Parte I. Capítulo 3.


Otra vez ellas



- Qué desastre… - se lamentó el cazador de brujas.

- Otra vez ellas. – añadió el alguacil.

Estaban en una granja solitaria, en medio de un llano a los pies de las montañas del Nirian. El cazador de brujas escrutó de nuevo cada rincón del establo; no quería perderse ningún detalle. 

- Apunta- le dijo a su ayudante. – Un varón adulto, colgado del techo cabeza abajo. Le han abierto el vientre, y de la hendidura se le salen las tripas. A juzgar por la cantidad de sangre que hay en el suelo, estuvo vivo en esa posición durante un buen rato. Una mujer adulta, tendida boca arriba sobre una mesa. Le han extraído los ojos, el hígado y el corazón. No hay rastro de esos órganos. Una joven, de entre 15 y 20 años. La han clavado en la pared por los brazos y las piernas para inmovilizarla. Presenta múltiples puñaladas en el vientre, lo que sugiere que estaba embarazada y ellas lo sabían. Un niño de unos 10 o 12 años, descuartizado sobre el heno. Todos sus miembros han sido seccionados del tronco, pero no se han llevado ninguno. Y por último, una niña, de edad parecida. La han encerrado en su habitación y la han dejado con vida. Como siempre, no hay mensajes, pistas o indicios de sus motivos o sus próximos pasos.

El secretario terminó de escribir las últimas líneas aguantando las arcadas. Inmediatamente después de concluir la nota, dejó el papel y la pluma sobre el tablón que le había servido de soporte y salió corriendo al exterior. Todos oyeron sus vómitos.

- Es una buena señal- comentó el cazador. Estaba reflexionando en voz alta.

- ¿A qué te refieres?

- Que no hayan matado a la niña indica que la maldad aún no se ha apoderado de ellas por completo. Y lo que es más interesante… confirma mis teorías.

- No te sigo… -el alguacil lo miraba con incredulidad.

- Ya lo entenderás. No estamos lejos de acabar con esto.

El cazador abandonó el establo por la puerta interior, y, cruzando un pasillo, se dirigió a las escaleras que conducían al piso superior. Allí encontró a la única superviviente de la carnicería, acurrucada sobre su lecho. A su lado, un guardia sentado en una silla velaba por su seguridad. El cazador se agachó al pie de la cama y la observó. Desde esa posición sólo veía su espalda, así como la mata de pelo rojizo y ondulado que la cubría. Ella no quería darse la vuelta, y él tampoco se lo pidió.

“Ya sé como sois, brujas” pensó. “Pues si no la habéis matado, es porque os recuerda a vosotras en aquellas rocas, justo antes de que Uric os salvara.”

Durante el viaje de regreso a Stard, el cazador no dejó de pensar en sus crímenes, en su historia y en las implicaciones que todo esto tenía. Eran muchas las conclusiones que podían extraerse de aquel caso, algunas a nivel local relacionadas con el efecto directo de la actividad criminal de las dos brujas, pero otras a nivel más general: la más importante en este sentido era que, treinta años después de la caída de los Tal’imran, el poder del Siegmoné seguía muy presente en las tierras de Gottenmorth. Ahora los siervos de Esud, el Dios verdadero, ya no tenían que hacer frente a los ejércitos del Cuervo ni a su aparato represor, todo eso había quedado atrás. Ahora el mal estaba representado de otras formas, y una de ellas eran aquellas dos chicas que cierto día tuvieron la desgracia de cruzarse con un vestigio de ese pasado infernal. Uric du Sidma’il era el ejemplo perfecto de tal maldición atemporal: toda una vida llena de crímenes y maldad, y cuando se decide a hacer el bien, sella la condena de decenas, quizá centenares, de personas inocentes, como aquella familia de granjeros torturada y asesinada en el establo. La lección era clara: el mal absoluto no tenía posibilidad de redención. Cualquier cosa que se derivara de él sólo engendraría más mal.