diferente al de los hombres. La ropa, el peinado, la forma de andar, la manera de mirar… todo tenía que ser distinto en cada sexo para que fuera aceptado. En el caso de Lunder, nada en su físico y casi nada en su personalidad se había propuesto el objetivo de diferenciarse del modelo masculino. Algunas cosas no las había elegido ella, por supuesto. La ausencia de curvas en su delgado cuerpo, por ejemplo, formaba parte de esta categoría. Pero otros aspectos de su talante masculinizado sí que estaban bajo su control: el cabello corto, su mirada directa, su modo agresivo de tratar con la gente, su rudo lenguaje cuando hablaba… todo ello podía cambiarlo si quisiera, pero no le interesaba. La suma de todos estos aspectos de su personalidad la hacían única, especialmente entre los nesudios y los kulmeh, dos sociedades cuya mitad femenina de la población estaba obligada a guardar unos códigos de conducta muy estrictos, y cuya diferencia entre lo masculino y lo femenino, tanto en lo interior como en lo exterior, estaba muy marcada, mucho más que en el resto de las culturas de Gottenmorth.

Aunque no de una forma tan exagerada, el aspecto de Musba’in tampoco podía calificarse de convencional. De hecho, en el contexto de la sociedad en la que se encontraba casi podría decirse que su apariencia era en conjunto más femenina que la de Lunder, y ello a causa de su greñuda melena, una característica que, dentro de los cánones estéticos de los kulmeh, se asociaba a las mujeres. La mitad de la sangre de Musba’in era namiria, y eso se notaba tanto en sus ojos, pequeños y afilados, como en su tez pálida y en la ausencia de barba en sus mejillas. En cambio, su cabello negro, su nariz aguileña, sus orejas redondeadas y sus pobladas cejas los había sacado de su madre kulmeh. Aun así, era en su carácter, mucho más que en el físico, donde la ascendencia namiria de Musba’in se hacía más evidente, pues había heredado de su padre todo lo que distingue a esta raza de los kulmeh, incluyendo su distante frialdad, su individualismo tan cercano siempre al egoísmo, su ambigüedad moral y su vanidad. Por todo ello, su papel en el grupo a veces era determinante en la consecución de un éxito, y otras se convertía en un verdadero lastre. Ninguno de sus compañeros se fiaba ya de él, pero todos habían aprendido a soportar y tolerar sus vaivenes. Y a prevenirse de ellos. No les quedaba otro remedio.

Cada vez que Math dividía el grupo, Lunder deseaba que no le tocara trabajar con Musba’in. No podía negar que sus irreverencias, ironías y salidas de tono le resultaban graciosas, sobre todo al lado de la severidad militar de Math y la hosquedad pietista de Bajrein, pero sólo era así cuando estaba segura de que alguien le cubriría las espaldas en el momento de la verdad. Y estando a solas con Musba’in no podía tener esa certeza… como estaba a punto comprobar.

Al tomar por enésima vez una nueva calleja tan parecida a la anterior como lo sería a la siguiente, Lunder chocó con un hombre que estaba de pie, apoyado sobre su hombro en la fachada. Le fue imposible evitarlo: al doblar la esquina, la enorme espalda del desconocido se le vino encima de golpe. Un incidente sin importancia, sino fuera porque ocurrió en el barrio más peligroso de Raumar.

- ¡Qué te pasa, cabrón!- dijo el hombre inmediatamente después de girarse. Su aspecto era del todo abominable, como ella pudo percibir enseguida: una fea cicatriz le cruzaba la cara, de su boca negra y podrida se escapaba un aliento hediondo, y además de faltarle una oreja, su cuello estaba lleno de pústulas.

Lunder no dijo nada al principio; se limitó a esperar el siguiente paso de aquel gigante de apariencia y modales abyectos que repasaba su cuerpo de arriba a bajo, con curiosidad.

- Pero qué tenemos aquí… si eres una puta y no un cabrón. Pídeme perdón, guarra.

Lunder seguía callada y aparentemente inmóvil, pero sus pies estaban buscando la mejor estabilidad con sutiles movimientos. Miró de reojo a Musba’in, sin bajar la guardia, y lo encontró de brazos cruzados a un metro de ella; parecía que se lo pasaba bien, porque estaba sonriendo… sus chulescas muecas eran inconfundibles.

- ¡Haz lo que te digo!

El final de aquel brete estaba claro. Dando por perdida cualquier posibilidad de salir de él sin hacer uso de la violencia, Lunder tomó la iniciativa:

- ¡Apártate de mi camino, cerdo asqueroso!

La expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro del gigante al escuchar sus palabras fue mayúscula. Claramente, ese hombre no estaba acostumbrado a que lo desafiaran, y menos si quien lo hacía era alguien tan aparentemente insignificante como ella.

Lunder se había preparado para la respuesta, y ésta no se hizo esperar. Su rival levantó el brazo y lanzó su enorme puño contra su cara, pero ella lo esquivó con facilidad, acercándose a él al mismo tiempo. Cuando quiso reaccionar después de unas décimas de segundo de incredulidad por haber errado el golpe, ya era demasiado tarde: el dolor provocado por una patada certera en sus testículos se estaba extendiendo por todo su cuerpo. Intentó apartarla haciendo un movimiento de arco con su antebrazo, pero ella se agachó y lo volvió a esquivar. Esta vez, su fallo lo pagó con un codazo en la mandíbula, que hizo un sonoro crac al salirse de su sitio. Otro vano intento de desembarazarse de ella moviéndose hacia delante para embestirla le costó un puñetazo en sus costillas y la pérdida del equilibrio, que ella aprovechó para situarse a su lado y hacerlo caer al suelo con los pies. Quiso levantarse inmediatamente, pero una lluvia de patadas en su cara se lo impidió. Se la protegió con los brazos, pero entonces pasó a recibir los impactos en su pecho y barriga. Su resistencia fue larga, pero inútil: ella siempre era más rápida. Como sus brazos estaban ocupados haciendo de escudo improvisado, optó por usar sus piernas. No sin gran esfuerzo, llevando al límite su escasa agilidad, logró acertar con su rodilla doblada la corva de Lunder. Entonces ella notó como su pierna se plegaba violentamente, y sin poder hacer nada para evitarlo cayó al suelo. Sintiéndose liberado, el gigante extendió su brazo y la agarró por el cuello. Iba a hacer lo mismo con el otro para terminar de ahogarla, pero un pinchazo en su costado lo detuvo. Asustado por el inesperado ataque con arma blanca, se incorporó rápidamente y descargó un rabioso revés en la cara de Lunder. Ella sabía que si el gigante conseguía ponerse de pie, quedaría totalmente expuesta, así que haciendo acopio de todas sus fuerzas se lanzó sobre él para derribarlo. No lo logró, pero al menos consiguió que trastabillara un instante, el tiempo justo para que pudiera alzar el cuchillo y se lo clavara en su muslo. Luego hizo lo mismo en su ingle, y finalmente en sus genitales. El hombre se desplomó cubriéndose las heridas con las manos, entre sollozos y gritos de dolor.

- ¡Bravo!- dijo Musba’in mientras Lunder se levantaba, aplaudiéndola. Vio que su labio estaba partido, siendo ésta la causa de la gran cantidad de sangre que había alrededor de su boca y su barbilla.  

Ella, entre jadeos de agotamiento después del frenesí, se lo miró con odio infinito. No pudiendo contener su ira, en un brusco movimiento se lanzó sobre él y le rugió con toda la rabia acumulada por la pelea:

- ¡Podrías haberme ayudado, hijo de puta!-

Pero ante su furia desatada, Musba’in ni se inmutó. Con una mano sobre la cazoleta de su espada y la otra sobre la culata de su pistola, le respondió que ya lo había hecho, al mismo que tiempo que le indicaba con un movimiento de cabeza que mirara hacia el otro callejón. Ella se asomó por la esquina, y vio que dos hombres de aspecto peligroso, armados con palos, aguardaban a pocos metros. Hacían gestos amenazadores, pero no se atrevían a avanzar. “Así que era cierto”, tuvo que reconocer. Musba’in la había protegido. A su manera, pero lo había hecho.