Un puente
teñido de rojo
- A ver si lo he
entendido bien. Estamos pateando estos bosques, con este frío… viajando a
marchas forzadas… ¿sólo para llegar a Raumar y preguntar por un “sometido”
ejecutado hace dos años?
- Efectivamente.
- Jefe, estamos
bajando de categoría. Los encargos que nos hacen ya no son lo que eran.
- Pero están mejor
pagados que nunca, y eso es lo único que debería importarte.
La incredulidad de
Musba’in estaba más que justificada. No en vano, ellos eran, como solían
llamarlos cada vez que resolvían con éxito una misión, los mejores cazadores de
hombres de todo el oriente gottenmorthiano. Su especialidad, aquello que los
había hecho famosos y por lo que eran tan codiciados sus servicios, era
capturar criminales de forma extrajudicial, no colaborar con las autoridades en
vulgares diligencias… y sin embargo ahora se veían en esa situación, haciendo
de simples mensajeros.
- Pues a mí me gusta
la idea de variar… después de lo agotadores que han sido los últimos
trabajitos. Al menos, si nuestro objetivo está muerto es más difícil que se nos
escape- dijo Lunder, la única mujer de la banda.
- El sometido no es
nuestro objetivo final- puntualizó Math, el líder.
- ¿A no? ¿Y quién
es?
- No lo sé, el
cazador de brujas me contó a mí lo mismo que a vosotros. Pero algo me dice que
en este asunto nada es lo que parece. Estad atentos.
Todos se quedaron en
silencio, reflexionando sobre las palabras del jefe. Sabían que rara vez se
equivocaba en sus presentimientos, y menos cuando éstos eran malos.
- ¿Alguien podría
explicarme… qué son exactamente los ‘sometidos’?- preguntó Lunder,
interrumpiendo de esta manera los pensamientos de los demás.
- Tienes mucha
suerte de no haberlos conocido nunca, niña- dijo Bajrein, el más viejo del
grupo. –Y que Esud nos guarde de tener que sufrir esa pesadilla otra vez.
- Lo que Bajrein
quiere decir, en otras palabras, es que los ‘sometidos’ eran un cuerpo especial
dentro del ejército del Cuervo, unos agentes letales encargados de reprimir y
cortar de raíz cualquier posible foco de oposición a los Tal’imran.
- Que Esud maldiga
su historia y su legado- apostilló de nuevo Bajrein.
- ¿Y por qué se
llamaban así?
- Porque se habían
sometido a la Exención
del Siegmoné- prosiguió Math. –Bajo el régimen de los Tal’imran, cualquier
persona de cualquier parte, ya fuera kulmeh, namirio, nesudio o bárbaro, joven
o anciano, que había sido acusado de algún crimen y condenado, podía conmutar
su pena acogiéndose a la
Exención del Siegmoné. Si lo hacía, el crimen que había
cometido, por muy grave que fuera, quedaba prescrito, pero, a cambio, el reo
renunciaba a su ser y a toda su vida anterior entregándose al servicio del
Cuervo. El Favor de la
Exención lo imbuía de unos atributos sobrehumanos, pero
también lo condenaba a la más absoluta esclavitud: el Siegmoné tomaba el
control de su persona, por lo que cualquier mínima desobediencia lo pagaba con
el peor de los tormentos. Pasado este proceso, los sometidos se convertían en
máquinas de matar, perdiendo por el camino cualquier atisbo de humanidad:
ejecutaban las órdenes sin vacilar, sin miedo, sin remordimientos, sin freno de
ningún tipo. Eran el instrumento perfecto en la maquinaria represiva del
Cuervo: después de sembrar el terror en los corazones de quienes se cruzaban
con ellos, su sola mención era suficiente para disuadir a cualquier posible
rebelde…
Ante semejante
exposición, Lunder se estremeció. Cuando se dio cuenta de que Math la observaba
fijamente, bajó la mirada. Quería hablar, pero no sabía qué decir. Entonces,
una súbita carcajada de Musba’in rompió violentamente el tenso silencio.
- La has asustado,
jefe- dijo.
- Tu también
deberías estarlo, lan Samari. Los pocos sometidos que quedan vivos ya no
representan ninguna amenaza, pero el demonio que les proporcionaba su poder
sigue en su maldita isla, a pocas millas de nuestras costas.
- Joder. Ya estamos
otra vez con lo mismo. Voy a mear.
Musba’in se levantó
y abandonó el círculo que habían formado alrededor del fuego. Odiaba que
alguien lo reprendiera, y Bajrein lo hacía a menudo. Para alguien joven como
él, el Cuervo, los Tal’imran, los sometidos o el Siegmoné eran historias de
viejos, meras palabras vacías de significado. Sin embargo, los abuelos y los
padres de su generación todavía habían vivido y sufrido bajo el reinado de
terror de la dinastía qarmata, algo demasiado difícil de olvidar.
Cuando estuvo a
suficiente distancia, se detuvo y observó la negra y húmeda noche a través de
los árboles. Una ligera neblina se levantaba a su alrededor, y cada vez hacía
más frío. “Un escenario muy adecuado para ambientar historias de miedo”, pensó.
“Ideal para quien se deje asustar”.
A la mañana
siguiente, antes de que el Sol se intuyera por el horizonte, el grupo ya estaba
en pie, con el campamento desmontado y listos para reemprender la marcha. Como
era habitual, Ezzad, el bárbaro, se había levantado mucho antes que los demás
para cazar; esta vez trajo un par de liebres, de las cuales ya no quedaban más
que huesos. Cuando todo estuvo listo, abandonaron el claro al trote, de vuelta
al camino.
El día era gris. El
cielo, espeso y encapotado, se extendía amenazante sobre ellos. Los caballos
relinchaban, estaban nerviosos y cansados. La jornada de viaje había sido larga
y dura: todavía no habían descansado, ni podían hacerlo. Tenían que llegar al
río Okba antes del anochecer, y preferiblemente antes de que todo el peso de la
inevitable tormenta cayera sobre ellos. De no ser así, irían con retraso.
Pero lo
consiguieron. Antes de que el cielo se oscureciera definitivamente, ya les
llegaba el agitado rumor de las aguas del Okba. Llovía, pero no lo suficiente
como para entorpecer la marcha. Estaban a sólo un paso de la meta que se habían
fijado para ese día, cruzar el río, pero Ezzad, que apareció de la nada por su
izquierda, los detuvo.
- Hay hombres en el
puente. No tienen buena pinta.
- ¿Pueden ser
soldados de Raumar?- preguntó Math.
- No lo parecen.
- Bien. Dividámonos.
Lunder, alcanza el río a través del bosque y aguarda en el margen, desde una
posición segura. A la mínima señal, ya sabes lo que tienes que hacer. Musbayn,
te toca nadar. Cruza el río y ve por detrás.
- Como siempre…
Math, ignorando el
comentario, prosiguió con sus instrucciones.
- Ezzad, ¿crees que
puedes situarte bajo el puente sin que te vean?
- Sí.
- Hazlo. Bajrein y
yo iremos de frente. Adelante.
Media hora después,
cada uno estaba en su sitio. Lunder, tras unos matojos, con el arco cargado y
apuntando hacia los desconocidos. Musba’in, en la otra orilla, completamente
empapado y maldiciéndose por ser el único experto nadador del grupo. Y Ezzad…
como siempre, era difícil saber dónde estaba exactamente el bárbaro.
Math y Bajrein se
acercaron al puente por el camino, andando. La lluvia, en ese momento, caía a
plomo.
- Saludos,
caminantes- dijo uno de los supuestos guardias al verlos llegar.
- Saludos.-
respondió Math. – Queremos cruzar el puente, ¿hay algún problema?
- Parece que sí. El
puente está cerrado por orden del Val de Raumar. No podéis pasar a no ser que
paguéis un peaje y os requisemos las armas.
Math escrutó a los
hombres que tenía delante. Eran seis, todos armados con alabardas excepto el
más alejado, que llevaba un arcabuz. “En cualquier caso, de poco le servirá
bajo esta lluvia”, pensó. Tres de ellos llevaban estampado el emblema del Val
de Raumar en el pecho; en cuanto a los demás, el peto de la armadura ocultaba
cualquier posible identificación. Ni a Math ni a Bajrein se les pasó por alto
que las casacas de los uniformados no eran de su talla.
- Pagaremos, pero no
renunciaremos a nuestras armas.- dijo finalmente Math.
- Entonces olvidaos
de cruzar el río.
Math y Bajrein se
miraron. El primero le guiñó el ojo a su compañero, y ambos se dieron la vuelta
e hicieron ademán de marcharse por donde habían venido. Inmediatamente, varios
de los desconocidos se abalanzaron sobre ellos, con sus alabardas en ristre.
Math y Bajrein se giraron con sus espadas desenvainadas, preparados para
desviar las puntas que caían sobre ellos. Antes de que lo hicieran, una flecha
silbó entre la lluvia y se clavó con un ruido seco en el cuello del arcabucero.
Musba’in, desde detrás, lanzó un cuchillo a otro, que se cayó de rodillas sobre
el enlosado del puente con el arma clavada en su espalda. Ezzad cargó por el
flanco contra los dos que corrían para ayudar a sus compañeros enzarzados en
combate. Al primero le abrió de un tajo la nuca, y al segundo lo derribó al
suelo con el mismo ímpetu de la carrera. Math se zafó rápidamente de su
contrincante; al mínimo descuido de éste, le clavó la punta de la espada en su
vientre. A Bajrein, en cambio, le estaba costando más. El otro, que sin duda
debía de ser el líder de los suyos, había desenvainado su espada, y con ella
paraba bien las estocadas y atacaba sin dejar ningún hueco. Finalmente, Bajrein
optó por dejar de lado la esgrima, que nunca había sido su fuerte, y pasar a
métodos más directos: después de desviar la hoja, se puso de lado y acometió
contra el cuerpo de su rival. Éste recibió el impacto del brazo directamente
sobre su pecho, lo que hizo que perdiera el equilibrio y se le bloqueara la
respiración al mismo tiempo. Bajrein, entonces, aprovechó para lesionar sus
piernas con dos rápidos tajos, y cuando se derrumbaba, de una patada en la cara
lo terminó de neutralizar.
- Qué hago con éste,
Math.- dijo Ezzad. Tenía inmovilizado con sus enormes brazos al único enemigo
que quedaba consciente.
- Acaba con él.
Un chasquido, el que
produce un cuello al romperse, seguido del sonido de un cuerpo que se desploma.
La refriega había terminado.
Luego registraron
los cuerpos, más para averiguar quienes eran los atacantes que para extraerles
sus pertenencias. Cuando Bajrein vio al que había matado Musba’in, hizo una
mueca de desprecio.
- Atacar por la
espalda- soltó con tono de desaprobación. –Eso es de cobardes.
- Mira quien habla-
replicó Musba’in. – El que primero entabla duelo a espada y luego enviste como
si fuera un mamut.
- ¡Maldito mal
nacido!
Bajrein se dirigió a
él, pero Math lo frenó.
- ¡Ya basta! ¡Los
dos!
Lunder, por su
parte, examinaba otro cadáver, el que había matado Ezzad con sus manos. Sus
mejillas estaban salpicadas de granos, y apenas se le intuía bello facial.
- Éste era un niño.
Menudo asco, tener que acabar así, y tan pronto.
- ¡Qué dices! Ha
sido divertido.
Al oír ese
comentario, Math fue directo a Musba’in, que estaba sentado sobre el pretil del
puente de piedra, apuntándolo con el dedo.
- Matar nunca es
divertido, ¿entendido? Puede ser necesario, pero no divertido. No quiero oír
nada parecido otra vez.
- De acuerdo, jefe.
Tras el registro,
concluyeron que sólo eran vulgares bandidos disfrazados de guardias para robar
a los viajeros. Muy probablemente, cuando el desafortunado que se dejaba
engañar les entregaba las armas para poder seguir su camino, ellos aprovechaban
su indefensión para desvalijarlo sin resistencia. Una táctica ruin, pero
efectiva. Acorde con los tiempos.
Se acababa de
producir una matanza, pero para la naturaleza nada había cambiado. La lluvia,
desde el cielo, seguía cayendo impasible, mezclándose alrededor de los
cadáveres con la sangre que brotaba de sus heridas. Math y los suyos
abandonaron el lugar poco después, en busca de un lugar donde pernoctar.
Dejaban, tras su paso, varios cadáveres y un puente teñido de rojo.