La belleza
del horror
Esta vez no era un
lugar aislado ni una presa indefensa. Hasta ese momento habían atacado a
objetivos fáciles: campesinos que salían a laborar a primera hora de la mañana,
pastores que vigilaban sus rebaños mientras pacían en las montañas, cazadores
solitarios, granjeros que vivían lejos de los núcleos de población… Pero ahora
era diferente: una patrulla entera diezmada en pleno camino principal, siete
soldados perfectamente armados y entrenados caídos bajo sus garras. Y todo ello
en un terreno abierto y despejado, sin ninguna irregularidad geográfica en los
alrededores desde donde pudieran haberles tendido una emboscada. No,
decididamente aquellos desgraciados habían avistado al enemigo antes de
enfrentarse a él: sus armas desenvainadas demostraban que no se trataba de un
ataque sorpresa. De la misma manera, la magnitud de las heridas que presentaban
los cuerpos no dejaba lugar a dudas sobre la identidad de los asesinos: eran
ellas.
Ante semejante
panorama, el alguacil hizo una mueca y escupió sobre el gastado enlosado de la
carretera. Acababa de interrogar por segunda vez a la persona que encontró los
cadáveres, un arriero que pasaba por ahí acompañado por su mujer y su niño;
ahora estaba seguro de que era inútil volver a intentarlo, de él ya no sacaría
nada más. Le hubiera gustado que los tres testigos estuvieran allí para
contrastar sus versiones, pero al final sólo el arriero los había acompañado
hasta la escena del crimen. Ante las súplicas del pobre hombre, comprendió que
no tenía sentido hacerles pasar a todos por el trance de tener que presenciar
de nuevo tal horror.
Por su parte, el
cazador de brujas no había mostrado ni el más mínimo interés por los testigos;
ni siquiera había intercambiado una sola palabra con ellos. En los cuarteles de
Stard, él fue el último en enterarse de la nueva matanza, pero en cambio fue el
primero en llegar al lugar donde ésta había sucedido. Inmediatamente después de
ser informado, y desoyendo las advertencias del alguacil, ordenó que ensillaran
su caballo, vistió sus prendas militares, ciñó las armas alrededor de su
cintura, y cabalgó a toda velocidad hacia el oeste, siguiendo el camino que
conectaba Stard con Northa. Sabía que era una temeridad ir solo, pero no podía
perder ni un segundo. Ellas habían vuelto a actuar, así que él tenía que estar
ahí cuanto antes.
Cuando la guardia
comandada por el alguacil llegó, el cazador de brujas ya hacía rato que
registraba en una hoja todo lo que le parecía relevante. Con las prisas no
había tenido tiempo de avisar a su secretario, así que ahora ese trabajo le
tocaba a él. Era más incómodo, porque tenía que estar pendiente al mismo tiempo
de las pruebas y del papel y el carboncillo, pero también más seguro: de esta
manera, apuntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza sin temor a que otra persona
lo transcribiera mal. Lástima del intenso viento que entorpecía su labor, y de
los nubarrones negros que se acercaban amenazantes desde el este, obligándolo a
darse prisa. Al menos, había llegado antes de que empezara a llover, antes de
que el agua borrara cualquier indicio que pudiera llevar a ellas.
- Al juez no le va a
gustar nada esto- apuntó el alguacil cuando se situó a la altura del cazador. A
pesar de que lo dijo gritando, el fuerte rugido del viento huracanado casi
impidió que sus palabras llegaran a su destino.
- Pues a mí sí me
gusta- le respondió el cazador.
- ¿Cómo?
- Piénsalo bien. Al
contrario que sus anteriores víctimas, por lo menos estos soldados tuvieron una
oportunidad de defenderse-. Al ver que su interlocutor se acercaba más para oírlo
mejor, elevó el tono de voz. –Este cambio en su modo de actuar nos revela
varias cosas. Lo primero es que nos da una idea de su poder: siete hombres
armados contra dos mujeres, y ya ves el resultado. Lo segundo es que se están
confiando. Atacan una patrulla a plena luz del día y a campo abierto, en un
camino transitado, lo que nos demuestra que van a por todas, que no le tienen
miedo a nada ni a nadie. Y lo tercero y más importante es que nos quieren decir
algo. Atacando a los soldados del barón nos están lanzando un desafío directo.
Se han cansado de matar por matar, ahora quieren jugar. Todo esto son buenas
noticias para nosotros porque cada vez sabemos más sobre ellas, incluidos sus
puntos débiles.
- Yo no lo tengo tan
claro. No veo por ningún sitio que ahora estemos más cerca de atraparlas que
antes. Como siempre, no hay huellas ni rastros. Seguimos sin tener ninguna
pista de su paradero.
- Te equivocas.
Ahora tenemos muchísimo más que al principio. Cada vez que descubrimos un nuevo
crimen, estamos más próximos del final de esta historia. El cerco se está
cerrando.
Dicho esto, el
cazador se volvió y se marchó. El alguacil se quedó quieto un rato más,
observando los cuerpos tendidos. Tenían un aspecto horrible, pero ya no le
causaban ninguna impresión. Con el tiempo, se había insensibilizado ante la
visión de aquellas heridas abiertas, de aquellos miembros desencajados, de
aquellos torsos retorcidos hasta lo imposible, de aquellas miradas vacías, de
aquellas bocas abiertas suplicantes, de aquellos rostros desfigurados por puro
terror. Ahora se lo tomaba como algo natural; es más, se podía decir que
incluso percibía algo de belleza en medio de tanta brutalidad. Las ropas de los
muertos agitándose al son de las rachas de viento eran como estandartes de
batalla, pensó. Y los brazos extendidos de los cadáveres eran como espadas en
ristre apuntando al enemigo.