Otra vez
ellas
- Qué desastre… - se
lamentó el cazador de brujas.
- Otra vez ellas. –
añadió el alguacil.
Estaban en una
granja solitaria, en medio de un llano a los pies de las montañas del Nirian.
El cazador de brujas escrutó de nuevo cada rincón del establo; no quería
perderse ningún detalle.
- Apunta- le dijo a
su ayudante. – Un varón adulto, colgado del techo cabeza abajo. Le han abierto
el vientre, y de la hendidura se le salen las tripas. A juzgar por la cantidad
de sangre que hay en el suelo, estuvo vivo en esa posición durante un buen
rato. Una mujer adulta, tendida boca arriba sobre una mesa. Le han extraído los
ojos, el hígado y el corazón. No hay rastro de esos órganos. Una joven, de
entre 15 y 20 años. La han clavado en la pared por los brazos y las piernas
para inmovilizarla. Presenta múltiples puñaladas en el vientre, lo que sugiere
que estaba embarazada y ellas lo sabían. Un niño de unos 10 o 12 años,
descuartizado sobre el heno. Todos sus miembros han sido seccionados del
tronco, pero no se han llevado ninguno. Y por último, una niña, de edad
parecida. La han encerrado en su habitación y la han dejado con vida. Como
siempre, no hay mensajes, pistas o indicios de sus motivos o sus próximos
pasos.
El secretario
terminó de escribir las últimas líneas aguantando las arcadas. Inmediatamente
después de concluir la nota, dejó el papel y la pluma sobre el tablón que le
había servido de soporte y salió corriendo al exterior. Todos oyeron sus
vómitos.
- Es una buena
señal- comentó el cazador. Estaba reflexionando en voz alta.
- ¿A qué te
refieres?
- Que no hayan
matado a la niña indica que la maldad aún no se ha apoderado de ellas por
completo. Y lo que es más interesante… confirma mis teorías.
- No te sigo… -el
alguacil lo miraba con incredulidad.
- Ya lo entenderás.
No estamos lejos de acabar con esto.
El cazador abandonó
el establo por la puerta interior, y, cruzando un pasillo, se dirigió a las
escaleras que conducían al piso superior. Allí encontró a la única
superviviente de la carnicería, acurrucada sobre su lecho. A su lado, un
guardia sentado en una silla velaba por su seguridad. El cazador se agachó al
pie de la cama y la observó. Desde esa posición sólo veía su espalda, así como
la mata de pelo rojizo y ondulado que la cubría. Ella no quería darse la
vuelta, y él tampoco se lo pidió.
“Ya sé como sois,
brujas” pensó. “Pues si no la habéis matado, es porque os recuerda a vosotras
en aquellas rocas, justo antes de que Uric os salvara.”
Durante el viaje de
regreso a Stard, el cazador no dejó de pensar en sus crímenes, en su historia y
en las implicaciones que todo esto tenía. Eran muchas las conclusiones que
podían extraerse de aquel caso, algunas a nivel local relacionadas con el
efecto directo de la actividad criminal de las dos brujas, pero otras a nivel
más general: la más importante en este sentido era que, treinta años después de
la caída de los Tal’imran, el poder del Siegmoné seguía muy presente en las
tierras de Gottenmorth. Ahora los siervos de Esud, el Dios verdadero, ya no
tenían que hacer frente a los ejércitos del Cuervo ni a su aparato represor,
todo eso había quedado atrás. Ahora el mal estaba representado de otras formas,
y una de ellas eran aquellas dos chicas que cierto día tuvieron la desgracia de
cruzarse con un vestigio de ese pasado infernal. Uric du Sidma’il era el
ejemplo perfecto de tal maldición atemporal: toda una vida llena de crímenes y
maldad, y cuando se decide a hacer el bien, sella la condena de decenas, quizá
centenares, de personas inocentes, como aquella familia de granjeros torturada
y asesinada en el establo. La lección era clara: el mal absoluto no tenía
posibilidad de redención. Cualquier cosa que se derivara de él sólo engendraría
más mal.