Parte I. Capítulo 2.


Un puente teñido de rojo



- A ver si lo he entendido bien. Estamos pateando estos bosques, con este frío… viajando a marchas forzadas… ¿sólo para llegar a Raumar y preguntar por un “sometido” ejecutado hace dos años?

- Efectivamente.

- Jefe, estamos bajando de categoría. Los encargos que nos hacen ya no son lo que eran.

- Pero están mejor pagados que nunca, y eso es lo único que debería importarte.

La incredulidad de Musba’in estaba más que justificada. No en vano, ellos eran, como solían llamarlos cada vez que resolvían con éxito una misión, los mejores cazadores de hombres de todo el oriente gottenmorthiano. Su especialidad, aquello que los había hecho famosos y por lo que eran tan codiciados sus servicios, era capturar criminales de forma extrajudicial, no colaborar con las autoridades en vulgares diligencias… y sin embargo ahora se veían en esa situación, haciendo de simples mensajeros.

- Pues a mí me gusta la idea de variar… después de lo agotadores que han sido los últimos trabajitos. Al menos, si nuestro objetivo está muerto es más difícil que se nos escape- dijo Lunder, la única mujer de la banda.

- El sometido no es nuestro objetivo final- puntualizó Math, el líder.

- ¿A no? ¿Y quién es?

- No lo sé, el cazador de brujas me contó a mí lo mismo que a vosotros. Pero algo me dice que en este asunto nada es lo que parece. Estad atentos.

Todos se quedaron en silencio, reflexionando sobre las palabras del jefe. Sabían que rara vez se equivocaba en sus presentimientos, y menos cuando éstos eran malos.

- ¿Alguien podría explicarme… qué son exactamente los ‘sometidos’?- preguntó Lunder, interrumpiendo de esta manera los pensamientos de los demás.

- Tienes mucha suerte de no haberlos conocido nunca, niña- dijo Bajrein, el más viejo del grupo. –Y que Esud nos guarde de tener que sufrir esa pesadilla otra vez.

- Lo que Bajrein quiere decir, en otras palabras, es que los ‘sometidos’ eran un cuerpo especial dentro del ejército del Cuervo, unos agentes letales encargados de reprimir y cortar de raíz cualquier posible foco de oposición a los Tal’imran.

- Que Esud maldiga su historia y su legado- apostilló de nuevo Bajrein. 

- ¿Y por qué se llamaban así?

- Porque se habían sometido a la Exención del Siegmoné- prosiguió Math. –Bajo el régimen de los Tal’imran, cualquier persona de cualquier parte, ya fuera kulmeh, namirio, nesudio o bárbaro, joven o anciano, que había sido acusado de algún crimen y condenado, podía conmutar su pena acogiéndose a la Exención del Siegmoné. Si lo hacía, el crimen que había cometido, por muy grave que fuera, quedaba prescrito, pero, a cambio, el reo renunciaba a su ser y a toda su vida anterior entregándose al servicio del Cuervo. El Favor de la Exención lo imbuía de unos atributos sobrehumanos, pero también lo condenaba a la más absoluta esclavitud: el Siegmoné tomaba el control de su persona, por lo que cualquier mínima desobediencia lo pagaba con el peor de los tormentos. Pasado este proceso, los sometidos se convertían en máquinas de matar, perdiendo por el camino cualquier atisbo de humanidad: ejecutaban las órdenes sin vacilar, sin miedo, sin remordimientos, sin freno de ningún tipo. Eran el instrumento perfecto en la maquinaria represiva del Cuervo: después de sembrar el terror en los corazones de quienes se cruzaban con ellos, su sola mención era suficiente para disuadir a cualquier posible rebelde…

Ante semejante exposición, Lunder se estremeció. Cuando se dio cuenta de que Math la observaba fijamente, bajó la mirada. Quería hablar, pero no sabía qué decir. Entonces, una súbita carcajada de Musba’in rompió violentamente el tenso silencio.

- La has asustado, jefe- dijo.

- Tu también deberías estarlo, lan Samari. Los pocos sometidos que quedan vivos ya no representan ninguna amenaza, pero el demonio que les proporcionaba su poder sigue en su maldita isla, a pocas millas de nuestras costas.

- Joder. Ya estamos otra vez con lo mismo. Voy a mear.

Musba’in se levantó y abandonó el círculo que habían formado alrededor del fuego. Odiaba que alguien lo reprendiera, y Bajrein lo hacía a menudo. Para alguien joven como él, el Cuervo, los Tal’imran, los sometidos o el Siegmoné eran historias de viejos, meras palabras vacías de significado. Sin embargo, los abuelos y los padres de su generación todavía habían vivido y sufrido bajo el reinado de terror de la dinastía qarmata, algo demasiado difícil de olvidar.

Cuando estuvo a suficiente distancia, se detuvo y observó la negra y húmeda noche a través de los árboles. Una ligera neblina se levantaba a su alrededor, y cada vez hacía más frío. “Un escenario muy adecuado para ambientar historias de miedo”, pensó. “Ideal para quien se deje asustar”.

A la mañana siguiente, antes de que el Sol se intuyera por el horizonte, el grupo ya estaba en pie, con el campamento desmontado y listos para reemprender la marcha. Como era habitual, Ezzad, el bárbaro, se había levantado mucho antes que los demás para cazar; esta vez trajo un par de liebres, de las cuales ya no quedaban más que huesos. Cuando todo estuvo listo, abandonaron el claro al trote, de vuelta al camino.

El día era gris. El cielo, espeso y encapotado, se extendía amenazante sobre ellos. Los caballos relinchaban, estaban nerviosos y cansados. La jornada de viaje había sido larga y dura: todavía no habían descansado, ni podían hacerlo. Tenían que llegar al río Okba antes del anochecer, y preferiblemente antes de que todo el peso de la inevitable tormenta cayera sobre ellos. De no ser así, irían con retraso.

Pero lo consiguieron. Antes de que el cielo se oscureciera definitivamente, ya les llegaba el agitado rumor de las aguas del Okba. Llovía, pero no lo suficiente como para entorpecer la marcha. Estaban a sólo un paso de la meta que se habían fijado para ese día, cruzar el río, pero Ezzad, que apareció de la nada por su izquierda, los detuvo.

- Hay hombres en el puente. No tienen buena pinta.

- ¿Pueden ser soldados de Raumar?- preguntó Math.

- No lo parecen.

- Bien. Dividámonos. Lunder, alcanza el río a través del bosque y aguarda en el margen, desde una posición segura. A la mínima señal, ya sabes lo que tienes que hacer. Musbayn, te toca nadar. Cruza el río y ve por detrás.

- Como siempre…

Math, ignorando el comentario, prosiguió con sus instrucciones.

- Ezzad, ¿crees que puedes situarte bajo el puente sin que te vean?

- Sí.

- Hazlo. Bajrein y yo iremos de frente. Adelante.

Media hora después, cada uno estaba en su sitio. Lunder, tras unos matojos, con el arco cargado y apuntando hacia los desconocidos. Musba’in, en la otra orilla, completamente empapado y maldiciéndose por ser el único experto nadador del grupo. Y Ezzad… como siempre, era difícil saber dónde estaba exactamente el bárbaro.

Math y Bajrein se acercaron al puente por el camino, andando. La lluvia, en ese momento, caía a plomo.

- Saludos, caminantes- dijo uno de los supuestos guardias al verlos llegar.

- Saludos.- respondió Math. – Queremos cruzar el puente, ¿hay algún problema?

- Parece que sí. El puente está cerrado por orden del Val de Raumar. No podéis pasar a no ser que paguéis un peaje y os requisemos las armas.

Math escrutó a los hombres que tenía delante. Eran seis, todos armados con alabardas excepto el más alejado, que llevaba un arcabuz. “En cualquier caso, de poco le servirá bajo esta lluvia”, pensó. Tres de ellos llevaban estampado el emblema del Val de Raumar en el pecho; en cuanto a los demás, el peto de la armadura ocultaba cualquier posible identificación. Ni a Math ni a Bajrein se les pasó por alto que las casacas de los uniformados no eran de su talla.

- Pagaremos, pero no renunciaremos a nuestras armas.- dijo finalmente Math.

- Entonces olvidaos de cruzar el río.

Math y Bajrein se miraron. El primero le guiñó el ojo a su compañero, y ambos se dieron la vuelta e hicieron ademán de marcharse por donde habían venido. Inmediatamente, varios de los desconocidos se abalanzaron sobre ellos, con sus alabardas en ristre. Math y Bajrein se giraron con sus espadas desenvainadas, preparados para desviar las puntas que caían sobre ellos. Antes de que lo hicieran, una flecha silbó entre la lluvia y se clavó con un ruido seco en el cuello del arcabucero. Musba’in, desde detrás, lanzó un cuchillo a otro, que se cayó de rodillas sobre el enlosado del puente con el arma clavada en su espalda. Ezzad cargó por el flanco contra los dos que corrían para ayudar a sus compañeros enzarzados en combate. Al primero le abrió de un tajo la nuca, y al segundo lo derribó al suelo con el mismo ímpetu de la carrera. Math se zafó rápidamente de su contrincante; al mínimo descuido de éste, le clavó la punta de la espada en su vientre. A Bajrein, en cambio, le estaba costando más. El otro, que sin duda debía de ser el líder de los suyos, había desenvainado su espada, y con ella paraba bien las estocadas y atacaba sin dejar ningún hueco. Finalmente, Bajrein optó por dejar de lado la esgrima, que nunca había sido su fuerte, y pasar a métodos más directos: después de desviar la hoja, se puso de lado y acometió contra el cuerpo de su rival. Éste recibió el impacto del brazo directamente sobre su pecho, lo que hizo que perdiera el equilibrio y se le bloqueara la respiración al mismo tiempo. Bajrein, entonces, aprovechó para lesionar sus piernas con dos rápidos tajos, y cuando se derrumbaba, de una patada en la cara lo terminó de neutralizar. 

- Qué hago con éste, Math.- dijo Ezzad. Tenía inmovilizado con sus enormes brazos al único enemigo que quedaba consciente.

- Acaba con él.

Un chasquido, el que produce un cuello al romperse, seguido del sonido de un cuerpo que se desploma. La refriega había terminado.

Luego registraron los cuerpos, más para averiguar quienes eran los atacantes que para extraerles sus pertenencias. Cuando Bajrein vio al que había matado Musba’in, hizo una mueca de desprecio.

- Atacar por la espalda- soltó con tono de desaprobación. –Eso es de cobardes.

- Mira quien habla- replicó Musba’in. – El que primero entabla duelo a espada y luego enviste como si fuera un mamut. 

- ¡Maldito mal nacido!

Bajrein se dirigió a él, pero Math lo frenó.

- ¡Ya basta! ¡Los dos!

Lunder, por su parte, examinaba otro cadáver, el que había matado Ezzad con sus manos. Sus mejillas estaban salpicadas de granos, y apenas se le intuía bello facial.

- Éste era un niño. Menudo asco, tener que acabar así, y tan pronto.

- ¡Qué dices! Ha sido divertido.

Al oír ese comentario, Math fue directo a Musba’in, que estaba sentado sobre el pretil del puente de piedra, apuntándolo con el dedo.

- Matar nunca es divertido, ¿entendido? Puede ser necesario, pero no divertido. No quiero oír nada parecido otra vez.

- De acuerdo, jefe.

Tras el registro, concluyeron que sólo eran vulgares bandidos disfrazados de guardias para robar a los viajeros. Muy probablemente, cuando el desafortunado que se dejaba engañar les entregaba las armas para poder seguir su camino, ellos aprovechaban su indefensión para desvalijarlo sin resistencia. Una táctica ruin, pero efectiva. Acorde con los tiempos.

Se acababa de producir una matanza, pero para la naturaleza nada había cambiado. La lluvia, desde el cielo, seguía cayendo impasible, mezclándose alrededor de los cadáveres con la sangre que brotaba de sus heridas. Math y los suyos abandonaron el lugar poco después, en busca de un lugar donde pernoctar. Dejaban, tras su paso, varios cadáveres y un puente teñido de rojo.