Parte I. Capítulo 6.


La belleza del horror



Esta vez no era un lugar aislado ni una presa indefensa. Hasta ese momento habían atacado a objetivos fáciles: campesinos que salían a laborar a primera hora de la mañana, pastores que vigilaban sus rebaños mientras pacían en las montañas, cazadores solitarios, granjeros que vivían lejos de los núcleos de población… Pero ahora era diferente: una patrulla entera diezmada en pleno camino principal, siete soldados perfectamente armados y entrenados caídos bajo sus garras. Y todo ello en un terreno abierto y despejado, sin ninguna irregularidad geográfica en los alrededores desde donde pudieran haberles tendido una emboscada. No, decididamente aquellos desgraciados habían avistado al enemigo antes de enfrentarse a él: sus armas desenvainadas demostraban que no se trataba de un ataque sorpresa. De la misma manera, la magnitud de las heridas que presentaban los cuerpos no dejaba lugar a dudas sobre la identidad de los asesinos: eran ellas.

Ante semejante panorama, el alguacil hizo una mueca y escupió sobre el gastado enlosado de la carretera. Acababa de interrogar por segunda vez a la persona que encontró los cadáveres, un arriero que pasaba por ahí acompañado por su mujer y su niño; ahora estaba seguro de que era inútil volver a intentarlo, de él ya no sacaría nada más. Le hubiera gustado que los tres testigos estuvieran allí para contrastar sus versiones, pero al final sólo el arriero los había acompañado hasta la escena del crimen. Ante las súplicas del pobre hombre, comprendió que no tenía sentido hacerles pasar a todos por el trance de tener que presenciar de nuevo tal horror. 

Por su parte, el cazador de brujas no había mostrado ni el más mínimo interés por los testigos; ni siquiera había intercambiado una sola palabra con ellos. En los cuarteles de Stard, él fue el último en enterarse de la nueva matanza, pero en cambio fue el primero en llegar al lugar donde ésta había sucedido. Inmediatamente después de ser informado, y desoyendo las advertencias del alguacil, ordenó que ensillaran su caballo, vistió sus prendas militares, ciñó las armas alrededor de su cintura, y cabalgó a toda velocidad hacia el oeste, siguiendo el camino que conectaba Stard con Northa. Sabía que era una temeridad ir solo, pero no podía perder ni un segundo. Ellas habían vuelto a actuar, así que él tenía que estar ahí cuanto antes.

Cuando la guardia comandada por el alguacil llegó, el cazador de brujas ya hacía rato que registraba en una hoja todo lo que le parecía relevante. Con las prisas no había tenido tiempo de avisar a su secretario, así que ahora ese trabajo le tocaba a él. Era más incómodo, porque tenía que estar pendiente al mismo tiempo de las pruebas y del papel y el carboncillo, pero también más seguro: de esta manera, apuntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza sin temor a que otra persona lo transcribiera mal. Lástima del intenso viento que entorpecía su labor, y de los nubarrones negros que se acercaban amenazantes desde el este, obligándolo a darse prisa. Al menos, había llegado antes de que empezara a llover, antes de que el agua borrara cualquier indicio que pudiera llevar a ellas.

- Al juez no le va a gustar nada esto- apuntó el alguacil cuando se situó a la altura del cazador. A pesar de que lo dijo gritando, el fuerte rugido del viento huracanado casi impidió que sus palabras llegaran a su destino.

- Pues a mí sí me gusta- le respondió el cazador.

- ¿Cómo?

- Piénsalo bien. Al contrario que sus anteriores víctimas, por lo menos estos soldados tuvieron una oportunidad de defenderse-. Al ver que su interlocutor se acercaba más para oírlo mejor, elevó el tono de voz. –Este cambio en su modo de actuar nos revela varias cosas. Lo primero es que nos da una idea de su poder: siete hombres armados contra dos mujeres, y ya ves el resultado. Lo segundo es que se están confiando. Atacan una patrulla a plena luz del día y a campo abierto, en un camino transitado, lo que nos demuestra que van a por todas, que no le tienen miedo a nada ni a nadie. Y lo tercero y más importante es que nos quieren decir algo. Atacando a los soldados del barón nos están lanzando un desafío directo. Se han cansado de matar por matar, ahora quieren jugar. Todo esto son buenas noticias para nosotros porque cada vez sabemos más sobre ellas, incluidos sus puntos débiles.

- Yo no lo tengo tan claro. No veo por ningún sitio que ahora estemos más cerca de atraparlas que antes. Como siempre, no hay huellas ni rastros. Seguimos sin tener ninguna pista de su paradero.

- Te equivocas. Ahora tenemos muchísimo más que al principio. Cada vez que descubrimos un nuevo crimen, estamos más próximos del final de esta historia. El cerco se está cerrando.

Dicho esto, el cazador se volvió y se marchó. El alguacil se quedó quieto un rato más, observando los cuerpos tendidos. Tenían un aspecto horrible, pero ya no le causaban ninguna impresión. Con el tiempo, se había insensibilizado ante la visión de aquellas heridas abiertas, de aquellos miembros desencajados, de aquellos torsos retorcidos hasta lo imposible, de aquellas miradas vacías, de aquellas bocas abiertas suplicantes, de aquellos rostros desfigurados por puro terror. Ahora se lo tomaba como algo natural; es más, se podía decir que incluso percibía algo de belleza en medio de tanta brutalidad. Las ropas de los muertos agitándose al son de las rachas de viento eran como estandartes de batalla, pensó. Y los brazos extendidos de los cadáveres eran como espadas en ristre apuntando al enemigo.