Parte I. Capítulo 5.


Recuerdos que duelen



Desde lo alto de la colina, todos podían ver como las aguas plateadas de la bahía se fundían con el cielo en el horizonte. La vista era inmejorable a esa hora de la mañana: un amanecer lleno de luz ponía fin a varios días seguidos de tormentas y chubascos. El Sol aún no había salido del todo, pero su reflejo en el mar ya deslumbraba. Una escena idílica, si no fuera por el frío. El largo invierno de Gottenmorth estaba a las puertas.

- La bahía de Valar… tan bella como siempre- comentó Math.

- No hace mucho, casi me ahogaron en ella- replicó Musba’in. – Así que a mí no me gusta.

- Mus, ¿hay algún lugar en todo el Gotten Law donde no te hayan intentado matar?

En vez de mirar a Lunder  para responderle, Musba’in se dirigió a su morral y se agachó para guardar algo en él.

- Sí que los hay- le dijo, dándole la espalda. – Pero nunca he estado en ellos.

La banda inició el descenso por el sendero que los llevaría directamente a Raumar. El día anterior se habían desviado del camino principal con el fin de evitar más peajes, tanto los oficiales como los organizados por bandidos. Eran tiempos de anarquía, necesidad y desesperación en los feudos kulmeh, y la inestabilidad política generaba aún más inseguridad.

A medida que se acercaban al mar, el paisaje se hacía cada vez más y más frondoso, húmedo y oscuro. Los árboles se volvían más grandes y abundantes, los matorrales, más espesos, y el suelo, más cubierto de hojarasca. Llegado el momento, sus ojos sólo veían troncos, y las pezuñas de sus caballos sólo pisaban hojas secas. Era fácil perderse en medio de la homogeneidad absoluta de aquel entorno natural, pero ellos eran buenos conocedores del terreno. No tardaron en alcanzar la vía que llevaba a la capital.

- Aquí os dejo- dijo Ezzad, sorprendiéndolos por la retaguardia.

- De acuerdo, compañero. Nos veremos en este mismo punto dentro de tres días, cuando regresemos a Stard. Cuídate.

Math sabía el motivo de su despedida. Ezzad era un bárbaro, un hombre criado por y para la naturaleza. Su verdadera jungla eran las grandes ciudades: en ellas, se sentía tan perdido e incómodo como una fiera recién encerrada en un zoológico después de haber sido sacada de su hábitat en las montañas. Aunque era un gran valor dentro del grupo, Ezzad no podía serles de ninguna utilidad en las calles, así que lo mejor era que esperara fuera de los muros y se preparara para guiarlos durante la vuelta. De paso, podía guardar los caballos: Math había decidido que el último tramo lo harían a pie.

La carretera de Valar, llamada así porque unía la Vía de los Vencedores a la altura de Khonor con la bahía, hacía tiempo que había dejado de serlo. Se notaban los efectos del tiempo y del abandono: la exuberante vegetación de los márgenes invadía la calzada, algunos troncos y rocas obstaculizaban el paso, y faltaban adoquines por todas partes, sustituidos por charcos y barrizales. Aquella vieja ruta comercial se había vuelto impracticable incluso para el más ligero de los carros, lo que contribuía al aislamiento y empobrecimiento del feudo.

No tardaron en divisar las murallas de Raumar. A medida que se acercaban, se percataron de que seguían en el mismo estado ruinoso de siempre, un mero vestigio de lo que había sido un formidable complejo defensivo en tiempos del dominio qarmata. Pero su estado actual no era casual: al observar toda aquella decadencia, era imposible no recordar que la guerra contra los Tal’imran se había cebado particularmente con esa ciudad. Tanto Math como Bajrein pensaron en ello: en como los vals, inmediatamente después de unirse al levantamiento kulmeh, fueron asesinados en un golpe de mano perfectamente orquestado por los sometidos. Como se convirtió la bahía en el principal reducto oriental del Cuervo, así como en la pesadilla de la retaguardia de los rebeldes kulmeh. Como, tras la toma de Justicia del Siegmoné por los namirios y el fin del dominio del Cuervo, Raumar e Istiamar continuaron la guerra por su cuenta, todavía fieles a un mundo que ya formaba parte del pasado. Y por último, en como el naciente Gran Kulm restaurado sitió Raumar durante meses, hasta su caída. El mismo padre de Math había participado en el asedio como oficial de artillería, por lo que era uno de los responsables de las brechas que, treinta años después, aún marcaban aquellas castigadas murallas. 

- ¿Cuál es el plan, jefe? – dijo Musba’in, después de un largo rato de caminata en silencio.

- Esta tarde solicitaremos una audiencia con el Val. Antes de eso, buscaremos un lugar para comer y reservaremos habitaciones para la noche.

“Al fin”, pensó Lunder. La parte que más odiaba de su oficio eran los viajes. Era consciente de que, a pesar del nuevo rumbo que había tomado su vida, esencialmente seguía siendo una mujer de ciudad, como la mayoría de sus congéneres. Pasar de la estrechez del gueto a la vastedad del campo no era fácil, aun estando en buena forma física para aguantar la marcha, como era su caso. No era una cuestión de cansancio, sino de mentalidad. La vida en el bosque, sin duda, no era lo suyo.

Cuatro guardias custodiaban las puertas. Al ver sus uniformes, no pudieron evitar recordar a los impostores del puente.

- Saludos- dijo uno de ellos mientras levantaba su mano enguantada.

- Saludos- respondió Math, al tiempo que hizo un gesto a los demás para que se detuvieran.

- ¿Qué os trae a la ciudad?

- Visita oficial. Tenemos un salvoconducto del Señor de Stard.

Math sacó un pergamino enrollado del bolsillo de su chaquetón y se lo entregó al guardia. Éste se lo pasó a su compañero, que estaba sentado al lado de una pequeña mesa bajo el arco del portal. Se lo leyó detenidamente, y lo volvió a enrollar. Luego escrutó a los recién llegados, uno a uno, hasta detener su mirada en Musba’in. Sin dejar de observarlo, dijo a Math.

- Cómo sé que no causaréis problemas.

- Venimos en misión oficial, así que nuestra conducta representa al señor que nos envía. No tenemos ninguna intención de deshonrarle.

El guardia siguió mirando fijamente a Musba’in, pero no logró intimidarlo. Sin borrar su sonrisa de los labios, éste soltó:

- ¿Podemos pasar o qué?

- Adelante- dijo al fin el guardia. – Os estaremos vigilando.

Mientras caminaban en dirección al mar a través de una avenida caótica y abarrotada convertida en improvisado mercado, se dieron cuenta de que el aspecto que presentaba el interior de Raumar no era más halagüeño que el de sus muros. En su tortuoso avance, cuando no evitaban corrillos de personas, tenderetes y puestos de venta, tenían que esquivar la basura que se acumulaba en cada rincón. La fetidez del ambiente se hacía cada vez más insoportable a medida que se adentraban más y más en la ciudad: cuando doblaron a la izquierda en una bifurcación, la calle, cuyo suelo estaba cubierto de hortalizas podridas, ya se había convertido en un auténtico vertedero. Sólo pudieron aliviar su olfato cuando salieron a una pequeña y ajetreada plaza en pleno centro de la ciudad, donde al menos corría un poco el aire. 

Math se fijó en un cartel de madera que anunciaba una taberna, y propuso a los demás entrar en ella para comer.

Media hora después, los cuatro disfrutaban de una mediocre comida que al menos, eso sí, era abundante y estaba caliente. Esto último es lo que más agradecieron después de varias jornadas de viaje otoñal durmiendo al aire libre y llevar el frío pegado en los huesos. No consiguieron sentarse en una mesa cercana a la chimenea, pero por lo menos aquella sopa de verduras y aquellas doradas asadas a la brasa, acompañadas de patatas hervidas, estaban consiguiendo que entraran en calor.

- Raumar está peor de lo que podía imaginarme- comentó Bajrein mientras apuraba con sus dientes lo que quedaba de carne de unas espinas.

- Es una triste metáfora de lo que les ocurre a los kulmeh cuando no están unidos- reflexionó Math, en su línea de pensamiento habitual. Era, de lejos, el más nacionalista de los tres miembros kulmeh del grupo. Aunque por su edad y experiencia ya hacía tiempo que se había desengañado de cualquier utopía unionista relacionada con el restablecimiento del histórico reino del Gran Kulm, seguía soñando con que un día su pueblo volvería a procurar un mismo fin guiándose por los valores del bien común y la solidaridad, como antaño hicieron sus antepasados cuando llegaron a Gottenmorth a través de los yermos del Kur-Urin y fundaron la primera gran civilización del continente. Durante el levantamiento contra los Tal’imran, los kulmeh estuvieron muy cerca de recuperar esa ansiada unidad, pero después de la caída del Cuervo todo volvió a ser como antes: cada señor compitiendo con sus vecinos para lograr un pellizco más de poder, riqueza o territorio. El resultado de esta mezquindad entre hermanos no tardó en caer como una losa sobre sus cabezas: sólo los namirios, mucho más unidos y cohesionados, habían logrado capitalizar el éxito de la revuelta contra el imperio de los qarmatas, y ahora eran los nuevos señores del Norte. Por su parte, los kulmeh, los verdaderos héroes de la guerra, habían quedado rezagados a un segundo plano en el nuevo juego de alianzas que se estaba formando después del conflicto, y todo esto por culpa de personas como el Val de Raumar, al que tenían que visitar cuanto antes. Líderes sin ninguna legitimidad que habían traicionado a todo un pueblo por un puñado de falsa gloria pasajera. Al pensar en todo esto, el rostro de Math se oscureció, y todos los que lo observaron sabían el porqué.

- Al menos los kulmeh tenéis una patria para vosotros, aunque esté dividida- dijo Lunder. – Nosotros, ni eso.

Math no podía negar su parte de razón. Si la historia de los kulmeh era trágica, más motivos para lamentarse tenían los nesudios, un pueblo dispersado en varios reinos y continentes y que, además, no podía gobernarse a sí mismo en ninguno de ellos desde hacía innumerables siglos. A Gottenmorth llegaron poco después de la gran emigración kulmeh, cuando éstos se asentaron en la Llanura. Sin embargo, su peso demográfico siempre fue mínimo, así que de esa primeriza época no queda ningún rastro de su impacto sobre la cultura de sus vecinos. Dos factores alteraron esta situación posteriormente: por una parte, algunos kulmeh estaban abandonando la idolatría, lo que hizo que se acercaran a los nesudios, cuya religión es monoteísta desde que se tiene constancia de ella. Este cambio de tendencia puso a los hasta entonces insignificantes nesudios en el centro de las disputas y conflictos entre los kulmeh: los que se pasaban a la fe en el Dios Único los honraban, mientras que los que se aferraban a los antiguos dioses los perseguían por considerarlos, erróneamente, los responsables de contaminar a sus congéneres con sus creencias. Una acusación que en general era falsa, ya que los nesudios nunca se preocuparon por el proselitismo; más bien debería considerarse el cambio de sensibilidad teológica como una evolución natural del pensamiento kulmeh, que con el paso del tiempo se había ido perfilando de una manera más ilustrada y filosófica. Por otra parte, la situación de los nesudios en el continente meridional empeoró repentinamente con el estallido de la guerra entre los imperios de Nimeríades y de Parsi. Los jefes de la comunidad pretendieron evitar el conflicto manteniéndose neutrales, pero lo que parecía una decisión savia muy pronto se volvió contra ellos: por su negativa a participar en los esfuerzos bélicos y por seguir manteniendo relaciones comerciales con el imperio vecino, ambos bandos los consideraron una amenaza interna, y, en consecuencia, los expulsaron violentamente bajo acusaciones de colaboracionismo con el enemigo. Los nesudios que vivían bajo estas dos potencias, que por aquel entonces eran la mayoría, emigraron masivamente a otros reinos menos hostiles, y muchos de ellos escogieron el Gotten Law, la patria de los kulmeh en el lejano norte, como su nuevo hogar. Su presencia se multiplicó considerablemente en pocos años, sobre todo en la Llanura y en las ciudades costeras del Mar Insomne, lo que provocó un aumento decisivo de su influencia sobre la civilización que los acogió.

Con el triunfo definitivo del monoteísmo entre los kulmeh, la posición social de los nesudios en el Gotten Law llegó a su máximo esplendor. En la mayoría de las ciudades y regiones ya no vivían separados del resto de la sociedad, sino que estaban perfectamente integrados en ella, hasta el punto de compartir con los kulmeh las mismas aldeas, barrios y calles. Fueron años felices para ellos; jamás en ningún otro lugar desde la dispersión habían disfrutado de tal nivel de normalización y fraternidad con sus vecinos no nesudios. Pero todo esto terminó, y eran tiempos que ya no volverían; la acción de un solo hombre lo había estropeado todo.

Cada vez que lo recordaba, Lunder sentía una mezcla de dolor y asco. Ojalá nadie le hubiera explicado nunca la historia tal y como seguía a partir de este de punto, pero ya se habían encargado los ancianos de su comunidad de que memorizara hasta sus últimos detalles. Era una rebelde, de acuerdo. Nunca sintió demasiado aprecio por las costumbres de su pueblo ni se caracterizó por su fidelidad a las tradiciones; al contrario, más bien era conocida por transgredirlas. Pero seguía siendo una nesudia, y esa condición le resultaba tan pesada como a cualquier otro de los miembros de su pueblo. Por mucho que lo odiara, arrastraba junto a ellos la misma lápida de un pasado funesto.

Bajrein miró a Math, y luego a ella: ambos intentaban disimular sus pesares, pero no lo conseguían. Él podía darse cuenta de tales sutilezas, porque conocía sus historias y como éstas les afectaban. Sabía que Math había perdido a su mujer y a su hijo a manos de los namirios, cuando éstos invadieron el Gotten Law. Ocho años después, seguía culpando a todos los separatistas kulmeh de este crimen; su oposición al restablecimiento del Gran Kulm, según creía su amigo, propició tanto el declive de la civilización kulmeh a nivel general como la tragedia de su familia en particular. Y también sabía que si Lunder se crió huérfana es porque un pogromo había acabado con la vida de sus padres cuando ella apenas tenía unos pocos meses de vida.

Rememorando las desgracias ajenas, Bajrein no pudo evitar que las suyas afloraran a su memoria. Recordó a su padre, un humilde granjero que cierto día se suicidó porque no podía hacer frente a los impuestos que le exigía el señor de las tierras que labraba. Recordó a su madre, violada por los esbirros del terrateniente como compensación por el impago de su marido. Y recordó a su hermano, uno de los primeros kulmeh en unirse al levantamiento contra el Cuervo, torturado y asesinado por los sometidos después de que alguien lo denunciara. Eran tiempos convulsos, y todos tenían un drama que evocar, una pérdida que añorar.

Todos, menos Musba’in, claro. Totalmente ajeno al cambio en el estado de ánimo de sus compañeros, él seguía comiendo golosamente, como si no hubiera en el mundo otro alimento más allá de aquella mesa. Math intentaba superar su dolor aferrándose al sueño unionista. Lunder lo hacía huyendo de su mundo, de la asfixiante vida en el gueto, y empezando de nuevo. Y Bajrein lo conseguía gracias al fervor religioso y la confianza en Esud, el Dios Único. Pero Musba’in… él no podía llorar nada, porque no tenía ninguna familia o historia que reclamar. A fin de cuentas, era un mestizo, un hijo de nadie cuyo padre namirio lo negó y cuya madre kulmeh lo educó en el rechazo a su propia gente. Consciente de que nunca podría reivindicar ningún pasado nacional ni ninguna fe ancestral desde su infancia en Damsk, ciudad mixta sin pasado histórico ni identidad fija, comprendió muy rápido que sólo se tenía a sí mismo y su presente. Al contrario de los otros, Musba’in no podía refugiarse en ninguna ideología, nacionalismo ni religión propias. No en vano, era el miembro más amoral y falto de principios de la banda, y eso lo convertía en el más peligroso e imprevisible de todos.

- La comida estaba buena- dijo mientras se chupaba los dedos. Los demás lo miraron con desprecio, hartos de su vanidad. Aunque sabían que si se lo echaban en cara estarían siendo injustos, pues él no podía saber lo que pasaba por sus cabezas. 

- Bien- dijo Math al fin, sobreponiéndose a sus penas. –Esta tarde nos dividiremos. Bajrein y yo iremos al castillo, y vosotros dos buscaréis una posada. Nos  reuniremos de nuevo en esta plaza a la puesta del Sol. Hora de volver al trabajo.

Inmediatamente se levantó, y los demás lo siguieron. Seguía quedando comida en la mesa, pero a nadie le apetecía ya: Musba’in había saciado su apetito de sobras, y a los otros tres se les había cerrado el estómago de golpe.