Recuerdos
que duelen
Desde lo alto de la
colina, todos podían ver como las aguas plateadas de la bahía se fundían con el
cielo en el horizonte. La vista era inmejorable a esa hora de la mañana: un
amanecer lleno de luz ponía fin a varios días seguidos de tormentas y
chubascos. El Sol aún no había salido del todo, pero su reflejo en el mar ya
deslumbraba. Una escena idílica, si no fuera por el frío. El largo invierno de
Gottenmorth estaba a las puertas.
- La bahía de Valar…
tan bella como siempre- comentó Math.
- No hace mucho,
casi me ahogaron en ella- replicó Musba’in. – Así que a mí no me gusta.
- Mus, ¿hay algún
lugar en todo el Gotten Law donde no te hayan intentado matar?
En vez de mirar a
Lunder para responderle, Musba’in se
dirigió a su morral y se agachó para guardar algo en él.
- Sí que los hay- le
dijo, dándole la espalda. – Pero nunca he estado en ellos.
La banda inició el
descenso por el sendero que los llevaría directamente a Raumar. El día anterior
se habían desviado del camino principal con el fin de evitar más peajes, tanto
los oficiales como los organizados por bandidos. Eran tiempos de anarquía, necesidad
y desesperación en los feudos kulmeh, y la inestabilidad política generaba aún
más inseguridad.
A medida que se
acercaban al mar, el paisaje se hacía cada vez más y más frondoso, húmedo y
oscuro. Los árboles se volvían más grandes y abundantes, los matorrales, más
espesos, y el suelo, más cubierto de hojarasca. Llegado el momento, sus ojos
sólo veían troncos, y las pezuñas de sus caballos sólo pisaban hojas secas. Era
fácil perderse en medio de la homogeneidad absoluta de aquel entorno natural,
pero ellos eran buenos conocedores del terreno. No tardaron en alcanzar la vía
que llevaba a la capital.
- Aquí os dejo- dijo
Ezzad, sorprendiéndolos por la retaguardia.
- De acuerdo,
compañero. Nos veremos en este mismo punto dentro de tres días, cuando regresemos
a Stard. Cuídate.
Math sabía el motivo
de su despedida. Ezzad era un bárbaro, un hombre criado por y para la
naturaleza. Su verdadera jungla eran las grandes ciudades: en ellas, se sentía
tan perdido e incómodo como una fiera recién encerrada en un zoológico después
de haber sido sacada de su hábitat en las montañas. Aunque era un gran valor
dentro del grupo, Ezzad no podía serles de ninguna utilidad en las calles, así
que lo mejor era que esperara fuera de los muros y se preparara para guiarlos durante
la vuelta. De paso, podía guardar los caballos: Math había decidido que el
último tramo lo harían a pie.
La carretera de
Valar, llamada así porque unía la
Vía de los Vencedores a la altura de Khonor con la bahía,
hacía tiempo que había dejado de serlo. Se notaban los efectos del tiempo y del
abandono: la exuberante vegetación de los márgenes invadía la calzada, algunos
troncos y rocas obstaculizaban el paso, y faltaban adoquines por todas partes,
sustituidos por charcos y barrizales. Aquella vieja ruta comercial se había
vuelto impracticable incluso para el más ligero de los carros, lo que
contribuía al aislamiento y empobrecimiento del feudo.
No tardaron en
divisar las murallas de Raumar. A medida que se acercaban, se percataron de que
seguían en el mismo estado ruinoso de siempre, un mero vestigio de lo que había
sido un formidable complejo defensivo en tiempos del dominio qarmata. Pero su
estado actual no era casual: al observar toda aquella decadencia, era imposible
no recordar que la guerra contra los Tal’imran se había cebado particularmente
con esa ciudad. Tanto Math como Bajrein pensaron en ello: en como los vals,
inmediatamente después de unirse al levantamiento kulmeh, fueron asesinados en
un golpe de mano perfectamente orquestado por los sometidos. Como se convirtió
la bahía en el principal reducto oriental del Cuervo, así como en la pesadilla
de la retaguardia de los rebeldes kulmeh. Como, tras la toma de Justicia del
Siegmoné por los namirios y el fin del dominio del Cuervo, Raumar e Istiamar
continuaron la guerra por su cuenta, todavía fieles a un mundo que ya formaba
parte del pasado. Y por último, en como el naciente Gran Kulm restaurado sitió
Raumar durante meses, hasta su caída. El mismo padre de Math había participado
en el asedio como oficial de artillería, por lo que era uno de los responsables
de las brechas que, treinta años después, aún marcaban aquellas castigadas
murallas.
- ¿Cuál es el plan,
jefe? – dijo Musba’in, después de un largo rato de caminata en silencio.
- Esta tarde
solicitaremos una audiencia con el Val. Antes de eso, buscaremos un lugar para
comer y reservaremos habitaciones para la noche.
“Al fin”, pensó
Lunder. La parte que más odiaba de su oficio eran los viajes. Era consciente de
que, a pesar del nuevo rumbo que había tomado su vida, esencialmente seguía
siendo una mujer de ciudad, como la mayoría de sus congéneres. Pasar de la
estrechez del gueto a la vastedad del campo no era fácil, aun estando en buena
forma física para aguantar la marcha, como era su caso. No era una cuestión de
cansancio, sino de mentalidad. La vida en el bosque, sin duda, no era lo suyo.
Cuatro guardias
custodiaban las puertas. Al ver sus uniformes, no pudieron evitar recordar a
los impostores del puente.
- Saludos- dijo uno
de ellos mientras levantaba su mano enguantada.
- Saludos- respondió
Math, al tiempo que hizo un gesto a los demás para que se detuvieran.
- ¿Qué os trae a la
ciudad?
- Visita oficial.
Tenemos un salvoconducto del Señor de Stard.
Math sacó un
pergamino enrollado del bolsillo de su chaquetón y se lo entregó al guardia.
Éste se lo pasó a su compañero, que estaba sentado al lado de una pequeña mesa
bajo el arco del portal. Se lo leyó detenidamente, y lo volvió a enrollar.
Luego escrutó a los recién llegados, uno a uno, hasta detener su mirada en
Musba’in. Sin dejar de observarlo, dijo a Math.
- Cómo sé que no
causaréis problemas.
- Venimos en misión
oficial, así que nuestra conducta representa al señor que nos envía. No tenemos
ninguna intención de deshonrarle.
El guardia siguió
mirando fijamente a Musba’in, pero no logró intimidarlo. Sin borrar su sonrisa
de los labios, éste soltó:
- ¿Podemos pasar o
qué?
- Adelante- dijo al
fin el guardia. – Os estaremos vigilando.
Mientras caminaban
en dirección al mar a través de una avenida caótica y abarrotada convertida en
improvisado mercado, se dieron cuenta de que el aspecto que presentaba el
interior de Raumar no era más halagüeño que el de sus muros. En su tortuoso
avance, cuando no evitaban corrillos de personas, tenderetes y puestos de
venta, tenían que esquivar la basura que se acumulaba en cada rincón. La
fetidez del ambiente se hacía cada vez más insoportable a medida que se
adentraban más y más en la ciudad: cuando doblaron a la izquierda en una
bifurcación, la calle, cuyo suelo estaba cubierto de hortalizas podridas, ya se
había convertido en un auténtico vertedero. Sólo pudieron aliviar su olfato
cuando salieron a una pequeña y ajetreada plaza en pleno centro de la ciudad,
donde al menos corría un poco el aire.
Math se fijó en un
cartel de madera que anunciaba una taberna, y propuso a los demás entrar en
ella para comer.
Media hora después,
los cuatro disfrutaban de una mediocre comida que al menos, eso sí, era
abundante y estaba caliente. Esto último es lo que más agradecieron después de
varias jornadas de viaje otoñal durmiendo al aire libre y llevar el frío pegado
en los huesos. No consiguieron sentarse en una mesa cercana a la chimenea, pero
por lo menos aquella sopa de verduras y aquellas doradas asadas a la brasa,
acompañadas de patatas hervidas, estaban consiguiendo que entraran en calor.
- Raumar está peor
de lo que podía imaginarme- comentó Bajrein mientras apuraba con sus dientes lo
que quedaba de carne de unas espinas.
- Es una triste
metáfora de lo que les ocurre a los kulmeh cuando no están unidos- reflexionó
Math, en su línea de pensamiento habitual. Era, de lejos, el más nacionalista
de los tres miembros kulmeh del grupo. Aunque por su edad y experiencia ya
hacía tiempo que se había desengañado de cualquier utopía unionista relacionada
con el restablecimiento del histórico reino del Gran Kulm, seguía soñando con
que un día su pueblo volvería a procurar un mismo fin guiándose por los valores
del bien común y la solidaridad, como antaño hicieron sus antepasados cuando
llegaron a Gottenmorth a través de los yermos del Kur-Urin y fundaron la
primera gran civilización del continente. Durante el levantamiento contra los
Tal’imran, los kulmeh estuvieron muy cerca de recuperar esa ansiada unidad,
pero después de la caída del Cuervo todo volvió a ser como antes: cada señor
compitiendo con sus vecinos para lograr un pellizco más de poder, riqueza o
territorio. El resultado de esta mezquindad entre hermanos no tardó en caer
como una losa sobre sus cabezas: sólo los namirios, mucho más unidos y
cohesionados, habían logrado capitalizar el éxito de la revuelta contra el
imperio de los qarmatas, y ahora eran los nuevos señores del Norte. Por su
parte, los kulmeh, los verdaderos héroes de la guerra, habían quedado rezagados
a un segundo plano en el nuevo juego de alianzas que se estaba formando después
del conflicto, y todo esto por culpa de personas como el Val de Raumar, al que
tenían que visitar cuanto antes. Líderes sin ninguna legitimidad que habían
traicionado a todo un pueblo por un puñado de falsa gloria pasajera. Al pensar
en todo esto, el rostro de Math se oscureció, y todos los que lo observaron
sabían el porqué.
- Al menos los
kulmeh tenéis una patria para vosotros, aunque esté dividida- dijo Lunder. –
Nosotros, ni eso.
Math no podía negar
su parte de razón. Si la historia de los kulmeh era trágica, más motivos para
lamentarse tenían los nesudios, un pueblo dispersado en varios reinos y
continentes y que, además, no podía gobernarse a sí mismo en ninguno de ellos
desde hacía innumerables siglos. A Gottenmorth llegaron poco después de la gran
emigración kulmeh, cuando éstos se asentaron en la Llanura. Sin embargo,
su peso demográfico siempre fue mínimo, así que de esa primeriza época no queda
ningún rastro de su impacto sobre la cultura de sus vecinos. Dos factores
alteraron esta situación posteriormente: por una parte, algunos kulmeh estaban
abandonando la idolatría, lo que hizo que se acercaran a los nesudios, cuya
religión es monoteísta desde que se tiene constancia de ella. Este cambio de
tendencia puso a los hasta entonces insignificantes nesudios en el centro de
las disputas y conflictos entre los kulmeh: los que se pasaban a la fe en el
Dios Único los honraban, mientras que los que se aferraban a los antiguos
dioses los perseguían por considerarlos, erróneamente, los responsables de
contaminar a sus congéneres con sus creencias. Una acusación que en general era
falsa, ya que los nesudios nunca se preocuparon por el proselitismo; más bien
debería considerarse el cambio de sensibilidad teológica como una evolución
natural del pensamiento kulmeh, que con el paso del tiempo se había ido
perfilando de una manera más ilustrada y filosófica. Por otra parte, la
situación de los nesudios en el continente meridional empeoró repentinamente
con el estallido de la guerra entre los imperios de Nimeríades y de Parsi. Los
jefes de la comunidad pretendieron evitar el conflicto manteniéndose neutrales,
pero lo que parecía una decisión savia muy pronto se volvió contra ellos: por
su negativa a participar en los esfuerzos bélicos y por seguir manteniendo
relaciones comerciales con el imperio vecino, ambos bandos los consideraron una
amenaza interna, y, en consecuencia, los expulsaron violentamente bajo
acusaciones de colaboracionismo con el enemigo. Los nesudios que vivían bajo
estas dos potencias, que por aquel entonces eran la mayoría, emigraron
masivamente a otros reinos menos hostiles, y muchos de ellos escogieron el
Gotten Law, la patria de los kulmeh en el lejano norte, como su nuevo hogar. Su
presencia se multiplicó considerablemente en pocos años, sobre todo en la Llanura y en las ciudades
costeras del Mar Insomne, lo que provocó un aumento decisivo de su influencia
sobre la civilización que los acogió.
Con el triunfo
definitivo del monoteísmo entre los kulmeh, la posición social de los nesudios
en el Gotten Law llegó a su máximo esplendor. En la mayoría de las ciudades y
regiones ya no vivían separados del resto de la sociedad, sino que estaban
perfectamente integrados en ella, hasta el punto de compartir con los kulmeh
las mismas aldeas, barrios y calles. Fueron años felices para ellos; jamás en
ningún otro lugar desde la dispersión habían disfrutado de tal nivel de
normalización y fraternidad con sus vecinos no nesudios. Pero todo esto
terminó, y eran tiempos que ya no volverían; la acción de un solo hombre lo
había estropeado todo.
Cada vez que lo
recordaba, Lunder sentía una mezcla de dolor y asco. Ojalá nadie le hubiera
explicado nunca la historia tal y como seguía a partir de este de punto, pero
ya se habían encargado los ancianos de su comunidad de que memorizara hasta sus
últimos detalles. Era una rebelde, de acuerdo. Nunca sintió demasiado aprecio
por las costumbres de su pueblo ni se caracterizó por su fidelidad a las
tradiciones; al contrario, más bien era conocida por transgredirlas. Pero
seguía siendo una nesudia, y esa condición le resultaba tan pesada como a
cualquier otro de los miembros de su pueblo. Por mucho que lo odiara,
arrastraba junto a ellos la misma lápida de un pasado funesto.
Bajrein miró a Math,
y luego a ella: ambos intentaban disimular sus pesares, pero no lo conseguían.
Él podía darse cuenta de tales sutilezas, porque conocía sus historias y como
éstas les afectaban. Sabía que Math había perdido a su mujer y a su hijo a
manos de los namirios, cuando éstos invadieron el Gotten Law. Ocho años
después, seguía culpando a todos los separatistas kulmeh de este crimen; su
oposición al restablecimiento del Gran Kulm, según creía su amigo, propició
tanto el declive de la civilización kulmeh a nivel general como la tragedia de
su familia en particular. Y también sabía que si Lunder se crió huérfana es
porque un pogromo había acabado con la vida de sus padres cuando ella apenas
tenía unos pocos meses de vida.
Rememorando las
desgracias ajenas, Bajrein no pudo evitar que las suyas afloraran a su memoria.
Recordó a su padre, un humilde granjero que cierto día se suicidó porque no podía
hacer frente a los impuestos que le exigía el señor de las tierras que labraba.
Recordó a su madre, violada por los esbirros del terrateniente como
compensación por el impago de su marido. Y recordó a su hermano, uno de los
primeros kulmeh en unirse al levantamiento contra el Cuervo, torturado y
asesinado por los sometidos después de que alguien lo denunciara. Eran tiempos
convulsos, y todos tenían un drama que evocar, una pérdida que añorar.
Todos, menos
Musba’in, claro. Totalmente ajeno al cambio en el estado de ánimo de sus
compañeros, él seguía comiendo golosamente, como si no hubiera en el mundo otro
alimento más allá de aquella mesa. Math intentaba superar su dolor aferrándose
al sueño unionista. Lunder lo hacía huyendo de su mundo, de la asfixiante vida
en el gueto, y empezando de nuevo. Y Bajrein lo conseguía gracias al fervor
religioso y la confianza en Esud, el Dios Único. Pero Musba’in… él no podía
llorar nada, porque no tenía ninguna familia o historia que reclamar. A fin de
cuentas, era un mestizo, un hijo de nadie cuyo padre namirio lo negó y cuya
madre kulmeh lo educó en el rechazo a su propia gente. Consciente de que nunca
podría reivindicar ningún pasado nacional ni ninguna fe ancestral desde su
infancia en Damsk, ciudad mixta sin pasado histórico ni identidad fija,
comprendió muy rápido que sólo se tenía a sí mismo y su presente. Al contrario
de los otros, Musba’in no podía refugiarse en ninguna ideología, nacionalismo
ni religión propias. No en vano, era el miembro más amoral y falto de
principios de la banda, y eso lo convertía en el más peligroso e imprevisible
de todos.
- La comida estaba
buena- dijo mientras se chupaba los dedos. Los demás lo miraron con desprecio,
hartos de su vanidad. Aunque sabían que si se lo echaban en cara estarían
siendo injustos, pues él no podía saber lo que pasaba por sus cabezas.
- Bien- dijo Math al
fin, sobreponiéndose a sus penas. –Esta tarde nos dividiremos. Bajrein y yo
iremos al castillo, y vosotros dos buscaréis una posada. Nos reuniremos de nuevo en esta plaza a la puesta
del Sol. Hora de volver al trabajo.
Inmediatamente se
levantó, y los demás lo siguieron. Seguía quedando comida en la mesa, pero a
nadie le apetecía ya: Musba’in había saciado su apetito de sobras, y a los
otros tres se les había cerrado el estómago de golpe.